Cuando Lauren abrió la puerta vio sangre.
Intentó coger a Nick en el momento en que este se desplomaba en el umbral y golpeaba el suelo con fuerza. El perro, encerrado en otra habitación, se puso a ladrar.
—¡Dios mío! ¿Qué ha pasado?
Nick no respondió. Lauren notó que tenía la camisa empapada y vio las gotas de sangre en el suelo de madera. En uno de sus bolsillos sonaba un teléfono móvil. Lauren cerró la puerta, arrastró a Nick y lo apoyó en la pared. Entonces soltó un gemido y ella le quitó la camisa.
—¿Quién te ha hecho esto?
Lauren dejó de hablar al ver el chaleco táctico negro.
La sorpresa duró solo unos instantes antes de convertirse en otra cosa. Siempre supo que llegaría el momento en que Mason se iría y no podría contarle adónde se encaminaba ni qué debía hacer... Lo único que sabía era que Nick lo detestaba. Y ahora, fuera lo que fuera que hubiera hecho aquella noche, iba a morir allí mismo, tirado en el suelo.
—No es tan grave. Estás bien —dijo Lauren.
Sonó a mentira y ruego.
Le desabrochó las tiras de velcro del chaleco y lo apartó lentamente de su cuerpo. Nick gimió de nuevo y Lauren vio la herida en el hombro, un agujero desigual justo encima de la clavícula, cerca del cuello. La sangre volvió a brotar y le resbaló por el pecho. Lauren jadeó y las náuseas y el pánico estuvieron a punto de sobrepasarla, pero hizo de tripas corazón. Después fue corriendo a la cocina a buscar toallas y el teléfono inalámbrico. De camino resbaló con la sangre, pero no se cayó. Al regresar, presionó la herida con una mano y con la otra marcó el número.
Mason le dio un manotazo al teléfono, que derrapó por el suelo.
—No —dijo. Tenía la voz entrecortada, como si no pudiera respirar—. Nada de llamadas.
—Vas a morir desangrado.
—¡No llames a Urgencias! Déjame...
—¿Estás loco?
Mason la agarró de la muñeca.
—Nick, por favor...
Lauren intentó apartarse, pero Mason resistió. Estaba perdiendo el conocimiento.
Su móvil volvió a sonar. Esta vez, Lauren lo sacó del bolsillo y miró la pantalla.
«número privado».
—¡No lo cojas!
Mason arrastraba las palabras mientras se le cerraban los ojos.
No tocar jamás su teléfono: era una de las condiciones que Lauren le había prometido. Eso y que nunca le preguntaría dónde había estado ni qué había hecho.
—Tengo que contestar —dijo zafándose de él—. Si no lo hago, morirás, y no voy a permitir que eso ocurra.
Mason estaba flotando en un océano de oscuridad, más allá de la luz y del sonido. Cuando se acercó lentamente a la superficie, oyó palabras a lo lejos, palabras que todavía no significaban nada.
«Me llamo Lauren. A Nick le han disparado. Necesita ayuda y no me deja telefonear a Urgencias. ¿Qué hago?».
Mason se alejó de la superficie y se hundió de nuevo en la oscuridad. Se quedó allí un minuto, o una hora, o un día, hasta que notó que volvía a ascender. Unos sonidos —una llamada a la puerta, el ladrido amortiguado de un perro, una mujer gritando— lo atrajeron hacia la superficie. Entonces la atravesó y distinguió una cara.
Quintero estaba arrodillado frente a él con una botella de plástico marrón en la mano. Cuando echó el peróxido en la herida, el dolor volvió a recorrer todo el cuerpo de Mason y los músculos se contrajeron tanto que parecía que tuviese convulsiones.
—¿Qué... estás... haciendo? ¿Cómo... he... llegado... aquí? —preguntó Mason, incapaz de enfocar la vista.
—No lo sé, tío, pero la has cagado.
Quintero vertió un poco de líquido transparente en un cuenco de metal. Las cadenas de oro que llevaba al cuello oscilaban con cada movimiento y los músculos se flexionaban y animaban los tatuajes de ambos brazos.
