Читать книгу «Ciropedia» онлайн полностью📖 — Jenofonte — MyBook.

Sentado a la mesa de su abuelo

Estando una vez Astiages cenando con [4] su hija y con Ciro y queriendo que el niño comiera lo más a gusto posible para que no echara de menos su país, hizo que le sirvieran golosinas y toda clase de salsas y manjares, y cuentan que Ciro dijo:

—¡Abuelo, cuántos problemas tienes durante la cena si estás obligado a tender tus manos hacia todos estos platos y probar estos variados manjares!

—Pero, ¿por qué?, preguntó Astiages. ¿Es que no te parece esta comida mucho mejor que la de los persas?

Y se dice que Ciro replicó:

—No, abuelo; en mi país el modo de saciar nuestro apetito es más sencillo y rápido que en el vuestro, pues a ello nos encamina la alimentación a base de pan y carne. Vosotros os afanáis por la misma meta que nosotros, pero, después de dar muchas vueltas arriba y abajo, con dificultades alcanzáis el lugar donde nosotros llegamos hace tiempo.

—Pero, hijo mío, dijo Astiages, nosotros no damos [5] esos rodeos a disgusto, y si pruebas estos manjares, tú también reconocerás que son agradables.

—Pero, dijo Ciro, veo que también a ti, abuelo, te repugnan estos manjares.

Y Astiages preguntó:

—¿En qué te basas, hijo, para decir eso?

—En que veo que, cuando has tocado pan, dijo, no te enjuagas las manos para nada; en cambio, cuando has cogido alguno de estos manjares, en seguida te limpias la mano con las servilletas, como si te desagradara haberla tenido llena de ellos.

A esto Astiages replicó: [6]

—Está bien, si así lo crees, hijo mío; pero, al menos obséquiate con carne en abundancia para que vuelvas a tu país hecho un mozo.

Y mientras pronunciaba estas palabras hacía que le sirvieran muchos trozos de carne de venado y de animales domésticos. Cuando Ciro vio tantos trozos de carne, dijo:

—¿Me das, abuelo, toda esta carne para que haga con ella lo que quiera?

—Por Zeus, dijo su abuelo, claro que sí, hijo mío.

[7] Entonces, Ciro, después de coger los trozos de carne, los fue distribuyendo entre los sirvientes de su abuelo mientras decía a cada uno de ellos: «A ti te entrego este trozo porque me estás enseñando a montar a caballo con gran interés, a ti porque me regalaste una lanza (pues ahora la tengo en mi poder), a ti porque sirves bien a mi abuelo y a ti porque honras a mi madre.» Y fue haciendo eso hasta que hubo distribuido todos los trozos de carne que había cogido.

Episodio de Sacas, el escanciador

[8] «Y a Sacas 26 , el escanciador dijo Astiages, al que yo más estimo, ¿no le das nada?» Y ocurría que este Sacas era un hermoso joven que tenía el encargo de conducir ante Astiages a quienes le pedían audiencia, e interceptar el paso a aquellos que no le pareciera conveniente conducir a su presencia. Y Ciro preguntó impetuosamente, como un niño que todavía no se intimida por nada: «Abuelo, y ¿por qué a ese lo estimas tanto?» Y Astiages bromeando le dijo: «¿No ves qué bien y con cuánta distinción escancia?» Los escanciadores de estos reyes escancian el vino con elegancia, lo vierten con limpieza y entregan la copa sosteniéndola con tres dedos y la ofrecen del modo que le sea más cómodo cogerla al que va a beber. Entonces, Ciro dijo: «Abuelo, ordena [9] a Sacas que me dé la copa para que también yo, habiendo vertido bien el vino en tu copa, consiga conquistarte, si puedo.» Y Astiages ordenó a Sacas que se la diera. Ciro cogió la copa y después la lavó tan bien como había visto hacer a Sacas, y le ofreció y entregó la copa a su abuelo poniendo una cara tan seria y distinguida, que les hizo reír mucho a su madre y a Astiages. El mismo Ciro, echándose a reír también, se lanzó sobre su abuelo y, al mismo tiempo que lo besaba, dijo: «Estás perdido Sacas, te echaré de tu cargo, pues además de que escanciaré mejor que tú, decía, yo no me beberé el vino.» Pues los escanciadores reales, cada vez que entregan la copa, después de extraer un poco de ella con una taza 27 , lo vierten en la mano izquierda y lo ingieren para que no les reporte beneficio servir veneno. [10]

