Aunque muchas de las aproximaciones modernas tienen sus antecedentes en la erudición de la época antigua, hay perspectivas que solo han sido posibles gracias a los avances teóricos y técnicos en Filología y en otras disciplinas, como la Historia o la Arqueología19. Rutherford (2013: 14-15) resume algunos de esos avances: el estudio del desarrollo creativo del material tradicional de fórmulas y escenas; la aplicación de la sociología y la antropología a la sociedad homérica; el estudio de la religión homérica, acerca de la relación entre lo presentado en los poemas y el rito y culto de época arcaica y clásica; el estudio de los recursos literarios. Por su parte, Bierl (2015), que realiza un análisis mucho más detallado de las nuevas perspectivas en los estudios homéricos, señala que son dos las tendencias más significativas: las que tienen que ver con la oralidad de los poemas y la aplicación del modelo evolucionista, que parte de la teoría de Nagy citada más arriba. También señala (p. 181) que una de las reacciones de las últimas décadas ha sido ignorar la base de la erudición homérica, esto es, la cuestión homérica con todas sus implicaciones y ocuparse de nuevas cuestiones literarias, tales como género, feminismo, deconstrucción postestructuralista, intertextualidad y narratología.
De estas nuevas orientaciones, y dado el carácter de esta Introducción, haremos hincapié en dos, la perspectiva de género en los estudios de la obra homérica y los avances en narratología, en el convencimiento de que ambas nos permiten una mayor comprensión de la Odisea como obra literaria en nuestro contexto contemporáneo.
El gran repertorio de personajes femeninos en la Odisea, muy distintos entre sí en actitudes, representaciones y significados (y, desde luego, muy distintos a los presentados por la Ilíada), ha generado una abundante crítica desde la perspectiva de género, sin duda la línea de interpretación más innovadora aplicada a la filología homérica en las últimas décadas21. Trataremos algunos de sus avances más adelante. Pero no podemos dejar de recordar aquí que la más audaz interpretación feminista procede de un hombre, en los albores del siglo XX, Simon Butler (1897), que defendió la autoría femenina de la Odisea 22, basándose en la significativa presencia de caracteres femeninos en el poema.
En los últimos años, la crítica feminista deja de lado estas suposiciones históricas del poema para centrarse en el papel que internamente, tanto en la acción como en la narración, se da a los personajes femeninos en un marco indiscutiblemente patriarcal23.
La narratología —término utilizado por primera vez por Tristan Todorov en 1960— estudia las categorías y aspectos que componen un texto narrativo y que intervienen en su descodificación: narrador, narratarios —destinatarios de la historia contada, esto es, el auditorio en su contexto original, pero también los lectores de épocas posteriores—, desarrollo de la trama, caracterización de los personajes y su valor como actantes, escenario y tiempo. Los primeros textos clásicos que recibieron un análisis narratológico fueron los poemas homéricos. A los numerosos estudios previos que de una manera no sistemática se habían ocupado de distintos aspectos narrativos, desde los antiguos escolios hasta las distintas teorías oralistas o unitaristas, se han ido sumando numerosos trabajos, entre los que sin duda destacan los de Irene J. F. De Jong, en los que esta autora ha desbrozado muchas de las cuestiones nucleares de la narrativa homérica, como la focalización, las escenas típicas, el tiempo y la caracterización. En el caso de la Odisea, este enfoque es especialmente importante, ya que es un poema de historias y de narraciones de los personajes, subsumidas en la narración principal. Los discursos directos de los personajes (un 68% del texto total) requieren una atención especial, pues caracterizan a los personajes que los pronuncian, que a menudo se convierten a su vez en narradores, estableciéndose así complejas relaciones entre los distintos niveles de narración24.
A la conciencia de los antiguos griegos de que la guerra de Troya fue un hecho histórico real, se sumaron las excavaciones en Troya de Heinrich Schliemann, que revelaron en el nivel VIIa una ciudad destruida por un invasor, y también las pruebas de unos documentos hititas del siglo XIII a. C. que mencionan a «ilíacos» y «aqueos» con las denominaciones Wilusija y Akhkhijawa. Esto llevó a suponer que las leyendas contenían un núcleo de realidad, que correspondería a la Edad del Bronce griega, antes del año 1100 a. C.25 Estamos en el momento cumbre de la civilización micénica, que se fue configurando en los relatos mitológicos posteriores como una edad de héroes. Por ello no se puede suponer que todos los hechos que relatan los poemas sean históricos, como la gran alianza de reyes formada para el rescate de la esposa de uno de ellos o la construcción del caballo de madera. No solo la propia esencia de lo legendario tiende a deformar o inventar con el fin de una mayor efectividad narrativa y simbólica, sino que entre esos acontecimientos y el relato épico que los inmortalizó mediaron al menos 400 años. En el caso de la Odisea, su propio carácter (menos colectivo y más fantástico) pudo deformar el pasado aún más. La transmisión oral continuada durante tantos siglos provocó deformaciones y fue incluyendo elementos de distintas épocas, insertados en un escenario espacio-temporal que no se corresponde exactamente con ningún momento histórico concreto. Sin embargo, si se parte de la idea de que su composición —sea de la obra en su conjunto, sea de sus partes constitutivas— tuvo lugar alrededor del siglo VIII a. C., se pueden datar en esta época o en la inmediatamente anterior la mayor parte de los elementos de los poemas26. Por tanto, salvo algunos objetos puntuales, como el asiento incrustado de plata y marfil de Penélope (XIX 56) o la espada con adornos de plata que Euríalo le ofrece a Ulises (VIII 402), micénicos ambos, o la costumbre de la cremación fuera del contexto bélico (XI 218), propia de la Edad Oscura (siglos X-IX a. C.), será la sociedad de la época geométrica y el principio de la arcaica la reflejada, aunque no fidedignamente, en los poemas.
