Читать книгу «Obras IV» онлайн полностью📖 — Luciano — MyBook.
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HERMÓTIMO . — Si quisieras, Licino, encantado. Ya verás en breve cómo te diferencias de los demás; estate seguro de que los considerarás a todos niños en comparación contigo; hasta tal punto llegará tu superioridad.

LICINO . — Me basta si al cabo de veinte años fuera capaz de ser como eres tú ahora.

HERMÓTIMO . — Descuida. Yo también tenía tu edad cuando empecé a estudiar filosofía, cuarenta años casi —la edad que tú tienes, creo—.

LICINO . — Esos mismos, Hermótimo; así que toma y llévame por el mismo camino que es lo justo, creo. Y en primer lugar, dime ¿dais a los que aprenden la posibilidad de replicar si les parece que no es correcto algo de lo que se dice o no les dais opción a los más jóvenes?

HERMÓTIMO . — En modo alguno. Ahora tú, si quieres, pregunta y objeta a lo largo de la disertación; así aprenderás con más facilidad.

LICINO . — Bien, Hermótimo, por Hermes, de quien por [14] cierto te viene el nombre. Pero dime: ¿hay sólo un único camino que conduce a la filosofía, a saber el de vosotros, los estoicos? ¿O he oído bien que hay otros muchos más?

HERMÓTIMO . — Hay muchos: peripatéticos y epicúreos y seguidores de Platón y algunos otros partidarios de Diógenes y Antístenes y los pitagóreos y más aún.

LICINO . — Eso es cierto; en efecto hay muchos. Y dime, Hermótimo, ¿tienen las mismas teorías o sostienen teorías diferentes?

HERMÓTIMO . — Completamente diferentes.

LICINO . — Pues entiendo yo que sólo uno de esos sistemas será verdadero, pero no todos, ya que son diferentes.

HERMÓTIMO . — Por supuesto.

LICINO . — Vamos allá, amigo; contéstame, ¿a quién [15] diste tu confianza al principio cuando acudiste a estudiar filosofía a las muchas puertas que se te abrían de par en par? ¿Y pasando de largo ante los demás, llegaste a la de los estoicos y a través de ella consideraste oportuno acceder a la Virtud como si fuera la única verdadera, la que enseña el camino recto, en tanto que los demás llevaran a un callejón sin salida? ¿En qué te basaste entonces para actuar así? Pero no me respondas lo que piensas ahora que eres bien medio sabio bien ya sabio el todo, capaz de emitir juicios superiores a la mayoría de nosotros; antes bien respóndeme con la mentalidad que tenías entonces, un hombre corriente y moliente como soy yo ahora.

HERMÓTIMO . — No comprendo lo que pretendes con ello, Licino.

LICINO . — Pues no te estaba preguntando nada retorcido. Hay muchos filósofos como por ejemplo Platón, Aristóteles, Antístenes, y vuestros predecesores, Crisipo y Zenón, y otros tantos más; ¿en quién has confiado para, dejando de lado a los demás, hacer la elección que has hecho, considerando lógico seguir esa línea de pensamiento filosófico? ¿O es que como a Querefonte 10 te ha enviado a ti también Apolo a los estoicos diciéndote en su profecía que son los mejores de todos? Porque la costumbre que tiene es la de mandar a cada uno a una escuela diferente, pues creo que sabe cuál es la que mejor se adapta a cada cual.

HERMÓTIMO . — Nada de eso, Licino. Yo no le pregunté jamás al dios al respecto.

LICINO . —¿Piensas entonces que no merece la pena una consulta al dios o crees que eres capaz de elegir por ti mismo, por ti solo, sin ayuda?

HERMÓTIMO . — Eso creo yo.

[16] LICINO . — Pues bien, entonces podrías enseñarme lo primero de todo cómo podemos discernir correctamente desde un principio cuál es la mejor y la verdadera filosofía, la que uno debería elegir dejando de lado los demás.

HERMÓTIMO . — Te lo voy a explicar. Veía yo que la mayoría de la gente se sentía atraída por ésta así que deduje que sería la mejor.

LICINO . —¿En qué cantidad crees que son más numerosos los estoicos que los epicúreos o los platónicos o los peripatéticos? Porque me parece que los has contado como en las votaciones a mano alzada.

HERMÓTIMO . — Es que no los he contado sino que me dio esa impresión.

LICINO . — ¡Como que no quieres enseñarme sino que me estás engañando; tú, que acerca de temas tan importantes dices que juzgas basándote en la conjetura y a ojo de buen cubero, e intentas ocultarme la verdad!