Acto seguido, Astiages bromeando le dijo:

—Y ¿por qué, Ciro, ya que imitas en otras cosas a Sacas, no has ingerido un poco de vino?

—Por Zeus, dijo, porque temía que hubiera veneno mezclado con el vino en el crater, pues cuando invitaste a tus amigos a las fiestas de tu cumpleaños 28 claramente comprendí que él os vertía veneno.

—Y, dijo Astiages, ¿cómo te diste cuenta de ello, hijo mío?

—Por Zeus, porque os veía vacilantes mental y físicamente; pues, en primer lugar, lo que no nos dejáis hacer a los niños, vosotros sí lo hacíais; chillabais todos a la vez sin entenderos los unos a los otros y cantabais también muy ridículamente y sin escuchar al cantor jurabais que cantaba muy bien. Cada uno de vosotros hablaba de su propia fuerza, pero luego, si os levantabais para ir a bailar, no sólo no bailabais al ritmo, sino que ni siquiera podíais manteneros derechos. Olvidabais por completo, tú que eras rey, y los demás que tú los gobernabas. Entonces, en efecto, por vez primera comprendí que lo que entonces hacíais era ejercer el derecho a expresaros libremente, pues no os callabais nunca.

Y Astiages dijo:

[11] —Pero, hijo mío, ¿tu padre no se emborracha cuando bebe?

—No, por Zeus, dijo Ciro.

—Y ¿cómo hace?

—Deja de tener sed y no sufre ningún otro mal, y creo, abuelo, que es porque Sacas no le escancia.

—Pero, hijo mío, dijo su madre, ¿por qué haces la guerra a Sacas?

—Por Zeus, dijo Ciro, porque le odio. Pues muchas veces cuando deseo correr junto al abuelo, el muy miserable me lo impide. Pero te suplico, abuelo, dijo, que me permitas ser su jefe durante tres días.

Astiages dijo: «Y ¿cómo te comportarías de jefe suyo?» Ciro dijo: «Me colocaría en la entrada de tus aposentos como él hace; luego, cuando quisiera pasar para el desayuno, le diría que aún no le es posible ponerse a desayunar, pues está ocupado con alguien; y, si volviera para la cena, le diría que se está bañando; y, cuando tuviera ya muchísima hambre, le diría que está con sus mujeres, y así hasta hacerle esperar como él me hace esperar a mí, cuando me aparta de ti.» Tan alegres eran los ratos que [12] Ciro les hacía pasar durante la cena, y de día, si se daba cuenta de que su abuelo o el hermano de su madre necesitaban algún servicio, era difícil que otro se le adelantara a hacerlo, pues disfrutaba sobremanera complaciéndolos en lo que podía.

Mandane vuelve a Persia y Ciro se queda en Media

Cuando Mandane se disponía a volver [13] con su marido, Astiages le rogó que le dejara a Ciro, y ella contestó que quería complacer a su padre en todo, pero que, sin embargo, le parecía duro dejar allí al niño en contra de su voluntad. Entonces Astiages dice a Ciro:

—Hijo mío, si te quedas junto a mí, en primer lugar [14] Sacas no tendrá mando sobre tus entradas a mis aposentos, sino que en tus manos estará entrar cuando quieras, y te estaré tanto más agradecido cuanto más a menudo lo hagas. En segundo lugar, podrás hacer uso de mis caballos y de los demás que quieras y, cuando te vayas a Persia, te podrás llevar los que desees. Después, respecto a la comida, podrás seguir la vía que quieras para conseguir la dieta que te parezca equilibrada. Luego, te regalo las fieras que hay ahora en el parque 29 y añadiré otras especies a las cuales tú, en cuanto hayas aprendido a montar a caballo, perseguirás y derribarás con flechas y lanzas, como los adultos. También te procuraré niños como compañeros de juego, y cuanto quieras además de esto, me lo dices y no dejarás de obtenerlo.

