Читать книгу «La mujer de Ödesmark» онлайн полностью📖 — Stina Jackson — MyBook.


Liv miró de reojo a su padre y descubrió que el paso del tiempo también había dejado su huella en él. Vidar había encogido con los años, la piel arrugada le colgaba suelta sobre los huesos y daba la impresión de estar consumiéndose poco a poco desde dentro. Pero el brío aún ardía con fuerza en sus ojos, dos llamas implacables cuando la miraban. Giró la cabeza y se encontró con su propia mirada vacía en la ventanilla del coche. El crepúsculo se había extinguido hacía mucho rato, solo quedaba la oscuridad.


Liam Lilja se miraba en el espejo roto. Una larga raja en el espejo recorría su cara como una cicatriz, y le deformaba la nariz y los pómulos. La mitad inferior hacía una mueca. Dientes blancos en una barba oscura de tres días. La mitad superior no sonreía. Solo unos ojos lo miraban fijamente. Con descaro, como si buscaran pelea. Si no hubieran sido sus propios ojos, nunca habría tolerado que nadie lo mirara así. Sin apartar la mirada.

—¡Joder! ¿Te estás maquillando o qué? —La voz de Gabriel se oyó al otro lado de la puerta.

—Ya voy.

Liam abrió el grifo, puso las manos bajo el chorro frío y se enjuagó la cara. Le escoció una herida en la mejilla y sintió una punzada en un diente de la mandíbula inferior. Pero le dio la bienvenida al dolor, aguzaba el ingenio.

Fuera, en la tienda iluminada, la cajera no le quitaba el ojo de encima. Un viejo calvo parpadeaba nervioso. Liam sintió cómo la irritación crecía en su pecho cuando vio al hombre. Y también, que se le paralizaba la cara. Que el tiempo se ralentizaba. Gabriel apretó una bolsa de patatas fritas contra su torso, con tal descuido que la hizo crujir.

—Aquí tienes el desayuno —dijo—. También he comprado tabaco.

Estaban sentados en el coche, comiendo patatas fritas y bebiendo Coca-Cola bien fría. El cielo había empezado a clarear, pero el sol aún no se había alzado por encima de los árboles. Gabriel se zampó las patatas en menos de diez minutos y luego se lio un porro con los dedos grasientos.

—Ayer eché un vistazo a la plantación —dijo—. Se han fundido dos lámparas, tenemos que poner unas nuevas.

Liam arrebujó la bolsa de patatas y arrancó el motor.

—Eso ahora es cosa tuya —contestó—. Yo ya no intervengo.

—Las plantas están muy bien —respondió Gabriel, haciéndose el sordo—, las mejores que hemos tenido hasta ahora. Pienso subir el precio.

Liam miró de reojo el coche que estaba aparcado al lado del suyo. Había una mujer sentada en el asiento del copiloto pintándose los labios, tras lo cual lanzó un gran bostezo. Su boca se convirtió en un peligroso círculo rojo. Él se preguntó en qué trabajaría, si tendría hijos. Quizá, una casa con jardín y columpios. El conductor, probablemente su marido, volvía de la tienda y se dejó caer detrás del volante, llevaba unas gafas horrorosas y el pelo peinado con agua. Liam levantó una mano y trató de alisarse la melena, pero sus greñas rebeldes no se dejaban domar. Por más que lo intentara. De todos modos, él nunca se iba a parecer a ellos, a la gente normal y corriente.

Dejaron atrás Arvidsjaur, tomaron pequeños caminos que serpenteaban alejándose de la gente, en tierras recónditas. Unos grandes espejos de agua a ambos lados del camino iban enrojeciéndose a la par que el cielo. Gabriel se fumaba su porro con los ojos cerrados, solo su tos estentórea rompía el silencio. Sonaba como si se le hubieran soltado las costillas y le anduvieran dando vueltas por el pecho. Tenía una cicatriz en el labio inferior que hacía que le colgara la comisura izquierda, eran las secuelas de un anzuelo de pesca que se clavó de pequeño. Aunque Gabriel solía decir que le habían cortado con un cuchillo. Esa historia le gustaba más.

Donde terminaban los lagos solo había bosque, que se extendía denso y oscuro hasta el asfalto agrietado. Liam sintió un malestar revolviéndole el estómago.

