MENELAO . — ¿Cómo dices? ¿Qué hablas? Mujer, tú me destruyes.
HELENA . — ¡Huye lo más rápidamente posible de esta tierra [780] y aléjate de ella! Te matará el hombre que vive en este palacio.
MENELAO . — ¿Qué he hecho yo que merezca ese castigo?
HELENA . — Tu inesperada llegada es un obstáculo para mis bodas.
MENELAO . — ¿Quiere, pues, alguien casarse con mi esposa?
HELENA . — Y ultrajarme. He tenido que sufrirlo. [785]
MENELAO . — ¿Es algún particular poderoso, o el soberano de esta tierra?
HELENA . — Es el rey del país, el hijo de Proteo.
MENELAO . — ¡Ya está claro el enigma que escuché a la anciana portera!
HELENA . — ¿A qué bárbaras puertas te has dirigido?
MENELAO . — A éstas, de donde fui expulsado como un [790] mendigo.
HELENA . —No mendigarías tu pan… ¡Desgraciada de mí!
MENELAO . — Eso hacía, pero no me di el nombre de mendigo.
HELENA . — Entonces debes estar al tanto de lo concerniente a mis bodas.
MENELAO . — Lo estoy, pero ignoro si has podido evitarlas.
HELENA . —Sabe que he conservado para ti mi lecho intacto. [795]
MENELAO . — ¿Cómo estaré seguro de ello? Gratas son tus palabras, si son ciertas.
HELENA . — ¿Ves mi morada miserable junto a este sepulcro?
MENELAO . — Veo un lecho de hojas. ¿Qué tiene que ver eso contigo, desdichada?
HELENA . — Aquí vengo a suplicar, huyendo de esas bodas.
[800] MENELAO . — ¿A falta de un altar, o es ésa la costumbre bárbara?
HELENA . — Esta tumba me ha protegido como el templo de un dios.
MENELAO . — ¿No me es posible entonces llevarte a nuestra casa?
HELENA . — Te espera la espada antes que mi lecho.
MENELAO . — ¡ Soy el más desgraciado de los hombres!
[805] HELENA . — No te avergüences y huye de esta tierra.
MENELAO . — ¿Abandonándote? He destruido Troya por ti.
HELENA . — Mejor es eso que morir por mi amor.
MENELAO . — Sería una cobardía indigna del vencedor de Ilión.
HELENA . — Si has pensado matar al rey, es imposible.
[810] MENELAO . — ¿Su cuerpo no es vulnerable al hierro?
HELENA . — Ya lo sabrás. Atreverse a lo imposible no es propio de hombre cuerdo.
MENELAO . — ¿Presentaré en silencio las manos para que me las aten?
HELENA . — Tu situación es desesperada. Hay que recurrir a la astucia.
MENELAO . — Mejor es morir haciendo algo que no intentar nada.
[815] HELENA . — Una sola esperanza tenemos de salvarnos.
MENELAO . — ¿El soborno, la audacia, o la elocuencia?
HELENA . — Que el tirano no sepa que has venido.
MENELAO . — ¿Quién va a decírselo? No puede saber quién soy yo.
HELENA . — Tiene dentro una aliada semejante a los dioses.
MENELAO . — ¿Habita una voz inspirada en lo más hondo [820] de su casa?
HELENA . — No. Es la hermana del rey, la que llaman Teónoe.
MENELAO . — Un nombre profético. Dime qué es lo que hace.
HELENA . — Lo sabe todo. Dirá a su hermano que estás aquí.
MENELAO . — En ese caso moriré, pues no puedo ocultarme.
HELENA . — Quizá pudiéramos convencerla suplicándole… [825]
MENELAO . — ¿Hacer qué? ¿A qué esperanza me conduces?
HELENA . —… que no dijera a su hermano que estás aquí.
MENELAO . — Si la persuadiéramos, ¿cómo podríamos escapar de esta tierra?
HELENA . — Fácilmente, si nos ayuda; a sus espaldas, nunca.
MENELAO . — Eso es tarea tuya. Las mujeres se entienden [830] entre sí.
