Читать книгу «La mujer de Ödesmark» онлайн полностью📖 — Stina Jackson — MyBook.

Título original: Ödesmark

© Stina Jackson, 2020.

© de la traducción: Gemma Pecharromán Miguel, 2021.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2021.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: ODBO829

ISBN: 9788491878674

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.


Índice

Dedicatoria

Cita

PRIMERA PARTE

Finales del invierno y comienzos de la primavera de 1998

Verano de 1998

Otoño de 1998

Verano de 1999

Navidad de 1999

Octubre de 2000

Septiembre de 2001

Octubre de 2001

Noviembre de 2001

SEGUNDA PARTE

Principios del verano de 2002

Invierno de 2002

Finales del invierno y comienzos de la primavera de 2003

Primavera de 2003

Verano de 2003

Verano de 2008

Verano de 2009

Madrugada del 3 de mayo

Agradecimientos

Notas

A MIS PADRES

Where you come from is gone,

where you thought you were going to never was there,

and where you are is no good unless you can get away from it.

FLANNERY O’CONNOR, Wise Blood*

PRIMERA PARTE

FINALES DEL INVIERNO Y COMIENZOS
DE LA PRIMAVERA DE 1998

La chica se mueve a través de la noche. La luna le sonríe pálidamente mientras ella zigzaguea entre los charcos que la nieve ha dejado tras de sí. La gasolinera abierta las veinticuatro horas lanza su luz de neón sobre la desolación. Ella entra y compra una lata de Coca-Cola y un paquete de Marlboro rojo. El empleado del turno de noche tiene unos ojos tan bondadosos que le hacen apartar la mirada. Sale afuera, se coloca junto al iluminado tren de lavado de coches y enciende un cigarrillo, expulsa el humo contra el cielo nocturno y se fija en un camión que está aparcado más allá de los surtidores de gasolina. Hay un hombre dormido en el asiento del conductor. Lleva puesta una visera oscura y la barbilla le cae sobre el pecho. Ella tira al suelo el cigarrillo a medio fumar y lo pisa. Los charcos de agua brillan como aceite bajo la luz de las farolas mientras camina por el asfalto. Se oye el ruido de algún coche solitario a lo lejos, pero nada más. La tensión le recorre la columna vertebral en forma de cosquilleo. Cuando llega al camión, se agarra al espejo retrovisor y sube por la escalerilla hasta que su cara queda a la altura de la del hombre dormido. Comprueba de cerca que él es más joven de lo que ella creía, tiene las mejillas sombreadas por una barba poco crecida y un pendiente brilla en su oreja.

Ella ve que sus nudillos se acercan al cristal. Solo un golpecito discreto, pero, aun así, el hombre se despierta con una sacudida violenta, se quita la visera instintivamente y deja al descubierto una coronilla calva. La mira, tarda un poco en reaccionar y al fin baja el cristal de la ventanilla.

—¿Qué pasa?

La adrenalina hace que a ella le cueste sonreír. La mano con la que se agarra al espejo ya le ha empezado a doler.

—Nada, solo me preguntaba si quieres compañía.

Él la mira fijamente con la boca abierta. Al principio parece que la va a rechazar, pero luego asiente y le señala con la cabeza la puerta del copiloto.

—Bueno, sube.

Ella da la vuelta al camión, sintiendo un cosquilleo de esperanza en la boca del estómago, gira la cabeza para ver si hay ojos en las sombras, pero a la única persona que ve es al empleado de la gasolinera, y no está mirando hacia fuera. Son casi las dos y no hay ningún otro coche. Si ocurriera algo, no habría testigos.

El hombre lanza un pesado suspiro cuando la joven se sienta a su lado.

—Bueno, ¿y quién eres tú?

—Una chica, sin más.

La cabina huele a aliento cálido.

—Sí, eso ya lo veo.

El tipo parece torpe, se frota los ojos con las palmas de las manos y la mira de reojo, como si ella fuera un bicho raro al que no quiere provocar.

