Como puedes ver, el cerebro es una máquina increíblemente evolucionada y muy bien equilibrada. Pero si le agregamos alcohol, ese equilibrio se disuelve como un terrón de azúcar en una taza de té caliente (o, más bien, de ponche caliente).
Lo primero que hace el alcohol es activar el sistema calmante GABA, para que empieces a sentirte relajado (es lo mismo que hace el Valium). Por eso bebemos, sobre todo en las fiestas.
Casi todos sufrimos ansiedad social en mayor o menor medida, pero el alcohol elimina nuestros miedos e inhibiciones. Sus efectos tranquilizantes son también el motivo por el que, en cuanto en un avión se apaga la señal del cinturón de seguridad, el carrito de bebidas comienza a desplazarse por el pasillo, ya que volar produce ansiedad a mucha gente.
No obstante, si activas en exceso el sistema GABA, corres el riesgo de desactivar partes de tu cerebro que preferirías mantener activadas (por ejemplo, tu juicio o incluso tu consciencia). Y si bebes muchísimo alcohol y el sistema GABA se potencia al máximo, acabas desactivando tu cerebro, al igual que ocurriría con un anestésico, por lo que dejas de respirar. Una forma de morir debido al alcohol es esa: la llamada «intoxicación etílica».
Volviendo a lo de nublar el juicio, ¿alguna vez te ha pasado que tenías intención de beber solo un par de copas, pero luego has perdido el control y has acabado poniéndote fino? ¿A qué se debe eso? Una de las principales razones es que la parte del cerebro que te ordena que mantengas el control (llamada «corteza frontal») es la primera que el alcohol desactiva.
De hecho, las partes del cerebro que se encargan de preservar tus capacidades de discernimiento y control son muy sensibles al alcohol. Quizá ocurra que también se te nuble el juicio respecto a otros asuntos, como tu atractivo o tus habilidades como bailarín o conversador.
Si sigues bebiendo, acabarás superando la tasa máxima de alcoholemia permitida al volante9 y los efectos se duplicarán: además de estimular el GABA, el alcohol comenzará a bloquear tus receptores de glutamato (no olvides que este es el neurotransmisor que te mantiene despierto). A medida que tu nivel aumente, comenzarás a emborracharte seriamente. Si llegas a alcanzar los 0,9 g, empezarás a perder, además, la capacidad de asentar recuerdos. A esto lo llamamos «laguna mental».
Conforme aumenta la concentración de alcohol en sangre, diversos neuromoduladores nuevos también se ven afectados. Y cada uno influirá de un modo específico en diferentes partes del cerebro.
Los más importantes son tres:
1. En primer lugar, un incremento del nivel de alcohol en sangre aumenta los efectos de la serotonina, un potenciador del estado de ánimo que también te vuelve más empático. Su acción proserotonina es también la que hace que otras personas nos resulten más atractivas (el llamado «efecto embellecedor del alcohol»). En ese sentido, tiene un efecto similar al del MDMA o el éxtasis.
Por otro lado, la estimulación de otro receptor de serotonina, esta vez ubicado en los nervios del estómago, es lo que te provoca náuseas. Hablamos bastante a la ligera de vomitar a causa del alcohol, pero, de hecho, el vómito resulta crucial, ya que evita nuestra muerte. Este mecanismo de supervivencia es una de las razones por las que el alcohol ha pervivido en nuestra cultura durante siglos. El vómito elimina la cantidad suficiente de alcohol para que puedas seguir con vida.
2. En segundo lugar, beber libera dopamina, la cual interviene en el ánimo, la motivación y la energía. Este factor influye en el efecto estimulante del alcohol, ya que te hace sentir más eufórico y activo, y te genera sentimientos de energía y entusiasmo. Te vuelve más escandaloso (un efecto que la cocaína también produce).
La dopamina es uno de los transmisores que establece patrones de conducta, por lo que tiene importancia en la adicción. La liberación de dopamina puede explicar por qué algunas personas quedan atrapadas en hábitos que comienzan resultándoles divertidos (o, al menos, no perjudiciales), pero que acaban siendo muy dañinos, como retorcerse el cabello o morderse las uñas. La dopamina también es el motivo por el que, cuando te emborrachas, no puedes evitar enzarzarte en discusiones absurdas sobre temas irrelevantes.
3. En tercer lugar, el subidón que te provoca el alcohol proviene de las endorfinas, que son los opioides naturales de tu organismo, el sistema cerebral de reducción natural del dolor y también lo que genera euforia en los corredores. Este sistema de recompensas te brinda una especie de placer muy relajado y, en algunas personas, también puede conformar un factor clave en su adicción. Diversos estudios han demostrado que, cuando los efectos de las endorfinas se bloquean con nalmefeno (un medicamento para tratar el alcoholismo), algunos adictos pueden dejar de beber [5]. Mediante sofisticadas imágenes cerebrales, hemos podido observar que este efecto guarda relación con las interacciones cerebrales entre endorfinas y dopamina.
Esta enorme variedad de efectos es lo que hace que el alcohol resulte tan apetecible. Además, como todos somos diferentes, se insertará en tu química cerebral específica de un modo distinto a como lo hará en la de un amigo tuyo. ¿Quizá bebes para reducir tu ansiedad? ¿O como válvula para liberar estrés, al acabar la jornada laboral? ¿O para animarte antes de salir por ahí? ¿O para reunir el valor necesario con el que enfrentarte a algo? En gran parte, el atractivo del alcohol para muchas personas reside en que logran suplir sus carencias de personalidad, y se convierten en el tipo de persona que les gustaría ser.