—Lauren —dijo Mason cuando recobró el conocimiento.
—Estoy aquí.
Su voz llegaba desde atrás e intentó incorporarse para verla, pero Quintero se lo impidió poniéndole una mano en el pecho.
«¿Por qué he venido aquí? —se preguntó Mason—. Porque este lugar es mi refugio. Desde la primera noche que me trajo aquí, este se convirtió en el único lugar al que podía venir y al menos fingir que nadie más llegaría a encontrarme.
»Y ahora lo he destruido».
—Ven aquí. Sostenme esto —dijo Quintero a Lauren tendiéndole una gasa—. Haz presión en el hombro.
Lauren no se movió.
—Se desangrará si no me ayudas —dijo él levantando la voz pero tratando de mantener la calma.
Mason lo vio en los ojos de Lauren: conocía a aquel hombre. Era su pesadilla. El hombre que seguía a Nick, que le daba órdenes. El obstáculo que les impedía a Nick y a ella tener una vida.
Lauren no se movió.
—No pasa nada —le dijo Mason—. Puedes ayudarle.
Se concentró en su cara, en sus labios, en sus ojos marrones, ahora llenos de miedo y de preocupación. Fue su pelo castaño corto lo que primero le llamó la atención cuando entró en la tienda de animales a comprar a Max, la juventud e independencia que irradiaba. Una vida despreocupada. Pero fue su honestidad, su bondad natural, lo que acabó atrayendo a Nick; todas esas cosas de ella que parecían representar lo que él no podría alcanzar.
Quintero le ofreció la gasa de algodón.
—Cógela. Presiónala contra el hombro.
Lauren cogió la gasa pero no se agachó. Estaba concentrada en el bulto que sobresalía entre la espalda y la camisa de Quintero, que llevaba por fuera del pantalón. Mason intuyó cómo se formaba la idea en su mente. Lauren no sabía nada de armas. Las odiaba. Pero...
—Haz lo que te diga —insistió Mason.
«Y no intentes ninguna tontería».
El hechizo se había roto y cualquier idea de arrebatar la pistola a Quintero se esfumó. Lauren se arrodilló y presionó la herida con la gasa. El algodón blanco se tiñó de sangre al instante.
—Más fuerte —le indicó Quintero.
Mason miró por la ventana hacia la oscuridad y en dirección a la única farola encendida que brillaba sobre el pavimento. Una luz azul centelleó en la pared. Era un coche patrulla que circulaba por la calle. Siguiendo la luz, reconstruyó el trayecto desde el Aqua hasta el edificio de apartamentos, situado a la vuelta de la esquina de Wrigley Field.
—Mi coche —dijo Mason—. Seguramente estará destrozado.
Quintero negó con la cabeza.
—Se suponía que debías llevarlo al desguace.
Mason no tenía intención de discutir. Le apartó la mano a Lauren e intentó verse la herida, pero estaba demasiado cerca del cuello.
Lauren tiró al suelo la gasa empapada en sangre y Quintero se la quedó mirando con una expresión fría y amenazante.
—Coge más algodón y vuelve aquí.
—Me pondré bien —dijo Mason—. Tranquila, sabe lo que se trae entre manos.
Quintero vertió más peróxido en el cuenco metálico y hundió en él unas pinzas y un cuchillo X-Acto.
—Tú —dijo, apuntando a Lauren—. Olvídate de las vendas. Tráeme agujas de coser e hilo. Que sea fuerte.
Aquello fue la gota que colmó el vaso. Lauren se puso en pie.
—Esto es absurdo. Voy a llamar a Urgencias.
Se sacó del bolsillo el teléfono de Nick, pero antes de que pudiera pulsar el primer número, Quintero se había levantado.
—Mírame —dijo este, señalándose los ojos—. Puedes ayudar o dejarlo morir en el suelo de tu casa. Eso es cosa tuya. Pero lo que no harás es llamar a una ambulancia, ¿entendido?
Lauren asintió, aunque todavía sujetaba el teléfono en la mano. «Tres dígitos —pensó—. Podría marcarlos con el pulgar. 9-1-»...
