Читать книгу «Obras I» онлайн полностью📖 — Luciano — MyBook.

Por otra parte, mientras las obras de la primera época lucianesca delatan una absoluta falta de preocupación por problemas contemporáneos, hay un momento —que algunos quieren hacer coincidir con el Nigrino— en que es innegable una cierta preocupación por los hechos que ocurren en su época (Alejandro o El falso profeta, La muerte de Peregrino, entre otros). Sea como sea, lo único que puede decirse es que, si hubo conversión a la filosofía, tal conversión duró poco tiempo. Y, en efecto, casi en la misma época en que puede hablarse de conversión hallamos nuevamente duros ataques contra los filósofos, sobre todo contra aquellos que no armonizan sus ideas con su modo de vivir. Y el Hermótimo —prácticamente contemporáneo del Nigrino que representa, para Peretti, el documento que da fe de su conversión— es una manifestación formal de un profundo escepticismo filosófico. Posiblemente fue escrito a raíz de su definitivo desengaño de la filosofía.

3. En su etapa madura, pues, desengañado ya de la filosofía, pero también del espectáculo que ofrece su propia época, se dedica a la sátira y a la crítica contra las costumbres y contra la filosofía. El rasgo fundamental de esta última actitud de Luciano es su aspecto negativo. La esencia de las obras maduras de Luciano es la negación, su orientación eminentemente destructiva. Sin embargo, es preciso reconocer que no todo se resuelve con el término «negativo». Porque Luciano suele atacar lo que huele a falso, a inautèntico, a falta de coherencia.

La pobreza especulativa es uno de los rasgos que Caster114 señala en Luciano como pensador. No se descubre en él nunca una auténtica preocupación por los problemas teóricos, defecto que le hizo incapaz de profundizar, si es que lo intentaba en serio, en los problemas por él abordados. Rasgo que comparte, hay que reconocerlo, buena parte de la literatura del siglo II y, en general, todo el período tardío del helenismo, en el que ha desaparecido todo auténtico interés por la especulación, como han señalado los historiadores que se han ocupado de esta época, especialmente Murray, Nilsson y Dodds115.

Para redondear el perfil de Luciano como pensador, debemos centrar nuestra atención en dos aspectos de su figura: de un lado, su actitud ante las creencias de su época y, de otro, su crítica de la historiografía.

¿Qué actitud es la de nuestro sofista ante los elementos irracionales que invaden ahora el mundo grecoromano? El período romano de la cultura griega ha sido calificado por Murray como «a failure of nerves», y por Dodds, de «miedo a la libertad». Frente a la magia, a las creencias supersticiosas de su época, Luciano adopta una decidida tesitura polémica, cayendo en una reacción desproporcionada y atacando, por ende, todo lo que huele a misticismo, a religión. Recordemos su obra Aficionado a las mentiras: aquí son vapuleadas sin compasión la providencia, la fe en los oráculos, toda actitud religiosa, en suma.

La actitud de Luciano frente a la historiografía de su época queda patentizada en su tratado Cómo debe escribirse la historia. Opúsculo que ha sido juzgado de formas muy diversas por los críticos. Si para algunos esta obra hizo posible, con su equilibrada posición teórica, que la historia no desapareciera del todo y que pudiera pasar al mundo bizantino, otros han afirmado, creemos que con razón, que Luciano no adopta aquí puntos de vista originales, sino que refleja, sin más, la práctica de los mejores historiadores de su tiempo. De hecho, lo que se proponía realmente Luciano era —como en el caso de los Relatos verídicos— insistir en que debían atacarse las posiciones extremas de la historia trágica, insistiendo en el buen sentido y en que era preciso adherirse a los mejores modelos de la tradición (Tucídides sobre todo). Pero mientras en los Relatos verídicos su sátira se realiza llevando al absurdo los procedimientos de los narradores de historias fantásticas, aquí ha intentado una síntesis de lo mejor de la historiografía helénica. Su falta de originalidad queda patente, si comparamos este opúsculo con la práctica de los mejores historiadores del siglo I (Diodoro, Dionisio de Halicarnaso, Flavio Josefo) y del II (Arriano, Apiano, Dión, Casio, etc.). Lo único que podemos decir, en favor de Luciano, es que su obra pudo sonar como un toque de alerta contra ciertas aberraciones que habían invadido a una parte de la producción historiográfica griega en este momento116.

