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HERMÓTIMO O SOBRE LAS SECTAS

Imponente varapalo el que propina Luciano en este diálogo a todas las escuelas filosóficas sin excepción. Fustigadas ya en Subasta de vidas y El pescador, aquí ninguna se libra de los dardos de nuestro autor.

Bajo la máscara de Licino y con Hermótimo por único interlocutor, Luciano articula perfectamente sus argumentos. El personaje de Licino está aquí en plena forma, con la agilidad mental, la rapidez de reflejos, la agudeza y la perspicacia de sus mejores momentos. Hermótimo apuesta por los estoicos. Licino va rebatiendo uno por uno todos sus argumentos; habría que probar todas las escuelas y optar después por la mejor; no se puede decidir a priori que en el estoicismo se hallan todas las excelencias y virtudes. Y para hacer la prueba en condiciones se necesitarían más años de los que pueda contar una vida humana por muy dilatada que sea. Hermótimo aduce que basta con un botón de muestra para hacerse una idea de cada escuela y trae a colación el ejemplo de quien cata vino de un tonel y se hace una idea de cómo es sin necesidad de tener que apurar el tonel entero. Pero obviamente una escuela filosófica no es un tonel de vino; Licino desmonta los argumentos de Hermótimo y va más lejos todavía. ¿Quién puede garantizar que la filosofía —sea la de cualquier escuela— es el pasaporte para la felicidad y la vida virtuosa? Ahí pone Licino el dedo en la llaga desautorizando actitudes, pensamientos y comportamientos de diversos filósofos y poniendo en solfa su mentalidad especulativa y teórica carente de todo contacto con los problemas de la realidad cotidiana. Es la filosofía y los filósofos quienes quedan puestos en tela de juicio con una gran finura, en uno de los escritos más conseguidos no sólo desde el punto de vista del contenido, cuanto desde el punto de vista formal. Largos párrafos bien construidos, citas y alusiones oportunamente traídas a cuento, figuras estilísticas sencillas pero de gran efecto, hacen de este diálogo una pieza capital dentro de la obra de Luciano.

LICINO . — A juzgar, Hermótimo, por el libro que llevas [1] y por el ritmo rápido de tu paso, parece que vas a toda prisa a casa de tu maestro. Al menos ibas pensando algo mientras caminabas, pues movías los labios suavemente susurrando y agitabas la mano a un lado y otro como si estuvieras componiendo un discurso para ti mismo, planteando alguno de esos problemas enrevesados o abordando sesudamente alguna cuestión típica de los sofistas; así que ni aun cuando vas andando descansas, sino que estás en permanente actividad, haciendo algo práctico que de paso pueda servirte para tus estudios.

HERMÓTIMO . — Sí, por Zeus, algo de eso hay, Licino. Estaba repasando en la memoria cada punto que nos explicó en la sesión de ayer. Creo que no debemos desperdiciar ninguna oportunidad, sabedores de que es cierto lo que decía el (famoso) médico de Cos: «breve es la vida, pero duradera la ciencia» 1 . Desde luego hacía esa afirmación referida a la medicina, que es materia más fácil de aprender. La filosofía, en cambio, es inasequible aunque se le dedique un tiempo superior, a no ser que uno esté bien despierto y mantenga una atenta y viva mirada sobre ella. Y lo que está en juego no es precisamente algo de poca monta: o ser un pobre hombre y perderse entre el anonimato de la chusma o ser feliz cultivando la filosofía.

[2] LICINO . — Excepcional es la recompensa que acabas de mencionar, Hermótimo. Y yo creo que no andas muy lejos de ella, al menos a juzgar por la cantidad de tiempo que dedicas a la filosofía y por el esfuerzo no insignificante que pareces dedicarle desde hace mucho tiempo. Y si mal no recuerdo, hace casi veinte años que no te he visto hacer más que acudir a casa de los maestros e inclinarte sobre el libro al tiempo que escribes apuntes sobre las sesiones, siempre pálido y con el cuerpo enjuto fruto de las preocupaciones. Y me parece que ni el sueño te relaja, de tan metido como estás en el tema. Así que a la vista de cuanto vengo observando, no das en absoluto la impresión de que vayas a alcanzar pronto la felicidad, a no ser que te acompañe desde hace bien de años, sin habernos dado nosotros cuenta.

HERMÓTIMO . —¿De dónde sacas esas conclusiones, Licino, si ahora estoy empezando a atisbar el camino? La Virtud, como dice Hesíodo 2 , habita lejos y la senda que lleva hasta ella es larga, empinada y abrupta y ofrece no pocos sudores a los caminantes.