HELENA . — Ten por seguro que mis manos abrazarán sus rodillas.
MENELAO . — Bien; pero, ¿y si no atiende a nuestra súplica?
HELENA . — Morirás. Y yo, desdichada, tendré que casarme por la fuerza.
MENELAO . — ¡Eres una traidora! Esa violencia no es más que un pretexto.
HELENA . — No, por tu cabeza te lo juro con sagrado juramento. [835]
MENELAO . — ¿Qué dices? ¿Morirás? ¿No cambiarás nunca de lecho?
HELENA . — Moriré con tu misma espada y caeré junto a ti.
MENELAO . — Toma, entonces, mi diestra en señal de fe.
HELENA . — La toco. Muerto tú, renunciaré a la luz del sol.
[840] MENELAO . — Y yo, si es que te pierdo, dejaré de vivir.
HELENA . — Pero, ¿qué hemos de hacer para morir con gloria?
MENELAO . — Después de matarte sobre este sepulcro, me mataré. Pero antes entablaré un gran combate por tu posesión. [845]¡Que se acerque quien quiera! No deshonraré mi gloria troyana, ni volveré a la Hélade en busca de reproches yo, que he privado a Tetis de Aquiles, que contemplé la muerte de Ayante Telamonio y dejé sin hijo al Nelida 16 . [850] ¿No voy a estimar justo morir por mi mujer? Desde luego que sí, porque, si los dioses son sabios, cubren con tierra leve la tumba del valiente muerto en combate por sus enemigos, y en cambio a los cobardes los arrojan bajo pesados túmulos de piedra 17 .
[855] CORIFEO . — ¡Oh dioses, que el linaje de Tántalo pueda verse algún día feliz y libre de infortunios!
HELENA . — ¡Desdichada de mí! La suerte me es adversa. Se acabó, Menelao: la profetisa Teónoe sale del palacio. [860] Rechina al abrirse la cerradura. ¡Huye! Pero, ¿para qué huir? Esté ausente o presente, ella sabe que estás aquí. ¡Estoy perdida, pobre de mí! ¡Te salvaste de Troya y de una tierra bárbara, pero has vuelto a caer bajo bárbaros filos!
TEÓNOE . — Ve tú delante, llevando el sagrado fulgor de [865] las antorchas, y purifica —rito solemne— los rincones del éter, a fin de que podamos recibir el aire limpio del cielo. Y tú derrama fuego purificador en el camino, por si algún pie impío lo ha hollado, y sacude a mi paso el hachón de pino [870] llameante. Cuando hayáis honrado a los dioses con el culto por mí prescrito, conducid al palacio la llama del hogar…
Helena, ¿qué te parecen mis oráculos? Visible tienes ante ti a tu esposo Menelao, que ha venido hasta aquí privado de sus naves y de tu espectro. ¡Desventurado! Llegaste [875] después de sortear grandes peligros, y no sabes si podrás regresar a tu casa o si habrás de quedarte aquí. La discordia reina entre los dioses: en este día se reúne ante Zeus una asamblea para decidir sobre ti. Hera, que antaño fuera tu [880] enemiga, ahora te es favorable y quiere que regreses sano y salvo a la patria en compañía de ésta, a fin de que la Hélade conozca que las bodas de Alejandro, don de Cipris, no fueron más que una mentira. Pero Cipris quiere impedir tu regreso, con objeto de no verse al descubierto y de que no parezca [885] que obtuvo su título de belleza en virtud de unas falsas bodas de Helena. De mí depende el desenlace, tanto si, como quiere Cipris, te pierdo diciéndole a mi hermano que estás aquí, como si, de acuerdo con Hera, te salvo la vida [890] ocultándoselo a mi hermano, que me ha ordenado que le diga cuándo llegas a este país. ¿Quién quiere ir a informar a mi hermano de tu presencia, para mi propia seguridad?
