Читать книгу «Plan de fuga» онлайн полностью📖 — Steve Hamilton — MyBook.

6

Bruce Harper recordaría durante el resto de su vida el rostro que tenía Nick Mason cuando los miró desde su lujosa casa adosada.

Daba igual que hubiera mancillado el historial intachable del programa WITSEC, tampoco importaba que hubiera abochornado a cuatro mil alguaciles de todo el país y que hubiera supuesto un borrón en sus veintisiete años de carrera. Nada de eso importaba.

Lo que importaba era que, si el agente Sandoval estaba en lo cierto, Nick Mason había asesinado a un testigo al que Harper había jurado proteger, además de herir a nueve de sus hombres.

Y Harper no podía hacer nada al respecto.

Al menos, por el momento.

Estaba sentado delante de Rachel Greenwood, una ayudante del fiscal del Distrito Norte de Illinois. De unos cuarenta y cinco años, atractiva y con aire de profesionalidad, el pelo recogido hacia atrás y gafas con montura al aire. Harper se reunía con ella por primera vez e intentó tomarle la medida. Miró la fotografía enmarcada que había encima de la mesa. Cuando se la hicieron, debía de tener unos cuantos años menos y, en ella, su marido lucía una sonrisa y un peinado típicos de abogado, probablemente privado. Con dos hijos adolescentes, chico y chica. Toda la familia llevaba camisa blanca y sonreía a la cámara en un día alegre que en nada se parecía al de hoy.

Harper ya se había personado en la oficina del Cuerpo de Alguaciles en la planta veinticuatro. Le dijeron que una ayudante del fiscal quería verlo enseguida, así que bajó él mismo al cuarto piso. No iba a poner a nadie a los pies de los caballos. Respondería del fracaso del Servicio.

Mientras bajaba en el ascensor, pensó en cuántos organismos estaban representados en aquella manzana de Dearborn Street —la DEA, el Servicio de Impuestos Internos, dos senadores estadounidenses y Correos—, una de las mayores concentraciones de poder federal fuera de Washington, D.C. La última vez que Harper estuvo allí, le sorprendió lo fácil que resultaría que otro Timothy McVeigh atacara al gobierno federal; solo hacía falta recorrer Dearborn Street en una furgoneta de alquiler cargada con una bomba fertilizante.

Pero ahora solo tenía una cosa en mente.

—Le agradezco que haya reservado tiempo para venir —dijo Greenwood desde el otro lado de la mesa—. Es un honor. El mismísimo subdirector del WITSEC.

Sus palabras rezumaban gentileza, aunque, aquel día, estar al mando del WITSEC era cualquier cosa menos un símbolo de honor, y ella lo sabía. Y sabía que él lo sabía.

—No es un buen día —dijo Harper—. Tengo a nueve alguaciles en el hospital.

—Y a un testigo muerto.

—Es culpa mía. Acepto toda la responsabilidad —se disculpó Harper.

—¿Y de qué me sirve a mí que se responsabilice, señor subdirector?

Harper empezaba a captar el mensaje. Greenwood no quería saldar cuentas. Quería respuestas.

—Nick Mason —respondió.

—¿Se supone que debe decirme algo ese nombre? —inquirió Rachel.

—Trabaja para Darius Cole.

Harper sabía que eso la frenaría, porque, ahora mismo, Darius Cole era la persona más importante en la vida de Greenwood. Fue ella quien ayudó a meterlo para siempre en la cárcel después de ofrecer acuerdos a las dos personas que acabaron testificando contra él. A Harper, que ahora estaba sentado en el despacho de la abogada, no le sorprendió. Había conocido a ayudantes del fiscal federal por todo el país. Algunos se veían superados por su trabajo; otros eran brillantes y ambiciosos, pero, sin duda, estaban destinados a otra cosa. Y aún los había que nacieron para representar a Estados Unidos en los tribunales, aunque eso significara llevar demasiados casos y trabajar demasiadas madrugadas por un salario insuficiente y ningún reconocimiento. Harper sabía que algunos de los mejores eran mujeres. Tenían un talento especial para exponer los cargos, llegar a un acuerdo y convertir a los condenados en testigos cooperadores sorteando las defensas de la gente, apelando a ella a un nivel primario que se remontaba a la cuna: «Estoy de tu lado. Quiero protegerte».

Había sido segunda abogada en el juicio original y ahora sería primera en la revisión, lo cual significaba que su vida estaba casi tan jodida como la de Harper.

—Mason cumplía condena con Cole en Terre Haute —dijo Harper—. Cole lo sacó de allí.

