—Más rápido —dijo Mason al conductor—. Le pagaré lo que sea, pero lléveme ahí.
El taxista levantó las manos. Estaba atrapado en un semáforo sin escapatoria posible. Mason hizo el cálculo de cuánto tardaría en llegar corriendo, siempre y cuando no se desmayara. Pero entonces se puso en verde y el taxista reanudó la marcha. Encontraron un tramo despejado en Clark Street y avanzaron bastante hasta que llegó el momento de doblar por Addison. Cuando el coche tuvo que detenerse de nuevo en un semáforo, Mason echó el dinero por encima del asiento y se bajó del coche antes de que las ruedas dejaran de girar.
Corrió las últimas cuatro manzanas de Addison y atravesó las intersecciones evitando por poco un atropello.
Cuando llegó al edificio, vio el Escalade negro aparcado delante.
«Demasiado tarde».
Utilizó la llave para abrir la puerta principal y subió los escalones de dos en dos. La puerta del apartamento estaba entreabierta y oyó a Max ladrando dentro. Al entrar le llegó el olor a lejía. Mirando el suelo de madera del recibidor, se dio cuenta de que Lauren probablemente se había pasado media noche limpiando la sangre.
El perro no paraba de ladrar. Al mirar hacia el salón, vio que no había nadie.
«¿Dónde están?».
Cuando entró en el dormitorio vio a Quintero sentado en la cama de Lauren. Mason se quedó inmóvil y ambos cruzaron sus miradas. El perro volvió a ladrar y rompió el hechizo. Estaba en la habitación contigua, que Lauren utilizaba como despacho.
—No deberías estar aquí —dijo Quintero.
—No te lo permitiré —repuso Mason.
Era una obscenidad que aquel hombre estuviera en la habitación, tocando su cama.
—Esto no funciona así, Mason. Sabes que es mi obligación.
Mason oyó un ruido en el baño; Lauren había cerrado el grifo de la ducha. Quintero estaba esperándola.
—No mato a mujeres en la ducha —dijo, como si hubiera leído la mente de Mason.
—Hoy no vas a matar a nadie.
Al levantarse, Quintero cogió la pistola que tenía detrás. Era una Sig negra semiautomática con un silenciador enroscado al cañón.
—Ya está hecho —dijo Quintero apuntándole al pecho—. No lo empeores.
—Adelante —contestó Mason—. Mátame a mí también. Entonces podrás proponerle a Cole ocupar mi puesto.
En ese momento se abrió la puerta del baño. Quintero apartó la mirada por un instante, lo suficiente para que Mason agarrara el cañón y tirara de él. La pistola se disparó con un ruido atenuado por el silenciador y la bala atravesó la madera blanda de la puerta del armario. Cuando Quintero cayó hacia atrás, lo arrastró consigo. Mason echó a rodar hacia la cama y oyó el grito de Lauren. Quintero le hundió los dedos en la herida de bala, lo cual le hizo gemir de dolor, pero no soltó el arma.
Ambos siguieron forcejeando por la pistola, pero Mason sabía que no tendría fuerzas para resistir. Ese día, no. Tenía la cara de Quintero encima, el rostro que representaba todo lo que no controlaba en su vida y, ahora, al notar que el arma se le escurría de entre las manos, se preguntó si sería lo último que viera.
Entonces entró en su campo visual otro rostro. Era Lauren, que se había situado detrás de ambos. Llevaba un albornoz blanco y sujetaba algo en la mano, un palo plateado, que blandía como si fuera una espada. Lauren lo levantó por encima de la cabeza y golpeó con fuerza a Quintero, que abrió unos ojos como platos, y, cuando hizo oscilar de nuevo el palo y le alcanzó de lleno en la parte trasera de la cabeza, dejó de respirar.
Mason le arrebató la pistola y se disponía a darle la vuelta cuando el palo descendió una vez más y le dio en el hombro. Estuvo a punto de perder el conocimiento, soltar el arma y echarlo todo a perder, pero resistió y esperó a que se le aclarara la vista.
—Para —dijo a Lauren—. Está bien, lo tengo.
Mason se levantó poco a poco y siguió apuntando a Quintero. Cuando este se movió, le hundió el silenciador en el estómago.
—Te mataré si es necesario —le dijo Mason, e imaginó qué sucedería si apretaba el gatillo, los problemas que resolvería, pero también los que llegarían después.
—Nick... —dijo Lauren. Estaba hiperventilando y apenas podía hablar—. ¿Por qué está aquí otra vez?
