Читать книгу «Tragedias III» онлайн полностью📖 — Euripides — MyBook.









MENELAO . — No, voy a entrar en ésta. Hazme caso ahora tú.

ANCIANA . — Eres un obstinado. En seguida serás expulsado a la fuerza.

MENELAO . — ¡Ay! ¿Dónde está mi glorioso ejército?

ANCIANA . — En otra parte fuiste un gran personaje. Aquí no lo eres.

MENELAO . — ¡Ah, demon 10 mío! ¡Qué tratamiento tan [455] indigno padecemos tú y yo!

ANCIANA . — ¿Por qué bañas tus párpados con lágrimas? ¿A quién diriges tus lamentos?

MENELAO . — A mi feliz destino de otro tiempo.

ANCIANA . — Y, ¿por qué no te vas a ofrecer ese llanto a tus amigos?

MENELAO . — ¿Qué país es éste? ¿De quién son estas regias moradas?

[460] ANCIANA . — Proteo habita esta morada, y esta tierra es Egipto.

MENELAO . — ¿Egipto? ¡Desdichado de mí, adónde he ido a parar!

ANCIANA . — ¿Qué puedes reprocharle al esplendor del Nilo?

MENELAO . — No le reprocho nada. Lamento mi destino.

ANCIANA . — A muchos les va mal, no eres tú el único.

[465] MENELAO . — ¿Está en palacio aquel a quien tú llamas soberano?

ANCIANA . — Ésa es su tumba. En esta tierra reina su hijo.

MENELAO . — Y, dime, ¿dónde está? ¿Fuera o en la morada?

ANCIANA . — Dentro no está. Pero es el mayor enemigo de los helenos.

MENELAO . — ¿Cuál es la causa de esa hostilidad cuyos beneficios recojo?

[470] ANCIANA . — Helena, la hija de Zeus, está en este palacio.

MENELAO . — ¿Cómo dices? ¿Qué palabra has dicho? Repítemela.

ANCIANA . — La hija de Tindáreo, la que antaño vivía en Esparta

MENELAO . — ¿De dónde ha venido? ¿Qué significa esto?

ANCIANA . —Desde tierra lacedemonia llegó hasta aquí.

[475] MENELAO . — ¿Cuándo? No me habrán arrebatado de la gruta a mi esposa…

ANCIANA . — Antes de que marchasen a Troya los aqueos, extranjero. Pero vete de este palacio. Las cosas han tomado [480] aquí un giro inquietante para la casa del tirano. No llegaste oportunamente. Si el amo te descubre, la muerte será tu regalo de hospitalidad. Mi ánimo está a favor de los helenos, a pesar de las duras palabras que te he dicho, dictadas por el miedo

MENELAO . — ¿Qué diré? Nuevas calamidades acabo de oír, mayores que las primeras, si es que he llegado aquí, trayendo [485] desde Troya a la esposa que me habían arrebatado, a quien he puesto a salvo en una gruta, y me encuentro con que otra mujer que tiene su mismo nombre, el mismo, vive en éste palacio. ¡Y me ha dicho que es hija de Zeus! ¿Acaso [490] puede encontrarse un hombre a orillas del Nilo que se llame Zeus? Sólo un Zeus hay, y está en el cielo. Y Esparta, ¿dónde va a haber otra que no sea la que riegan las aguas del Eurotas de bellos juncos? Una sola vez se ha llamado Tindáreo alguien. ¿Hay otra tierra que se llame Lacedemonia o Troya? [495] En realidad, no sé qué decir…, pues, según parece, se encuentran en el ancho mundo muchas ciudades y mujeres que llevan el mismo nombre, y nadie se asombra por ello. Por otra parte, no pienso darme a la fuga por las amenazas [500] de una esclava. Ningún hombre tiene el alma tan bárbara como para atreverse a negarme el alimento después de oír mi nombre. Famoso es el incendio de Troya, y yo, Menelao, fui quien lo hizo arder: en todas partes soy conocido. Esperaré [505] al dueño del palacio. Tengo ante mí dos posibilidades: si veo que es un hombre sin entrañas, me ocultaré e iré junto a los restos del naufragio; si se muestra benévolo, le pediré lo que necesito para remediar la triste situación actual. El [510] mayor infortunio para mí, que soy rey, es mendigar de otros reyes lo que hace falta para vivir. Sin embargo, estoy obligado a hacerlo. No soy yo quien lo dice, sino un sabio proverbio: nada hay más poderoso que la necesidad.

