HELENA . — Sí. He oído decir que en otro tiempo fue pretendiente de Helena.
[100] TEUCRO . — Después de muerto, suscitó entre sus compañeros una disputa en torno a sus armas.
HELENA . — ¿Por qué supuso eso una desgracia para Ayante?
TEUCRO . — Al ver que otro obtenía las armas, se quitó la vida.
HELENA .-— Y, sin duda, tú sufres por sus padecimientos.
TEUCRO . — Sí, porque no caí muerto al mismo tiempo que él.
[105] HELENA . — ¿Significa eso, extranjero, que fuiste a la ilustre ciudad de Ilión?
TEUCRO . — Después de haber contribuido a destruirla, me he perdido a mi vez.
HELENA . — ¿Ha sido Troya presa de las llamas?
TEUCRO . — Hasta el punto de que no queda huella alguna de sus murallas.
HELENA . — ¡Desgraciada Helena! Por tu culpa yacen muertos los frigios.
[110] TEUCRO . — Y los aqueos. Grandes males se han producido.
HELENA . — ¿Desde cuándo está destruida la ciudad?
TEUCRO . — Cerca de siete años de cosecha han pasado.
HELENA . — Y, ¿cuánto tiempo en total habéis estado en Troya?
TEUCRO . — Muchas lunas, a lo largo de diez años.
HELENA . — ¿Recuperasteis también a la mujer espartana? [115]
TEUCRO . — Menelao se la llevó, arrastrándola por los cabellos.
HELENA . — ¿Has visto tú a la desdichada, o hablas de oídas?
TEUCRO . — Con mis ojos la he visto, no menos que a ti ahora.
HELENA . — Piensa que pudo ser un fantasma creado por los dioses.
TEUCRO . — Háblame de otra cosa, no de esa mujer. [120]
HELENA . — Así, pues, ¿crees que tu visión fue verdadera?
TEUCRO . — La he visto con mis ojos, y el espíritu ve 4 .
HELENA . — Y Menelao, ¿ya está con su esposa en la patria?
TEUCRO . — En Argos no está, ni a orillas del Eurotas.
HELENA . — ¡Ay! Malas noticias son para aquellos a [125] quienes concierne la desgracia.
TEUCRO . — Dicen que él y su esposa han desaparecido.
HELENA . — ¿No siguieron todos los argivos el mismo trayecto?
TEUCRO . — Sí, pero una tormenta los dispersó en todas acciones.
HELENA . — ¿En qué punto del mar salado?
TEUCRO . — Cuando se encontraban en medio del mar [130] Egeo.
HELENA . — ¿Y, desde entonces, nadie ha visto a Menelao en ninguna parte?
TEUCRO . — Nadie. En la Hélade dicen que ha muerto.
HELENA . — ¡Estoy perdida! ¿Existe aún la hija de Testio?
TEUCRO . — ¿Te refieres a Leda? Ya le llegó su hora.
[135] HELENA . — No la habrá matado la vergonzosa fama de Helena…
TEUCRO . — Eso dicen. Ella misma se ajustó un lazo al noble cuello.
HELENA . — Y los hijos de Tindáreo, ¿viven o no?
TEUCRO . — Están muertos y no lo están. Hay dos versiones.
HELENA . — ¿Cuál es la más creíble? ¡Me consumo en desgracias!
[140] TEUCRO . —Dicen que ambos son dioses convertidos en astros.
HELENA . — Bien está eso. ¿Y la otra versión?
TEUCRO . — Cuenta que el hierro ha dado fin a sus días a causa de su hermana. Pero basta de palabras, que no quiero gemir por partida doble. He venido a estas regias moradas [145] porque necesito ver a la profetisa Teónoe. Sirveme tú de mediadora para obtener de ella los oráculos que dirigirán, con viento favorable, las alas de mi nave hacia el país marítimo de Chipre, donde Apolo me predijo que fundaría una [150] ciudad a la que pondría el nombre insular de Salamina, en recuerdo de mi patria de origen.
