—Creo que tiene un ligue —dijo Vidar.
—Ah, ¿sí?
—Mmm..., sí. Se lo noto en el olor, huele diferente.
—No lo he notado.
Vidar se colocó un azucarillo entre los dientes, bebió el café del platillo y le lanzó a Liv una mirada cargada de intención.
—Sale a su madre, ya lo verás. Pronto dejará del volver a casa por las noches.
Resultaba difícil respirar en la cabaña de Juha Bjerke. Liam y Gabriel estaban sentados a una mesa desvencijada mientras el hombre delgado daba vueltas delante de ellos. Alrededor de sus botas se levantaban pequeñas nubes de polvo y restos de agujas de abeto, y el aire cargado de humo escocía en los ojos. La mirada de Juha vagaba entre ellos, indescifrable.
—Tendréis que perdonarme —dijo—, pero no estoy acostumbrado a recibir visitas.
Liam trató de ocultar el malestar que se iba apoderando de él. Miró de reojo a Gabriel. A su hermano parecía divertirle la situación, una sonrisa jugueteaba en las comisuras de sus labios y su mirada se deslizaba sorprendida alrededor de la cabaña, deteniéndose en la curiosa decoración y en los trofeos de caza. Había un cuchillo clavado en la tabla de la mesa, y los restos de sangre seca habían dejado una mancha oscura sobre la superficie rayada. Una piel de animal colgaba a modo de cortina en la única ventana, el aire estaba cargado en aquel espacio tan angosto y hacía calor. Juha se colocó a la sombra de la chimenea y sus ojos parecían arder en la oscuridad cuando los miraba. Tenía la voz ronca, como si las cuerdas vocales hubieran empezado a oxidársele en la garganta. Seguro que eso era lo que ocurría cuando uno no tenía nunca a nadie con quien hablar.
—Vosotros sois de esa clase de chiflados que cazan zorros con motos de nieve —dijo—. Lo veo solo con miraros.
—No sé de qué estás hablando —respondió Liam—. ¿Acaso parecemos unos malditos cazadores?
—Pero perseguís dinero, ¿no? En eso consiste vuestra vida: droga y dinero rápido.
Liam sintió las vibraciones de la pierna de Gabriel golpeando el suelo. Ninguno de ellos dijo nada.
—No venís hasta aquí con hierba y café para un viejo solo porque sois buena gente, ¿no? Queréis cobrar por la molestia.
—No nos dedicamos a la beneficencia, si es eso lo que preguntas —dijo Gabriel—. Es lo justo.
Juha soltó una risa aguda. Liam vio de reojo el cuchillo clavado, solo tenía que estirar la mano para hacerse con él. Eso lo tranquilizó.
Juha colgó la cafetera sobre el fuego.
—Sois ambiciosos, y eso me gusta. Yo también fui ambicioso en su día. Pero cuando uno ha tenido que pasar hambre durante mucho tiempo, ya no oye cómo ruge el estómago. Entonces se hace el silencio.
A pesar de la ronquera, su voz tenía un deje melodioso, como si prefiriera cantar las palabras.
—Conocí a vuestro padre de joven —prosiguió—. Fuimos juntos a la escuela. Era un hombre de verdad. Con el humor de un tejón, uno nunca sabía dónde lo tenía, pero cuando lo necesitabas allí estaba él.
—Nuestro padre está muerto —apuntó Gabriel.
—Ya lo sé. Nadie puede escapar del cáncer: si le pone a uno la zarpa encima, no queda otra que doblar la cerviz y despedirse.
Había mencionado antes la amistad con su padre, la primera vez, cuando fue a comprar hierba, en un intento de ganarse su confianza. Liam tuvo la sensación de que ahora estaba ocurriendo lo mismo: Juha utilizaba a su padre muerto para ganarse su confianza.
El hombre se rascó el pecho hundido, tenía la mirada puesta en las llamas mientras el aroma a café se extendía por la estancia. Liam y Gabriel se miraron, a la espera.
—Tengo un trabajo para vosotros —dijo Juha finalmente—, si estáis interesados.
—¿Qué tipo de trabajo? —preguntó Gabriel.