CORO . — Por la virgen profética he sabido —lo anunció [515] claramente en la mansión real— que Menelao no ha ido al negro Érebo ni yace oculto bajo tierra, sino que, desdichado [520] y sin amigos, se consume errabundo por las olas del mar, sin alcanzar los puertos y costas de su patria, y sin desembarcar , [525] a golpes de su remo marino, sino en país extrano, desde que abandonó la Tróade 11 .

HELENA . — He aquí que vuelvo junto a esta tumba, después de haber oído el gratísimo oráculo de Teónoe, la que [530] todo lo sabe. Dice que mi esposo está vivo, que puede ver la luz del sol; que navega sin rumbo por mares infinitos, por aquí y por allá, en largo y errabundo peregrinaje; que un día volverá, cuando sus desventuras en el mar hayan terminado. [535] Una cosa sólo no ha dicho, y es si conseguirá salvarse cuando venga. Me he abstenido de preguntarle a ese respecto, pues me sentía feliz sabiendo que se encontraba sano y salvo. También me ha dicho que estaba cerca de este país, víctima de un naufragio en compañía de unos pocos amigos. [540] ¡Ay de mí! ¿Cuándo llegarás? ¡Cómo deseo que llegue ese momento!

¡Ah! ¿Quién es éste? ¿Habré caído en una emboscada urdida por el impío hijo de Proteo? Como yegua veloz, como [545] bacante movida por su dios, correré hacia la tumba. ¡Qué aspecto tan salvaje tiene el hombre que intenta cogerme!

MENELAO . — Oh tú que, en admirable impulso de tus miembros, corres hacia las gradas de esa tumba, y a sus columnas donde arden fuegos sacrificiales, ¡detente! ¿Por qué huyes? A la vista de tu cuerpo, el estupor y la extrañeza me dominan.

[550] HELENA . — ¡Injusticia sufro, mujeres! Este hombre trata de impedir que llegue a la tumba, quiere cogerme y entregarme al tirano cuyas bodas rehúyo.

MENELAO . —No soy ningún ladrón, ni el esbirro de un malvado.

HELENA . — Los vestidos que llevas son ya bastante deshonrosos.

MENELAO . — Detén tu pie ligero, abandona todo temor. [555]

HELENA . — Me detengo, ahora que toco ya esta tumba.

MENELAO . — ¿Quién eres? ¿Qué es lo que tengo ante mis ojos, mujer?

HELENA . — Y tú, ¿quién eres? Te devuelvo la misma pregunta.

MENELAO . — Jamás vi un parecido tan asombroso.

HELENA . — ¡Oh dioses! Pues un don de los dioses es el [560] reconocimiento de los seres queridos.

MENELAO . — ¿Eres helénide o nativa de este país?

HELENA . — Helénide. Pero, ¿y tú? Quiero saber quién eres tú.

MENELAO . — Mujer, te pareces extraordinariamente a Helena.

HELENA . — Y tú a Menelao. No sé qué decir.

MENELAO . — Has reconocido en mí al hombre más desdichado [565] de todos.

HELENA . — ¡Oh, qué tarde has llegado a los brazos de tu esposa!

MENELAO . — ¿De qué esposa? No toques mis vestidos.

HELENA . — De la que obtuviste de Tindáreo, mi padre.

MENELAO . — ¡Oh Hécate, portadora de antorchas, envíame visiones favorables!

HELENA . — No soy un fantasma nocturno al servicio de [570] Enedia 11bis .

MENELAO . — Pero yo no puedo ser el esposo de dos mujeres.

HELENA . — ¿Y de qué otra mujer eres señor?

MENELAO . — De la que he traído de Frigia y he ocultado en el interior de una gruta.

HELENA . — Sólo yo he sido tuya: ninguna otra mujer.

[575] MENELAO . — ¿Puede ser que esté sana mi razón y mis ojos enfermos?

HELENA . — Al verme, ¿no crees ver a tu esposa?

MENELAO . — Tu cuerpo es igual, pero la certeza me impide…

HELENA . — Mírame. ¿Qué más quieres? ¿Quién me conoce mejor que tú?