[15] Después de que Astiages hubo hecho esta propuesta, la madre le preguntó a Ciro si prefería quedarse o marcharse; él no vaciló, sino que inmediatamente dijo que quería quedarse, y, al preguntarle su madre la razón, se dice que respondió:

—Porque en Persia soy y se me considera el más diestro de todos mis camaradas en el manejo de la lanza y del arco. En cambio, aquí sé bien que soy inferior a mis camaradas en el manejo del caballo y eso, dijo, sábelo bien, madre, me molesta mucho. Pero, si me dejas aquí y aprendo a montar, cuando esté en Persia creo que voy a vencer con facilidad a los buenos corredores y cuando venga a Media intentaré ser el mejor jinete de la caballería de mi abuelo para luchar junto a él como caballero.

Entonces su madre le dijo:

[16] —Y ¿cómo aprenderás aquí la virtud de la justicia, si tus maestros están allá?

Ciro contestó:

—Pero, madre, si la conozco con todo detalle.

—Y ¿cómo es que tú la conoces?, dijo Mandane.

—Porque mi maestro, dijo, considerando que conocía a Justicia con todo detalle, me puso a juzgar a otros y sólo en una ocasión recibí golpes por no haber juzgado correctamente. El caso que se juzgaba era así: un niño mayor [17] que tenía una túnica pequeña le quitó a un niño pequeño la túnica grande que llevaba puesta, le puso la suya y él se vistió con la de aquél. Así que yo a la hora de juzgarlos decidí que era mejor para ambos que cada uno llevara la túnica que le ajustaba mejor. Entonces, el maestro me pegó y me dijo que siempre que se me encargara actuar como juez de lo que quedaba bien, así se debía hacer, pero que siempre que tuviera que decidir de quién es la túnica, esto dijo que había que investigar: qué posesión es legítima, la de quien la ha robado y la tiene en su poder, o la de quien la posee porque se la ha hecho o comprado. Y ya que lo legal es justo, y lo ilegal arbitrario, dijo que él aconsejaba siempre al juez votar de acuerdo con la ley. Así pues, madre, has de saber que yo ya conozco con exactitud lo que es justo y, si necesitara más conocimientos, aquí está el abuelo para enseñármelos.

—Pero, hijo mío, dijo su madre, en el país de tu [18] abuelo y en Persia no tienen por justos los mismos hechos: pues él se ha hecho a sí mismo soberano absoluto en Media; en cambio, en Persia consideran justa la igualdad: y tu padre es el primero que ejecuta lo ordenado por la ciudad y recibe lo ordenado. No tiene como medida su voluntad, sino la ley 30 . De modo que ten cuidado, no vaya a ser que mueras a latigazos cuando estés ya en casa, si vuelves habiendo aprendido de tu abuelo en vez del poder del rey el del tirano, que, entre otras cosas, consiste en creer que el tirano debe poseer más que nadie.

—Pero tu padre, dijo Ciro, precisamente es más digno de admiración, madre, al enseñar a los demás a poseer menos que más. ¿O no ves, dijo, que tiene a todos los medos enseñados a tener menos posesiones que él? De modo que ten confianza en la seguridad de que tu padre no devolverá a casa a ningún otro ni a mí enseñados en el afán de poseer más.

