2. En España, el consumo de alcohol per cápita es superior a la media europea. Más de 20.000 personas mueren al año en nuestro país como consecuencia de un consumo excesivo de alcohol. (Datos obtenidos de la Sociedad Científica Española de Estudios sobre el Alcohol, el Alcoholismo y las otras Toxicomanías). (N. del E.).
3. Tradición anglosajona. (N. del E.).
4. En la versión original de las películas de James Bond, el personaje pide un Dry Martini «agitado no mezclado» («Shaken, not stirred»), no obstante, el doblaje al español lo tradujo al revés «mezclado, no agitado». Mezclar o agitar tienen propósitos distintos, cuando se agita una bebida la estamos enfriando y, por tanto, diluyendo. El Dry Martini se mezcla, pero no se agita. (N. del T.).
5. La Unidad de Bebida Estándar (UBE) es una forma rápida y práctica de conocer los gramos de alcohol consumidos. En España, la UBE contiene 10 g de alcohol, que es lo que nos encontramos en un vaso pequeño de vino de 100 ml, una caña de cerveza de 200 ml, una copa de jerez de 60 ml o un carajillo de 25 ml. (N. del E.).
6. El límite recomendado en España es de 10 g de alcohol al día en mujeres y 20 g del alcohol al día en hombres. (N. del E.).
Realicemos un breve recorrido por tu cerebro y tu organismo cuando están bajo los efectos del alcohol. Tu primera bebida comienza con un simple sorbo, adaptando una frase de Mao Tse Tung7.
De hecho, te sorprendería lo complicado que resulta convencer a alguien para que beba alcohol por primera vez. El alcohol puro tiene un sabor repugnante, por lo que nadie (excepto, quizá, un alcohólico) lo bebería. Incluso en los diversos formatos en que lo compramos, a menudo es amargo y ácido, y muchas veces francamente desagradable, por lo que necesitamos mezclarlo con otra bebida. Algunos de los sabores bajo los que se presenta el alcohol (sabor a vino o a lúpulo, por ejemplo) son bastante extraños y, por lo tanto, acaban siendo un gusto adquirido.
Uno de los trucos más efectivos para que las personas encuentren más apetecible el alcohol es agregarle edulcorantes, algo que también se hace en los laboratorios con las ratas. Cuando los científicos las usan en sus investigaciones sobre los efectos del alcohol, una práctica habitual es endulzarlo para asegurarse de que estas lo beben (un alcopop para ratas, como si dijéramos). De hecho, me atrevería a afirmar que la razón principal por la que se comercializan alcopops8 extradulces (y, a menudo, de vivos colores) es para atraer a los consumidores primerizos que aún no han adquirido el gusto por el alcohol, también conocidos como adolescentes.
También te asombrará la rapidez con que adquirimos ese gusto. Muy poco después de los primeros sorbos, nuestro cerebro aprende que, a los pocos minutos de haber paladeado ese abrupto sabor, aparecen agradables sensaciones de calidez, relax y, tal vez, una mayor sociabilidad. Así, en cuanto estas agradables sensaciones quedan asociadas al sabor, el olor, el entorno, la rutina o el ritual, nos empieza a gustar ese sabor. A menudo, he escuchado afirmaciones como estas: «Me encanta el sabor del Vega Sicilia/Torres de la cosecha de 1984». Y yo respondo: «Si le dieras eso a tu hijo, lo escupiría. Ese sabor te encanta como resultado de un gusto adquirido, y este proviene de los efectos que tiene en ti el alcohol. Bueno, y de que sabes que es realmente caro, por supuesto».
Este efecto del aprendizaje, una vez más, también puede extrapolarse a las ratas: cuando se consigue que una rata beba el alcohol suficiente, continuará bebiéndolo, incluso si no sabe a nada.
Otra sensación que muchas personas aprenden a apreciar es la del calorcillo que notan cuando el alcohol baja por la garganta; algo que te resultará familiar si bebes licores y, sobre todo, si alguna vez has tomado chupitos. Puedes encontrarlo agradable porque tu cerebro anticipa que estás a punto de recibir el placentero impacto del alcohol. Dado que los licores vienen a ser alcohol en formato diluido, esa cálida sensación resulta menos intensa que si te pusieras alcohol puro en la lengua o en una herida. Eso te ardería (y dolería de verdad).
CUADRO 1
¿EL ALCOHOL CARO ES MEJOR PARA TU ORGANISMO?
No puedes pagar con dinero la prevención de los efectos nocivos en tu organismo. Tal vez se argumente que el vino tinto y la cerveza incluyen determinados componentes beneficiosos para la salud (puedes consultar el capítulo 2 para ahondar en esto), sin embargo, no los incluyen en la cantidad suficiente como para compensar los efectos nocivos del etanol, la sustancia química más tóxica del alcohol. Por otro lado, si no sufres tanta resaca cuando tomas bebidas de mejor calidad, es posible que se deba a que las estás saboreando más y, por lo tanto, bebiendo menos (lo cual no tiene nada de malo). Pero me temo que la respuesta a la pregunta de antes es, sencillamente, que no.