HELENA . — La propia navegación te orientará, extranjero. Pero abandona esta tierra, huye antes de que te vea el hijo de Proteo, dueño de este país. Ahora está ausente, y caza [155] con sus perros animales salvajes. No te detengas, pues mata a todo heleno extranjero que cae en sus manos. El porqué, no me lo preguntes; prefiero callar. ¿De qué te serviría saberlo?
TEUCRO . — Has dicho bien, mujer. Los dioses te concedan [160] sus favores a cambio de tus buenos oficios. Tienes el cuerpo igual que Helena, pero tu corazón no es como el suyo, sino muy diferente. ¡Perezca ella de manera vil y no regrese jamás a las orillas del Eurotas! En cuanto a ti, mujer, que seas siempre muy feliz.
HELENA . — ¡Ay! Para empezar con la queja adecuada a mis grandes dolores, ¿de qué lamento me serviré? ¿Qué [165] canto entonaré con lágrimas, sollozos o gemidos? ¡Ay, ay!
Estrofa 1.a
Jóvenes aladas, doncellas hijas de la Tierra, Sirenas 5 , ojalá pudierais venir a acompañar mis lamentos con la flauta [170] libia de loto, con la siringa o con la lira, respondiendo con lágrimas a mis deplorables desgracias, con sufrimientos a mis sufrimientos, con cantos a mis cantos. Que Perséfone se [175] una a mis sollozos enviándome vuestra fúnebre música, y recibirá de mí a cambio, allá en sus moradas nocturnas, el peán regado con lágrimas que dedico a muertos y difuntos .
CORO .
Antístrofa 1.a
Estaba yo junto al agua azul, secando sobre la rizada [180] hierba y sobre el tallo de los juncos los peplos de púrpura al resplandor de oro del sol, cuando un lamento ha llenado el aire, y he podido oír un clamor, un canto de dolor no apto [185] para la lira que mi dueña exhalaba entre gemidos y sollozos, semejante a una Ninfa o a una Náyade que, mientras huye por los montes, deja oír tristes melodías, y, junto a las grutas de piedra, denuncia con sus gritos los amores de Pan . [190]
HELENA .
Estrofa 2.a
¡Ay, ay! Botín de naves bárbaras, vírgenes helénides, un [195] navegante aqueo ha venido, ha venido aquí a traerme llanto y más llanto. Ilión no es ya más que una ruina al cuidado del fuego destructor, y ello por culpa mía, que a tantos he matado por culpa de mi nombre, manantial de desastres . [200] Leda buscó la muerte en un lazo axfixiante, a causa del dolor que mi deshonra le produjo. Mi esposo, extraviado [205] largo tiempo en el mar, ha perecido; y Cástor y su hermano, honor gemelo de la patria, han desaparecido, han desaparecido abandonando la tierra que temblaba bajo los cascos [210] de sus caballos, y los gimnasios a orillas del Eurotas, rico en juncos, escenario de esfuerzos juveniles .
CORO .
Antístrofa 2.a
¡Ay, ay! ¡Cuán lamentables son tu destino y tu suerte, mujer! Infortunada vida has llevado desde el día en que [215] Zeus te engendró de tu madre, brillando por el éter bajo el plumaje de un cisne blanco como la nieve. Pues, ¿qué desgracia se ha alejado de ti? ¿Qué no has sufrido a lo largo [220] de tu existencia? Tu madre ha muerto; los queridos hijos gemelos de Zeus tampoco son felices; tú, mi señora, no puedes [225] ver el suelo de la patria, y corre por las ciudades el rumor de que compartes el lecho de un bárbaro; tu esposo abandonó la vida en las olas del mar: ya nunca más verás feliz las moradas de tu padre ni a la Diosa que habita casa de bronce 6 .
HELENA .
Epodo.