Continúas bebiendo y, llegados a este punto, es probable que ya estés balbuceando. Tu memoria se atranca debido al efecto del glutamato, así que te estás repitiendo como el ajo.
CUADRO 2
ESAS BEBIDAS QUE TE ALTERAN LA MENTE
Aquello que bebes está tan repleto de sustancias psicoactivas (sustancias químicas que modifican la química de tu cerebro) como cualquier otra droga. El tipo de alcohol que más abunda en las botellas de los estantes de las bodegas es, con diferencia, el etanol (fórmula química: C2H5OH). Durante la fermentación, la glucosa de las materias primas se descompone principalmente en etanol, aunque siempre producirá también otros tipos de alcohol, que difieren en proporciones y estructura química en diversas bebidas. Incluso lo que se nos vende como alcohol con máximo grado de pureza (por ejemplo, el vodka) es una combinación de varios tipos de alcohol. El único puro es el etanol producido de forma sintética.
Así, por ejemplo, algunos análisis de whisky han llegado a detectar en su contenido unos cuatrocientos tipos diferentes de alcohol. Esto se debe a que, cuanto más tiempo se almacena o «se añeja» un whisky, más se fusionan algunos tipos de alcohol para formar otros más complejos llamados «congéneres». Estos se encuentran en todas las bebidas alcohólicas (aunque el whisky los contiene en mayor cantidad que ninguna), y se cree que su funcionamiento en el cerebro se asemeja al del alcohol etílico sencillo (etanol), aunque quizá pueden embriagar todavía más. Cada whisky tendrá su propia combinación de alcoholes y congéneres, y es esta mezcla la que crea todos los matices de su «aroma» y, por lo tanto, su sabor.
Curiosamente, de conformidad con la Ley de Sustancias Psicoactivas de 2016, todas las sustancias psicoactivas recreativas se prohibieron, excepto el etanol, la cafeína, la nicotina y el tabaco. Por aquel entonces, afirmé que me parecía algo absurdo. No en vano, se acababa ilegalizando todo tipo de alcohol, pues no hay un solo producto alcohólico en el mercado que no incluya congéneres. La cerveza contiene unos ciento cincuenta y el vino, doscientos. No bebemos etanol puro.
Aparte de su propia combinación de cientos de alcoholes diferentes, el vino, la cerveza y la sidra también incluyen compuestos vegetales aromáticos llamados «terpenos», que provienen de las uvas, el lúpulo o las manzanas. Puede que hayas oído hablar de los terpenos, ya que también aportan al cannabis su peculiar olor. Hasta no hace mucho, se creía que los terpenos contribuían exclusivamente al sabor, pero ya se baraja la posibilidad (aún no investigada en profundidad) de que también sean psicoactivos.
Quizá también te parecen hilarantes muchas cosas, incluidas las que estás repitiendo sin parar, posiblemente debido a tus sistemas de GABA y serotonina. Además, el alcohol bloquea los centros neuronales que controlan la coordinación, de ahí que digamos coloquialmente que una persona muy borracha «no se tiene en pie».
Con ese aumento en los niveles de dopamina y ese descenso en tu autocontrol, es posible que te dé por discutir. También puede que, debido a la merma en tu capacidad de discernir, acabes haciendo cosas poco inteligentes (fumar cuando ya lo habías dejado, conducir, hacer carreras subido en un carrito de la compra…).
Un caso realmente triste fue el de una joven de dieciséis años, Natalie Dursley, a quien una ambulancia recogió tras haberse desplomado en una discoteca. Estaba tan desorientada que abrió las puertas del vehículo en plena carretera, cayó fuera y murió. Este ejemplo ilustra a la perfección la pérdida total de discernimiento que puede producirse cuando estás borracho. En esencia, le has puesto las cosas muy difíciles a tu cerebro (un efecto que me gusta equiparar con el de un virus informático).
Si sigues bebiendo, vas derecho a la anestesia, a un cierre del sistema. De hecho, la anestesia médica también afecta a los sistemas de GABA y glutamato: una que te suministren en una intervención quirúrgica sencilla activa el GABA para dormirte, mientras que la que se utiliza para una intervención más compleja desactiva el glutamato, que es lo que te mantiene despierto y activo. Por eso, necesitas ventilación asistida, porque ya no puedes respirar de forma autónoma.
Antes de que apareciera la anestesia moderna, cuando a un marinero debían amputarle una extremidad lesionada, primero le hacían coger una buena cogorza. Esto tiene una explicación muy sólida: el alcohol amortigua el dolor, así como la memoria.
El hecho de que el alcohol afecte tanto al GABA como al glutamato (doble impacto) es lo que lo vuelve tan peligroso. Ambos regulan no solo nuestra capacidad de mantenernos despiertos, sino también la de mantenernos con vida. Por eso, algunas personas mueren de intoxicación etílica. Si bebes lo suficiente, puedes dejar de respirar. A continuación, incluyo una breve guía por etapas sobre cómo evoluciona la embriaguez [6].
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