Estos dos elementos (el sabor y la sensación en boca), unidos al aspecto de tu bebida favorita y el lugar y hora en que sueles consumirla, hacen que tu cerebro se prepare para experimentar los efectos del alcohol.
Conforme el líquido fluye hacia el estómago, comienza su absorción a través de las paredes del estómago y luego a través del intestino delgado. El alcohol se desplaza por el torrente sanguíneo hasta el hígado, donde comienza a metabolizarse; el principal subproducto resultante es el acetaldehído. A continuación, esta mezcla de alcohol y acetaldehído fluye por el torrente sanguíneo hasta el corazón y, posteriormente, también atraviesa la barrera hematoencefálica para penetrar en el cerebro.
El alcohol es una molécula t an minúscula que su absorción se produce con bastante rapidez: a los cinco o diez minutos del primer sorbo, comenzarás a notar los primeros efectos en tu organismo. Puede que empieces a sentir más calor y un cierto rubor, ya que el alcohol permite que los vasos sanguíneos de la piel se dilaten, en un proceso denominado «vasodilatación».
Cuando esa combinación de alcohol alcanza el cerebro, comienza a provocar todas esas cosas que hacen que nos guste. Se podría equiparar el funcionamiento del cerebro con el de una máquina electroquímica. Esta máquina consta de una red con unos doscientos mil millones de neuronas; los mensajes entre estas llevan todos nuestros pensamientos y procesos. Todo el rendimiento que produce tu máquina (los actos de estar despierto o dormido, almacenar recuerdos, tragar, etc.) es el resultado de estos millones de mensajes que revolotean por la red neuronal.
Cada mensaje viaja a lo largo de la neurona gracias a impulsos eléctricos, pero la conexión que salva la distancia entre neuronas, llamada «sinapsis», es de tipo químico. Por otro lado, las sustancias químicas que salvan esa distancia se denominan «neurotransmisores».
Lo que es importante conocer para entender el funcionamiento del alcohol es que, al igual que otras drogas, funciona en el nivel de esta conexión química.
Existen en torno a ochenta tipos distintos de neurotransmisores (mensajeros químicos), e incluso más modelos aún de receptores en los que se insertan. Cada receptor lo activa un neurotransmisor diferente.
Los dos neurotransmisores más habituales y potentes (porque, en efecto, son los interruptores que encienden y apagan el cerebro) son el GABA y el glutamato. En esencia, ambos conforman el núcleo del cerebro. Se encargan de todas las tareas básicas: desde dormir hasta asentar recuerdos y pensar.
El glutamato activa el cerebro y el GABA lo desactiva. Cuando el glutamato liberado atraviesa la sinapsis, activa la siguiente neurona, lo cual incrementa la actividad del cerebro. En cambio, el GABA hace lo opuesto.
Ambos trabajan codo con codo, como el yin y el yang. Necesitamos el GABA para controlar el glutamato, porque, si se produce un exceso de glutamato, el sistema se sobrecarga, lo cual conduce a un grave aumento de la ansiedad o incluso a sufrir un ataque y un posible daño cerebral.
Por lo tanto, nuestro cerebro ha evolucionado de tal modo que, cada vez que se libera glutamato, también se libera GABA. Se trata de un sistema maravillosamente equilibrado.
Existe otro tipo de neurotransmisor: el «neuromodulador», llamado así porque modifica la respuesta del cerebro en lugar de afectarlo de manera directa. Así pues, si sufres un accidente de coche, el glutamato asentará ese recuerdo (por ejemplo, que conducías a noventa y seis kilómetros por hora y que ibas por la A3), pero la emoción quedará codificada por un neuromodulador llamado noradrenalina. Esto aporta información adicional a ese recuerdo, pero no conforma su componente principal.
Los neuromoduladores funcionan como una copia de seguridad del GABA y el glutamato, ya que casi todas las respuestas de salida cerebrales utilizan más de un neurotransmisor.
Veámoslo con un ejemplo. Creemos que, al menos, cuatro neurotransmisores nos mantienen despiertos (acetilcolina, orexina, histamina y noradrenalina), mientras que, como mínimo, cuatro nos provocan somnolencia (GABA, adenosina, serotonina y endocannabinoides). Esto significa que, si uno falla, los demás pueden servir de respaldo. Así, por ejemplo, alguien con narcolepsia tendrá una deficiencia en el neuromodulador denominado orexina, y le costará mantenerse despierto porque las copias de seguridad no siempre son lo bastante potentes.
Los nombres de algunos neuromoduladores te resultarán muy familiares. Al igual que la noradrenalina, también la serotonina y la dopamina participan en muchos procesos, sobre todo de carácter emocional. Luego están las endorfinas, que en realidad son un tipo diferente de molécula llamada «péptido», diminutos fragmentos de proteína.
Todas las diversas drogas y sustancias alterantes de la consciencia que consumen los seres humanos actúan sobre múltiples combinaciones de sistemas neurotransmisores y neuromoduladores. El alcohol se perfila como una de las que tienen mayor influencia en ese aspecto, ya que afecta a una enorme variedad de receptores y, por lo tanto, a la mayoría de las neuronas (si no a todas). Por eso puede provocarnos tantas variedades de efectos y experiencias.
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