MENELAO . — Mucho te pareces. Eso no lo puedo negar.

[580] HELENA . — ¿Quién te lo hará saber mejor que tus ojos?

MENELAO . — Mi problema es que tengo otra esposa.

HELENA . — Yo nunca fui a la Tróade; era mi imagen.

MENELAO . — Pero, ¿quién puede producir imágenes vivas?

HELENA . — El éter, del que un dios formó a la mujer que posees.

[585] MENELAO . — ¿Cuál de los dioses? Dices cosas increíbles.

HELENA . — Hera, sustituyéndome para que Paris no me poseyese.

MENELAO . — ¿Cómo, pues, estabas aquí y en Troya al mismo tiempo?

HELENA . — El nombre puede estar en muchos lugares; el cuerpo, no.

MENELAO . — Déjame, que bastantes desgracias tengo.

[590] HELENA . — ¿Me vas a abandonar a mí para llevarte el espectro de tu esposa?

MENELAO . — Adiós a ti, mujer, tan semejante a Helena.

HELENA . — ¡Perezco! ¡He encontrado a mi esposo y ya no lo tengo!

MENELAO . — Mis muchas fatigas en Troya me convencen de que no puedes tener razón.

HELENA . — ¡Ay de mí! ¿Quién ha sufrido más que yo? [595] Los seres más queridos me abandonan, y nunca más volveré a ver a los helenos ni regresaré a mi patria.

MENSAJERO . — Por fin te encuentro, Menelao, después de haber errado en tu busca por toda esta tierra bárbara, enviado por los compañeros a quienes dejaste.

MENELAO . — ¿Qué ocure? ¿Es que os han despojado los [600] bárbaros?

MENSAJERO . — Un prodigio, y es inferior la palabra al hecho.

MENELAO . — Habla, pues tu apresuramiento indica nuevas insólitas.

MENSAJERO . — Digo que has padecido en vano innumerables fatigas.

MENELAO . — Deploras males antiguos. ¿Qué anuncias [605] de nuevo?

MENSAJERO . — Tu esposa ha desaparecido en las profundidades del éter. El cielo la mantiene oculta, después que hubo dejado la sagrada caverna donde la guardábamos. Tan sólo dijo: «Desventurados frigios y vosotros, aqueos todos, por mi causa, y merced a las maquinaciones de Hera, habéis [610] muerto a orillas del Escamandro, creyendo que Paris poseía a Helena, a quien nunca ha poseído. Ahora que ya ha pasado el tiempo prescrito y he cumplido fielmente lo fijado por el destino, debo volver al cielo, mi padre. Pero la desdichada Tindáride ha padecido injustamente una funesta reputación.» [615]

Salud, hija de Leda. ¿Estabas aquí? ¡Y yo que anunciaba que te habías marchado a las estrellas, sin saber que tuvieses un cuerpo alado! No consentiré que te burles una segunda vez de nosotros; ya nos proporcionaste suficientes fatigas en [620] Ilión a tu esposo y a sus compañeros de armas.

MENELAO . — ¡Eso es! Tus palabras coinciden con las de ella. ¡Oh día deseado que te trae de nuevo a mis brazos!

HELENA . — ¡Oh Menelao, el más querido de los hombres! [625] Larga ha sido la ausencia, pero el placer me ha sido devuelto. Amigas, soy feliz, tengo ante mí a mi esposo y puedo rodearle con amorosos brazos, después de tantos soles .

[630] MENELAO . —Y yo a ti. Tantas cosas quiero decirte que no sé por dónde empezar.

HELENA . — Se me erizan de gozo los cabellos, vierto lágrimas [635] y te abrazo para obtener mi dicha, esposo mío .

MENELAO . — ¡Oh visión queridísima! Nada me falta, pues te tengo a ti, hija de Zeus y Leda, a quien felicitaron [640] antaño los jóvenes hermanos de los blancos corceles 12 ; a ti, a quien un dios alejó de mi lado para conducirte a un destino más alto . Una afortunada desgracia nos ha reunido a ti [645] y a mí, tu esposo, después de mucho tiempo, pero, al fin, ojalá gocemos de una buena fortuna .

CORIFEO . — Ojalá. Hago mío tu voto, pues de nosotros dos no puede uno ser desgraciado y el otro no.