LICINO . —¿Y no has sudado y andado por esa senda ya lo suficiente?

HERMÓTIMO . — Rotundamente no; lo único que me impediría ser plenamente feliz sería el no llegar a la cima, y en la actualidad, Licino, todavía estoy empezando.

LICINO . — Pero el propio Hesíodo dijo que el principio [3] era la mitad de todo 3 , de modo que si afirmamos que estás ya a media subida no nos equivocaríamos.

HERMÓTIMO . — No, en absoluto; tendría ya mucho adelantado.

LICINO . — Bueno; entonces ¿en qué punto del camino diremos que te encuentras?

HERMÓTIMO . — Abajo, a las faldas, Licino, sin otro remedio que seguir adelante; la senda es resbaladiza y escarpada y uno necesita que le echen una mano.

LICINO . — Entonces tu maestro puede ser capaz desde lo alto, como el Zeus de Homero, de echarte la cuerda de oro de sus doctrinas, por medio de las cuales tira de ti hacia arriba y te lleva en volandas hacia él y hacia la Virtud, dado que él ha realizado ya la ascensión hace mucho tiempo.

HERMÓTIMO . — Eso es, Licino, lo que yo te decía que estaba ocurriendo. Al menos en cuanto de él depende hace ya tiempo que me habría subido arriba y que estaría ya compartiendo sus doctrinas; pero en lo que de mí depende, aún me falta.

LICINO . — Pues hay que animarse y tener la moral bien [4] alta con la vista puesta en la meta y en la felicidad que aguarda arriba, máxime cuando él, tu maestro, contribuye con su esfuerzo a apoyar el tuyo. Pero, cambiando de tema, ¿te desvela algún dato que te permita intuir cuándo podrías subir? ¿Opina que para el año que viene, tal vez después de los Grandes Misterios o de las Panateneas? 4 .

HERMÓTIMO . — Poco tiempo, dices, Licino.

LICINO . — Entonces, ¿para la Olimpíada siguiente?

HERMÓTIMO . — Poco tiempo también para el ejercicio de la Virtud y la adquisición de la felicidad.

LICINO . —¿Entonces, con seguridad al cabo de dos Olimpíadas? Pues cualquiera de nosotros podría acusarte de gran vagancia caso de no poder conseguirlo en ese tiempo; el tiempo que se emplea en ir y volver tres veces desde las Columnas de Heracles hasta el Indo, y eso sin hacer el camino derecho y sin descanso, sino parándose a dar una vuelta por los países que pillan de camino 5 . Bien; ¿en qué cantidad quieres que cifremos la mayor altura y lo liso de la cima en la que reside la Virtud en comparación con la del monte Aorno, aquel que tomó Alejandro en muy pocos días? 6 .

[5] HERMÓTIMO . —No hay comparación posible; el tema no es como tú lo imaginas, pues ni podría ser abordado o tomado en poco tiempo por más que miles de Alejandros lo atacaran; de ser así muchos habrían subido ya. Ahora son no pocos los que empiezan muy animosamente y avanzan un trecho, unos muy pequeño, otros algo mayor. Mas cuando llegan a la mitad de camino y se topan con muchos problemas y dificultades, se desaniman y se dan la vuelta jadeantes y empapados de sudor sin poder aguantar el cansancio. Solamente quienes son lo suficientemente fuertes como para resistir hasta el final, llegan a la cima y desde ella viven una existencia envidiablemente feliz el resto de sus días, observando desde su atalaya al resto de los hombres como si fueran hormigas.

LICINO . — ¡Vaya, vaya, Hermótimo; vaya tamaño del que nos presentas, que ni siquiera llegamos a pigmeos, tirados por el suelo con la piel pegada a la tierra! Es lógico; tu pensamiento es elevado y discurre por las alturas; nosotros en cambio, la vulgar chusma y cuantos andamos por el suelo, os dirigiremos las súplicas junto con los dioses, cuando estéis por encima de las nubes y alcancéis las alturas que desde siempre anhelasteis.

HERMÓTIMO . — ¡Ay si pudiera subir allí yo también, Licino, pero aún me falta mucho!

LICINO . — Pero no dijiste cuánto, por ceñirnos a un [6] tiempo concreto.

HERMÓTIMO . —Ni yo mismo lo sé con exactitud, Licino. Calculo que será no más de veinte años. Al cabo de ellos, con seguridad, estaremos en la cima.

LICINO . — Por Heracles, mucho tiempo dices.

HERMÓTIMO . — Es que son grandes fatigas por grandes recompensas.