6.

Luciano y la posteridad

Aunque Luciano no es, en sentido estricto, un genio de la literatura, su temperamento y la gracia de su estilo han sido los determinantes decisivos de una larga influencia en la literatura universal. Pero esa influencia no ha conocido una línea constante. Cabría decir que, al lado de autores aislados que lo han utilizado ocasionalmente, existe una corriente espiritual, en la historia de Europa, que, intermitentemente, ha asimilado el espíritu lucianesco unido a ciertos ingredientes propios de la época, dando origen a fenómenos como el erasmismo y el volterianismo, que, si no representan un lucianismo químicamente puro, contienen los principios básicos del talante satírico de nuestro escritor.

Hablemos, primero, de los escritores que sólo ocasionalmente se han servido de él en sus obras. Se ha señalado, por ejemplo, un cierto influjo sobre Luitprando en el remoto siglo X; Hans Sachs, en el Renacimiento alemán, ha podido inspirarse en nuestro autor para alguna de sus obras: concretamente, en el Diálogo de los muertos 10, para su muy famoso Charon mit den abgeschiedenen Geistern, y en el Tóxaris para su Clinias und Agathokles. Wieland, en pleno siglo XVIII, utiliza elementos tomados de nuestro sofista para piezas como Nuevos diálogos de los dioses y Diálogos en el Elíseo. En Francia, Cyrano de Bergerac se inspira en los Relatos verídicos para escribir su Histoire comique d’un voyage à la lune, y Fontenelle ha sabido asimilar lo mejor del espíritu burlesco del samosatense para sus Dialogues des morts y su Charles-Quint et Érasme. En Italia, Boyardo (siglo XV) toma los elementos básicos de su obra teatral Timone, del opúsculo del mismo nombre de Luciano, y el mismísimo Maquiavelo utiliza, al lado de Apuleyo, a Luciano para su Asino d’oro. Finalmente, en la Grecia moderna, Roïdis, creador de la novela griega moderna, se inspira directamente en un pasaje de El sueño para escribir el pasaje de La papisa Juana, en el que la vida mundana y la vida monástica se aparecen a Juana para intentar atraerla, cada una por su lado, al ideal existencial que representan. Es de notar que Roïdis hace referencia expresa a Luciano en este texto117.

Más importante es señalar que hay determinadas épocas que, dadas sus específicas circunstancias históricas, pueden calificarse de especialmente lucianescas. Son épocas en las que la sátira adquiere una importancia capital; épocas que, por otra parte, representan un momento de transición, un paso de un período histórico y cultural a otro.

Por ello, no es de extrañar que los dos momentos más lucianescos de la historia cultural de Occidente sean, de un lado, el Renacimiento; de otro, el siglo de la Ilustración. El lucianismo moderno tiene su inicio en los momentos maduros del Humanismo renacentista. Ahora aparece un movimiento espiritual, el erasmismo, con sus rasgos específicos118, que lo emparentan muy de cerca con lo mejor del espíritu de Luciano.

Por lo pronto, Luciano es editado por los humanistas muy pronto, y, tras las primeras ediciones, incluso contemporáneamente, aparecen las primeras traducciones. En efecto, la editio princeps de Luciano sale de las prensas de L. de Alopa en 1496, en edición cuidada por el gran helenista J. Láscaris. La primera edición Aldina aparece en 1503, y la segunda en 1522. Simultáneamente van apareciendo traducciones a las principales lenguas occidentales. En 1495 —un año antes de que apareciera la editio princeps—, el humanista Reuchlin realiza la versión alemana de los Diálogos de los muertos (que fue editada, empero, más tarde, en 1536); en 1499, Von Wyle publica su versión del Lucio. Y ya en el siglo XVI las traducciones, junto a las ediciones, se multiplican: señalaremos, así, las versiones de Von Plieningen (El sueño o El gallo) al alemán, la francesa de G. Tory (1520), la inglesa de Rastell (1520), la italiana de Scoto (1552). En España, Juan de Jarava es el primer traductor de Luciano (Lovaina, 1544), con un Icaromenipo119.