Alguien chasqueó los dedos. Cuando Lauren levantó la vista, Quintero estaba apuntándola con una pistola y se le hizo un nudo en la garganta.
Quintero volvió a chasquear los dedos y extendió la mano que tenía libre.
—El teléfono.
—Dáselo —dijo Mason tratando de incorporarse.
Lauren le dio el aparato.
—Aguja e hilo. Ya.
—Nick...
Lauren miró a Mason conteniendo las lágrimas, negándose a ceder ante ellas.
—Dale el hilo —dijo Mason—. Todo saldrá bien.
Lauren negó con la cabeza y salió de la habitación. Cuando se fue, Quintero ayudó a Mason a sentarse y sacó las pinzas del peróxido.
—¿Qué ha pasado? —preguntó a Mason.
—Llegué al objetivo, pero tuve problemas para salir.
—No deberías haber venido aquí.
—No te preocupes por ella. —Mason ni siquiera mencionó su nombre delante de él—. Sácame de aquí.
—Todavía no puedes moverte.
Quintero abrió los laterales de la herida e introdujo las pinzas en el hombro. El dolor volvió a sumir a Mason en la oscuridad. Quintero presionó el omoplato con la mano.
—No hay orificio de salida. La bala sigue ahí dentro. Debió de pararla el chaleco.
—Pues sácala.
—No me digas. ¿Crees que es la primera vez que lo hago? Tú cállate y no te muevas.
Quintero volvió a meter las pinzas en el cuenco.
—Esto te va a doler la hostia.
Mason cerró los ojos y esperó. Después notó el contacto del frío metal y la misma sacudida eléctrica de dolor, que primero se duplicó y luego triplicó. Un hierro de soldadura atravesándole las terminaciones nerviosas y lanzando una lluvia de chispas en todas direcciones.
—No te muevas —susurró Quintero.
Mason no podía oírlo. Mantuvo los ojos cerrados, contando los segundos hasta que el dolor amainó de repente y pudo respirar. Oyó la bala al caer en el cuenco y abrió los ojos.
—Calibre cuarenta —dijo Quintero.
—Necesito un chaleco mejor.
—O no recibir disparos.
—El objetivo no estaba en aquella habitación —dijo Mason. La ira había reemplazado al dolor más intenso—. La información de tu fuente era incorrecta.
—Y lo solucionaste —dijo Quintero, que cogió el cuchillo XActo.
—¿Qué haces?
—Tengo que limpiar los bordes para poder coserte.
Mason cerró los ojos con fuerza y volvió a sentir la oleada de electricidad mientras Quintero raspaba y cortaba.
Lauren entró en la habitación con un carrete de hilo y varias agujas y se lo dio todo a Quintero.
—Aquí tienes.
Quintero cogió una aguja y puso mala cara.
—¿No tienes nada mejor?
—Yo coso vaqueros rotos, no heridas de bala.
Quintero ignoró el comentario y cortó sesenta centímetros de hilo.
—Será mejor que no mires —le advirtió.
—No pienso irme —repuso Lauren.
Quintero negó con la cabeza, se metió la mano en el bolsillo de la camisa, sacó unas gafas de lectura plegables y se las puso en la punta de la nariz. Mientras enhebraba cuidadosamente la aguja hubo un extraño momento de calma. Allí estaba aquel antiguo pandillero con el tatuaje verde y blanco de «La Raza» en el brazo y tres aros en las orejas guiando el hilo por el ojo de una aguja con la destreza de una costurera.
Mason cerró los ojos una última vez al notar la aguja atravesándole la carne. Intentó no imaginar a Quintero horadando todas las capas de la piel, penetrando en la herida abierta y sacando de nuevo la aguja por el otro lado. Recto, después en diagonal para salir y, otra vez, recto. Sintió el tirón cuando Quintero tensó el hilo y la nueva punzada cuando paró para secar la sangre y rociar la herida con peróxido.
—Necesito que me ayudes otra vez —dijo Quintero a Lauren mientras empezaba a cubrir la herida con vendas—. Rompe ese esparadrapo en tiras de treinta centímetros.