El núcleo de la sociedad de la Odisea es el oîkos, palabra griega que solemos traducir por ‘casa’, pero que designa la familia —esposa, hijos, a veces yernos y nueras, las concubinas si las hay—, los esclavos y esclavas, el servicio —hombres libres—, el edificio y su tesoro —sus bienes, desde los alimentos a los objetos de valor y las armas—, los campos y los rebaños. Todo ello, personas y bienes muebles e inmuebles, pertenece al señor, cuya fama radica en esas posesiones, que son exclusivas. No solo exige fidelidad de la esposa, también de los sirvientes: por ello son cruelmente asesinados Melantio y las doce muchachas que habían entablado relación con los pretendientes (XXII 461-480). Los esclavos proceden de la guerra o de la piratería (como Eumeo, XV 390-453). Pueden ser domésticos o explotar la tierra. En esta también trabajan los sirvientes, jornaleros libres, pero de vida aún más dura que los esclavos —así Aquiles asegura preferir ser «siervo» que estar muerto (XI 489); y Eurímaco increpa a Ulises disfrazado, asegurando que preferirá ser mendigo que trabajar para él por un salario (XXIII 361-364)—. Otro grupo lo constituyen los artesanos, dignos de respeto (XVII 382-385): «porque di, ¿quién va nunca a buscar ningún hombre de fuera / si no es ya a los que tienen un arte en servicio de todos, / ya adivino, ya médico o ya constructor de viviendas / o inspirado cantor que recree con su canto? Son estos / los varones que vas a buscar hasta el fin de la tierra».
A diferencia de la Ilíada, en la Odisea estos humildes se ven junto a los nobles, los áristoi, los héroes y sus mujeres e hijas, incluso actuando juntos. Pero no debemos pensar que ello representa un mundo igualitario. El oîkos por el que luchan Eumeo y Filetio es el de Ulises, no el suyo.
El oîkos se autoabastece —el vino, la carne que consumen los pretendientes procede de las tierras y rebaños de Ulises—, pero el enriquecimiento con botines conseguidos fuera es decisivo también. Por ello, Ulises consiente en quedarse un día más en la tierra de los feacios por la promesa de regalos: «de cierto sería gran ventaja / el llegar a mi propio país con las manos más llenas / y obtendría más afecto y respeto de todos los hombres / que en tal modo me viesen en Ítaca entrar de regreso» (XI 358-361); al llegar a Ítaca, su primera preocupación y la de Atenea es dejarlos a buen recaudo (XIII 302-305, 360-365).
La economía se asienta en la tierra —agricultura y también pastoreo— y en el botín. Existen otras actividades, como el comercio y la piratería (el cíclope les pregunta si son comerciantes o piratas en IX 251-254), pero desde el punto de vista de los áristoi son ocupaciones despreciables. El feacio Euríalo reprocha a Ulises parecer de «gentes que buscan la ganancia en el mar» (VIII 159-164)27.
Los nobles pasan el tiempo que están en casa —y no en guerras o viajes— en banquetes, que son recurrentes en la Odisea, y también en otras actividades, como el deporte (en el palacio de Alcínoo, VIII 97-103), o la caza, como en el episodio del jabalí (XIX 392-466).
Un tipo de relación social primordial, que constituye, además, un tema nuclear en el poema, es el de la hospitalidad. Todo hombre debe hospitalidad a quien se la solicite, ya que el huésped está protegido por Zeus Xenios («¡Infeliz! Acojámosle: es Zeus quien nos manda a los pobres / y extranjeros errantes que el don más pequeño agradecen», VI 207-208). No solo debe darle comida, ropa y albergue, la hospitalidad también implica el intercambio de regalos que, como hemos visto, es una manera de conseguir riqueza y una forma de establecer alianzas. Tanto el cíclope como los pretendientes violan este principio. En el caso de estos últimos, la grave y reiterada impiedad justifica la matanza final.
О проекте
О подписке
Другие проекты