—Ahora lo recuerdo. Hubo problemas con el testigo original. El agente confesó que...

—Era mentira —repuso Harper—. Cole lo orquestó todo. Quería a Mason fuera a fin de que trabajara para él.

—¿Por trabajar entendemos «matar a testigos»?

—Entre otras cosas.

Greenwood hizo una pausa para procesarlo.

—¿Cómo lo sabe? —preguntó finalmente.

—Por el agente de homicidios que lo encerró. Frank Sandoval, compañero del policía que reconoció haber manipulado las pruebas. Hace una hora me ha llevado a casa de Mason. Me ayudará a pescarlo. O yo lo ayudaré a él. Francamente, me da igual quién se cuelgue la medalla esta vez.

—¿Sandoval puede relacionar a Mason con lo de ayer por la noche?

—Si pudiera, estaríamos poniéndole las esposas en este preciso instante.

Greenwood anotó el nombre en su cuaderno.

—Nick Mason —dijo—. ¿Es de por aquí?

—Sandoval dice que es de un lugar llamado Canaryville.

Greenwood suspiró y negó con la cabeza.

—No me sorprende.

—Debe de ser una zona pintoresca de la ciudad.

—Mi abuelo era policía en la época de la Prohibición y conoció a todos los gánsteres importantes: Al Capone, Bugs Moran. Cuando era niña, me contaba infinidad de historias sobre ellos. Pero decía que el peor de todos era un hombre llamado Gene Geary. Se trataba del asesino más despiadado que jamás había conocido.

—Déjeme adivinar —dijo Harper—. Canaryville.

—Allí estaban todos los corrales —respondió ella—. Mi abuelo decía que el aire olía a muerte cuando caminabas por la calle.

«Algunas cosas nunca cambian», pensó Harper, pero no iba a decirlo en voz alta, sobre todo a una mujer que había consagrado su vida a intentar cambiarlas.

—Fue un error traer a McLaren a declarar —dijo Greenwood.

El subtexto quedó implícito: «Fue un error dar por hecho que el Servicio podría protegerlo».

—No debería haber sido un error —dijo Harper—. Nada de esto debería haber ocurrido.

—Pero lo fue y ocurrió —repuso ella antes de cambiar de tema—. ¿Todo esto es obra de un solo hombre?

Más subtexto: «¿De un hombre contra cuántos?».

—Eso creemos, sí.

—¿Cómo averiguó dónde tenían escondido a McLaren?

—Todavía no lo sabemos.

Greenwood negó con la cabeza.

—Todo iba bien hasta ese momento.

—¿A qué se...?

Greenwood levantó las manos para interrumpirlo.

—Vamos, ya ha insinuado que Cole llegó a un acuerdo con un agente para sacar a Mason de la cárcel. Usted y yo sabemos que contactó con alguien del Cuerpo de Alguaciles.

Harper intentó recordar lo que le había dicho su difunta esposa sobre contar hasta tres antes de responder a una pregunta comprometida.

No llegó ni hasta uno.

—No —dijo—, eso no es posible. En mi oficina, no.

—Pues aparentemente, lo es.

Harper no quería decirlo: «La filtración tuvo que ser local. Ha sido la única vez que el Servicio se ha visto en peligro y, por supuesto, fue alguien de la ciudad que convirtió la corrupción en un arte».

—Mire —dijo Harper obligándose a respirar hondo—, estamos en el mismo bando.

—Si está usted más interesado en cubrirle las espaldas al Servicio, no, no lo estamos. Yo solo intento que nos quede al menos un testigo cuando lleguemos a la revisión del juicio.

—¿Cómo demonios consiguió Cole la revisión? Yo pensaba que era casi imposible.

—Debería haberlo sido —dijo Greenwood—, pero Cole hizo algo realmente brillante. Si recuerda el juicio original, solicitamos un jurado anónimo...

—Como en el de Nicky Barnes.

—Barnes fue el primero, sí. Pero los jurados anónimos presentan dos inconvenientes... El primero consiste en que a veces son contraproducentes. Como en el primer juicio de John Gotti...

—No llegó a un veredicto.

—El presidente del jurado mantenía vínculos con la familia. Si ese jurado no hubiera sido anónimo, se habría descubierto la relación y lo habrían echado. Pero el segundo problema es dónde presenta Cole sus alegaciones para la revisión... Porque el Tribunal de apelaciones ya tiene prejuicios contra los jurados anónimos basados en la presunción de culpabilidad, de modo que acaba imponiendo unos criterios de equidad absurdos para las deliberaciones. Son muy difíciles de cumplir. Es un punto débil que nadie ha explotado nunca, ni siquiera Gotti en esas peticiones de revisión del juicio.