HERMÓTIMO . — No es eso, Licino. Pero es que oía a todo el mundo decir que los epicúreos eran dulces de espíritu 11 y amantes de los placeres; los peripatéticos, amantes de la riqueza y aficionados a las dicusiones; y los platónicos, llenos de soberbia y amantes de los honores. En cambio, de los estoicos mucha gente decía que eran hombres de verdad, que lo saben todo y que quien va por ese camino es el único rey, el único rico, el único sabio; en una palabra, lo es todo.

LICINO . — Evidentemente era lo que opinaba otra gente [17] sobre ellos; pues no habrías hecho caso de quienes elogian a sus propias escuelas filosóficas.

HERMÓTIMO . — En absoluto, sino que el resto de la gente opinaba así.

LICINO . — Como es natural los partidarios de las escuelas rivales no opinarían así.

HERMÓTIMO . — Claro que no.

LICINO . — Los ciudadanos de a pie son los que opinaban así.

HERMÓTIMO . — Desde luego.

LICINO . — Pues ya ves cómo otra vez estás intentando engañarme y no me dices la verdad. Crees que estás dialogando con un Margites 12 cualquiera que estaría dispuesto a creer que Hermótimo, un hombre inteligente, de cuarenta años cumplidos, se fía en lo que a filosofía y filósofos se refiere de los hombres de la calle y que según lo que ellos decían hizo la elección considerándolos dignos de la mayor estima. Desde luego yo no podría darte crédito si dices cosas semejantes.

[18] HERMÓTIMO . — Pues sabes, Licino, que no sólo me fiaba de los demás, sino sobre todo de mí mismo. Pues yo los veía (a los estoicos) andar con porte, decorosamente vestidos, siempre en actitud pensativa, con mirada varonil, la mayoría de ellos con el pelo cortado al rape, sin ninguna blandenguería, sin la exagerada indiferencia que impone respeto distante y que es circunstancial al cínico, sino en una actitud de equilibrio, lo que al decir de todos, es lo mejor.

LICINO . —¿Y los has visto actuando de la forma que un poco antes te contaba yo que había visto actuar, Hermótimo, a tu maestro? Es decir prestando dinero, reclamando urgentemente los pagos, buscando pelea por el placer de discutir en las reuniones y demás actitudes por el estilo que ponen constantemente de relieve? ¿O todo esto te importa poco siempre que el vestido sea decoroso, la barba poblada y el pelo cortado al rape? Así que para el futuro, tomemos como norma y regla exacta (de conducta) en temas semejantes lo que dice Hermótimo, y así habrá que identificar a los mejores por sus apariencias, sus andares y sus afeitados. Y quien no presente esos síntomas y no muestre un rostro sombrío y que denote preocupación ¿habrá de ser marginado [19] y rechazado? Mira a ver, Hermótimo, no me estés tomando el pelo intentando probarme a ver si me doy cuenta de que me estás engañando.

HERMÓTIMO . —¿Por qué has dicho esto?

LICINO . — Pues, querido amigo, porque esta forma de examinar a partir de las apariencias externas es propia de estatuas. Al menos ellas tienen un aspecto mucho más airoso y unos vestidos más decorosos ya que un Fidias, un Alcámenes o un Mirón las han modelado para que resulten los más hermosas posibles. Pero si hubiera que juzgar por elementos de esa índole, ¿qué pasaría si un ciego sintiera deseos de dedicarse a la filosofía? ¿Cómo podría distinguir al que ha hecho la mejor elección si no puede ver ni su atuendo ni su porte?

HERMÓTIMO . — Pero mis argumentos no van dirigidos a los ciegos, ni me preocupo de ellos.

LICINO . — Pues entonces, caballero, debería existir algún criterio común de conocimiento de temas tan importantes y de tanta utilidad para todos. A no ser que te parezca bien que lo ciegos queden al margen de la filosofía —ya que no pueden ver—; por cierto que deberían ser ellos quienes más se dedicaran a la filosofía para así paliar mejor su desgracia. Y los que pueden ver, por muy fina que tengan la mirada ¿cuál de las cualidades del alma podrían captar a partir de ese recubrimiento externo? Lo que quiero decir es [20] algo así: ¿No fue por amor a su forma de pensar por lo que te echaste en manos de estos hombres? ¿Y no confiabas en mejorar en los aspectos ideológicos?

HERMÓTIMO . — Naturalmente.