—¿Y cómo es que quieres subir aquí, conmigo?

—Parece que estás solo.

Ella lo anima con la mirada; él parece asustado y eso la vuelve más atrevida. El hombre esboza una sonrisa mientras juguetea nervioso con los dedos en la barba y la mira por el rabillo del ojo.

—Entonces ¿tú no eres una de esas que cobran?

Ella pone la mano encima de la de él. Los anillos de plata brillan entre ambos como lágrimas en la oscuridad; espera que él no note cómo se le agita la sangre.

—No, no soy de esas.

Hay espacio suficiente en la parte posterior de la cabina. Él la recuesta sobre una estrecha litera, apoya con fuerza las manos en sus caderas mientras la penetra. No se quitan la ropa, solo dejan caer los pantalones hasta los tobillos, como si temieran ser descubiertos. Ella levanta la mirada y ve a un niño que le sonríe desde una foto. El niño rodea con sus rollizos brazos el cuello de un labrador que tiene el pelaje color chocolate y parece que ambos sonrían a la par. La chica baja la mirada hacia la ropa arrugada de la cama. No pasa mucho tiempo antes de que él lance un rugido y se retire —inmediatamente, para que toda la plasta caiga en el suelo—. Ella se agacha y se sube las bragas. Están a punto de saltársele las lágrimas, pero traga y traga para ahogar el llanto.

El hombre parece reanimado. Sus manos han cobrado nueva seguridad cuando se abrocha el cinturón, como un adolescente que se acuesta con alguien por primera vez. A ella le sorprende. Lo parecidos que son. Los hombres.

Se sientan en la parte delantera de la cabina y fuman. Fuera de los grandes parabrisas del camión, descansa el mundo oscuro y húmedo. Le escuece la vagina, pero la necesidad de llorar ha pasado.

—¿Adónde vas a ir ahora?

—A Haparanda.

Su dialecto suena gracioso, casi como si cantara las palabras.

—¿Vas a venir conmigo o qué? —añade él.

Ella gira la cabeza para expulsar el humo afuera.

—Yo voy a ir más allá de Haparanda.

Al camionero le brillan los dientes en la oscuridad. Esto es algo que él no ha hecho antes. Ella puede ver inmediatamente que le invade la mala conciencia. Él señala la gasolinera y su voz intenta atenuar lo que acaba de ocurrir.

—Pensaba ir a comprar algo de comer, ¿quieres algo?

—Un bollo de canela no estaría mal.

—Está bien, te lo traigo.

Quita las llaves de contacto y sonríe discretamente antes de abrir la puerta y bajarse del camión. Al andar se ve que es un poco patizambo y parece que no le preocupa que le salpique el agua de los charcos. La chica lo observa hasta que desaparece en el interior de la tienda, y sopesa lo de viajar con él a pesar de todo. Quizá pueda apearse en Luleå. Ha oído que es una ciudad bastante grande, y en las ciudades uno puede desaparecer.

El atardecer era lo peor. Darse cuenta de que había perdido otro día. Un día como todos los demás. Ella estaba en su puesto detrás de la caja e intentaba hacer como si no se diera cuenta de que caía la oscuridad más allá de las ventanas de la tienda. Estar bajo la intensa luz de los tubos fluorescentes era como encontrarse en un escenario. Las personas que paraban a echar gasolina podían verla allí bajo la luz, sus movimientos cansados y su mirada huidiza. El cabello fino, que ya no tenía suficiente fuerza para crecer por debajo de los hombros, y la falsa sonrisa, que hacía que le dolieran las mejillas. Ellos podían verla, mientras que ella solo podía intuir su presencia.

