LICINO . — Digo que el que volvió sus pasos por la senda de Platón y realizó el camino en su compañía, lo pondrá por la nubes, está clarísimo, y el que siguió la senda de Epicuro, elogiará ese camino, y así cada uno el suyo, y tú el vuestro. Dime, Hermótimo, ¿no es así?
HERMÓTIMO . — Por supuesto.
LICINO . — Pues en modo alguno me has librado de mis dudas, pues por la misma razón no se a quién de los caminantes debo hacer más caso. Efectivamente, veo que cada uno de ellos, tanto el caminante como su guía, no ha experimentado más que un solo camino, y lo elogia y dice que es el único que lleva a la ciudad. Y en verdad no puedo saber si dicen la verdad. Que ha llegado a un cierto término y que ha visto una ciudad, bueno, puedo concedérselo; pero si ha visto la que debería haber visto, en la que tú y yo desearíamos vivir como ciudadanos, o si teniendo que ir a Corinto ha llegado a Babilonia y cree que ha visto Corinto, eso al menos de momento no lo tengo claro (pues obviamente no todo el que ha visto una ciudad ha visto Corinto, a no ser que Corinto sea la única ciudad). Y lo que me plantea un gran problema es precisamente eso, el saber que inexorablemente uno sólo pueda ser el único camino verdadero. Pues Corinto sólo hay uno y todos los demás caminos llevan a todas partes menos a Corinto a no ser que alguien esté tan chiflado como para creer que el camino que lleva al país de los Hiperbóreos 15 y el que lleva a la India conducen a Corinto.
HERMÓTIMO . —¿Cómo podría ser eso? Cada camino lleva a un sitio diferente.
LICINO . — Así pues, lindo Hermótimo, se precisa no [28] pequeña deliberación para la elección de caminos y guías, y no haremos lo que dice el refrán, «ir a donde nos lleven los pies», porque sin darnos cuenta saldremos por el camino que lleva a Babilonia o a Bactra en vez de por el que lleva a Corinto. Y ni tan siquiera es de recibo echarse en manos del Azar, a ver si por casualidad elegimos el mejor camino, máxime si nos inclinamos por uno cualquiera de los caminos sin previo análisis. Y es posible incluso que suceda eso, y quizás sucedió en algún momento de los tiempos. Pero creo que nosotros en temas de tanta envergadura no debemos arriesgarnos de un modo audaz ni encasillar por completo nuestra esperanza, como dice el refrán, pretendiendo surcar el Egeo o el Jónico sobre un canasto de mimbre; entonces no podríamos acusar con razón al Azar si con sus flechas y sus dardos no fuera a dar en la diana de la Verdad, que es lo único cierto entre miles de cosas que son falsas; cosa ésta que ni siquiera estuvo en las manos del arquero homérico, Teucro 16 , creo, quien cuando debía haber matado con sus flechas a la paloma, cortó el hilo. Pues es mucho más lógico esperar que sea otra de entre tantas cosas la que resulte herida y caiga fulminada por la flecha que no precisamente ésa, la Verdad. Y el peligro no es insignificante si por desconocimiento vamos a caer en uno de los caminos sin rumbo en vez del que lleva la dirección correcta con la esperanza de que el Azar realice por nosotros una elección mejor; creo que lo captas. Y no es tan fácil darse la vuelta y volver sano y salvo si uno se echa de golpe a merced del viento luego de soltar las amarras; antes bien inexorablemente se deja llevar navegando por el mar, lleno de temores y con la cabeza pesada por el ir y venir de las olas, cuando lo que tenía que haber hecho en un principio era, antes de soltar amarras, subiendo a una atalaya, fijarse a ver si el viento era propicio, favorable para quienes quieren navegar rumbo a Corinto, y, por Zeus, elegir al mejor timonel y una embarcación sólida capaz de resistir semejante oleaje.
[29] HERMÓTIMO . — Lo mejor sin lugar a dudas, Licino. Y sé muy bien que si dieras una vuelta en derredor de todos no encontrarías guías mejores ni timoneles más expertos que los estoicos; y si alguna vez quieres llegar a Corinto, los seguirás avanzando por las huellas de Crisipo y de Zenón; de otra forma, imposible.
LICINO . —¿Ves qué vago es lo que acabas de decir, Hermótimo? Lo mismo podría decir el compañero de camino de Platón o el que ha seguido a Epicuro y los demás, cada uno a su vez, a saber, que no llegaría hasta Corinto si no es en su compañía; así que, o hay que dar crédito a todos ellos, lo cual sería ridículo, o por la misma razón no hay que dárselo a ninguno; y esto es con mucho lo más seguro hasta que no encontremos a quien garantice la Verdad.