HELENA . — Amigas, amigas, ya no me quejo, ya no gimo [650] por los males de antaño. Tengo a mi esposo, cuyo regreso desde Troya tantos años he esperado .

MENELAO . — Me tienes, y yo a ti. Innumerables soles han pasado hasta que, al fin, he comprendido los engaños de la diosa. Mis lágrimas son de alegría: hay en ellas placer y [655] no tristeza .

HELENA . — ¿Qué diré? ¿Qué mortal hubiera soñado esto nunca? Inesperadamente te estrecho contra mi corazón .

MENELAO . — ¡Y creí yo que fuiste a la ciudad del Ida y [660] a las inútiles murallas de Ilión! Por los dioses, ¿cómo te arrebataron de mi morada?

HELENA . — ¡Ay, ay! A crueles comienzos te remontas. ¡Ay, ay! Cruel es el relato que solicitas .

MENELAO . — Habla, pues hay que oír todos los dones de los dioses.

HELENA . — Me horroriza lo que voy a decir .

MENELAO . —Dilo, sin embargo. Es dulce oír hablar de [665] males pasados.

HELENA . — No me llevó ningún remo alado hacia el lecho de un joven bárbaro, ni las alas de un deseo adúltero .

MENELAO . — ¿Qué dios, o qué destino, te arrebató, pues, de la patria?

HELENA . — El hijo de Zeus 13 , de Zeus, ¡oh esposo!, me [670] condujo al Nilo .

MENELAO . — ¡Prodigioso! Y, ¿quién le enviaba? ¡Extrañas palabras!

HELENA . — Lloro, y mis párpados se humedecen de lágrimas. La esposa de Zeus fue la responsable de mi ruina .

MENELAO . — ¿Hera? ¿Por qué querría causarnos daño? [675]

HELENA . — ¡Ay de los baños y las fuentes, terribles para mí, en que las diosas hicieron resplandecer su cuerpo, lo que fue origen de aquel juicio!

MENELAO . — ¿Y, a causa de aquel juicio, Hera te hizo sufrir?

HELENA . — Para desposeer a Paris … [680]

MENELAO . — ¿Cómo? Explícate .

HELENA . —… a quien Cipris me había prometido .

MENELAO . — ¡Desventurada!

HELENA . — ¡Desventurada y triste de mí! Por eso me trajo a Egipto .

MENELAO . —Y le dio en tu lugar un fantasma, según me has dicho.

HELENA . — ¡Cuántas calamidades, cuántas calamidades en tu palacio, madre mía! ¡Ay de mí! [685]

MENELAO . — ¿Qué dices?

HELENA . — Ya no existe mi madre. Se estranguló con un lazo por vergüenza de mi adulterio .

MENELAO . — ¡Ay! ¿Y vive Hermíone, nuestra hija?

[690] HELENA . — Sin esposo, sin hijos, lamenta mi funesta unión .

MENELAO . — ¡Oh tú, Paris, que destruiste por completo, de arriba a abajo, mi morada! también tú te has perdido, y millares de dánaos armados de bronce .

HELENA . — Y a mí un dios me ha arrojado, desdichada [695] y maldita, lejos de la patria, de mi ciudad y de ti, el día en que dejé tu palacio y tu lecho, pero no en busca de una unión deshonrosa .

CORIFEO . — Si en el porvenir obtenéis una fortuna dichosa, ello os compensará de las desgracias pasadas.

[700] MENSAJERO . — Menelao, hazme partícipe de esa felicidad que estoy viendo, pero cuya razón de ser desconozco.

MENELAO . — ¡Oh anciano! Ven a tomar parte en estos diálogos.

MENSAJERO . — ¿No es ésta la causante de nuestras fatigas en Ilión?

[705] MENELAO . — No lo es. Los dioses nos han engañado. No tuvimos sino una imagen hecha de nube entre las manos.

MENSAJERO . — ¿Qué dices? ¿Por una simple nube sufrimos tanto?

MENELAO . —Fue obra de Hera y fruto de la discordia de las tres diosas.

MENSAJERO . —Y esta que tiene existencia real, ¿es tu esposa?

[710] MENELAO . —Lo es. Confía en mis palabras.