La gasolinera estaba en el centro del pueblo y ella sabía el nombre de casi todos los que cruzaban las puertas, pero no los conocía. Tal vez ellos creían que la conocían. De todos modos, ella sabía lo que se rumoreaba. Que la hija de Björnlund había tenido el mundo a sus pies, pero que nunca había aprovechado la ocasión. Y ahora era demasiado tarde; tanto la belleza como la vitalidad habían empezado a abandonarla. Se le había pasado el arroz. Lo único que había logrado era su hijo, un chico, pero nadie sabía cómo se las había ingeniado, porque nunca había tenido novio. Al menos, que se supiera. El niño había nacido de la nada y, a pesar de todas las habladurías acumuladas a lo largo de los años, nunca se había sabido quién era el padre. Era un asunto incómodo que todavía provocaba disputas. En lo único que podían ponerse de acuerdo en los pueblos era en que Liv Björnlund nunca sentaría la cabeza. Si no fuera por el dinero, puede que incluso hubieran sentido pena por ella. Era difícil sentir pena por alguien que poseía una fortuna.

Se tomó un café frío de la máquina y miró la hora con disimulo. Los segundos le martilleaban las sienes. A las nueve en punto saldría del escenario por esta vez. De lo contrario, le explotaría el cerebro. Pero dieron las nueve y cinco antes de que apareciera su compañero del turno de noche. Si él notó lo furiosa que estaba, lo disimuló muy bien.

—Tu padre está ahí fuera esperando —le comentó sin añadir nada más.

Vidar Björnlund había aparcado en su sitio habitual junto al surtidor de diésel. Estaba sentado en su viejo Volvo y con las manos, que parecían garras, fuertemente aferradas al volante. En el asiento trasero, como una sombra, estaba Simon, con la mirada fija en el móvil. Liv le acarició las rodillas antes de abrocharse el cinturón de seguridad y, por un breve instante, él levantó los ojos y sus miradas se encontraron. Se sonrieron.

Vidar giró la llave y el coche carraspeó antes de arrancar. El viejo cacharro había nacido a principios de los años noventa y estaba más para la chatarra que para las resquebrajadas carreteras del interior del país, pero cuando ella se lo dijo, él se limitó a contestar:

—No ruge como un león, pero ruge.

—¿No te parece que es hora de que nos apretemos el cinturón y compremos uno nuevo?

—¡Y una mierda! Comprar un coche nuevo es como limpiarse el culo con dinero.

Liv se volvió de nuevo hacia Simon, que parecía llenar todo el asiento trasero con sus piernas largas y sus brazos musculosos que asomaban por la cazadora. La transformación se había producido silenciosamente, sin que ella se diera cuenta: un día apareció allí, como un hombre adulto. La redondez de las mejillas había sido reemplazada por unas líneas afiladas y una pelusilla rojiza cada día más densa. De su niño regordete y suave no quedaba ni rastro. Intentó captar su atención, pero él pareció no notarlo, no hacía más que teclear frenéticamente con los pulgares en el teléfono, profundamente inmerso en un mundo al que ella no tenía acceso.

—¿Qué tal en la escuela?

—Bien.

—La escuela —refunfuñó Vidar—. No es más que una pérdida de tiempo.

—No empieces otra vez —dijo Liv.

—En la escuela solo se aprenden tres cosas: a beber, a pegarse y a ir detrás de las faldas.

Vidar giró el espejo retrovisor para poder mirar a su nieto.

—¿Me equivoco?

Simon escondió la boca debajo del cuello de la cazadora, pero Liv pudo ver que sonreía. A él le hacía más gracia el viejo que a ella, tenía la capacidad de reírse de esas cosas que a ella la sacaban de quicio.

—Eso solo lo dices porque no tienes formación —le respondió ella.

—¿Para qué iba a querer yo la formación? Yo ya sabía beber y pelearme. Y mujeres no faltaban. No cuando era joven.