Con estas primeras ediciones y las correspondientes traducciones de Luciano se preparaba el camino para su verdadero influjo en el Renacimiento. Porque ahora vamos a vivir el primer gran momento de la influencia de Luciano en el espíritu europeo. Y aquí tenemos que citar, por lo pronto, el nombre de Erasmo. Autor, él mismo, de varias traducciones de Luciano120, supo asimilar maravillosamente su espíritu, de modo que estaríamos tentados de afirmar que en la génesis del pensamiento erasmiano, junto a aspectos muy propios del autor del Elogio de la locura, hay un ingrediente no pequeño que debe a la lectura del sofista de Samosata. La sátira despiadada, por ejemplo, que Luciano ha desatado contra un Peregrino o un Alejandro, la tenemos vivamente reflejada en una obra como el Dialogus Iulus exclusus e coelis. Aquí se aúnan el espíritu y algunos elementos formales de la obra lucianesca: por lo pronto, como ocurre en muchas obras del samosatense, tenemos una introducción en verso (un epigrama en trímetros yámbicos contra Julio II) en la que se flagelan todos los vicios del famoso papa, al que se compara con Julio César. Señala su autor, en este epigrama, no hace muchos años descubierto121, que, como César, fue también Julio II pontífice, y que logró la tiranía por medios ilícitos:

Plane es alter Iulius.

Et pontifex fuit ille quondam maximus

et per nefas arripuit ille tyrannidem.

El diálogo subsiguiente se desarrolla —como en muchas ocasiones ocurre en la obra lucianesca— en el cielo, al que intenta en vano entrar el difunto pontífice. Éste, al verse rechazado, monta en cólera, se comporta como una fiera, da patadas contra la puerta, sin conseguir nada. Al intentar Julio II mostrar a Pedro la llave de San Pedro, el apóstol —y aquí hay otro rasgo de la sátira lucianesca— exclama que reconoce este atributo, pero que ahora está muy lejos de parecerse a la que el Maestro le entregara:

Equidem argenteam clavem utcumque agnosco, licet solam et multo dissimilem iis quas olim verus ille pastor ecclesiae mihi tradidit Christus.

Y Pedro insiste en que no puede reconocer la tiara papal; que la capa del papa y las joyas con que se adorna son indignas de un pastor cristiano, etc. En suma, asistimos a la crítica contra el fasto de la Iglesia, a la falta de coherencia entre la doctrina y la conducta de un hombre, como nos tiene acostumbrados Luciano cuando critica las costumbres de los filósofos que ha tratado.

Luciano se había dirigido, también, contra los eruditos pedantes, los imitadores serviles de los clásicos, los falsos conocedores de la lengua griega. Un ejemplo, entre muchos, es el delicioso opúsculo El pseudosofista o El solecista. Bien, esta vertiente de la crítica lucianesca la tenemos en el diálogo erasmiano Ciceronianus122, donde el humanista de Rotterdam pone en la picota a los serviles imitadores del estilo de Cicerón123. Los personajes del diálogo llevan nombres bien significativos (este procedimiento es, asimismo, lucianesco): Bulephorus, nombre griego que significa consejero y que, en el opúsculo, representa la voz de la razón (es el propio Erasmo, la sensatez erasmiana); el personaje atacado de la enfermedad de la ciceronianitis se llama Nosoponus; Hipologus no es sino un personaje de relleno. En la obra más famosa de Erasmo, la Stultitiae laus124, hay, naturalmente, múltiples elementos tomados de Luciano, aparte la idea central, típicamente lucianesca, aunque parece que Erasmo quiso jugar con el nombre de su amigo More (Tomás Moro)125. Por otra parte, existía toda una larga tradición sobre el tema de la locura humana, que Erasmo supo aprovechar126. Pero, centrándonos en los elementos lucianescos de la obra, señalaremos que hay capítulos enteros que habrían podido ser escritos por el propio Luciano, como ha señalado un reciente editor del Elogio de la locura127: así los primeros capítulos, sobre todo los grupos VII-IX, XV, XLVI y LVIII, donde tenemos temas tan típicamente lucianescos como la enumeración de los títulos que exhibe la Locura, la disputa de los dioses entre sí sobre sus propios privilegios, o la escena que nos los presenta contemplando las cosas humanas. Es cierto que algunos opúsculos lucianescos son fuente directa: así la idea central de la obra se inspiró en los Diálogos de los dioses, pero se puede detectar el influjo concreto de otros, como El navío o Los deseos, partes de los Diálogos de las cortesanas, El tirano, Sobre las escuelas filosóficas, etcétera.

