El teléfono de prepago que utilizaría Darius Cole para llamar a Nick Mason aquella mañana había cambiado cinco veces de manos hasta llegar a su celda.
Había iniciado su viaje en un cartón de tabaco que fue depositado en la esquina noroeste del patio por un dron de cuatro hélices después de un vuelo de casi dos kilómetros desde su vehículo de lanzamiento, aparcado a orillas del río Wabash. El cartón contenía ciento setenta gramos de marihuana sin compactar; esa era la tapadera. El guardia que cubría el turno de noche en el puesto perimetral recogió el cartón, sacó la marihuana y la pesó y registró antes de entregársela al equipo de contrabando. Se quedó con el teléfono móvil, los diez billetes de cien dólares y la docena de parches de fentanilo también ocultos dentro del cartón. Metió debajo del asiento de su vehículo patrulla el teléfono, los parches y cinco billetes, y se guardó el resto del dinero en el bolsillo.
El guardia del turno de día encargado del mantenimiento de los coches patrulla cogió los otros cinco billetes de debajo del asiento. Luego metió el teléfono móvil y los parches de fentanilo en un sobre marrón y lo dejó en la caja blanca del correo.
Minutos después, un reo de confianza clasificó las cartas y colocó el sobre debajo del correo destinado a la Unidad de Confinamiento Especial. Pero, antes de abandonar la sala del correo, abrió el sobre y sacó dos parches de fentanilo, que se colocó en la parte interior de los muslos. Los parches le proporcionarían una doble dosis de felicidad opiácea sintética durante setenta y dos horas. Era un pago más que generoso por una entrega adicional.
El preso no podía sentirse mejor cuando llegó a la Unidad de Confinamiento Especial. Allí se encontraba la mayoría de los reos importantes de Terre Haute, y algunos incluso tenían «necesidades especiales» que eran atendidas: celdas más espaciosas, luz natural y mejor comida que el resto de los presidiarios; qué carajo, mejor que la de los guardias.
El agradecido preso que recibió el sobre sin distintivos sacó los parches restantes y, como etapa final del viaje, llevó el teléfono a la celda privada de Darius Cole. Este no quería los parches para nada, por supuesto. No necesitaba un colocón químico para escapar de aquella cárcel, al menos mentalmente. El teléfono era el pago del preso a Cole a cambio de su permiso para vender el fentanilo a otros compañeros de la Unidad de Confinamiento Especial.
Cole había utilizado dispositivos móviles en la penitenciaría de Terre Haute desde su llegada en 2005. Pero, cuando el presidente firmó la Ley de Contrabando de Teléfonos Móviles en 2010, algún burócrata consagró su vida a reducir el número de aparatos en la cárcel. Como en cualquier mercado abierto del mundo, lo único que consiguió fue disparar los precios. Ya se trate de las acciones de Wall Street, ya de las drogas en la calle, el principio era el mismo. Dificultando su obtención, no acabas con el problema; tan solo lo haces más rentable.
Cuando otro burócrata decidió centrar sus esfuerzos en la circulación de las drogas ilegales, el mercado se inundó de repente de teléfonos móviles. Cole calculaba que, ese año, la mitad de los hombres de la Unidad de Confinamiento Especial tenía uno. Aunque no fuera así, podías comprar llamadas a un dólar el minuto. Entonces, un pandillero encarcelado en Baltimore fue descubierto ordenando un asesinato con su móvil y, de repente, el mercado volvió a caer. Ni siquiera podía pedirle a un guardia de los que tenía sobornados que le trajera uno del exterior.
Cole inspeccionó el nuevo teléfono y se aseguró de que tuviera cobertura y de que fuera compatible con al menos uno de los cargadores que tenía en su celda. Entonces indicó al preso que se marchara y marcó diez dígitos de memoria.
Quinientos kilómetros más al norte, Diana Rivelli miró al hombre que vivía en su casa sin saber si estaba vivo. Lo encontró pasada la medianoche cuando volvió de trabajar. Estaba tumbado en el sofá, sin camisa y con el cuello y el hombro derecho vendados. Al margen de lo que le hubiera sucedido, su respiración era poco profunda y en la tela blanca se apreciaba una pequeña mancha de sangre.