HELENA . — ¡Oh virgen, a tus rodillas caigo suplicante y elijo el asiento menos feliz para rogarte por mí misma y por [895] éste, a quien a duras penas he recobrado y voy a verle ya en peligro de muerte! ¡No digas a tu hermano, te lo ruego, que mi esposo ha llegado a mis brazos amantísimos, y sálvale, [900] te lo suplico! No sacrifiques tu piedad a tu hermano, comprando así una gratitud injusta y perversa. Odia el dios la violencia, y ordena a los mortales que no adquieran sus bienes [905] mediante la rapiña. [Debemos renunciar a la riqueza injusta.] Bien común es el cielo para todos los hombres, y lo es también la tierra, en la que nadie debe enriquecer su casa con lo ajeno, ni arrebatar nada por la fuerza. Felizmente para [910] mí en un sentido, y desgraciadamente en otro, Hermes me entregó a tu padre, a fin de que me conservara para mi esposo, que está aquí y quiere recuperarme. ¿Cómo, si muere, va a poder recobrarme? Y, ¿cómo van a devolverme viva a un muerto? Ahora recapacita en la orden divina y en la responsabilidad [915] de Proteo: la divinidad y tu padre muerto, ¿querrían o no querrían devolver un bien ajeno? Desde luego que sí, y es por ello por lo que no debes optar por un hermano insolente en detrimento de un padre honrado. Pues si, [920] siendo adivinadora y creyendo en los dioses, pervirtieras la justicia paterna y abrazaras la causa de tu injusto hermano, sería vergonzoso que, conociendo todo lo divino, lo que es y lo que será, no conocieses lo que es justo. Sálvame a mí, [925] infeliz entre tantas desgracias, concédeme una tregua en medio de mis infortunios. Nadie hay de los mortales que no aborrezca a Helena: en la Hélade dicen que traicioné a mi esposo y que me fui a vivir a las casas ricas en oro de los frigios. Si regreso a la Hélade y pongo el pie de nuevo en [930] Esparta, podrán oír y ver que murieron por intrigas divinas, y que yo jamás traicioné a los míos; entonces me restituirán la virtud perdida y casaré a mi hija, con quien nadie quiere [935] ahora casarse, y, poniendo fin a esta odiosa miseria, gozaré de las riquezas que no faltan en mi morada. Si hubiera muerto Menelao consumido en la hoguera, no ahorraría yo lágrimas de ternura por el ausente; pero ahora que está aquí, sano y salvo, ¿voy a verme privada de él? No, no hagas eso, [940] virgen, te lo suplico. Concédeme esta gracia e imita la conducta de tu virtuoso padre, pues la gloria más hermosa para los hijos, cuando se tiene un padre honrado, es poseer sus mismas pautas morales.
TEÓNOE . — Dignas de piedad son las palabras que has pronunciado, y también tú eres digna de piedad. Pero deseo [945] oír los argumentos de Menelao en defensa de su vida.
MENELAO . — Yo no soportaría arrojarme a tus rodillas ni humedecer con lágrimas mis párpados, pues, si me mostrase cobarde, desfiguraría no poco mis hazañas troyanas. No obstante, dicen que es propio del varón bien nacido verter [950] lágrimas en la adversidad, pero yo prefiero la entereza de ánimo a la belleza del llanto, si es que la hay. Si te parece bien salvar a un extranjero que reclama con todo derecho a su esposa, devuélvemela y sálvame; si no te parece bien, yo [955] no sería más que por enésima vez desdichado, mientras que tú serías considerada en lo sucesivo como una mujer malvada. Pero lo que estimo justo y digno de mí, lo que más puede [960] hacer vibrar tu corazón, quiero decirlo sobre este sepulcro, lamentando la ausencia de tu padre:
¡Oh anciano que habitas esta tumba de piedra! Devuélveme, te lo ruego, a mi esposa, a quien Zeus te envió para que me la conservases. Ya sé que, estando muerto, nunca [965] podrás devolvérmela; pero tu hija, invocado su padre desde el mundo inferior, no permitirá que se hable mal de ti, en otro tiempo tan glorioso: todo depende de ella ahora.
