Читать книгу «Obras I» онлайн полностью📖 — Luciano — MyBook.

Pero la huella de la formación retórica de nuestro autor no se limita a lo que hemos venido señalando. Se extiende a los elementos estructurales de toda su producción. Y, en efecto, podemos descubrir, en los opúsculos lucianescos:

1. El proceso, en sentido estricto o lato, un juicio, un elemento judicial. Unas veces se trata de auténticos juicios (Apología, Pleito entre consonantes, El tiranicida, El desheredado) en los que aparecen todos los recursos de la oratoria judicial81. Otras veces nos hallamos ante auténticos discursos de carácter deliberativo (Fálaris, La asamblea de los dioses, Zeus trágico). Pero también el género epidíctico, con sus ataques, elogios o reproches: así Filosofía de Nigrino, Elogio de la patria, Elogio de la mosca, entre otros.

2. Elementos socráticos, en un sentido más o menos estricto, entran, asimismo, en el opúsculo lucianesco. El banquete, la conversación entre maestro y discípulo, la simple conversación, son constantes.

3. Finalmente, el elemento filosófico. También aquí la temática recuerda la formación escolar, sofística. Los lugares comunes más corrientes en la literatura filosófica, sin olvidar la diatriba cínica, dominan su obra escrita, de un modo especial en opúsculos como el Icaromenipo y la Necromancia, según ha estudiado Prächter82.

Tras el análisis de los elementos literarios de la obra de Luciano, nos resta ocuparnos de su lengua y de su estilo. Respecto a la lengua de nuestro escritor, lo primero que hay que señalar es que Luciano, como los demás representantes de la segunda sofística, no utiliza la lengua hablada en su época; la tendencia de la época era la imitación de los grandes modelos de la época clásica, siguiendo la corriente que, iniciada en el siglo I, ha recibido el nombre de aticismo. Se procura escribir como un Platón o un Demóstenes, aunque, curiosamente, tanto en Luciano como en sus colegas, se han podido observar algunas desviaciones de la norma. ¿Cómo debe explicarse este hecho? Para ciertos críticos, como Deferrari83, tales divergencias son el resultado de un propósito determinado, no meros descuidos del escritor. Así, por ejemplo, si bien en Luciano, habitualmente hallamos utilizados los rasgos más típicos del ático, como el empleo de la /-tt-/ en vez de /-ss-/, la llamada /-n/ efelcística, la contracción regular en los verbos contractos y el llamado futuro ático, el dual (ya desaparecido prácticamente del ático, y, desde luego, de la lengua conversacional de la época de Luciano); el optativo —que en la época helenística había sufrido una gran merma en el empleo, hasta llegar a desaparecer de la lengua normal— es, asimismo, utilizado, pero a veces —y de este hecho nos ocuparemos inmediatamente— de manera «incorrecta», así como ocurre, en algunos casos, con el empleo de las negaciones. De acuerdo con la tesis de Deferrari, si hallamos en Luciano algunas formas jónicas es debido a la intención deliberada de dar una pequeña pincelada jónica a su obra: así, en los Relatos verídicos, los jonismos que se han podido detectar se deben a que, dado que Luciano, en esta obra, se propone satirizar la literatura de fantasía, emplea algunos de los usos habituales en este género, normalmente escrito en jónico. Asimismo, algunos vulgarismos que contienen los Diálogos de las cortesanas pueden explicarse, según el crítico antes citado, por el tipo de género que el autor imita.

Quedan, sin embargo, algunos casos que no han podido ser explicados: Deferrari ha pretendido explicarlos, o al menos justificarlos, como consecuencia de una deficiente tradición manuscrita o como un descuido, en algunos casos, del propio Luciano. Otros críticos, como Fritsche84, han emitido la hipótesis de que la obra de Luciano ha sido sometida, tras la muerte de su autor, a una revisión aticista, hipótesis poco plausible si tenemos en cuenta que esta hipotética revisión habría introducido más desorden que orden en la lengua de Luciano.