MENSAJERO . —¡Oh hija, qué inconstante y difícil de entender es la divinidad! ¡Con qué facilidad lo cambia todo y lo trae y lo lleva de un lado a otro! Un hombre sufre; otro, que ha empezado por no sufrir, muere más tarde miserablemente, sin haber podido gozar de una buena fortuna estable. [715] Tú y tu esposo habéis padecido mucho; tú por los rumores y habladurías, él en el esfuerzo de la lanza. Nada obtuvo de lo que deseaba cuando lo buscó con ahínco, y he aquí que ahora, por sí mismo, el bien que colma su felicidad le ha salido al paso. No has deshonrado, entonces, a tu anciano padre, ni [720] a los Dioscuros; nada has hecho de cuanto te atribuyen. Recuerdo todavía tu himeneo, las antorchas que yo llevaba, corriendo junto a tu cuadriga; recuerdo cómo, sentada en el [725] carro con Menelao, abandonaste recién casada la feliz morada paterna. Mal siervo es el que no respeta a sus amos y no participa de sus alegrías ni de sus desgracias. En cuanto a mí, aunque esclavo por nacimiento, ¡ojalá se me cuente [730] entre los siervos bien nacidos, libres de corazón aunque no lo sean de nombre! Mejor es esto que padecer, siendo una sola persona, el doble infortunio de tener un mal corazón y obedecer a los demás como un esclavo.

MENELAO . — ¡Oh anciano! Muchas fatigas has sufrido por mí junto al escudo, y ahora tomas parte en mi felicidad. [735] Ve y anuncia a los compañeros supervivientes dónde estamos y en qué estado de buena fortuna nos has encontrado. Diles que esperen en la costa, atentos a los combates que, según creo, nos aguardan, y que estén listos, si por acaso [740] conseguimos sacar a Helena de esta tierra, a correr nuestra misma suerte y escapar, si podemos, todos juntos de estos bárbaros.

MENSAJERO . — Así se hará, ¡oh rey! Ahora veo qué falso y lleno de mentiras es el arte de los adivinos. Ninguna [745] sensatez hay en la llama que arde, ni en los cantos de los seres alados. Necedad es pensar que los pájaros tienen deudas con los mortales. Pues Calcante, que veía a los suyos morir por un fantasma, nada dijo, ni lo comunicó al ejército. Tampoco [750] lo hizo Héleno, y la ciudad fue destruida inútilmente. ¿Se dirá, acaso, que un dios así lo había querido? ¿Por qué, entonces, consultamos los oráculos? Hay que sacrificar en honor de los dioses, implorar sus beneficios y dejarse de [755] adivinaciones, que no son más que un señuelo para los humanos. Nadie, sin trabajar, se ha enriquecido con los fuegos sacrificiales; la razón y la prudencia son los mejores adivinos.

CORIFEO . — Por lo que hace a los adivinos, pienso lo mismo que este anciano. Quien tiene la amistad de los dioses [760] posee en su hogar el mejor oráculo.

HELENA . — En fin, todo va bien, al menos por ahora. Pero, ¿cómo has podido llegar a salvo aquí, infeliz, desde Troya? Saberlo no me reporta ganancia, pero quien ama siempre desea oír el relato de las desgracias del ser amado.

[765] MENELAO . — Por muchas cosas me preguntas en una sola palabra y de una sola vez. ¿Te hablaré de nuestro desastre en el Egeo, de los fuegos eubeos de Nauplio 14 , de Creta, de Libia, de las ciudades que he recorrido y del observatorio [770] de Perseo 15 ? No llegarían a satisfacerte mis palabras, y, al contarte mis males, volvería a vivir todos mi sufrimientos y experimentaría una pena doble.

HELENA . — Has hablado mejor de lo que yo lo hice al preguntarte. Dejando a un lado todo lo demás, dime sólo una cosa: ¿cuánto tiempo te has consumido sobre las espaldas del mar, errante a merced de las olas?

MENELAO . — Después de los diez años transcurridos en [775] Troya, he vivido otros siete en mis naves.

HELENA . — ¡Ay, ay! Largo tiempo dices, oh desdichado, y, tras salvarte allí, llegas aquí en busca del degüello.

MENELAO . — ¿Cómo dices? ¿Qué hablas? Mujer, tú me destruyes.