—¿Sabe él que venimos?

Gabriel tosió, y un olor a dentadura sin cepillar y a tabaco inundó el coche.

—Lo sabe.

Una vía de ferrocarril cubierta de maleza surgió de la nada y los acompañó un trecho antes de volver a quedar enterrada bajo la alfombra del bosque. Pasaron junto a una estación de tren abandonada, rodeada de vegetación adormecida. Había vagones oxidados llenos de agujeros de bala por donde brotaba la maleza y otras formas de vida. Un poco más adelante yacían los restos de una granja rodeada de prados vacíos, donde la hierba no pastada y las flores marchitas esperaban la orden del sol para levantarse.

El asfalto se convirtió en grava y Liam se desvió por un camino más pequeño y luego por otro. Al principio, siempre se equivocaba, por entonces no tenía carnet de conducir y al coche robado le habían hecho un puente. En aquel tiempo, el camino hasta la casa de Juha le parecía un laberinto de tierras despobladas, y esa precisamente era la idea. Se trataba de que nadie llegara hasta allí.

Al lado de un arroyo negro y cantarín se alzaba entre los árboles una cabaña de troncos de madera sin pintar. Allí no había electricidad ni agua corriente. Liam aparcó a una distancia prudente y permanecieron un rato sentados en el coche en silencio, haciendo acopio de valor. De la chimenea salía un penacho de humo que se posaba sobre el bosque como una manta. Podría haber llegado a parecer un lugar apacible, de no haber sido por los animales muertos. De los árboles colgaban dos cuerpos, desollados y sin cabeza. Enormes trozos de carne que brillaban a la luz.

Cuando abrieron las puertas del coche percibieron el susurro de los abetos y el murmullo del arroyo. Liam cogió la bolsa de plástico con el café y la hierba, y salió evitando mirar la carne colgada. Se estremeció por un instante cuando le dio por pensar que en realidad eran personas a las que Juha había despedazado y colgado.

Juha Bjerke, el lobo solitario que había decidido alejarse de la gente y rara vez se atrevía a mezclarse con otras personas. Se rumoreaba que se debía a un accidente de caza ocurrido a principios de los años noventa, en el que Juha habría matado accidentalmente a su propio hermano durante una cacería de alces. No intervino la policía, pero su madre nunca pudo perdonarlo, y hubo muchos que afirmaron que lo había hecho intencionadamente, que le pudieron los celos. Aquello había ocurrido antes de que Liam naciera, y lo único que sabía con certeza era que Juha evitaba a la gente tanto como la gente lo evitaba a él.

Un perro apareció corriendo de entre la maleza y ellos se quedaron totalmente quietos mientras los olisqueaba con el pelaje erizado. De su garganta surgió un gruñido sordo, a pesar de que a esas alturas ya los conocía. Gabriel escupió en la hierba.

—Me gustaría poder pegarle un tiro a esta puta bestia.

El perro corrió delante de ellos hasta que llegaron a la casa.

—Ve tú primero —dijo Gabriel—, le caes mejor.

Conforme se acercaba, Liam sintió que se le helaba el cuerpo. Aquellas visitas a Juha lo volvían paranoico, aunque casi nunca llegaban a verlo. La mayor parte de las veces, él solo estiraba la mano lo suficiente para entregar el dinero y recoger las cosas. No era muy hablador. Pero, aun así, a Liam se le contraían los músculos cada vez que la solitaria cabaña se alzaba delante de él.

Lo mismo le ocurría a Gabriel. Se había quedado totalmente callado, varios pasos detrás de Liam. Tal vez fuera a causa del aislamiento, o por encontrarse en los dominios de Juha. O, quizá, por la tragedia que se cernía sobre aquel hombre solitario como una nube de tormenta. A pesar de los años que habían pasado desde el accidente, llevaba la tristeza grabada profundamente en el rostro. Había algo aterrador en una persona que lo había perdido todo.