—Lo siento —dijo Mason mirándola.
«Lo siento» nunca había sonado tan inadecuado.
A Mason le pareció ver mil cosas en la expresión de Lauren. Esperaba que el perdón fuera una de ellas.
Cuando Quintero hubo colocado el último trozo de esparadrapo, ayudó a Mason a ponerse en pie y luego pasó el brazo de este por encima de su hombro.
—Ahora, vámonos.
—Esperad —dijo Lauren, que se interpuso entre ellos y la puerta—. ¿Ir adónde?
—A un lugar más seguro.
—¿Más seguro para quién? —preguntó.
—Para todos nosotros. —Miró a Mason—. Andando.
Cuando salieron, Lauren cerró la puerta y observó el sangriento caos en que se había convertido su recibidor. Entonces se desplomó sobre sus rodillas y extendió fuertemente los brazos alrededor de sí misma. La descarga de adrenalina había remitido y se sentía débil. Pero eso no fue lo que la hizo sollozar, sino la idea de que, incluso si Nick Mason sobrevivía...
Tal vez no volviera a verlo nunca más.
Quintero condujo a Mason por el pasillo y bajaron las escaleras. Después echó una ojeada a la calle, abrió la puerta del edificio y fueron a buscar su Escalade negro, aparcado a media manzana de allí.
—Mi coche... —dijo Mason.
—Ya nos hemos ocupado de él.
Quintero se incorporó al tráfico. El todoterreno se detuvo en un semáforo y un coche de policía cruzó silenciosamente la intersección con la luz azul parpadeando.
—La has cagado bien —dijo Quintero al arrancar de nuevo—. Esto tendrá repercusiones para todos.
—¿A qué te refieres con «para todos»? —preguntó Mason.
—Ya conoces las reglas. Aquí todo el mundo se la juega.
Después de lo que había vivido aquella noche, Mason necesitó un momento para asimilarlo.
—Tu trabajo era cargarte al contable —dijo Quintero—. El mío ir a Elmhurst y esperar noticias tuyas... O no.
Mason se irguió en el asiento. Elmhurst significaba dos cosas:
Su exmujer Gina.
Su hija Adriana.
Era una amenaza que Mason había oído antes: si fallas, ellas mueren. La ecuación resultaba sencilla. Pero aquella noche, con la bala que acababan de extraerle del hombro y la sangre derramada por todo el apartamento de Lauren, la amenaza parecía más real. Aquella noche había estado a punto de perder algo más que unos centilitros de sangre.
«Sale de su vehículo —se dijo Mason, que reprodujo toda la escena de golpe—. Se acerca a la puerta principal. Está cerrada, pero eso no es impedimento para él. Le propina una patada justo al lado del cerrojo de seguridad. Cuando todos despiertan, él ya se halla en el piso de arriba. Puede que Brad tenga una pistola y puede que no. Da igual. Por más que quiera proteger a su mujer y su hijastra, no tiene ni idea de cómo defenderse de un hombre como Quintero.
»Recibe el primer disparo en la frente.
»Gina está gritando. En otra habitación, al fondo del pasillo, una habitación que Mason no ha visto nunca, su hija Adriana se ha sentado en la cama.
»¿Está llorando? ¿Intenta esconderse? ¿Salir corriendo?».
Paró la película mental antes de que llegara otro fotograma.
—No vuelvas a amenazar a mi familia —dijo Mason—. ¡Nunca!
—No me des motivos —repuso Quintero sin dejar de mirar al frente— y no me veré obligado a hacerlo.
Desde el momento en que Mason salió de la cárcel, había estado pensando acerca de lo que iba a necesitar para poder librarse de aquella segunda vida en la que se hallaba inmerso.
Había estado vigilando. Y esperando.
Pero, aquella noche, mientras Quintero lo conducía por las calles oscuras del North Side de Chicago, sabía que la vigilancia y la espera habían terminado.
«Voy a acabar contigo —pensó—. Contigo, con Darius Cole y con todos los que trabajen para él.
»Voy a acabar con todos vosotros».
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