Finalmente, señalaremos ciertos elementos del espíritu lucianesco en la Querela pacis, donde la Paz, como la Filosofía en la obra lucianesca, se lamenta de lo mal tratada que es por los humanos128.

Otro gran espíritu que ha sabido utilizar ciertos elementos del espíritu de Luciano es Rabelais, del que se ha dicho129 que «Luciano era su camarada espiritual y compartía con él la risa que, sin condenar nada, se regocija con todo». No pocos son los capítulos de la obra rabelesiana que huelen a imitación directa de nuestro sofista. Así, en el capítulo XXXIII del Gargantúa130, en el que Picrócolo, duque de Menuail, conde Spadassin y capitán de Merdaille (los nombres recuerdan ya ciertos procedimientos lucianescos) da órdenes para que su ejército vaya a la realización de conquistas absurdas y fantásticas. En Pantagruel, II, 30, Epistemón, muerto y resucitado, cuenta lo que ha visto en el mundo de los muertos. Una regocijada sátira de las exageraciones de los cosmógrafos de la época tenemos en Pantagruel, XXV, donde las posibilidades cómicas de la exageración, practicadas por Luciano en los Relatos verídicos, son explotadas al máximo.

En el siglo XVIII tenemos dos importantes autores que, sin desmerecer en su originalidad, saben inspirarse hábilmente en Luciano. De un lado, Swift, cuyos Viajes de Gulliver, llenos de gracia unida a una dura sátira, recuerdan lo mejor de Luciano, y Voltaire (no en vano nuestro sofista fue llamado el Voltaire del siglo II), quien en su Candide y en su Micromégas nos ha ofrecido la mejor versión moderna del lucianismo, con su espíritu sarcástico, malicioso, demoledor.

Hemos hecho antes una breve referencia a alguna traducción española de Luciano en el Renacimiento. Pero es que la labor de traducción del sofista de Samosata, durante los siglos XVI-XVII es importante, debido, en gran parte, como ha señalado Bataillon131, al influjo erasmiano en nuestra patria. Reseñaremos, brevemente, algunas: Andrés Laguna es el autor de las versiones de la Tragopodagra y el Ocipus132, Fray Ángel Cornejo tradujo el Tóxaris en 1548; Francisco de Enzinas, los Relatos verídicos en 1551, aparte unos Diálogos en 1550; la mitad de las versiones de Juan de Aguilar Villaquirán están todavía inéditas133, y merecen, finalmente, mención las de Francisco Herrera Maldonado (Luciano español, Madrid, 1621), Sancho Bravo de Lagunas (Almoneda de vidas, 1634) y Tomás de Carlebán (autor de una versión inédita de Sobre la maledicencia). Ya en el siglo XVIII hay que mencionar la traducción de El sueño por C. Flores Canseco (Madrid, 1778). En el XIX sale a la luz la única versión española completa de Luciano134. Durante el siglo XX se han hecho intentos de versiones parciales y totales, pero aún no teníamos una versión definitiva como la que se contiene en el presente trabajo135.

Pero, al lado de las traducciones, hemos de referirnos a las principales manifestaciones del influjo lucianesco en la literatura española. Ésta puede referirse, dejando de lado manifestaciones esporádicas, a Luis Vives, Alfonso de Valdés, el Crotalón, Cervantes, Mateo Alemán, Vélez de Guevara y Quevedo.

Como Erasmo, aunque en un grado mucho menor, Luis Vives, el gran humanista, ha sabido inspirarse en Luciano, especialmente en la obra De Europa dissidiis et bello turcico, que, en determinados aspectos, es la obra gemela de la erasmiana Querela pacis. El diálogo, que apareció en Basilea en 1526, está dominado por la honda preocupación que sentía Luis Vives ante la desunión europea frente al peligro turco. Los personajes del diálogo son, casi todos ellos, de corte lucianesco: aparece Minos, el juez implacable, y figuras como Tiresias y Escipión —bien conocidos del lector de los Diálogos de los muertos136.

Erasmista furibundo y, por ello, lucianista reflejo es Alfonso de Valdés137, cuyo Diálogo de Mercurio y Carón, un libro enormemente actual al parecer, es calificado por Bataillon como «libro blanco» de los conflictos entre Francia y España en aquel momento138


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