LICINO . —Quizás sea verdad lo que dices. Y que vivirás veinte años más, ¿acaso te ha prometido tanto tu maestro, que debe ser no sólo sabio sino adivino o intérprete de oráculos o uno de esos que conocen las técnicas de los caldeos 7 . Dicen que saben cosas de esa índole. Porque sobre la base de la incertidumbre de si vivirás hasta llegar a la virtud no es lógico que afrontes semejantes fatigas y que andes pasando semejantes angustias de noche y de día sin saber si el Destino, cuando estés a punto de llegar a la cima, se plante y te tire abajo cogiéndote de un pie sin ver cumplidas tus esperanzas.

HERMÓTIMO . — ¡Quita, Licino!; es un disparate lo que dices. Ojalá pudiera yo vivir para experimentar la felicidad de haber llegado a ser sabio un solo día.

LICINO . —¿Y un solo día te compensaría de tantas fatigas?

HERMÓTIMO . — Con un solo instante me conformaría.

[7] LICINO . — ¿Y cómo puedes saber que la felicidad de las alturas es tal que justifique tantos pesares? Porque tú no has subido nunca.

HERMÓTIMO . — Pues me fío de lo que dice mi maestro; él lo sabe perfectamente porque está ya en la cúspide.

LICINO . —¿Y qué tipo de cosas, por los dioses, decía, son las que hay allí, o en qué consiste la felicidad? ¿Tal vez en algún tipo de riqueza, fama y placeres insuperables?

HERMÓTIMO . — Calla, amigo; nada de eso tiene que ver con la existencia virtuosa.

LICINO . —¿Entonces, si no son ésos, cuáles son los bienes que obtendrán quienes lleguen hasta el final de su empeño?

HERMÓTIMO . — Sabiduría y valor y la propia bondad y la justicia y el conocimiento cierto y cabal de todas las cosas tal y como cada una de ellas es. Riquezas, honores y placeres y demás cosas corporales se sueltan abajo, pues se hace sin ellas la ascensión, como cuentan que hizo Heracles en el Eta al ser incinerado para convertirse en una divinidad 8 . En efecto él, arrojando a un lado cuanto de humano había recibido de su madre, levantó su vuelo hacia los dioses con su parte divina intacta e inmaculada previamente separada por el fuego. De igual modo estos hombres despojados por la filosofía, cual si de un cierto fuego se tratara, de todas las cosas que parecen constituir objeto de admiración para el resto de los hombres que no tienen un punto de vista correcto, son felices en la cima, y no se acuerdan para nada de riqueza, fama o placeres y hasta se ríen de los que creen que todo eso existe.

LICINO . — Bien, por el Heracles del Eta, Hermótimo; [8] formidable y estupendo lo que dices al respecto. Pero, cambiando de tema, dime: ¿bajan en alguna ocasión de la cumbre —voluntariamente se entiende— para hacer uso de cuanto dejaron abajo? ¿O una vez que están arriba es forzoso que permanezcan allí en compañía de la Virtud burlándose de la riqueza, la fama y los placeres?

HERMÓTIMO . — No sólo eso, Licino, sino que quien llegue a alcanzar la perfección en la Virtud jamás podría ser esclavo de la ira ni del miedo, ni de las pasiones ni se apenará jamás ni experimentaría jamás sentimientos de esta índole.

LICINO . — Bien, pues si no he de tener reparos en decir la verdad…, pero creo que es oportuno guardar silencio y que no es lícito el indagar lo que van llevando a cabo los sabios.

HERMÓTIMO . — ¡Qué va! Pregunta lo que quieras decir.

LICINO . — ¡Fíjate, amigo, cómo le voy dando largas!

HERMÓTIMO . — Pues no le des, buen hombre, que me hablas a mí solo.

LICINO . — Estaba siguiendo los diversos puntos de tu [9] exposición, Hermótimo, e iba creyendo que eran tal como los contabas, a saber que esos hombres llegan a ser sabios, valientes, justos y demás. De algún modo estaba hechizado por tu relato. Pero cuando dijiste que desprecian la riqueza, la gloria y los placeres y que ni se irritan ni se afligen, entonces —¿estamos solos, verdad?— me detuve recordando algo que vi hacer a un individuo el otro día, ¿quieres que diga quién o no hace falta que diga su nombre?

HERMÓTIMO . — No, no; di quién era.

LICINO . — Pues… tu mismísimo maestro, en otras facetas, por cierto, digno de respeto y que ahora está ya en la recta final de la tercera edad.

HERMÓTIMO . — ¿Pues qué hacía?