¡Oh subterráneo Hades, también te invoco a ti como aliado, a ti que recibiste, por causa de Helena, tantos cuerpos [970] caídos bajo mi espada, y obtuviste con ello cumplida recompensa! Devuélveles a todos ahora la vida, u obliga a ésta a ir más allá que su piadoso padre, devolviéndome a mi mujer. Pero si me la arrebatáis, te diré lo que ella omitió en [975] sus palabras. Has de saber, oh virgen, que estoy obligado por juramento a combatir primero con tu hermano. Es preciso [980] que él o yo muramos: el asunto es bien simple. Si se niega al combate cuerpo a cuerpo e intenta rendimos por hambre a nosotros dos, suplicantes junto a la tumba, he resuelto matar a Helena y clavarme en el hígado después esta espada de doble filo sobre este mismo sepulcro, para que nuestra [985] sangre, en arroyos, resbale por su superficie. Y yaceremos juntos los dos, muertos sobre esta tumba bien pulida, para dolor eterno tuyo y deshonor para tu padre. Jamás tu hermano, pues, desposará a Helena, ni él ni ningún otro. Soy yo [990] quien me la llevaré, si no a mi casa, sí a la de los muertos.
Pero, ¿a qué todo esto? Hubiera conseguido más piedad derramando lágrimas como una mujer, que mostrándome resuelto. Mátanos, si quieres: no nos matarás deshonrados. [995] Pero no, mejor es que te dejes guiar por mis palabras, y, así, tú serás justa y yo recobraré a mi esposa.
CORIFEO . — En tu mano está decidir, doncella, sobre estos discursos. Juzga, pues, de manera que nos complazca a todos.
[1000] TEÓNOE . — Nací piadosa y quiero seguir siéndolo. Me respeto a mí misma y no podría manchar la gloria de mi padre, ni caería en deshonra por favorecer a mi hermano. Dentro de mí se alza, desde mi nacimiento, un magno santuario de la justicia; por ese sentido de la equidad, que he recibido de [1005] Nereo, intentaré salvar a Menelao. Mi voto se lo daré a Hera, puesto que desea tu bien. Y que Cipris me sea favorable, por más que no haya habido trato entre ella y yo, pues aspiro a ser siempre virgen. En relación con los reproches que [1010] has dirigido a mi padre delante de su tumba 18 , convengo contigo en que sería injusta si no te devolviese a tu esposa, pues, si Proteo estuviera vivo, ya tendrías a Helena y ella a ti.
No hay duda de que existe una sanción punitiva para los muertos, como para todos los hombres vivos. El espíritu de los difuntos ya no vive, pero conserva una consciencia inmortal [1015] al verse sumergido en el inmortal éter 18bis .
Pero no quiero alargar mi discurso: callaré lo que me habéis rogado que calle. Me niego a colaborar en la locura de mi hermano. Le estoy haciendo un favor, aunque no lo [1020] parezca, si le vuelvo piadoso a él, que es impío. En cuanto a vosotros, debéis encontrar alguna forma de escapar. Yo me mantendré al margen y guardaré silencio. Comenzad por los [1025] dioses: rogad a Cipris que os permita regresar a la patria, y suplicad a Hera que persista en la idea de salvaros a ti y a tu esposo. Y tú, padre mío difunto, puedes estar seguro de que, en la medida de mis fuerzas, jamás te llamarán impío a ti, que fuiste tan piadoso.
CORIFEO . — Ningún hombre injusto ha conseguido [1030] ser feliz. La esperanza de salvación reside en una causa justa.
HELENA . — Menelao, por parte de esta virgen estamos salvados. Ahora te toca a ti encontrar el medio de nuestra salvación definitiva. [1035]
MENELAO . — Escucha, pues. Hace mucho tiempo que vives en esta casa: tienen que serte familiares los sirvientes del rey.
HELENA . — ¿Por qué dices eso? Me infundes esperanza, como si fueras a hacer algo bueno para los dos.
MENELAO . — ¿Podrías convencer a alguno de los que [1040] están a cargo de las cuadrigas, para que nos diese uno de sus carros?
HELENA . — Podría hacerlo. Pero, ¿cómo huir, si desconocemos los caminos de este país bárbaro?