Juha sonrió y sirvió el café, colocó cuidadosamente sobre la mesa un par de tazas altas humeantes delante de ellos. Un hacha enorme destacaba al lado de la chimenea. Su hoja brillaba al resplandor de las llamas. A Liam empezó a revolvérsele el estómago; el calor sofocante y el olor a pieles de animales hizo que se sintiera mal.
Juha se situó en el extremo de la mesa flexionando los talones y emitió un sonido sibilante mientras soplaba la bebida caliente.
—Hay una mina de oro sin excavar no muy lejos de aquí. Simplemente está ahí, esperando a dos muertos de hambre como vosotros.
El jersey, descolorido por el tiempo y el sudor, le caía como piel flácida sobre la parte superior del cuerpo. La tela de los pantalones tenía unos largos desgarrones por debajo de los cuales se entreveía la piel pálida. Juha despedía un olor a agujas de abeto y a mantillo húmedo. Con un movimiento brusco arrancó el cuchillo clavado en el tablero de la mesa y empezó a hurgarse las uñas con la punta. Liam miró de reojo hacia la puerta. Solo tres pasos, y entonces estaría otra vez al aire libre.
—Nosotros queremos nuestro dinero —dijo—. Te hemos dado tu hierba y, como dice mi hermano, no nos dedicamos a la beneficencia.
—Yo también tuve un hermano una vez —comentó Juha—. Éramos como vosotros dos, siempre juntos. Mi hermano y yo éramos invencibles, teníamos a todo el mundo a nuestros pies. Pero luego va y se muere, el muy cabrón, y fue entonces cuando me di cuenta de que no había justicia en este mundo. El destino no hace más que reírse de uno.
Contrajo el rostro, como si sintiera dolor. No dijo nada durante un buen rato, todo permaneció en silencio, menos el fuego, que vivía su propia vida a sus espaldas, ardiendo y crepitando. Era difícil leerle la cara bajo la escasa luz, difícil ir un paso por delante. El pie de Gabriel encontró el de Liam debajo de la mesa, y le dio una patada.
—Cuenta más sobre esa mina de oro —dijo—. ¿Dónde está?
Juha esbozó una sonrisa.
—¿Conocéis a un tal Vidar Björnlund de Ödesmark?
—Todo el mundo conoce a ese tacaño.
—Puede que viva como si fuera más pobre que una rata de iglesia, pero tiene dinero, más que de sobra. Lo ha ido juntando en montones durante todos estos años, el jodido tacaño. Y de los bancos no se fía, guarda una gran parte del dinero en una caja fuerte en su habitación. Está viejo y achacoso, y robarle sería tan fácil como quitarle una golosina a un niño pequeño.
Gabriel alzó las cejas.
—¿Cómo sabes tú todo eso?
—Lo sé, porque tuvimos negocios juntos hace mucho tiempo. Eso fue cuando yo aún era demasiado tonto para darme cuenta de lo que él era capaz de hacer. Estafó a gente honrada en la compra de tierras para vendérselas luego a las empresas forestales. Vidar, un auténtico hijo de puta avaricioso, eso es lo que es. Y ya nadie quiere hacer negocios con él. Todo lo que tiene es su hija, Liv se llama, aunque Livegen* le pegaría más, porque nunca ha tenido vida propia, la pobre. Sigue viviendo con su padre allá fuera, en Ödesmark, a pesar de que tiene un hijo al que cuidar, o quizá precisamente por eso.
Juha giró la cabeza y escupió en el fuego; le había subido el color a las mejillas, y su voz se volvió inestable cuando continuó:
—Solo Vidar tiene la combinación de la caja fuerte porque, cuando se trata de su fortuna, no se fía ni de los suyos. La hija y el nieto, los dos, bailan al son que él toca. No tienen nada que decir al respecto mientras él esté vivo, y no supondrán un obstáculo, os lo prometo. Así que a ellos los dejáis, ¿entendido? No hay ningún motivo para meterse con la hija ni con el nieto. Todo lo que tenéis que hacer es coger por sorpresa al viejo, y entonces el dinero será vuestro.
Liam le lanzó una rápida mirada a Gabriel: le habían empezado a temblar las aletas de la nariz y su mirada empañada había adquirido un brillo nuevo.
—¿Por qué no vas tú, si resulta que es tan fácil?
Una expresión atormentada cruzó el rostro de Juha, haciéndolo parecer viejo.