[230] ¡Ay, ay! ¿Qué frigio o quién de tierra helénica cortó el pino que iba a inundar de llanto Ilión? De ese pino construyó el Priámida su funesto bajel y, con tripulación bárbara, navegó hasta mi hogar, en pos de mi belleza desdichadísima , [235] a fin de poseer mi lecho. Viajaba con él Cipris, amiga siempre del engaño y del crimen, y llevaba la muerte a los dánaos. ¡Desgraciada de mí entre tantos males! Hera , [240] la augusta diosa a la que Zeus abraza en su dorado trono, envió a Hermes, el veloz hijo de Maya, quien, mientras en mi peplo recogía yo rosas frescas para ir a ofrecérselas [245] más tarde a la Diosa que habita casa de bronce, me arrebató a través del éter y me condujo a esta desventurada tierra, convirtiéndome en causa de la contienda —de la contienda, ¡pobre de mí!— entre la Hélade y los Priámidas. Desde [250] entonces mi nombre arrastra, a orillas del Simunte, una mala fama ficticia .
CORIFEO . — Sé que estás sufriendo, pero hay que soportar con resignación las fatalidades de la vida.
HELENA . — Amigas, ¿a qué destino estoy uncida? ¿Me [255] ha parido mi madre para ser un prodigio ante los mortales? Pues ninguna mujer, helénide o bárbara, ha alumbrado a sus hijos poniendo un huevo blanco, como dicen que Leda me parió a mí de Zeus. Un prodigio es también toda mi vida, y [260] ello por culpa de Hera y a causa de mi belleza. ¡Ojalá esta belleza pudiera borrarse como se borra una pintura, y los rasgos de mi cara se volvieran horrendos en vez de hermosos! ¡Ojalá los helenos olvidaran la mala fama que ahora tengo, y recordasen lo que no es malo como recuerdan ahora [265] lo malo!
Cuando uno está pendiente de un suceso feliz, y los dioses convierten su esperanza en desgracia, el caso, aunque no deja de ser duro, se puede soportar. Pero a mí no me abruma una, sino muchas calamidades. Para empezar, soy inocente, [270] y se me considera una infame. Mucho peor es que te acusen de males que no has cometido, que la realidad misma del mal. Además, fui expulsada de mi patria por los dioses y enviada a estas gentes bárbaras, donde, privada de los seres [275] queridos, soy esclava yo, que procedo de hombres libres: pues todos los bárbaros son esclavos, a excepción de uno 7 . Un áncora, tan sólo una, mantenía aún mi esperanza: que un día volvería mi esposo y pondría fin a mis males; pero mi [280] esposo ha muerto, ya no existe. Murió también mi madre, y yo soy su asesino: aunque no sea justo acusarme por ello, la culpa es sólo mía. Mi hija 8 , la que fuera mi orgullo y el de mi casa, virgen y sin marido verá cómo blanquean sus cabellos. [285] Y los hijos de Zeus, los famosos Dioscuros, ya no existen. Por todo ello perezco yo en medio de tantas desgracias, aunque de hecho no esté muerta. [Lo último y peor es que, si volviera a la patria, me prohibirían el acceso, pensando que, si era la Helena que fue a Troya, debería haber [290] vuelto con Menelao. Porque, si viviera mi esposo, nos reconoceríamos recurriendo a señales que sólo él y yo sabemos. Pero eso no es posible ahora, y él ya nunca regresará.]
¿Por qué estoy viva aún? ¿Qué esperanza me queda? ¿Contraer nuevo matrimonio para remediar mis desgracias, [295] vivir en compañía de un bárbaro sentándome a su opulenta mesa? Pero cuando un marido es odioso a su mujer, también el propio cuerpo 9 se hace odioso, y mejor es morir. ¿Cómo [300] no va a estar bien la muerte para mí? [Vergonzoso es colgarse de un lazo, y parece inconveniente incluso para los esclavos. Degollarse es más noble y hermoso, y ¡es tan breve el instante que nos libera de la vida!] ¡A qué abismo de males he venido a parar! ¡La misma belleza que hace felices a las demás mujeres, a mí me ha perdido! [305]
CORIFEO . — Helena, no creas que el extranjero que ha venido, quienquiera que sea, ha dicho sólo verdades.
HELENA . — Por lo menos dijo a las claras que mi marido había muerto.
CORIFEO . — Muchos relatos se construyen a base de mentiras.
