Читать книгу «Plan de fuga» онлайн полностью📖 — Steve Hamilton — MyBook.

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Transcurridas menos de cinco horas desde que lo despertó una llamada en plena noche, Bruce Harper, miembro del USMS, el Cuerpo de Alguaciles de Estados Unidos, se encontraba a mil cien kilómetros de casa contemplando el mayor fracaso de su vida.

Harper no solo llevaba veintisiete años de servicio, sino que los últimos diez había sido codirector del WITSEC, según lo llamaban en Arlington, el Programa de Protección de Testigos, mientras supervisaba a centenares de alguaciles rasos en noventa y cuatro distritos por todo el país. Antes había trabajado directamente para Gerald Shur, el verdadero fundador del WITSEC, y seguía hablando con él al menos una vez por semana. Ya temía la próxima llamada de Gerald, porque, en casi cincuenta años de existencia del programa, se había protegido a más de mil clientes y ninguno, al menos ninguno que respetara las normas, había sido asesinado.

Hasta ahora.

Su primer testigo asesinado.

Y había ocurrido mientras Harper vigilaba.

En el pasillo de la planta veintiuno del Aqua, que había sido destruida por una bomba incendiaria, la escena parecía salida de una zona de guerra, con las paredes ennegrecidas y tres puertas destrozadas y esparcidas anárquicamente por el suelo, e intentó atar cabos.

Harper entró en la habitación donde habían colocado los artefactos explosivos. Alguien había dejado una docena de latas de pintura cerradas herméticamente y con combustible diésel en su interior. Los alguaciles estaban cooperando con el FBI en la investigación, e indicaron a Harper que habían encontrado unas imágenes en las cámaras de seguridad en donde aparecían dos pintores llevando las latas. Estaban repasando la lista de subcontratas aprobadas que trabajaban en aquella planta y confeccionando una relación de todos los empleados, pero Harper no abrigaba muchas esperanzas.

Con independencia de quién las hubiera subido hasta allí, las latas se habían amontonado con sumo cuidado para que estallaran en rápida sucesión, con una mecha central activada por un temporizador digital. Harper fue al balcón cuya ventana había estallado veintiún pisos por encima de las calles de Chicago. El tráfico matinal en el Loop era denso. Todo el mundo iba camino del trabajo y ya había olvidado la gran noticia llegada desde el centro la noche anterior...

«Esta no es mi ciudad», pensó. Nunca había vivido allí, nunca había trabajado allí, nunca había pasado más de un día entero allí, aunque tenía la sensación de que eso estaba a punto de cambiar.

«¿Cómo había ocurrido?».

Esa fue la primera pregunta que formuló cuando recibió la llamada, y la pregunta que seguía formulándose desde entonces. Pero ahora que estaba allí para verlo en persona, fue sustituida por otra:

«¿Cómo era posible que ninguno de mis subalternos hubiera muerto?».

Tenía heridos suficientes para llenar todo un pabellón de hospital: cuatro alguaciles con quemaduras de gravedad —cuando se produjo la explosión, casi todos estaban protegidos por las puertas a prueba de incendios—, otros tres incapacitados en el hueco de la escalera, dos de ellos con traumatismo abdominal, y un tercero hallado inconsciente, aparentemente por falta de oxígeno. El joven alguacil de la planta cuarenta y tres, el que estaba apostado frente a la puerta trampa, también había sufrido lesiones abdominales y un traumatismo muscular en el muslo izquierdo. A esa edad, probablemente volviera a caminar en un par de semanas.

«—El tirador llevaba un pasamontañas negro —le había dicho el alguacil. Antes de ir allí, Harper había pasado por el hospital para entrevistarlo—. Ojos marrones, unos treinta y cinco años. Y era del South Side.

»—¿Cómo lo sabe?

»—He vivido allí toda la vida. Sé reconocer a alguien de la zona cuando lo oigo hablar».

Solo quedaba el alguacil apostado en la propia habitación: Greg Davis, un hombre que llevaba casi tantos años de servicio como Harper. Este le habría confiado sin miramientos el cuidado de sus hijos, además de su fondo de jubilación, pero Davis había sido alcanzado por uno de los seis tapones de silicona recuperados en el edificio. También había sufrido una conmoción y había recibido un golpe en la cabeza con la porra aturdidora que encontraron en el pasillo no muy lejos de la escopeta Mossberg 500.

«Ese tipo no puso reparos en asesinar a McLaren —se dijo Harper, contemplando la semiautomática HK USP de nueve milímetros ennegrecida por el fuego—. Pero se tomó muchas molestias para no matar a nadie más, aunque ello significara llevar armas extra.

»¿Qué clase de hombre hace algo así?».

Harper se moría por atraparlo y poder formularle esa pregunta él mismo. Y lo atraparía. Era solo cuestión de tiempo.

Subió a la planta cincuenta y tres, donde los alguaciles tenían uno de los dos apartamentos secretos. Aquel no lo conocía casi ningún alguacil de la oficina del distrito. A menos que estuvieses custodiando a un cliente muy valioso, no había motivo para que supieras de su existencia.

Entró en la estancia principal del apartamento. Apenas había muebles más allá de las necesidades funcionales inmediatas de un cliente que fuera a pasar una o dos noches allí, una semana a lo sumo. Una pequeña cocina y una mesa para comer. Un televisor conectado a un servicio básico por cable. Un sofá y una mesita, ahora reducida a fragmentos de madera. El alguacil Davis había sido hallado inconsciente cerca de ella. Al otro lado de la habitación, junto al televisor destrozado, encontraron a Ken McLaren. Le habían disparado tres veces, dos en el pecho y una en la cabeza, con la semiautomática.