—Ya casi no puedo entrar en el pueblo. No soporto ver gente, menos aún ir allí y coger el dinero. Por eso es mejor darles la oportunidad a talentos más capaces como vosotros. Sé que podéis hacerlo.
—Te has quedado sin dinero, ¿verdad?
—No, joder. No paso ninguna necesidad. Es solo que estoy muy harto de Vidar Björnlund, ese tonto ya ha causado demasiados estragos. Y va siendo hora de que aprenda una o dos lecciones.
Juha clavó los ojos en Liam e hizo como si pasara el cuchillo por su propio cuello. Parecía cómico, pero Liam sintió una sacudida en la columna vertebral. Observó a Gabriel, vio un nuevo brillo en su rostro y supo que él ya se había decidido, no hacía falta mucho para despertar su ambición. El sueño constante de conseguir dinero rápido. Él no estaba tan convencido. Vio a Vanja en su cabeza, todos los sueños que había tejido para ella incluso antes de que naciera. Sueños de una vida normal: una casa con varias habitaciones, superficies limpias libres de vergüenza. Pensó en la incubadora en la que ella pasó días después de nacer, un bulto ciego con tubos conectados a cada orificio mientras las drogas corrían alrededor de su cuerpecillo. Él no podía tocarla, solo mirarla allí luchando. Esa era la imagen que siempre lo animaría a seguir adelante.
—¿Qué quieres de nosotros? —preguntó Liam.
—¿A qué te refieres?
—Nos cuentas esto porque quieres algo a cambio, ¿no?
—No quiero una mierda de vosotros dos. Lo único que quiero es ver a Vidar Björnlund de rodillas, de una vez por todas. Quiero verlo perder una fortuna que, para empezar, nunca debería haber sido suya.
Liam empujó la silla hacia atrás y se levantó. Juha se quedó mirándolo fijamente, mientras sopesaba el cuchillo en la mano.
—¿Y estás seguro de que hay una caja fuerte?
—Tan seguro como lo estoy de que el sol se levanta por la mañana y se pone por la tarde. Esperad y veréis.
Juha desapareció en la oscuridad, les dio la espalda y empezó a rebuscar en un cofre que había en el suelo. Blancos velos de polvo revolotearon a su alrededor, cosquilleándoles la nariz. Finalmente, soltó un ligero gruñido y levantó algo en el aire: un papel amarillento marcado por las huellas del tiempo y de unos dedos grasientos. Con un gesto triunfal dejó el papel sobre la mesa, en medio de ambos.
—¿Qué es esto?
—Tenéis ojos para ver, ¿no? Es un mapa.
Parecía un plano algo chapucero: entrada, cocina y dormitorio dibujados con tinta temblorosa. Puertas y ventanas cuidadosamente marcadas, flechas negras que conducían al dormitorio. Allí, en una de las esquinas, alguien había trazado una gruesa cruz negra. Juha se inclinó sobre la mesa y clavó el cuchillo en medio de la cruz con tanta fuerza que el mango se quedó vibrando.
—Ahí la tenéis —dijo—. La respuesta a vuestros sueños.
Liv tomó el café de pie junto al fregadero para evitar sentarse al lado de su padre. Vidar estaba mirando fuera a través de la ventana en busca de señales de vida a lo largo del solitario camino de grava. Iba vestido con ropa de abrigo y llevaba el cuchillo en el cinturón, a pesar de que las manos ya casi no le permitían usarlo. No miraba nunca la televisión, no leía ningún libro, no hacía crucigramas ni apostaba en las carreras de caballos. Sus días consistían en tomar café y controlar lo que pasaba en el pueblo. Aunque se negaba a hablar con los vecinos, quería saber lo que hacían. Los mantenía bajo la misma vigilancia despiadada que a su propia familia. Al viejo no se le escapaba nada, sus ojos borrosos seguían viéndolo todo.
Liv no dijo nada de la botella que había encontrado en la habitación de Simon. De todos modos, Vidar ya lo descubriría en su momento.
Un coche bajó por el camino, Vidar se levantó tan deprisa que le crujieron las articulaciones, y estiró el cuello con curiosidad.
—Ya ves, ahora ha salido Karl-Erik, se pasa el día yendo y viniendo. No sé por qué no le quitan el permiso de conducir a ese hijo de puta.