HELENA . — Y, al contrario, otros muchos son verdad. [310]
CORIFEO . — Te inclinas a dar crédito a lo malo antes que a lo bueno.
HELENA . — El propio miedo me conduce hacia aquello que temo.
CORIFEO . — ¿Con qué simpatías cuentas en este palacio?
HELENA . — Todos son mis amigos, a excepción del que intenta desposarme.
CORIFEO . — ¿Sabes lo que tienes que hacer? Abandona [315] esta tumba.
HELENA . — ¿A qué consejo quieres llegar hablando así?
CORIFEO . — Entra en la casa y pregunta a Teónoe, la hija de la Nereida póntica, la que todo lo sabe, si todavía existe tu esposo o si ha perdido ya la luz del sol. Cuando conozcas [320] la verdad, entrégate al gozo o al llanto. ¿De qué vale penar antes de saberlo todo a ciencia cierta? Hazme caso: deja esta tumba y ve en busca de la doncella por quien has de salir de tu ignorancia. Si en esta misma casa puedes obtener [325] información veraz, ¿para qué buscarla más lejos? Quiero acompañarte yo también al palacio y escuchar contigo los oráculos de la virgen. Una mujer debe compartir las fatigas de otra mujer.
HELENA . —Acepto, amigas, vuestro consejo. Venid, venid [330] al palacio para que, dentro de la casa, conozcáis la verdad acerca de mis sufrimientos .
CORO . — Llamas a quien te sigue de buena gana .
[335] HELENA . — ¡Ay, día infortunado! ¿Qué nuevas lamentables voy a oír, desdichada de mí?
CORO . — No anticipes lamentos, oh querida, profetizando males .
[340] HELENA . — ¿Qué habrá sufrido mi infortunado esposo? ¿ Ve la luz, la cuadriga de Helio, el curso de los astros, o , [345] entre los muertos, bajo tierra, sufre duradero destino?
CORO . — Piensa en el porvenir mejor, cualquiera que sea .
HELENA . — Yo te invoco, húmedo Eurotas de verdes juncos [350] y te juro que, si es cierto el rumor de la muerte de mi esposo …
CORO . — ¿Por qué esas palabras ininteligibles?
HELENA . — …suspenderé mi cuello de una cuerda asesina, o me introduciré una espada en embestida de hierro frío [355] a través de la carne, mortal persecución del degüello que hace brotar la sangre de la garganta, ofreciéndome en sacrificio a las tres diosas y al Priámida que las celebró antaño con el canto de su siringa junto a los pastoriles establos . [360] CORO . — ¡Váyanse esas desgracias a otra parte y seas tú muy feliz!
HELENA . — ¡Ay, Troya desdichada! Por hechos nunca cometidos has sido destruida y has soportado tantas desgracias. Los dones con que Cipris me adornó han engendrado [365] mucha sangre, mucho llanto; han traído dolor sobre dolor, lágrimas sobre lágrimas, sufrimientos. Las madres han perdido a sus hijos; las doncellas, hermanas de los muertos, han depositado sus cabelleras junto al cauce del [370] frigio Escamandro. La Hélade ha lanzado un grito, un grito de dolor, y se ha deshecho en llanto, se ha golpeado la cabeza con las manos, y con las uñas ha surcado de heridas sangrientas sus delicadas mejillas .
Oh tú, afortunada Calisto, doncella de la Arcadia de [375] antaño, que subiste al lecho de Zeus bajo la forma de un cuadrúpedo, ¡cuánto mejor te fue a ti que a mi madre!, pues, transformada en fiera de miembros velludos —por más que la ternura de tus ojos suavizara tu aspecto externo—, abandonaste el fardo de la pena. Afortunada tú también, la cierva [380] de cuernos de oro que Ártemis expulsó de sus coros antaño, la Titánide , hija de Mérope, castigada por tu belleza . ¡Mi cuerpo ha arruinado, ha arruinado la ciudadela de [385] Dardania y ha sembrado la muerte entre los aqueos!