LICINO . — Entonces, ¿cómo serás capaz de distinguir por los síntomas que mencionaste al filósofo verdadero del que no lo es? Cosas así no gustan de manifestarse de esta manera, sino que son secretas, permanecen en la oscuridad, y se manifiestan en conversaciones, reuniones y actuaciones subsiguientes, y ello al cabo de un tiempo y con dificultad. Ya has oído, creo, la acusación que Momo le hizo a Hefesto. Y si no, escucha. Cuenta la fábula que Atenea, Poseidón y Hefesto discutían respecto de su habilidad manual; Poseidón modeló un toro, Atenea inventó una casa y Hefesto plantó a su lado a un hombre 13 . Y se presentaron ante Momo, a quien habían elegido como árbitro; examinó éste el trabajo de cada uno de ellos. Y sería superfluo decir los defectos que encontró en las obras de los otros dos, pero respecto del hombre hizo la siguiente crítica, y regañó al artista, a Hefesto, porque no le había abierto unas ventanas a lo largo del pecho, capaces de abrirse para que todos pudieran fácilmente conocer lo que quiere o lo que está pensando y si miente o si dice la verdad. Aquél (Momo), como era corto de vista, tenía esas ideas sobre los hombres, pero tú has fijado tus ojos en nosotros con mejor vista que Linceo 14 y ves lo de dentro, según parece, a través del pecho; y todo se te revela, hasta el punto de saber no sólo lo que cada uno quiere y sabe sino incluso quién es mejor o peor.

HERMÓTIMO . — Bromeas, Licino; yo escogí conforme a [21] designio divino y no me arrepiento de la elección; al menos a mí me basta con eso.

LICINO . — Sin embargo, ¿no me lo podrías decir, amigo, a mí también o me despreciarás dejándome que me pudra en la vulgaridad de la chusma?

HERMÓTIMO . — No te gusta nada de lo que te digo.

LICINO . — No, amigo mío; lo que pasa es que no tienes intención de decir nada que pudiera gustarme. Y puesto que deliberadamente andas disimulando y ves con malos ojos que podamos llegar a dominar la filosofía al mismo nivel que tú, voy a intentar, en la medida en que sea capaz, descubrir por mí mismo el criterio más exacto para abordar estos temas, y en consecuencia la opción más sólida. Y ahora, si quieres, escúchame tú también.

HERMÓTIMO . — Ya lo creo que quiero, pues igual vas a decir algo importante.

LICINO . — Pues fijate bien y no te burles si ves que abordo el tema de un modo ramplón cual ciudadano de a pie cualquiera; me veo obligado a hacerlo así ya que tú no quieres hablar con mayor claridad, pese a tener mayores conocimientos que yo. Supongamos que la virtud es una [22] especie de ciudad que tiene unos habitantes felices —como diría tu maestro, llegado de allí, de un sitio cualquiera—, sabios en grado sumo, valientes todos sin excepción, justos, sensatos, a un paso casi de ser dioses. Y nada de cuanto acaece entre nosotros, robos, violencia, codicia, podría uno ver en esa ciudad, según dicen, sino que por el contrario sus habitantes, como es de toda evidencia, viven en perfecta paz y concordia. Y lo que despierta en las demás ciudades, a mi entender, disputas y revueltas y es motivo de permanente conspiración de unos contra otros, está totalmente excluido de ellos. Efectivamente, no ponen sus ojos ni en oro, ni en placeres, ni en honores que sean objeto de discusiones entre ellos, sino que desde antaño los han expulsado de la ciudad, por no considerarlos necesarios para la vida de todos los ciudadanos. Así que viven la vida en una especie de bonanza y dicha total, en perfecta legalidad, igualdad, libertad y demás factores positivos.

HERMÓTIMO . — Y entonces, Licino, ¿no es lógico que [23] todos deseen efectivamente llegar, a ser ciudadanos de una ciudad así, sin pararse a pensar en las fatigas del camino y sin reblar ante la tardanza en llegar, dado que una vez allí se disponen a contarse entre la nómina de sus ciudadanos y a participar en la vida de la ciudad?

LICINO . — Sí, por Zeus, Hermótimo; para lograr esto debemos afanarnos al máximo desentendiéndonos de todo lo demás. Y ni a nuestra patria actual, aunque nos reclame, debe uno hacerle mucho caso, ni debe uno ablandarse ante los hijos o parientes que tengamos, por más que nos agarren deshaciéndose en llanto; antes bien, ante todo exhortarlos a ellos también a seguir por el mismo camino. Y caso que no quisieran o no pudieran, debe uno deshacerse de ellos bruscamente y encaminarse derecho a la ciudad dichosa aquella, quitándose uno incluso hasta el manto (por más que ellos lo agarran y se afanan en tirar de quien va a toda prisa hacia allí), pues no hay miedo de que alguien le impida a uno la entrada aunque llegue allí desnudo.