El problema que plantea la lengua de la segunda sofística resulta ser, pues, que, en ocasiones, los autores de esta corriente han intentado imitar la lengua de los siglos V y IV a. C. Los sofistas, de acuerdo con esta tesis, defendida especialmente por Schmid85, serían unos espíritus que escribían de espaldas al presente, con los ojos puestos en los modelos áticos. Pero en la tesis de Schmid había un punto que parecía contradecir los postulados y los datos en los que se basaba su autor: porque el uso del optativo que hallamos en algunos casos en estos sofistas sería un mentís al principio fundamental establecido. ¿Cómo habría que explicar, pues, estos usos anómalos?

Hacia los años cuarenta, Higgins86 intentó atacar la tesis de Schmid en un trabajo de grandes ambiciones que se proponía no sólo explicar los usos anómalos del optativo que hallamos en la lengua de la segunda sofística, sino incluso concluir, por medio de los datos obtenidos del estudio de los papiros de la época, que la lengua de los sofistas no era una lengua artificial, sino que esta lengua habría adoptado muchos elementos de la lengua hablada en el siglo II. Higgins opina que estos usos anómalos procedían de usos dialectales vivos. En suma, que puede hablarse de lo que Higgins llamaba el «standard late Greek», que sería una especie de compromiso entre la lengua literaria y la koiné de la época, una lengua que mezclaría una sintaxis dialectal y el vocabulario jónico-ático de la koinè. Hay que decir, empero, que, a pesar de que Higgins utiliza los más recientes estudios sobre la lengua hablada de esta época87, los datos aportados por las inscripciones y el conocimiento de los autores tardíos, la tesis ha sido atacada de raíz incluso por autores que pertenecen a la escuela del crítico citado. Así, Anlauf88, tras pasar revista a los trabajos de esta escuela, concluye que la tesis básica es errónea, lo cual no quiere decir que la labor crítica de Higgins haya sido vana. Sobre los aspectos positivos de Higgins y su escuela se ha manifestado, recientemente, por ejemplo, Reardon89 al señalar que «ha echado las bases para un estudio, más exacto y comprehensivo que el de Schmid, del fenómeno que llamamos aticismo».

Si pasamos ahora, tras esta digresión, al estilo de Luciano, señalaremos que Luciano no se ha limitado a una simple imitación del estilo clásico; como en todos los demás aspectos de su personalidad, ha sabido inspirar vida a los elementos que imita, marcándolos con su sello propio. Ello aparece ya claro en el modo de citar de Luciano. Por un lado, tenemos las «citas de adorno», citas innecesarias para el contexto y que sólo emplea el autor para elevar el tono del pasaje. Un ejemplo lo tenemos en Icaromenipo 12 y 22. Se trata de puras citas literarias, sin duda tomadas de antologías, como parece demostrarlo el hecho de que los otros autores de la época suelen acudir a las mismas. En otros casos, la cita sirve para conceder autoridad a lo que se afirma. Sería no ya una cita de adorno, sino una cita que tiene una finalidad práctica concreta.

Otro elemento estilístico muy abundante en Luciano es el uso de los proverbios con la finalidad de dar un sabor más o menos popular a algunos pasajes de su obra. El fenómeno ha sido estudiado por Rein90, quien cae, empero, en el defecto de creer que Luciano los ha ido a buscar en los autores clásicos. Más probable es que procedan de colecciones antológicas. Ocurre aquí como en el caso de la cita: los autores de su época suelen acudir a los mismos refranes, lo que delata un origen escolar-retórico, como, por otra parte, ha demostrado recientemente Bompaire91.

Debemos a O. Schmidt92 uno de los estudios más completos del uso del símil y de la metáfora en Luciano. Nuestro autor toma sus metáforas de los campos más variados de la vida humana, pero tampoco puede negarse el origen libresco de tales procedimientos estilísticos. Pero sabe emplearlas con buen tino: puede incluso ocurrir, como en los mejores autores de la época clásica —Platón, incluso Píndaro—, que a lo largo de toda una obra hallemos un motivo dominante: así, en el Hermótimo, este motivo es el camino empleado ya por Platón en el Lisis93.

Otro recurso corriente en el estilo lucianesco es la presencia de la anécdota y la fábula, lo que concede a la narración un ritmo vivo, muy personal.