Seguía allí cuando se levantó por la mañana; no se había movido ni un milímetro. Diana pasó casi dos horas observándolo, esperando a que despertara, preguntándose si podía hacer algo por él. En varias ocasiones, pensó en cómo había acabado allí aquel desconocido que dormía al otro lado de la casa, que cogía su teléfono móvil y luego desaparecía sin mediar palabra.
Diana llevaba su uniforme de trabajo, ya llegaba tarde y no sabía si el personal de Antonia’s estaría listo para el ajetreo de la hora del almuerzo. Pero Mason seguía sin moverse. Le puso una mano en el cuello, le buscó el pulso y presionó unos segundos la piel, notando el calor de su cuerpo.
«No quiero saber qué le ha ocurrido», se dijo a sí misma. Era una norma que cumplía, una de tantas que mantenían su vida en orden: «Nunca preguntes adónde va. Nunca preguntes qué hace».
Oyó el teléfono sonando debajo de Mason, que se sobresaltó. Pero, antes de que pudiera abrir los ojos, Diana ya se había ido.
En cuanto Mason levantó la cabeza notó la tirantez de los puntos en el hombro. Se estremeció de dolor, cogió el teléfono y pulsó el botón.
—¿Qué quieres, Quintero?
—¿Ayer noche fuiste igual de chapucero que ahora por teléfono? —preguntó Cole—. Utilizas un nombre y encima te equivocas.
La voz, reconocible al instante, hizo que Mason saltara como un resorte. Estaba en el sofá del comedor; ni siquiera había llegado a acostarse. Eran pasadas las nueve y había dormido unas siete horas.
—¿Qué pasó ayer por la noche? —preguntó Cole. Era la segunda vez que llamaba directamente a Mason—. No me gusta lo que estoy oyendo.
Mason se levantó poco a poco. Le daba vueltas la cabeza y fue al cuarto de baño con el teléfono pegado a la oreja. Se miró el hombro vendado y las tiras multicolores que le subían por el cuello.
—¿Me oyes?
—Estoy aquí.
Mason salió del lavabo y fue a la nevera. Se moría por un zumo de naranja, pero eligió una botella de Goose Island Ale.
—Encontré al objetivo —dijo Mason—. Luego salí. En cuanto me cure, estaré...
—Estás desviándote del problema que has creado.
—¿Te refieres al balazo que recibí? ¿A ese problema?
—¿Qué coño quieres? ¿Un Corazón Púrpura? —preguntó Cole—. A mí me han disparado cuatro veces.
Mason cerró la nevera de doble puerta y abrió la cerveza. La casa adosada estaba en silencio, como casi todas las mañanas. Su compañera Diana probablemente había ido al restaurante y estaría preparándose para la avalancha de clientes de mediodía. No recordaba la última vez que había hablado con ella.
—Hice lo que me pediste —dijo Mason—. ¿Qué quieres?
Salió a la terraza de la cocina y se situó junto a la barandilla. La cámara de vídeo estaba enfocándolo y la luz roja parpadeante era un recordatorio continuo de dónde se encontraba, aunque Mason raras veces pensara en ello. El suave viento que llegaba desde el lago formaba ondas en la superficie de la piscina.
—Te he llamado para explicarte qué debería ocurrir a continuación —dijo Cole.
Ese fue el momento en que Mason debería de haber sabido que algo estaba a punto de torcerse, pero se encontraba distraído mirando a la calle.
Justo debajo de la casa, se hallaba Lincoln Park West y más allá, el parque, con su zoo y sus jardines botánicos. Detrás se extendía el lago Michigan, refulgiendo bajo la luz del sol. Era una escena perfecta de cinco millones de dólares, pero hoy Mason solo veía una cosa:
Una berlina negra aparcada en la calle.
—He tenido bastantes mujeres en mi vida —dijo Cole—, pero solo me han importado de verdad una o dos.
Mason vio que se bajaba la ventanilla y alguien lo miraba sin disimulo.
El hombre que lo había enviado a Terre Haute, que cinco años antes estaba sentado delante de él en el restaurante de Diana y le prometió que volvería a encerrarlo. El mismo que le había arrebatado la memoria USB con información sobre los miembros corruptos de la Sección de Investigaciones Especiales, utilizada para acabar con el grupo al completo y que, aun así, le había jurado que nada cambiaría entre ellos.