[24] Ya en otra ocasión y en otro lugar escuché a un hombre mayor explicar cómo son las cosas de allí, al tiempo que me apremiaba a seguirle a la ciudad; que él me guiaría, me inscribiría en el censo, me haría miembro de su tribu y copartícipe de su patria, de modo que pudiera compartir la felicidad con todos. «Pero yo no le hice caso», por mi inconsciencia y mi juventud de entonces —un poco menos de quince años, tenía—; quizás ahora estaría ya por los arrabales, a las puertas. No paraba de hablar de la ciudad, y si mal no recuerdo, entre otras muchas cosas destacaba este punto: que absolutamente todos los habitantes eran forasteros y extranjeros, y que no había si un solo nativo, sino que incluso entre los ciudadanos se encontraban muchos bárbaros y esclavos y deformes y enanos y pobres; en una palabra, quien quería participar de la ciudad. Pues el requisito legal para inscribirse no venía dado por las apariencias externas, ni la talla, ni la belleza, ni el linaje, ni el brillo de los antepasados, sino que todo eso no se consideraba entre ellos y era suficiente para alcanzar el rango de ciudadano la inteligencia, el ansiar lo bello, el trabajo, la constancia, el no rendirse ni dejarse ablandar por las dificultades que pudieran aparecer en el camino; de manera que quien hiciera gala de esas cualidades y avanzara paso a paso hasta las inmediaciones de la ciudad sería al punto un ciudadano con todas las de la ley, igual en su consideración a todos. En una palabra, el ser inferior o superior, noble o villano, esclavo o libre, no tiene razón de ser en la ciudad.

HERMÓTIMO . —¿Ves, Licino, cómo mis quebraderos de [25] cabeza no son baladíes ni por asuntos de poca monta, pues anhelo fervientemente llegar a ser yo también un ciudadano de esa ciudad tan bonita y feliz?

LICINO . — Yo también, Hermótimo, tengo los mismos deseos que tú y no hay nada que pida yo en mis plegarias antes que eso. Y si la ciudad estuviera cercana y a la vista de todos, ya hace mucho tiempo, tenlo por seguro, que hubiera entrado en ella sin dudarlo y hubiera vivido en ella como ciudadano desde hace mucho tiempo. Pero puesto que, como decís vosotros, tú y Hesíodo el poeta, está fundada muy lejos de aquí, no hay más remedio que buscar el camino que lleva hasta ella y al mejor guía. O ¿no crees tú que es eso lo que se debe hacer?

HERMÓTIMO . —¿Y cómo podría llegarse a ella de otro modo?

LICINO . — Al menos sobre la base de hacer promesas y de decir que saben, hay una gran abundancia de personas dispuestas a hacer de guías; muchos están ya apostados preparados, diciendo cada uno que son autóctonos de esa ciudad, pero no se ve ni uno solo ni un mismo camino, sino muchos y diferentes y que nada se parecen entre sí. Uno parece llevar al Oeste, el otro al Este, uno al Norte, el otro al Sur; el uno a través de prados y jardines y sombras refrescantes, agradable, sin obstáculos ni dificultades; el otro pedregoso y abrupto, y predice a las claras mucho sol y sed y fatiga. Y sin embargo, se dice que todos esos caminos llevan a la ciudad que es una, aunque finalizan en puntos diametralmente opuestos. Y ahí es donde radica todo mi [26] problema; pues por cualquiera de ellos que acceda, un hombre al comienzo de cada sendero, apostado a la entrada, un hombre digno de toda confianza, me tiende la mano y me invita a marchar por su senda. Y cada uno de ellos dice que él sólo conoce la dirección exacta y que los demás son erráticos, y que ni ellos han ido allí ni han acompañado a otros que podían guiarles. Y si me acerco al vecino me hace las mismas promesas sobre su camino y echa pestes de los demás. E igual dice el que está junto a él y así todos sucesivamente. Así, la cantidad de caminos y la disparidad entre ellos me desconcierta no poco y me sume en confusión y de un modo muy especial los guías que se extralimitan en sus funciones y que ponderan cada uno lo suyo. No sé a cuál volver mis pasos o por dónde seguir para poder llegar a la ciudad.

[27] HERMÓTIMO . — Pero yo te voy a librar de tu confusión. Si hicieras caso a quienes han realizado el trayecto previamente, Licino, no te equivocarías.

LICINO . —¿A quiénes te refieres? ¿A los que fueron por qué camino? ¿O a quién de los guías siguieron? El mismo problema se nos plantea aunque de forma distinta, trasladado de las cosas a los hombres.

HERMÓTIMO . — ¿Cómo dices?


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