Debemos a Schmid94 buenas observaciones sobre los períodos retóricos de Luciano: según el gran estudioso del aticismo, los períodos lucianescos se caracterizan por su elegancia y su proporción, elementos que contribuyen a hacer agradable la lectura de nuestro autor. Rico es, asimismo, su vocabulario, como ha señalado Rothstein95 en el estudio que le ha consagrado.

En resumen, Luciano sigue la norma general de su época en la lengua que utiliza: una lengua artificial, imitada de los grandes autores del aticismo, aunque, en ocasiones, pueda caer en pequeños errores sintácticos, pese a que él conocía muy bien el ático, como demostró en el curioso opúsculo El solecista. En cuanto a su estilo, es una magnífica combinación de recetas de escuela y de buen gusto literario. Ello convierte a nuestro autor en uno de los más agradables de la literatura griega de todos los tiempos.

5.

El mundo de las ideas en Luciano

En el capítulo anterior hemos tenido ocasión de comprobar dos fenómenos básicos en relación con la obra literaria de Luciano: que, por un lado, buena parte de su cultura es de origen escolar, libresco, y que, por otro, ello no ha impedido a los críticos reconocer un cierto rasgo de genio en determinados aspectos de su personalidad literaria. Cabe decir que los aspectos ideológicos de nuestro autor presentan una doble faceta parecida. Hay, en suma, una cuestión lucianesca. Para definir los rasgos esenciales de tal cuestión, cabría decir que Luciano, como pensador, es un enigma todavía no resuelto. Porque, de una parte, están los críticos para los cuales nuestro sofista es un pensador auténtico, hondamente preocupado por cuestiones filosóficas; de otra, la serie de intérpretes para quienes la finalidad última de la obra lucianesca no es sino un oportunismo humorista al que preocupa tan sólo el modo de provocar la hilaridad y ganarse, de tal manera, a su público.

Pero, aun dentro de cada una de estas dos tendencias interpretativas, es menester distinguir determinados matices: para Gallavotti, por ejemplo96, «la vida de Luciano lo es todo menos la expresión ligera de un carácter inconstante y superficial. Por el contrario, la reflexión, la firmeza y la ponderación son sus rasgos esenciales». Para Gallavotti, como para los que se mueven en una línea interpretativa semejante, Luciano se convirtió a la filosofía tras una profunda experiencia, y permaneció, después, fiel a sus principios. Pero aun aceptando, como hipótesis de trabajo, tal conversión, se preguntan los críticos qué escuela filosófica fue la que ganó el corazón de Luciano. Se le ha querido hacer un pensador cuyas simpatías van hacia el epicureismo: tal es la tesis de Caster97. Pero otros han apuntado hacia el cinismo, como Helm. Y últimamente se ha querido ver en Luciano una especie de premarxista cuya obra es una profunda reflexión sobre la lucha de clases, como recientemente ha intentado defender Baldwin98. El tema es lo suficientemente importante, para una cabal comprensión de Luciano, como para dedicarle algunas páginas.

El estudio de las posibles relaciones de Luciano con la filosofía plantea, a nuestro modo de ver, dos cuestiones básicas. Ante todo, el problema del sentido último de la obra lucianesca. En segundo lugar, la cuestión de si hay una evolución en la carrera del sofista, y si se ha producido una verdadera y auténtica conversión a la filosofía.

El siglo XVIII tendió a valorar en Luciano el aspecto moralista, que fue profundizado en el siglo siguiente. Renan, al presentar a nuestro escritor como «un sabio en un mundo de locos»99, y Martha100, al proclamarle el último gran moralista de la decadencia, marcaron un camino que se prosiguió en el siglo XX en intérpretes como Chapman101, Gallavotti y Quacquarelli102, culminando en la interpretación marxista de Baldwin. La evolución que ha presidido esta corriente interpretativa parte de dos supuestos previos: por un lado, que el fondo cínico (desarrollado luego por Helm, pero con ciertas restricciones) que se quería hallar en el pensamiento lucianesco no sólo residía en la forma (por ejemplo, la explotación de la «mina» menipea), sino, asimismo, en su actitud ante el mundo y la vida.