LICINO . — ¿Conoces al extranjero de Heraclea que desde hace tiempo compartía con él en calidad de alumno las clases de filosofía, al rubio, tan aficionado a las discusiones?

HERMÓTIMO . — Ya sé a quien te refieres; Dión se llama.

LICINO . — Ése, exactamente. Puesto que, al parecer, no le pagaba a tiempo sus honorarios, tu maestro lo llevó inmediatamente a presencia del arconte rodeándole el cuello con el manto al tiempo que soltaba gritos e imprecaciones. Y si algunos de sus compañeros no hubieran mediado y le hubieran arrebatado de las manos al muchacho, ten por seguro que el viejo, de lo enfadado que estaba, le hubiera arrancado a mordiscos la nariz.

[10] HERMÓTIMO . —Cuando se trata de pagar, Licino, el tipo ese, Dión, es rácano y desconsiderado, pues el maestro nunca jamás ha actuado así con otros muchos a quienes suele prestar dinero, que le pagan los intereses a su debido tiempo.

LICINO . — ¿Y qué pasaría si no se los pagaran, querido? ¿O le importa algo a él que ha sido ya purificado por la filosofía y que ya no está necesitado de lo que ha abandonado en el Eta?

HERMÓTIMO . — ¿Crees que mi maestro se ha tomado este asunto tan a pecho por sí mismo? Pues resulta que tiene niños pequeños y le preocupa que tengan que vivir en la indigencia.

LICINO . — Pues sería conveniente, Hermótimo, que llevara a las criaturas por la senda de la Virtud a fin de que compartieran con él la felicidad despreciando la riqueza.

HERMÓTIMO . — No tengo tiempo, Licino, de seguir [11] hablando contigo de estos temas. Tengo prisa ya por escucharlo, no sea que pierda el hilo de las lecciones.

LICINO . — Ánimo, amigo, pues hoy acaba de proclamarse una tregua. Así que voy a ahorrarte lo que te queda del trayecto.

HERMÓTIMO . — ¿Cómo dices?

LICINO . — Pues digo que en este momento no le podrías ver, al menos si hay que dar crédito al anuncio; colgó un letrero sobre la puerta con letras de gran tamaño que dice que hoy no hay clase de filosofía. En fin; contaban que había ido ayer a cenar a casa de Éucrates que daba una fiesta con motivo del cumpleaños de su hija, y que en el transcurso del banquete habló mucho de filosofía y se enfadó con Eutidemo el del Perípato y que mantuvo con él las discusiones de rigor argumentando en contra de los de la «Estoa». La reunión, según cuentan, se prolongó hasta bien entrada la noche y de resultas del griterío se le puso un gran dolor de cabeza que le produjo abundante sudor. Además, según creo, había bebido más de la cuenta, pues los presentes, como es natural, habían hecho diversos brindis, y él había cenado más de lo que conviene a un anciano. Así que al volver a casa vomitó un montón según contaban. Y tras pararse tan solo a contar los trozos de carne que le había dado al sirviente que tenía detrás de sí y de haber calculado cuidadosamente los que había recibido de él, duerme tras dar órdenes de no dejar entrar a nadie. Eso oí yo de boca de Midas, su criado, que se lo estaba contando a algunos de los alumnos, un buen grupo, que ya se iban.

HERMÓTIMO . — Y ¿quién ganó en la discusión, Licino, [12] mi maestro o Eutidemo? ¿Decía Midas algo al respecto?

LICINO . — Al principio, según cuentan, estaban muy igualados, pero finalmente la victoria se decantó de vuestro lado, y el anciano fue muy superior. Pero cuentan también que Eutidemo no se marchó sin sangre, sino con una herida enorme en la cabeza. Como estaba chulo y peleón y no se dejaba convencer, ni estaba por la labor de admitir las críticas, tu formidable maestro, va y le estampa una copa como la de Néstor 9 que tenía a mano; así es como venció.

HERMÓTIMO . — Muy bien; no de otro modo hay que actuar con quienes no quieren ceder ante quienes son superiores.

LICINO . — Sí, claro, muy lógico. ¿Qué le pasó a Eutidemo para irritar a su hombre ya mayor, impasible y capaz [13] de controlarse, que tenía en su mano una copa tan pesada? Pero en fin; tenemos tiempo de sobra. ¿Por qué no me cuentas a mí, que soy tu compañero, de qué forma te viste empujado por primera vez al estudio de la filosofía? Porque yo también, si aún es posible, podría hacer junto contigo el camino comenzando a partir de ese punto; siendo amigos como somos, no me iréis a dar con la puerta en las narices.