MENELAO . — Es imposible, tienes razón. ¿Y si, oculto dentro del palacio, doy muerte al rey con esta espada de doble filo?
[1045] HELENA . — La hermana no soportaría en silencio que tuvieses tú la intención de matar a su hermano.
MENELAO . — No tenemos tampoco nave en la que huir: bajo el mar está la que teníamos.
HELENA . — Escúchame, si es que una mujer puede hablar [1050] con sensatez: ¿quieres pasar por muerto sin estarlo?
MENELAO . — Mal presagio es ése. Pero, si en ello gano, no tengo inconveniente en morir de palabra, estando de hecho vivo.
HELENA . — Te lloraré delante de ese impío con el pelo cortado y con lamentos fúnebres, como hacen las mujeres. [1055]
MENELAO . — ¿Y ése va a ser el medio de nuestra salvación? Parece un truco muy gastado.
HELENA . — Fingiré que has muerto en el mar y pediré al tirano de esta tierra el favor de dedicarte un cenotafio.
MENELAO . — Supón que te lo concede. ¿Cómo nos pondremos [1060] a salvo sin nave, una vez consagrado el cenotafio?
HELENA . — Haré que me proporcione una embarcación, desde la cual dejaré caer mi ofrenda funeraria en los brazos del mar.
MENELAO . — Has dicho bien, salvo en un punto: si te ordenase llevar a cabo mis exequias en tierra firme, todo tu plan se vendría abajo.
[1065] HELENA . — Diré que no es costumbre en la Hélade sepultar en tierra a quienes han muerto en el mar.
MENELAO . — Me has convencido. Después me embarcaré contigo y depositaré en tu misma nave las ofrendas fúnebres.
HELENA . — Es imprescindible que vengáis tú y tus marineros, los que escaparon del naufragio. [1070]
MENELAO . — Y si puedo llegar a la nave aún anclada, haré que mis hombres formen en filas, cada uno con su espada.
HELENA . — Tú debes dirigirlo todo: basta con que nos sean favorables los vientos en las velas y el recorrido de la nave.
MENELAO . — Así será. Los dioses pondrán fin a mis penas. [1075] Pero, ¿por quién dirás que te has enterado de mi muerte?
HELENA . — Por ti. Declararás que, navegando con el hijo de Atreo, eres el único que escapó a la muerte, y que le has visto morir.
MENELAO . — Por lo demás, estos harapos que me cubren serán testigos probatorios del naufragio. [1080]
HELENA . — A propósito vienen, aunque en el momento del desastre fueran inoportunos. Lo que fue una desgracia es ahora una suerte.
MENELAO . — ¿Debo acompañarte al palacio, o es mejor que me quede tranquilamente junto a esta tumba?
HELENA . — Quédate aquí, pues, si intentan algo contra [1085] ti, esta tumba y tu espada te protegerán. Yo, por mi parte, iré al palacio, y allí me cortaré los bucles, cambiaré mis vestidos blancos por otros negros y trazaré surcos sangrantes con las uñas en mis mejillas. Terrible se presenta la lucha, y [1090] veo dos alternativas: o tengo que morir, si me sorprenden en mi intriga, o regreso a la patria y consigo salvarte.
¡Augusta Hera, tú que yaces en el lecho de Zeus, alivia las fatigas de dos mortales dignos de lástima! Te lo rogamos [1095] levantando nuestros brazos tendidos al cielo, donde habitas entre los astros multicolores. Y tú, que por mis bodas recibiste el galardón de la belleza, Cipris, hija de Dione, no [1100] consientas mi ruina. Bastante daño me has causado hasta aquí, entregando mi nombre, no mi cuerpo, a los bárbaros. Y, si quieres que muera, permíteme morir en la tierra de mis padres. ¿Por qué eres insaciable de males y no dejas de fabricar amores engañosos, invenciones falaces y filtros que [1105] ensangrientan las moradas? Si fueses mesurada, serías de las diosas la más dulce para los hombres: no lo niego.
CORO .
Estrofa 1.a
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