—No lo entiendo —dijo Harper—. Ese juicio se celebró hace doce años. ¿Cómo pudo Cole...?

—De repente, doce años después, uno de los miembros anónimos del jurado original supuestamente da con el abogado de Cole y le cuenta que las deliberaciones fueron inadecuadas —dijo Greenwood—. Repasaron a conciencia todos los detalles del caso en el hotel y dijeron que Cole debía de ser culpable si los tenían encerrados en un lugar secreto. Era una bomba que no podían ignorar.

Harper la miró exasperado.

—No se creerá usted esa mierda...

—Yo no oí la moción —dijo Greenwood—. El Tribunal de apelaciones del Distrito Séptimo, sí.

—Por tanto, el primer paso es conseguir la revisión —apostilló Harper—. Y el segundo...

—Empezar a matar a los testigos clave.

Harper pensó en ello unos instantes.

—Y ahora solo nos queda uno.

«Isaiah Wallace. El amigo de infancia de Darius Cole y su confidente más leal. El hombre que contribuyó en mayor medida al encarcelamiento de Cole. Y el hombre al que más necesitamos si pretendemos que siga entre rejas.

»Suponiendo que podamos mantenerlo con vida».

Una reflexión que anteayer habría sido poco más que un chiste.

—En realidad teníamos un tercer testigo potencial para el juicio original —precisó Greenwood—. No sé si usted estaba al corriente.

—No lo estaba.

—No intentamos que cooperara. Podría haber relacionado a Cole con varios homicidios, pero...

Greenwood negó con la cabeza y su voz se fue apagando.

—¿No habría sido un buen testigo?

—Mi jefe de aquel entonces dijo que no recurriera a él a menos que no quedara más remedio. Desapareció años después y acabó en Nueva York. Lo mataron de un disparo no hace mucho. Si no recuerdo mal, estaba cumpliendo cadena perpetua en Dannemora. Así que quiero asegurarme de que el señor Wallace...

—Vamos a trasladar a Wallace a un lugar secreto del WITSEC —dijo Harper—. Será absolutamente intocable. Entre tanto, puede usted ayudarme a encerrar a Mason. Si necesitamos permiso para pinchar un teléfono o hay que autorizar horas extra...

Era un hecho corriente del orden público moderno: si el fiscal no quería investigar a un sospechoso, no podías acusarlo de un delito federal.

—Estaré encantada de ayudarlo —dijo Greenwood—. Pero, a cambio, necesitaré reunirme con el señor Wallace para prepararlo de cara a la revisión del juicio.

—Lo lamento, pero no.

Greenwood ladeó la cabeza.

—¿Acaba usted de decirme que «no»?

—Puedo organizar una videoconferencia —respondió Harper—. Si el juez accede a ello, Wallace también testificará por ese medio.

—No es suficiente.

—Pues tendrá que serlo.

—Necesito verlo en persona. Es la clave para el resto del proceso y debo tener la certeza de que está preparado.

—¿Quiere que proteja a ese hombre o no? —preguntó Harper—. Ni su propia madre podrá verlo en persona hasta que haya terminado el juicio.

—Yo soy la fiscal que procesará a Darius Cole, no la madre de Isaiah Wallace.

—Lo siento.

—«Lo siento» no me sirve para nada. Mi trabajo ya es bastante difícil, alguacil. Estaría tomando declaración a McLaren ahora mismo si...

«Si el Cuerpo de Alguaciles de Estados Unidos al completo no le hubiera fallado».

Harper se encogió de hombros, negándose a ceder.

Greenwood se levantó, rodeó la mesa y se sentó en el borde.

—¿De verdad quiere que las agencias compitan entre sí por ver quién la tiene más larga, alguacil? —preguntó Greenwood—. Si cree que ganará solo porque no tengo eso entre las piernas... —Se inclinó hacia delante y cogió el auricular del teléfono—. ¿Qué opina?

—Veré qué puedo hacer —dijo Harper—. Siempre que no le importe desplazarse a donde esté...

—Iré a donde haga falta —respondió ella con una sonrisa forzada—. Incluso llevaré los ojos tapados todo el trayecto.

—Mason no lo encontrará —afirmó Harper—. Nadie lo hará, se lo prometo.

—Sé que han sido unas veinticuatro horas difíciles —dijo Greenwood con otra sonrisa—, así que le dejaré marcharse.

Cuando le estrechó la mano, Harper se alegró de no tener que enfrentarse nunca a ella en un tribunal.

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