El cráneo de corzo clavado en la puerta de forma chapucera se agitó violentamente cuando Liam llamó. El perro jadeaba a sus pies, y en el interior de la cabaña se oyó un ruido áspero, unos pies que se arrastraban sobre las desgastadas tablas del piso. La puerta se abrió solo un poco, una sombra delgada apareció en el resquicio. En el interior ardía un fuego y las sombras de las llamas se movían en la oscuridad. Juha asomó la cabeza y entornó los ojos ante la luz del amanecer. Por la edad podía ser su padre, andaba entre los cuarenta y los cincuenta, pero tenía el cuerpo duro y nervudo como el de un joven. El pelo largo le colgaba por la espalda recogido en una coleta, y tenía la cara curtida por el tiempo y las adversidades.

Sin decir una palabra, tomó la bolsa que llevaba Liam, se inclinó hacia delante y acercó la nariz a la hierba para comprobar su calidad antes de entregar el dinero. Liam no tuvo más que echar un vistazo a la pasta para darse cuenta de que no era suficiente. Le sorprendió. Juha Bjerke nunca había sido de los que intentaban regatear a la hora de pagar.

—Aquí solo hay la mitad.

Los ojos de Juha se llenaron de una luz extraña.

—¿Qué?

—Tienes que pagar todo, esto es solo la mitad.

Juha se deslizó de nuevo hacia las sombras con un rápido movimiento felino. Tenía una mano detrás en la espalda, como si escondiera algo, tal vez un arma. A Liam se le aceleró el corazón.

—Pasad un momento —dijo Juha desde la oscuridad—, para que podamos hablar.

Liam se guardó el fajo de billetes en el bolsillo y miró por el rabillo del ojo a Gabriel. Su hermano estaba pálido y parecía nervioso. Aquello era nuevo, Juha nunca los había invitado a entrar. Cuando obtenía lo que quería, solía despedirlos sin más, como si fueran perros callejeros a los que no se podía permitir el lujo de alimentar. Aquella era la primera vez que les pedía que cruzaran el umbral. Dentro ardía el fuego. Bajo su resplandor, Liam pudo divisar las escopetas de caza, colgadas en filas ordenadas al lado de la chimenea. Sobre la encimera había una hilera de pequeños cráneos de animales que los miraban con la boca abierta.

—Vamos, pasad —dijo Juha—, que no muerdo.

Durante un par de segundos infinitos todo se detuvo, solo se oía el crepitar del fuego y el viento en los árboles. La sonrisa burlona de Juha los llamaba desde el interior de la cabaña. Liam se llenó los pulmones de aire fresco antes de entrar. Una vez dentro del reducido espacio lo envolvió el calor, y la nariz se le impregnó de olores extraños mientras sus ojos luchaban por distinguir todo lo que se ocultaba en la oscuridad. Fue como entrar directamente en un foso. En una oscura y estremecedora trampa.


Liv estaba sola con el amanecer. La luz se filtraba a través de los abedules desnudos y se posaba como una costra resplandeciente sobre el bosque negro. Tenía la casa a su espalda y evitaba darse la vuelta. Su aliento se alzaba como un escudo frente al mundo. No vio que se encendían las luces, no oyó que alguien la llamaba. Hasta que no vio salir corriendo de entre la maleza a un perro flaco que se puso a bailar en círculos alrededor de ella, no clavó el hacha en el tajo de partir leña y se volvió.

Vidar estaba en la terraza; sus ojos parecían dos rendijas negras.

—Ven a desayunar —le gritó con su voz quebrada.

Y desapareció. Liv se sacudió la chaqueta y comenzó a moverse sin ganas hacia la casa; sus pasos sonaban como golpes de tambor en el silencio.

El viejo y el chico estaban sentados en la cocina y olía a café. A Vidar se le habían entumecido las manos durante la noche, y cuando llegó la mañana sus dedos eran garras rígidas que apenas le permitían llevarse la taza de café a la boca. Simon se encargó de cortar el pan y de untar la mantequilla con mucho esmero.

—Abuelo, ¿has tomado tus medicinas?

Vidar siguió masticando sin hacer caso. Los medicamentos eran algo de lo que no quería saber nada, y si no hubiera sido por Simon, que colocaba las pastillas delante de él formando un bonito arcoíris todas las mañanas, nunca las habría tomado.

—No las tragues con el café. Si no, tendrás ardor de estómago.

—Eres peor que una vieja, ¡qué pesado!