Venga; si, como me sucede a mí ahora que ignoro aún [30] quién de todos es el que dice la Verdad, escogiera yo vuestro camino, fiándome de ti que eres mi amigo, pero que no conoces más doctrina que la de los estoicos y que no has andado más que ese único camino; si a continuación alguno de los dioses hicieran recobrar la vida a Platón y a Pitágoras y a Aristóteles y a los demás y colocándose en derredor mío me hicieran preguntas o, por Zeus, incluso me llevaran a juicio acusándome cada uno de arrogancia en estos términos, Licino, fenómeno, ¿en qué experiencia o en qué palabra te basas para tratar mejor que a nosotros a Crisipo o a Zenón, cuando nosotros somos con mucho mayores en edad que ellos, que han nacido ayer y anteayer como quien dice, y no nos has dado ni el turno de palabra ni has puesto a prueba nuestros argumentos? ¿Si ellos se expresaran en esos términos, qué les podría yo contestar? ¿Tal vez me baste con decirles que me convenció Hermótimo, un amigo mío? Pero tal vez podrían replicar —sé que lo harían— en estos términos: Licino, nosotros no conocemos al Hermótimo ese quienquiera que sea, ni él tampoco a nosotros. Conque no deberías subestimarnos ni emitir un juicio de valor desfavorable contra nosotros 17 , tú que prestas crédito únicamente a un hombre que sólo ha seguido un camino en el ejercicio de la filosofía, y que posiblemente ni siquiera lo conoce a fondo. Los legisladores, Licino, no han establecido que los jueces actúen de esta manera, ni que a una parte la escuchen en tanto que a la otra no la dejen decir lo que estima conveniente en su propia defensa, sino el prestar oído de modo semejante a ambas, de forma que cotejando con más facilidad los diversos argumentos puedan discernir lo verdadero y lo falso; y caso de no actuar de este modo la ley da opción a apelar a otro tribunal.
[31] Es lógico que se expresen ellos en términos semejantes. O incluso algunos podrían tal vez dirigirse a mí con estas palabras: Licino, supón que un etíope que no ha visto jamás a otros hombres como nosotros, por ejemplo, porque no ha salido nunca de su país, en una reunión de etíopes se reafirmara en sus teorías de que en ningún lugar de la tierra hay hombres blancos o rubios, sino tan sólo exclusivamente negros, ¿le darían crédito los demás? O acaso alguno de los etíopes de más edad podía replicarle: ¿y tú cómo lo sabes? Pues jamás has salido de nuestra tierra y, por Zeus, no sabes cómo son las cosas en otros países. Y desde luego yo diría que el anciano le pregunta con toda la razón del mundo. O ¿qué piensas tú al respecto, Hermótimo?
HERMÓTIMO . — Eso mismo, pues me parece que le increparía con toda la razón del mundo.
LICINO . — Igual yo, Hermótimo. Pero en lo que viene a continuación ya no sé si vas a estar tan de acuerdo. A mí desde luego me parece de cajón.
HERMÓTIMO . — ¿El qué?
[32] LICINO . — Pues evidentemente el tipo en cuestión proseguirá y se dirigirá a mí en estos términos: establezcamos, Licino, una comparación: alguien que no conoce más que las teorías de los estoicos, como tu amigo ese, Hermótimo, que nunca ha viajado al mundo de Platón, ni al de Epicuro, ni al de ningún otro filósofo, si dijera que en esas muchas tierras no hay nada tan hermoso y tan verdadero como las doctrinas de los estoicos, no te parecería que es un osado al manifestar públicamente su opinión sobre todos los temas, cuando no ha conocido más que un solo campo, puesto que no ha puesto jamás el otro pie fuera de Etiopía. ¿Qué respuesta quieres que le dé?
HERMÓTIMO . — La que más se ajusta a la Verdad, por supuesto; que nosotros aprendemos a fondo las doctrinas de los estoicos, porque estimamos lógico concebir la filosofía con arreglo a ellas, pero que no por ello desconocemos las doctrinas de las demás escuelas, pues el maestro también nos las va explicando al tiempo que las echa por tierra con sus teorías.