La miró solo un instante, el tiempo justo para verla apoyada en la cómoda. Todavía sostenía en la mano izquierda la barra plateada del toallero, ahora doblada. Estaba pálida. Ya no era una guerrera, sino la mujer de la tienda de animales.
—Coge algo de ropa —le dijo Mason—. Todo lo que tengas de valor.
—¿De qué estás hablando? —respondió ella tratando de recuperar el resuello—. ¿Adónde vamos?
—Tú hazlo. Ahora mismo.
—Estás matando a toda la gente a la que quieres —dijo Quintero, que seguía sentado en el suelo. Se llevó una mano a la cabeza y miró si tenía sangre en las manos—. A ella. A tu mujer, a tu hija...
—Pero tú no estarás aquí para verlo.
Mason no apartó la mirada de Quintero mientras Lauren abría los cajones y sacaba su ropa. Cuando fue al baño a cambiarse, Mason continuó.
—Esta es la versión oficial —dijo a Quintero—: viniste aquí y te la llevaste. La mataste y te deshiciste del cuerpo. Nadie lo encontrará jamás. ¿Lo has entendido?
—¿Estás pidiéndome que mienta a Cole?
—No estoy pidiéndotelo.
Vio que Quintero intentaba asimilarlo, hacer cuentas.
—Si la ven en algún sitio...
—No ocurrirá —dijo Mason—. Me aseguraré de ello.
Quintero negó con la cabeza.
—Vas a jodernos a los dos.
Lauren volvió a entrar en la habitación.
—¿Adónde vamos, Nick?
—No tengo tiempo para discutir —dijo Mason—. Prepara la bolsa ahora mismo y coge el transportín de Max. Se va contigo.
—Nick, no iré a...
—Prepara la bolsa —repitió Mason con más firmeza, pero no se dio la vuelta para ver si había surtido efecto.
—No iré a ninguna parte sin ti.
—Prepara-la-bolsa-ahora-mismo.
Lauren tragó con fuerza, pero no se movió.
—Míralo —dijo Mason señalando con la cabeza a Quintero—. ¿A qué crees que ha venido?
—No voy a renunciar a nosotros —dijo ella— solo porque un...
—¿Me estás escuchando o no? —le espetó Mason con un tono amenazante que le sonó extraño incluso a él. Pero tenía que ser así. Había llegado el momento de quemar el puente y la carretera que se extendía a ambos lados de él.
—Nick...
Con la barra del toallero aún en la mano, se la veía desconcertada. Quintero los observó en silencio.
—Estoy salvándote la vida —dijo Mason—. Tienes que irte.
—¿Y nosotros?
—No existe un nosotros —respondió—. Ya, no.
Odiaba decirlo, aborrecía todo lo que estaba ocurriendo casi tanto como odiaba la idea de una bala en la cabeza de Lauren, porque era lo bastante estúpido como para pensar que podrían haber tenido algo, una vida, un futuro juntos.
Las lágrimas surcaron las mejillas de Lauren. Mason apartó la mirada, apuntando a Quintero mientras ella preparaba la bolsa. Minutos después, oyó el timbre de la puerta.
—Es Diana —dijo Mason—. Déjala entrar.
La oyó bajar las escaleras y, al momento, pasos subiendo de nuevo.
—¿Qué está pasando aquí? —dijo Diana al entrar en la habitación y ver a Mason sentado en la cama y a Quintero en el suelo.
A Mason no le hizo falta ver la expresión de Diana. Sabía cuánto despreciaba a Quintero, cuánto le temía.
—Lleva a Lauren al aeropuerto —dijo Mason—. Pasa primero por el restaurante. Hay un sobre con diez mil dólares pegado debajo de tu mesa. Dáselo. Y cuando la hayas dejado, márchate. Cogerá un vuelo y se irá. Ninguno de los dos sabrá nunca adónde. ¿Entendido?
—No —terció Lauren—. Primero me rompes el corazón y ahora...
—Diana —dijo Mason ignorando a Lauren—. ¿Lo has entendido?
—Sí —respondió Diana tras un largo silencio.
—No iré a ninguna parte —dijo Lauren.
—No te muevas —dijo Mason a Quintero.
Luego se levantó y se acercó a Lauren, que aún tenía los ojos enrojecidos. Se enjugó la cara y lo miró.
—No puedes hacerme esto —dijo—. Hemos trabajado mucho para estar juntos.
—Fue un error.