Pero Vidar se tomó las pastillas, una tras otra, y cuando terminó le dio a Simon una discreta palmadita en la mano, que ya era más grande que la suya, y el chico sonrió agachando la cabeza. Liv apartó la mirada, se preguntaba de dónde había sacado el chico su bondad, su luz. De ella no.

Subió a su habitación para cambiarse. La puerta del cuarto de Simon estaba entreabierta y la penumbra que reinaba allí dentro atrajo su mirada. El edredón se había caído de la cama y estaba hecho un lío en el suelo, junto a unas islas de ropa sucia y de libros que no cabían en las estanterías. El estor opaco estaba bajado y toda la luz que había en el cuarto provenía del viejo ordenador que estaba encendido y hacía ruido encima del escritorio. A pesar de las protestas de Vidar, ella se lo había comprado, y el ordenador se había convertido en una especie de amigo para el solitario chico. Allí se desarrollaba toda una vida de la que ella no sabía nada.

Se detuvo con la cara encajada en el hueco de la puerta, respiró el olor a adolescente, a calcetines sudados y a angustia. Escuchó sus voces abajo, en la cocina, antes de empujar la puerta y entrar. Le crujieron las rodillas al levantar el edredón del suelo, y el polvo revoloteó por la habitación. Algo brilló debajo de la cama, y cuando se agachó vio que era una botella de vidrio sin etiqueta. El olor a alcohol era tan fuerte que no tuvo necesidad de desenroscar el tapón para saber lo que había dentro. Algún tipo de alcohol de destilación clandestina, fuerte —hacía saltar las lágrimas—, tal vez de Vidar.

—¿Qué cojones estás haciendo aquí? ¿Por qué estás rebuscando entre mis cosas?

Simon estaba en la puerta, con el rostro oscuro de ira. Liv se enderezó, sujetaba la botella con ambas manos; el vidrio frío parecía resbaladizo.

—Iba a hacerte la cama —dijo ella—. Y he encontrado esto.

—No es mía. Solo se la estoy guardando a un amigo.

Los dos sabían que era mentira, que no había amigos. Pero ella no podía decir eso. Liv le quitó el polvo a la botella y la depositó con cuidado en el escritorio, al lado del ordenador. Los pensamientos se le aceleraron a la misma velocidad que la sangre; él tenía diecisiete años, no valía la pena discutir por eso. Quizá fuera una buena señal que él estuviera haciendo cosas propias de la adolescencia.

—¿A qué amigo? —preguntó ella.

—Eso a ti no te importa.

Se miraron un buen rato; a Simon le había aparecido una arruga en el entrecejo. Eso hacía que se pareciera a Vidar. No obstante, era a sí misma a quien veía en la cara de su hijo. La rebeldía y el anhelo de otra cosa, de libertad. Si no hubiera sido por él, ahora ella no estaría allí, en la casa donde nació. Estaría en algún lugar lejano. Puede que él lo supiera, que todo era por su causa, quizá por eso había aumentado la distancia entre ellos. Liv se preguntó si él finalmente había conseguido hacer amigos, quizá de la peor clase, de los que bebían y se peleaban. O si estaba solo, sentado delante de la luz azul del ordenador, bebiendo por las noches. Las dos opciones le ponían el corazón en un puño.

Simon tomó su mochila; el rubor provocado por el enojo había desaparecido de sus mejillas.

—Volveré tarde de la escuela.

Ella asintió.

—Seguiremos hablando esta noche.

—No quiero que entres en mi habitación cuando yo no estoy.

—Ahora salgo.

Él esperó hasta que ella salió de la habitación y cerró ostensiblemente la puerta con llave antes de bajar las escaleras. Liv lo siguió, miró su nuca infantil cubierta de pelusilla y pensó en todas las veces que había posado su rostro allí y había aspirado su olor. En todas las noches que ella lo había rodeado con su cuerpo para protegerlo y le había puesto una mano entre sus tiernos omóplatos solo para asegurarse de que respiraba, de que no se le iba a morir. Hacía mucho tiempo de eso, fue en otro tiempo.

Se quedaron de pie junto a la ventana de la cocina, mirándolo, mientras él se dirigía al autobús. Liv y el viejo. Siguieron con la mirada su figura larguirucha hasta que el bosque se lo tragó.



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