LICINO . — Y piensas que en ese punto van a estarse [33] calladitos los seguidores de Platón, Pitágoras, Epicuro y los demás y que no van a decirme muertos de risa: ¿qué está haciendo, Licino, tu amigo Hermótimo? ¿Le parece lógico dar crédito a quienes sostienen respecto de nosotros puntos de vista contrarios y cree que nuestras teorías son como quieran decir ellos aunque sean ignorantes u oculten la verdad? Pues si viera a un atleta entrenándose antes de la competición dando patadas al aire, o dando puñetazos en vacío como si golpeara a su rival, ¿por ello iba a proclamarlo, contituyéndose en árbitro, vencedor del certamen? O por el contrario, ¿creerá que esos fogosos ejercicios son fáciles y seguros pues no hay rival alguno, y esperará para proclamarlo vencedor a que se enfrente con un rival y a que lo venza hasta que ese oponente se vea derrotado por completo y no antes? Así que… no vaya a creer Hermótimo que nos va a derrotar a partir de las batallas vanales que sus maestros libran contra nosotros sin estar presentes o que nuestras teorías son tales como para echarse por tierra así como así. Y es que sería algo así como las casitas que hacen los niños y que, inconsistentes, enseguida las echan abajo o como, por Zeus, quienes se ejercitan en el tiro con arco que atan un manojo de astillas y a continuación las clavan en un palo colocado a no mucha distancia, apuntan y disparan; y si dieran en la diana y atravesaran las astillas, se pondrían a dar gritos al punto como si hubieran hecho algo grande, si es que la flecha lograra traspasar el haz de astillas y salir limpia. Pero no es así como actúan los persas ni los arqueros escitas, sino que, en primer lugar, cuando disparan, en la mayoría de los casos lo hacen moviéndose a lomos del caballo y después piensan que lo lógico es que el blanco también se mueva y no que esté ahí quieto y a la espera de que una flecha le caiga encima, sino que de algún modo intenta escapar a su impacto. Animales salvajes es lo que capturan con sus flechas las más de las veces, y en ocasiones algunas aves. Y si en algún momento desean comprobar la intensidad del impacto, colocan delante un parapeto de madera resistente o un escudo hecho de piel de buey y lo atraviesan, con lo que comprueban que sus saetas pueden traspasar incluso las armas. Dile, pues, a Hermótimo de parte nuestra que sus maestros colocando astillas delante las atraviesan con sus flechas y van diciendo después que han vencido a hombres armados, y que dibujando retratos nuestros la emprenden a puñetazos con ellos y que al derrotarlos, como es natural, creen habernos derrotado a nosotros. Y es que cada uno de nosotros podría replicarles las palabras aquellas que dicen que dijo Aquiles respector de Héctor
pues de mi casco no ven la visera 18 .
Eso es lo que dirían todos sin excepción, cada uno por separado.
Y Platón, me parece que podría contar alguna de sus [34] anécdotas de Sicilia, que creo que sabe muchas. Por ejemplo, cuentan que a Gelón de Siracusa le olía muy mal la boca y que por espacio de mucho tiempo no fue consciente de ello porque nadie se atrevía a criticar a un tirano, hasta que una mujer extranjera que tuvo relaciones con él tuvo el valor de decírselo. Cuentan que él fue a su mujer y se irritó con ella por no habérselo hecho notar, ella que era quien mejor conocía el mal olor de su aliento, y que ella le suplicó que la perdonara. Aducía que por no haber frecuentado anteriormente compañía ni trato con ningún hombre, creía que la boca de todos los hombres despedía un olor semejante. Así, podría decir Platón algo así como que «Hermótimo, puesto que no tiene trato más que con los estoicos, no sabe cómo son las bocas de los demás». Y Crisipo podría decir lo mismo e incluso ir más lejos si yo lo dejara sin emitir un juicio crítico y fuera a parar a las doctrinas de Platón dando crédito a uno de los que no frecuentan más compañía que la de Platón. En una palabra, afirmo que en la medida en que no está clara una opción en el terreno de la filosofía, la mejor consiste en no hacer ninguna, pues el optar por una supone un cierto desprecio hacia las demás.
HERMÓTIMO . — ¡Por Hestia, Licino!, dejemos quietecitos [35] a Platón, Aristóteles, Epicuro y demás filósofos, que no está en mi mano rivalizar con ellos; investiguemos tú y yo, los dos solos por nuestros propios medios a ver si el problema de la filosofía es como yo digo que es. Que en lo que a etíopes o a la mujer de Gelón se refiere, ¿a cuento de qué había que traerlos desde Siracusa para nuestra discusión?