—Escúchame. No soy tonta. Ya sabía que iba a pasar algo así, ¿de acuerdo? Lo asumí hace mucho tiempo, así que no me importa lo que digas. No pienso...
—Ayer por la noche maté a un hombre —confesó Mason.
Lauren se quedó muda, como si acabaran de darle una bofetada.
—Fui a ese edificio del centro —añadió—, donde hubo el incendio. Encontré al hombre que estaba buscando y lo maté.
Lauren siguió mirándolo sin mediar palabra.
—La última vez maté a un policía con una escopeta. Le destrocé el cuerpo. Diana estaba allí. Ella puede confirmarlo. Antes de eso, maté a un hombre con un cuchillo; le corté el cuello y vi cómo moría mientras aún lo tenía agarrado.
A Lauren empezaron a resbalarle de nuevo lágrimas por las mejillas.
—Despierta, Lauren. Me dedico a matar gente. Esa es mi vida. Si te quedas, tú también morirás.
Lauren negó con la cabeza, incapaz de decir nada.
—Diana te llevará. No vuelvas aquí. Jamás.
Lauren se quedó allí quieta hasta que Diana la agarró del brazo y la sacó de la habitación. Mason la vio recoger el resto de sus cosas, cerrar la maleta y abrir la habitación de invitados para dejar salir a Max. Le puso una correa, pero el perro tiró de ella al ver a Mason en el dormitorio. Estaba a un metro de él cuando Lauren lo obligó a retroceder.
Diana estaba haciendo equilibrios con el abultado transportín en una mano y la maleta en la otra. Lauren se detuvo para mirar a Mason a los ojos por última vez. Abrió la boca con intención de decir unas palabras, pero no le salieron. Luego, ambas se fueron.
Mason se sentó en el borde de la cama y Quintero se quedó en el suelo sin decir nada.
—Tendrás que llevarme a tu taller —dijo Mason a la postre—. Necesito un coche nuevo.
Lauren miró a la mujer que iba al volante. Diana Rivelli. Era la desconocida a la que encontró viviendo con Nick Mason. Tenía el pelo y los ojos oscuros y una belleza intemporal de la que ni siquiera parecía ser consciente. Ahora seguía siendo una desconocida, igual de misteriosa, pese a que Lauren había encontrado una vía de acceso a la vida de Mason.
«Tengo que irme —pensó—. Tengo que abandonar el único lugar que he conocido. ¿Por qué puede quedarse Diane y yo, no?».
—¿Todo eso era verdad? —dijo secándose las lágrimas otra vez—. ¿Lo que me ha contado Nick?
—Todos hacemos lo que tenemos que hacer —respondió Diane sin apartar la vista de la carretera.
—Y yo tengo que irme.
—Tú puedes irte, lo cual te convierte en afortunada.
—¿En qué soy afortunada, Diana? Mi vida entera se ha acabado.
—Tu vida sigue siendo tuya. Me cambiaría por ti sin pensármelo dos veces. El hombre que es propietario de la vida de Nick... también lo es de la mía.
—La gente no puede ser propietaria de otras personas.
—Eso díselo a mi dueño —repuso Diana—. Puede que viva en una jaula bonita, pero aun así soy una esclava.
—No entiendo nada —dijo Lauren.
—No querías verlo, pero tenías que sospechar algo. ¿Qué creías que hacía cuando te dejaba sola? ¿Repartir flores?
Lauren no contestó y siguieron en silencio hasta llegar a O’Hare.
—¿Dónde se supone que debo ir? —preguntó Lauren—. ¿A casa de mis padres?
—No, no vayas allí. Vete a algún sitio donde nadie pueda encontrarte, al menos por ahora.
Lauren se la quedó mirando y negó con la cabeza en señal de incredulidad.
Entonces llegaron a la terminal. El perro iba sentado en el asiento trasero curioseando por la ventanilla.
Lauren salió con la maleta y un agente se acercó para ayudarla con el transportín. Max forcejeó un momento con la correa, pero se rindió y se sentó en el asfalto.
—Prométeme que cuidarás de él —dijo Lauren antes de cerrar la puerta.
—Bastante trabajo tengo con cuidar de mí misma.
Diana la miró fijamente y el coche de atrás hizo sonar la bocina.
—Prométemelo —insistió Lauren.
Diana asintió y Lauren cerró la puerta y se fue.
No tenía ni idea de adónde iría ni tampoco sabía qué pensaba hacer cuando llegara a su destino.
Su única certeza era que no volvería jamás.
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