Por otro lado, esta línea interpretativa parte del supuesto de una actitud «seria» de Luciano ante los hechos que satiriza. Nuestro autor, exponente «del tormento e della confusione spirituale che agitava i popoli nei primi secoli dell’Era nostra», en frase de Gallavotti103, se ha preocupado hondamente de la sociedad de su tiempo, con su inmoralismo, su falta de coherencia lógica entre teoría y práctica, y ha reaccionado violentamente contra los vicios que la afeaban, y, de rechazo, contra la propia Roma, fuente de toda inmoralidad, de acuerdo con la tesis de A. Peretti104, recientemente combatida por Palm105. La «protesta» de Luciano habría, pues, que tomarla en serio, y tal protesta explicaría su simpatía por el movimiento cínico, que no era simplemente nihilista, sino que tendía a sentar las bases para una nueva sociedad. El cínico, en efecto, sostiene la íntima convicción de que, al liberar al hombre, le abre las puertas de la felicidad. El cinismo proclama una cierta «inversión de valores», actitud contenida, como programa, en la frase de Diógenes, de acuerdo con la cual el filósofo era «un monedero falso que transforma las monedas de la convención». Pero, aun aceptando todo eso, una profunda diferencia distingue a Luciano, a ese Luciano hipotéticamente cínico, de los fundadores de este movimiento: nada más lejos de nuestro autor que la actitud activista de un Crates o de un Diógenes.

Ahondando en estos postulados, Baldwin elabora su tesis de un Luciano satírico-social al que preocupa la cuestión de la lucha entre pobres y ricos, esto es, la lucha de clases. El crítico anglosajón insiste en que los Diálogos de los muertos representan «el auténtico pensamiento de Luciano»106, y, ampliando una idea de Rostovtzeff107, de acuerdo con la cual «el enfrentamiento entre pobres y ricos ocupa un lugar preeminente en los diálogos de Luciano, y él era plenamente consciente de la importancia del problema», concluye Baldwin que «toda la vida de Luciano transcurre en una atmósfera de odio y violencia de clases».

En realidad, los puntos de vista de Baldwin sólo son posibles si se extrapola el «interés» que Luciano ha sentido por los temas contemporáneos tal como aparecen, por ejemplo, en los Diálogos de los muertos, donde el tema de la esperanza de los presuntos herederos es constante. No es casualidad que Martha108 haya podido afirmar, hace ya muchos años, que gracias a Luciano conocemos la sociedad del siglo II, y que el propio Baldwin se apoye en esta misma obra y, extrapolando los datos que de ella se obtengan, monte una teoría evidentemente exagerada, de la cual ha podido afirmar, recientemente, Reardon109 «que el propio Luciano se habría sorprendido de esa interpretación de su creación literaria».

La tesis contraria, que ve en Luciano a un escritor cuyo rasgo sería la ligereza, está esencialmente representada por R. Helm. Ya, antes que él, Wilamowitz110 lo había presentado como un periodista sin ideas propias. El propio Helm inicia su famoso libro con unas palabras que son un auténtico programa y que sintetizan la actitud de toda una línea interpretativa: «No debemos ver en él al luchador que combate por la verdad y la razón contra la superstición y el oscurantismo»111. Se ha producido, pues, una completa inversión en la visión de nuestro sofista: Luciano no buscaría otra cosa que la risa de sus lectores. Pero llega más lejos aún la actitud de Helm, negándole, incluso, que pueda hablarse de un «volterianismo» de Luciano.

El segundo punto que nos interesa es el de la pretendida conversión de Luciano a la filosofía, el de su evolución espiritual. A este respecto tenemos que señalar algunos puntos importantes:

1. Por lo pronto, nadie puede negar —y de hecho nadie niega— que Luciano inició su carrera armado con las armas de la sofística. Sus primeras obras carecen de la hondura ideológica que hallamos en algunas obras posteriores. Hay, pues, una etapa sofística en la vida de nuestro autor.

2. Más difícil resulta el problema de su conversión a la filosofía. El tema era actual en su propia época, en la que no era raro pasar o de una orientación retórica a otra filosófica, o de la filosofía al cristianismo. El tema ha sido bien estudiado por A. D. Nock112. Por lo pronto, hay críticos que se niegan en redondo a aceptar una etapa filosófica en la vida de Luciano, aduciendo —creemos que equivocadamente— que las fronteras entre retórica y filosofía eran algo más que dudoso. Gerth113 es uno de estos críticos.


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