MENELAO . — ¡Oh Pélope, tú que en Pisa rivalizaste otrora con Enómao en el certamen de cuadrigas! ¡Ojalá entonces, [cuando fuiste persuadido a formar parte de un festín ante los dioses], hubieras muerto, antes de engendrar a mi padre [390] Atreo, quien, a su vez, del lecho de Aérope engendró a Agamenón y a mí, Menelao, ilustre pareja! Glorioso me parece —y digo esto sin vanidad— trasladar por medio del remo todo un ejército hasta Troya, sin que, como un tirano, hubiera [395] de reunirlo por la fuerza, pues la juventud de la Hélade se puso de buen grado bajo mis órdenes. De los que me siguieron, unos ya no se cuentan entre los vivos; otros, felizmente escapados de los peligros marinos, llevaron a sus casas, de regreso, los nombres de los muertos. Pero yo, desdichado, [400] no he dejado de errar sobre las ondas del glauco mar desde que derribé las torres de Ilión, y, aunque deseo ardientemente volver a mi patria, los dioses no me consideran digno de hacerlo. Tengo navegadas todas las costas, desiertas e inhospitalarias, [405] de Libia. En cuanto me acerco a mi casa, el viento me hace retroceder, y jamás una brisa favorable ha henchido mis velas de modo que pudiese regresar a mi país.
Y he aquí que ahora yo, náufrago miserable, he venido a caer en esta tierra, después de haber perdido a mis amigos. [410] Mi nave se ha roto en mil pedazos contra las rocas. De los diversos elementos que la componían, sólo ha quedado intacta la quilla, sobre la cual logré, a duras penas y por un azar inesperado, salvarme a mí y a Helena, mi esposa, a quien traigo conmigo desde Troya. Cuál sea el nombre de [415] este país y cuál el pueblo que lo habita, lo ignoro. Y me da vergüenza presentarme ante la gente, no sea que me vayan a interrogar acerca de mis harapos, pues quiero ocultar por pudor mi desgracia. Cuando a un hombre que está muy alto le ruedan mal las cosas, la falta de costumbre le mortifica [420] más que al que ha sido siempre un desgraciado. Pero la necesidad me consume, no tengo pan, ni vestidos con que cubrir mi piel; puede verse que son sólo restos del naufragio los jirones que llevo puestos. El mar me ha arrebatado los peplos de antaño, mis magníficas vestiduras, todo mi esplendor. [425] A la que fue el origen de todos mi males, a mi esposa, la he ocultado en el interior de una gruta, y he venido, dejando como encargados de su custodia a aquellos de mis compañeros que han sobrevivido. Y aquí estoy, solo, buscando con afán poder hacerme con lo que urgentemente [430] necesitan mis amigos de allá. A la vista de este palacio cernido de murallas, de estas puertas soberbias propiedad de algún hombre opulento, me he acercado. De una rica mansión es lógico esperar que unos náufragos obtengan algo, mientras que de gentes que no tienen recursos para vivir nada podríamos obtener, por más ayuda que quisieran prestarnos.
[435] ¡Ohé! ¿No va a salir de la casa un portero que transmita dentro, de mi parte, el mensaje de mis miserias?
ANCIANA . — ¿Quién hay a las puertas? ¿No te alejarás del palacio? Si sigues ahí parado, en el umbral de entrada, [440] importunarás a mis amos. O morirás, pues eres heleno, y para ellos no hay hospitalidad en esta tierra.
MENELAO . — Esas mismas palabras pueden decirse en otro tono, pues pienso obedecerte. Pero depón tu cólera.
ANCIANA . — Vete. Mi misión, extranjero, consiste en que ningún heleno se acerque a este palacio.
MENELAO . — ¡Ah! No me empujes, no me eches a la [445] fuerza.
ANCIANA . — Tú tienes la culpa. No haces caso de lo que te digo.
MENELAO . — Ve dentro y anúnciame a tus amos.
ANCIANA . — ¡Bien lo purgaría, créeme, si llevase tu mensaje!
MENELAO . — Vengo como náufrago, como extranjero. Soy, por tanto, inviolable.
ANCIANA . — Dirígete, entonces, a cualquier otra casa. [450]
О проекте
О подписке
Другие проекты