Liv sacudió la cabeza y desvió la mirada hacia el bosque. Evitó las manos venosas que agarraban el volante y el aliento del viejo que quemaba el aire que compartían. Pronto el asfalto dejó paso a la grava y los árboles se acercaron. No se cruzaron con ningún coche, y más allá de las luces largas solo había oscuridad. Se desabrochó los botones superiores de la camisa de trabajo y se rascó el pecho y el cuello con las uñas. El escozor siempre empeoraba durante el camino de vuelta a casa, como si el cuerpo intentara liberarse desesperadamente de su propia piel. Mil hormigas en el cuero cabelludo y a lo largo de los brazos la obligaban a rascarse la piel hasta que sangraba. Si Vidar o Simon lo notaron, no dijeron nada, demasiado acostumbrados a su comportamiento como para prestarle atención. El móvil del chico vibraba a intervalos regulares, exigiendo constantemente su atención. El viejo conducía con la mirada puesta en el camino y sin parar de murmurar. Prefería mascullar las palabras que compartirlas.

Cuando llegaron a Ödesmark,* los recuerdos habituales se le agolparon en la cabeza, todas aquellas veces que había saltado del coche y había echado a correr. Huía directamente hasta el regazo de los abetos, como si pudieran protegerla. El pueblo era como la última avanzadilla a lo largo de un camino que ya no conducía a ninguna parte. A unas decenas de kilómetros hacia el oeste, desaparecía engullido por la maleza y las ruinas de lo que fue en su día. Si uno daba una vuelta con el coche alrededor del pueblo, no tardaba en tener la sensación de que el bosque aguardaba el momento de engullirlo a él también. Las casas se encontraban a una distancia segura unas de otras, separadas por pinares, por terrenos pantanosos y por el lago, que se extendía como un ojo negro en medio de todo y reflejaba la desolación. Había catorce granjas en total, pero solo cinco estaban habitadas. El resto estaba desmoronándose, con sus ventanas condenadas y las fachadas azotadas por el viento, aguardando la ruina.

Liv conocía aquellas tierras mejor que sus propias entrañas. Sus pies habían creado los senderos que serpenteaban por el bosque, y allí fuera sabía dónde se ocultaba cada fuente de agua fresca, cada escondite en el que crecían moras de los pantanos y dónde dormía cada pozo olvidado. También conocía a las personas, aunque las evitaba. Podía reconocer la risa y los olores que llegaban con el viento, y no necesitaba mirar afuera para saber de quién era el coche que se deslizaba sobre la grava o de quién era la motosierra que rompía el silencio. Oía los ladridos de sus perros, los cencerros de sus vacas. Ambos la ahogaban y le daban vida al mismo tiempo: la tierra y la gente.

Björngården, la casa de su infancia, estaba en lo alto, bien protegida por el bosque que la rodeaba, y desde su habitación en el segundo piso podía vislumbrar el ojo negro del lago, abajo, en el valle. Vidar había construido la casa antes de que Liv naciera, y ahí seguía estando ella, ya bien entrada en la edad adulta, a pesar de que desde niña juró que nunca se quedaría allí. Y no solo se había quedado ella, sino que también había permitido que Simon creciera en el mismo lugar olvidado de la mano de Dios. Tres generaciones bajo el mismo techo, como se vivía antiguamente cuando la necesidad lo requería. Pero ahora no había necesidad, más allá de la que las personas creaban para aferrarse unas a otras. Y cuanto más tiempo pasaba, más difícil resultaba levantar la vista por encima de las puntas de los abetos e imaginarse en otro lugar. De modo que era más fácil dejarse engullir lentamente junto con el resto del pueblo.

Vidar giró, se detuvo ante la barrera que cerraba el paso y carraspeó para aclararse la garganta.

—¡Hogar, dulce hogar! —exclamó, clavando los ojos en la deteriorada casa que descollaba en el alto.

Mantuvo el motor en punto muerto mientras Simon salía y se inclinaba sobre el candado. Desde atrás, ella casi no lo reconocía, con su espalda ancha y la nuca como la de un toro. Cuando Simon levantó la barrera, Vidar dejó que el coche se deslizara hacia el interior lentamente y, tan pronto como pasaron, Simon volvió a bajar la barrera y a cerrar el candado. Liv se rascó el cuello irritado con las uñas mientras rodaban en dirección al patio.

—Ya no es un niño —dijo ella.

—No, menos mal.





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