—Siéntate y deja de mirar.
—Nunca está sobrio el tiempo suficiente como para conducir un coche, acabará atropellando a algún infeliz.
Liv miró el camino de grava embarrado, el sol se reflejaba en el agua del deshielo. Oyó alejarse el coche de Karl-Erik por la carretera principal. Sabía que la aversión que Vidar sentía hacia los vecinos tenía que ver con la soledad; ya no sabía cómo acercarse a la gente, su cercanía lo asustaba, lo volvía venenoso.
—La motosierra está estropeada —dijo ella.
—Ah, ¿sí?
—No pienso cortar toda la leña a mano.
—El chico puede ayudarte. Algo tendrá que hacer con todos esos músculos que ha echado.
Vidar masticaba despacio la rebanada de pan. Por la mañana ponía solo mantequilla, el embutido tenía que esperar hasta el almuerzo. Liv se sirvió más café y observó el triste montón de madera allí fuera. El mango del hacha de color rojo sangre era como un grito de terror en medio de la grisura. La motosierra formaba parte de las cosas innecesarias, así que si quería una nueva tendría que comprarla ella. Un hombre que no se permitía tomar una loncha de queso tampoco se iba a permitir comprar una motosierra nueva.
Vidar acarició el periódico que tenía delante con la mano llena de callos; los anuncios de casas que su hija había marcado con un círculo rojo le devolvían la mirada. Marcaba las casas con un círculo rojo por él, para que viera que el chico y ella estaban a punto de marcharse. Al principio, muchos años atrás, al viejo la había alarmado, pero ahora era algo de lo que se burlaba.
—No querrás vivir en la ciudad. No hay más que gases contaminantes, basura y gente ojerosa. Aquí al menos se pueden ver las estrellas por la noche.
Cuando él se levantó para ponerse más café, ella se refugió en el baño. Orinó en la taza oxidada y después puso las manos durante un buen rato en el lavabo agrietado. El espejo también estaba roto, una telaraña de grietas en la esquina izquierda. Liv evitó encontrarse con su cara en el espejo; la boca cansada y los ojos tristes la hacían sentirse más cansada y más triste todavía. No era solo la casa la que estaba a punto de desmoronarse, su rostro también estaba lleno de arrugas. Oyó a Vidar tarareando en la cocina. Él era el viejo, él era quien debería pensar en la muerte; sin embargo, solo era ella quien lo hacía. Todos los días pensaba que ya faltaba poco, que tenía que aguantar unos años más. Luego empezaría la vida.
Cuando volvió a la cocina, Vidar estaba sentado de nuevo en su silla. Era como si existiera un acuerdo tácito entre ellos: tenían que bailar todo el tiempo el uno alrededor del otro. Si uno estaba sentado a la mesa, el otro se quedaba de pie al lado del fregadero; si uno se movía por el suelo, el otro se quedaba quieto, casi como si la casa no pudiera soportar demasiados movimientos al mismo tiempo. Aunque habían vivido bajo el mismo techo desde el día en que ella nació, la distancia que los separaba no había hecho más que crecer.
Un quad bajó por el camino y Vidar se escondió detrás de la cortina. Una cazadora reflectante de motorista apareció entre los pinos.
—Mira qué gilipollas —dijo—. Ahora Modig se ha comprado otro juguete. El tipo no tiene ni un céntimo en el bolsillo, pero cacharros nuevos no le pueden faltar.
—¿Cómo sabes que es nuevo?
—¡Tengo ojos en la cara! El viejo era negro, este es rojo.
Liv se acercó a la ventana. Douglas Modig se había detenido junto a la barrera del camino y estaba levantando la mano. Ella le respondió con otro saludo.
—Tal vez le pida prestada la motosierra —dijo—, hasta que compremos una nueva.
Vidar comenzó a toser, las flemas le dificultaban la respiración.
—¡Y una mierda! —dijo cuando se recuperó—. No quiero ver a ese fantoche en mi finca. Antes, preferiría cortar la leña yo mismo.
Un poco más tarde, ella volvía a estar delante del tajo. El fuerte sol primaveral le hizo cerrar los ojos antes de levantar el hacha y, cuando cayó, era la cabeza del padre lo que estaba cortando.
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