LICINO . — Bien, pues, que se vayan a paseo si te parece que no vienen al caso en la discusión. Habla tú ya, que al parecer vas a decir algo fantástico.
HERMÓTIMO . — Me parece, Licino, que es posible llegar a saber la verdad aprendiendo tan sólo las doctrinas de los estoicos, a partir de ellas, sin llegar a las demás escuelas, examinando cada punto. Fíjate. Si alguien va y te dice a ti solo que dos por dos son cuatro, ¿habrás de ir a informarte de boca de otros matemáticos a ver si hay alguno que dijera que son cinco o siete? ¿O te darás cuenta al instante que ese hombre te está diciendo la verdad?
LICINO . — Al instante, Hermótimo.
HERMÓTIMO . — Entonces ¿por qué te parece imposible que un hombre que no ha tenido trato más que con estoicos, que dicen la verdad, les preste crédito y ya no necesite de los demás para saber que cuatro nunca pueden ser cinco por más que lo afirmen millones de Platones o Pitágoras?
[36] LICINO . — No se trata de eso, Hermótimo, pues pones en parangón lo que es del dominio público con lo que está sometido a juicio, que son cosas muy distintas. O si no, di ¿te has encontrado a alguien que diga que multiplicando dos por dos le da cinco o siete?
HERMÓTIMO . — En absoluto, yo al menos no; pues loco estaría quien dijera que no da cuatro.
LICINO . —¿Y qué? ¿Te has encontrado alguna vez —e intenta, por las Gracias, decir la verdad— a algún estoico o algún epicureo que no difieran en los principios o en los objetivos de sus doctrinas?
HERMÓTIMO . — Nunca jamás.
LICINO . — Pues fíjate, fenómeno, no sea que con tus palabras vengas a engañarme, y más siendo amigo mío. Estamos intentando averiguar quiénes son los que dicen la verdad en esto de la filosofía, y tú te has abalanzado atribuyéndosela a los estoicos, diciendo que ellos son los que dicen que dos por dos son cuatro, sin que esté nada claro que es así. Por la misma regla de tres los epicúreos o los platónicos podrían sostener ese resultado aduciendo que vosotros decís que da cinco o siete. ¿O no te parece que es eso lo que hacen cuando vosotros sostenéis que el Bien es la Virtud en tanto que los epicúreos dicen que es el Placer? ¿Y cuando vosotros decís que todo es corpóreo en tanto que Platón piensa que existe algo incorpóreo en los seres? Pues tal y como yo decía, tú, de forma arrogante dando por seguros todos los puntos que son susceptibles de discusión, se los atribuyes sin más a los estoicos, en tanto que las demás escuelas lo recaban para sí; así que, entiendo yo, el tema requiere de un examen crítico. Porque si llegara a demostrarse que es patrimonio exclusivo de los estoicos el pensar que dos por dos son cuatro, bien callados pueden estarse los demás. Pero en tanto todos se pelean por el mismo objetivo no hay más remedio que escuchar a todos por igual o saber que va a parecer que estamos emitiendo un juicio parcial.
HERMÓTIMO . — Me parece, Licino, que no comprendes [37] lo que quiero decir.
LICINO . — Entonces deberás expresarte con mayor claridad si es que vas a exponer un punto de vista que no sea igual al mío.
HERMÓTIMO . — Enseguida vas a saber lo que voy a decir. Supongamos que dos personas cualesquiera han entrado al santuario de Asclepio o al de Dioniso, y que ha desaparecido una copa de los rituales sagrados, ¿habrá que registrar a los dos para ver quién es el que oculta la copa en su regazo?
LICINO . — Naturalmente.
HERMÓTIMO . — Uno de los dos lo tiene.
LICINO . — Si ha desaparecido, por supuesto.
HERMÓTIMO . — Y caso de encontrarla en el primer individuo, ya no desnudarás al segundo, porque es de cajón que no la tiene.
LICINO . — De cajón.
HERMÓTIMO . — Y caso de no encontrarla en el regazo del primero, es evidente que el segundo la tiene, con lo que ni lo registrarás porque no hará falta.
LICINO . — Evidente.
HERMÓTIMO . — Pues también nosotros, si encontramos ya la copa en manos de los estoicos, estimaríamos lógico no registrar a los demás, pues tenemos lo que desde antaño buscábamos. ¿O habríamos de tener algún motivo para tomarnos más molestias?
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