El agente Frank Sandoval.
—Los negocios son lo primero, como debe ser.
Sandoval asintió. Estaba hablando con alguien en el coche, un hombre mayor con el rostro curtido de un veterano. Ambos lo observaron a través del parabrisas.
Mason alzó el botellín de cerveza a modo de saludo burlón.
—¿Estás ahí?
—Sí.
Mason dejó la botella y se alejó de la barandilla.
—Yo no te pedí que lo hicieras solo.
Mason se detuvo en seco.
—¿De qué estás hablando?
—Te hablo de un cabo suelto. Hay que eliminarlo.
Todo lo demás pasó a un segundo plano. Solo existía una voz que llegaba a través del aire desde una celda situada en otro estado.
—Ella no tiene nada que ver con esto —dijo Mason—. No va a...
—Fuiste a su apartamento. Le llenaste el suelo de sangre y hoy habrá leído lo que ocurrió en el centro.
Mason agarró el teléfono con más fuerza.
—Escúchame. Sabe que tengo otra vida...
—Si eso es cierto, entonces ya teníamos un problema.
—No sabe nada más —dijo Mason—. No hay razón para...
—Es culpa tuya —repuso Cole—. Lo provocaste tú yendo allí. No lo olvides.
Mason oyó un clic y después un vacío. Marcó rápidamente el número de Lauren. El teléfono sonó varias veces y saltó el contestador.
—Sal de donde estés —dijo Mason—. Ahora mismo. Vete a un lugar seguro. Y llámame.
Mason no sabía si viviría para escuchar el mensaje o si ya estaría muerta. Se vistió precipitadamente y apretó los dientes al pasarse la camisa por el hombro. Luego bajó corriendo al garaje, abrió la puerta y vio...
Nada.
«Mierda».
La noche antes había dejado su coche en casa de Lauren y, tal como prometió Quintero, ya lo habrían troceado en el desguace.
Salió a la calle. «Le pediré a Sandoval que me lleve hasta ella —pensó—. No me importa lo que diga».
Pero la plaza de aparcamiento estaba vacía y vio fugazmente a la berlina negra doblando la esquina. Rastreó la calle en busca de otro coche en movimiento.
Nada.
Mason echó a correr, sintiendo a cada paso el dolor punzante en el hombro. La tienda de animales se encontraba a casi dos kilómetros.
«Por favor, que estés allí —pensó—. Ojalá estés en esa tienda, detrás del mostrador. No has cogido el teléfono porque atendías a un cliente».
Corrió por Lincoln Park West y giró en la esquina. Dos manzanas más adelante vio la tienda de animales. Todo le daba vueltas cuando llegó a la puerta y la abrió.
Había una mujer en el mostrador, pero no era Lauren.
—¿Puedo ayudarlo en algo?
—¿Dónde está? ¿Dónde está Lauren?
—Hoy no ha venido. Me pidió que...
Mason volvió a salir. Vio un taxi acercándose, empezó a correr y estuvo a punto de ser arrollado por un coche que venía en sentido contrario. Ignoró la bocina, paró el taxi y se montó. Luego dio la dirección al conductor y sacó el teléfono móvil.
—Deprisa —indicó al taxista mientras esperaba que le contestaran—. No se pare por nada.
Volvió a saltar el contestador automático. Mason colgó y probó con Quintero. El teléfono sonó, pero no había buzón de voz.
«Mierda. Está allí ahora mismo».
Marcó el número del restaurante y preguntó por Diana, recalcando que se trataba de una emergencia.
—Necesito que vayas a un sitio —le dijo en cuanto se puso al teléfono.
—Nick, estoy trabajando.
—Es importante. Voy a darte una dirección.
Le facilitó el número de Addison Street y le pidió que fuera allí lo antes posible. Después colgó y llamó de nuevo a Lauren. Buzón de voz.
Se imaginó a Quintero en el apartamento. Al igual que la víspera, pero ahora estaba solo con ella.
«Es culpa mía —pensó—. Yo la metí en esta vida. Y ahora su vida ha terminado».
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