A su llegada, Harper pasó junto a una docena de hombres que hacían su trabajo. Federales, investigadores de incendios y más alguaciles del Distrito Norte de Illinois. Pero ahora estaba solo, un oasis de calma en medio del caos de aquella jornada, contemplando el lugar exacto del cual se habían llevado el cuerpo. Una salpicadura de sangre describía un arco en la pared y también había manchas en la alfombra. Cuando se dio la vuelta, le sorprendió ver allí a un hombre. Era unos centímetros más bajo y varios años más joven que él. De tez oscura y ojos vivos. Desprendía una energía tensa aun estando quieto. No era alguacil ni uno de los hombres del FBI a los que Harper había encontrado de camino, pero los zapatos rasguñados y la americana informal de color azul oscuro, a la que le habría venido bien un planchado, denotaban que se trataba de un agente de la ley. A menos que sea un infiltrado de primer orden, un policía solo tiene pinta de una cosa: de policía.

Harper lo miró a los ojos.

—Espero que sea importante, agente...

El hombre sacó la placa.

—Frank Sandoval. Homicidios, zona centro.

—Si ha venido a regodearse en la cagada de los federales, ya ha tenido su oportunidad. La salida es por ahí.

—Le dejé un mensaje hace dos días. Debería haberme devuelto la llamada.

—¿De qué está hablando?

—Intentaba facilitarle una información.

—¿Sobre qué?

—Sobre esto —dijo Sandoval, que descascaró un fragmento de pared—. Este reloj se puso en marcha en cuanto empezó la revisión del juicio de Darius Cole. Me sorprende que hayan tardado tanto.

—Y una mierda. ¿Cómo lo sabe?

—Si hubiera atendido mi llamada, tendría su respuesta.

Harper esperó unos instantes para tranquilizarse.

—El señor McLaren llevaba casi veinte años en el programa. En todo ese tiempo no había mantenido contacto con antiguos socios o...

—Sí, ya sé cómo funciona. Si dejas tu vida atrás y vuelves a empezar de cero en un sitio nuevo nadie te encontrará, ¿verdad?

—Si cumples las normas, no.

Aquella mañana, en el avión, Harper había leído hasta la última palabra del informe sobre McLaren, un hombre que en su día trabajaba como contable forense del Servicio de Impuestos Internos y que más tarde ayudaría a Darius Cole a mover millones de dólares en dinero ilícito entre Estados Unidos y una docena de países sin pagar impuestos. Era el mismo hombre que fue trasladado de Chicago a Asheville, en Carolina del Norte, después de testificar contra Cole en el juicio original. Le consiguieron un apartamento de una habitación y un puesto de trabajo en un centro comercial, donde hacía declaraciones de la renta sin cita previa a gente que no podía esperar a recibir su devolución de doscientos dólares. Siempre había allí un agente de la condicional para cerciorarse de que eso era lo más creativo que hacía McLaren con el dinero ajeno.

—Tú tienes tus normas y Cole, las suyas —dijo Sandoval—. Daba igual dónde escondieras a tu testigo. Ya estaba desahuciado.

Harper había dedicado toda su vida al programa, a la idea de que cualquier testigo podía ser protegido de cualquiera excepto quizá del mismísimo Dios. «Si haces lo que te dicen, estarás a salvo». Llevaba décadas explicándoselo a los testigos y a sus familiares y siempre había creído en ello, porque siempre era verdad.

Siempre.

Pero, ahora, el cuerpo de McLaren representaba una prueba de que ese «siempre» y toda su carrera se había basado en una mentira. Hoy, Bruce Harper estaba experimentando el primer fracaso del programa mediante la sangre que impregnaba la alfombra que tenía bajo los pies.

—Si tienes todas las respuestas, compártelas con el resto de la clase —dijo Harper—. Darius Cole está en Terre Haute, una de las instalaciones más seguras del país.

—Podría haberlo organizado desde la puta Luna.

Harper negó con la cabeza.

—No es el primer delincuente con contactos en el exterior. ¿Cómo supo que custodiábamos a McLaren? Eso no ocurre jamás, agente.

—Pues es algo que tendrá que averiguar usted —repuso Sandoval—. Yo solo sé que si tienen un alguacil con un punto débil, Cole ya lo ha encontrado.

Harper estaba analizando todas las posibilidades, confeccionando una lista de todos los alguaciles, subalternos, administradores o cualquiera que pudiese tener acceso a aquella información.

La lista no era larga.

A menos que el infiltrado estuviera allí, en Chicago.

Detestaba el mero hecho de pensarlo, pero era inevitable: «Si tuvieras que elegir una ciudad donde buscar al alguacil corrupto, sinceramente, ¿cuál sería?».

—¿Y qué hay del tirador? —preguntó Harper—. ¿Tiene un nombre para mí o ha venido solo a decir «ya se lo advertí»?

—Puedo darle un nombre. O, mejor aún, llevarle hasta su casa.

Harper se lo quedó mirando.

—¿Habla en serio, agente? Porque no estoy para más...

—Sé que ha tenido un mal día —dijo Sandoval—. Pero cuando vea dónde vive ese tío, se le quitarán las ganas de desayunar.

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