Detalles de la humanidad de Ciro

De muchos temas de este tipo solía charlar Ciro. Finalmente, su madre se marchó. Ciro se quedó y allí recibió su educación. Rápidamente se había mezclado con sus camaradas, hasta hacerse amigo suyo y rápidamente se ganó el favor de los padres de sus compañeros, yéndolos a ver y demostrándoles que amaba a sus hijos, de suerte que, si tenían que pedir algo al rey, mandaban a sus hijos rogar a Ciro que se lo consiguiera en su nombre, y Ciro, gracias a su bondad y amor, tenía en la mayor estima conseguir lo que los niños [2] le pidieran. Tampoco Astiages era capaz de negarse a complacer a Ciro en todo lo que le pedía. Además, en una ocasión en que cayó enfermo, Ciro no se apartaba nunca de su abuelo ni cesaba de llorar, y era evidente para todos su exagerado temor ante la idea de que su abuelo muriera. Y si por la noche Astiages tenía alguna necesidad, era Ciro el primero que se daba cuenta y el más diligente de todos en saltar para servirle en lo que creía que le iba a agradar, de suerte que acabó por ganarse del todo a Astiages.

Quizá Ciro era demasiado charlatán, en parte por su [3] educación, ya que era obligado por su maestro a rendir cuentas de sus acciones y a tomarlas de otros siempre que actuaba de juez; y, además, por su deseo de instrucción, siempre preguntaba muchas cosas a quien tuviese cerca para saber cómo eran, y a todo lo que otros le preguntaban, por ser de entendimiento despierto, rápidamente daba una respuesta, de suerte que todos estos factores contribuían a su charlatanería. Pero, igual que a todos los que aun siendo jóvenes han crecido, sin embargo en su cuerpo se manifiesta la juventud que acusa sus pocos años, así también de la charlatanería de Ciro no se traslucía atrevimiento, sino sencillez y necesidad de cariño, de modo que cualquiera habría preferido escucharle a tenerlo al lado en silencio.

Adolescencia de Ciro: su ansia de superación

Cuando el tiempo, acompañado de [4] la talla, le condujo hacia la pubertad, entonces hacía uso de pocas palabras y de una voz más reposada; se llenaba de pudor hasta el punto de enrojecer siempre que se encontrase con personas mayores que él y ya no era igual de impetuoso para lanzarse sobre todos como un cachorro. Así, se había vuelto más tranquilo, pero enteramente encantador en sociedad. De hecho, en cuantos juegos suelen competir los jóvenes entre sí no desafiaba a los compañeros en aquello que él se sabía mejor, sino que tomaba la iniciativa precisamente en aquello que se sabía inferior, afirmando que iba a hacerlo mejor que ellos: era el primero en saltar sobre el caballo para tirar al arco o disparar la lanza desde la montura, aunque todavía no era un jinete firme. Y cuando era derrotado era el que más se reía de sí mismo. Pero, como no rehuía hacer aquello [5] en lo que era derrotado, sino que se esmeraba en intentar hacerlo mejor la próxima vez, pronto llegó a igualar a sus compañeros en el manejo del caballo, pronto los superó porque le apasionaba esta ocupación y pronto hubo cazado las fieras del parque a base de perseguirlas, herirlas y matarlas, de suerte que Astiages ya no era capaz de reunirle más. Entonces, Ciro, como se dio cuenta de que, aunque quisiera, su abuelo no podía proporcionarle muchos animales, le dijo: «Abuelo, ¿qué falta te hace meterte en problemas buscando fieras? Envíame con el tío a cazar y pensaré que todas las fieras que vea tú las crías para mí.» [6] Pero, aunque deseaba ardientemente ir de caza, ya no podía seguir rogando con la insistencia de cuando era niño y se acercaba a su abuelo con más timidez. En cuanto al reproche que antes hacía a Sacas de que no le permitía acercarse a su abuelo, él mismo se fue convirtiendo en un Sacas para sí mismo, pues no se le acercaba si no lo veía oportuno y pedía a Sacas que le hiciera saber por medio de un signo cuándo era el momento oportuno para entrar y cuándo no, de modo que Sacas ya lo estimaba sobremanera al igual que el resto del mundo.

Ciro sale de caza

[7] Cuando Astiages comprendió que tenía un deseo muy grande de salir de caza lo dejó ir con su tío 31 y una escolta de guardias veteranos a caballo para que lo preservaran de los terrenos peligrosos y de las fieras salvajes que pudieran aparecer. Ciro preguntaba con interés a los componentes del séquito a qué fieras no había que aproximarse y a cuáles había que perseguir sin temor, y le dijeron que osos, jabalíes, leones y panteras habían matado a muchos que osaron aproximarse a ellos, pero que ciervos, gacelas, ovejas y burros salvajes eran inofensivos; también le dijeron que había que precaverse de los terrenos difíciles no menos que de las fieras, porque muchos jinetes se habían despeñado junto con sus caballos. Ciro aprendía todas estas enseñanzas con interés, [8] pero tan pronto como vio pasar un ciervo brincando, olvidó todos los consejos que había oído y lo persiguió, pendiente nada más que de por dónde huía. Entonces, el caballo en algún saltó cayó de manos y por poco lo tira por encima de la cabeza. Ciro se mantuvo, no obstante, con bastante dificultad, y el animal se levantó. Y cuando llegó a la llanura, derribó con su lanza al ciervo, un ejemplar grande y hermoso. Él disfrutaba muchísimo, pero los guardias de su escolta se acercaron a galope y le reprendieron por haberse lanzado a tan gran peligro, y le dijeron que lo contarían. Así que Ciro, pie a tierra, estaba allí afligido por lo que oía; pero, en cuanto oyó un grito, saltó sobre el caballo, como poseído por un dios, y, tan pronto como vio venir de frente a un jabalí, se dirigió a él, le apuntó certeramente, lo hirió en la frente y lo derribó. Entonces [9] ya también su tío le reprendió al ver su temeridad. Pero, a pesar de la regañina, Ciro pidió a su tío que le permitiera llevar a su abuelo cuantas piezas había cobrado para regalárselas, y dicen que su tío le respondió:

—Pero, si se entera de que has estado persiguiendo fieras, no te reprenderá sólo a ti, sino a mí también por permitírtelo.

—Que me azote, si quiere, dijo Ciro, pero después de dárselas; y tú, tío, dame el castigo que quieras, pero hazme ese favor.

Y Ciaxares terminó diciendo:

—Haz como quieras, ya que ahora mismo pareces nuestro rey.

[10] Así fue como Ciro llevó las fieras y se las entregó a su abuelo diciendo que él mismo las había cazado para él. No le mostró los dardos, pero los colocó, llenos de sangre, allí donde pensaba que su abuelo los vería.

Y entonces Astiages dijo:

—Hijo mío, acepto gustosamente lo que me regalas; sin embargo, no tengo tanta necesidad de ninguna de estas fieras como para que arriesgues tu vida por ellas.

Y Ciro dijo:

—Pues bien, si tú no las necesitas, te ruego, abuelo, que me las des para que las distribuya entre mis compañeros.

—Tómalas, hijo, dijo Astiages, y distribúyelas entre quienes quieras juntamente con los demás regalos que desees.

[11] Ciro las cogió y se las fue entregando a los niños mientras decía:

—Muchachos, ¡qué bobada era que cazáramos los animales del parque! Me parece que era como cazar animales atados. Pues, en primer lugar, se realizaba en un espacio pequeño; después, las fieras estaban flacas y sarnosas, y la una coja y la otra lisiada. En cambio, las de los montes y praderas qué hermosas, qué grandes y qué gordas se las veía: los ciervos, como si tuvieran alas, saltaban hacia el cielo, y los jabalíes se lanzaban como dicen que hacen los hombres valerosos, y era imposible errar el tiro de lo anchos que estaban; más bellas, dijo, me parecen estas fieras muertas que aquéllas de la cerca vivas. ¿Os dejarían, siguió diciendo, también vuestros padres ir de caza?

—Sería fácil, respondieron, si Astiages lo ordenara.

Ciro, entonces, dijo:

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