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«HOMERO»

En cuanto a la autoría, hay dos cuestiones principales y relacionadas: si la Ilíada y la Odisea pertenecen al mismo autor y si ese autor es Homero. Como respuesta a la primera cuestión no tenemos más argumento que el hecho de que en la Antigüedad se atribuían ambas obras a Homero. Pero cualquier comparación entre ambas establecerá diferencias evidentes. Ahora bien, dependiendo de la importancia y la justificación que se dé a tales evidencias, tendremos dos posibles respuestas.

ANALISTAS, UNITARIOS, ORALISTAS

A estas dos posturas se suma otro enfoque centrado en el grado de oralidad en los poemas, asunto capital planteado desde los trabajos de Milman Parry (1971) y Albert Lord (1995), a partir de los cuales la atención de los estudiosos se dirigió a la determinación y análisis de los elementos orales y tradicionales presentes en los poemas, como fórmulas, escenas típicas y también aspectos de puesta en escena, de técnica narrativa, etc. La integración de la oralidad fue la mayor revolución en los estudios homéricos.

Los límites entre escuelas se han difuminado en las últimas décadas, pues no se niega, en general, la unidad de los poemas, pero se aplica la técnica analista a desentrañar lo que en ellos procede de la tradición épica y cómo se consiguió esa unidad, si mediante una técnica de composición oral o mediante una composición escrita (Signes 2004: 14-15, 142-164).

En cualquier caso, siempre que se analice el componente oral de los poemas, nos encontraremos con la cuestión fundamental acerca de la brecha que separa la composición de los poemas de su fijación por escrito, o la distancia entre esta última y «Homero». ¿La primera copia escrita se elaboró en su época o mucho después? Esto, como vemos, se divide en dos cuestiones, por un lado, la datación de Homero y, por otro, la de la fijación por escrito de los poemas.

¿EXISTIÓ HOMERO?

En la actualidad, las posibilidades son varias. La más radical y menos respaldada consiste en negar su existencia. West (2014: 1) comienza su reciente trabajo sobre la Odisea con esta declaración: «La Odisea [...] es la obra de un único poeta (‘Q’).» Y continúa (p. 43): «En algún momento, la Odisea y la Ilíada fueron asumidas por los homéridas, que las consideraron como obras de su legendario ancestro Homero. Y cuando, en el año 522 a. C., Hiparco instituyó la representación oficial de los dos poemas en las grandes panateneas, fue bajo el nombre de Homero. Pero la Odisea era ochenta o cien años anterior» [traducción y cursivas nuestras].

La mayoría de autores, sin embargo, empujados por razonamientos filológicos o históricos y también por el enorme peso cultural de la palabra «Homero», lo consideran una figura histórica. Pero ni creyéndolo así, hay acuerdo en cuanto a su fecha probable, del poeta y de los poemas. Los criterios en los que se apoyan las distintas hipótesis son fundamentalmente lingüísticos, pero también se basan en fuentes externas, en la relación con otros textos épicos, en las referencias internas de los poemas y en la fecha de adopción de la escritura y su aplicación. Este último criterio es importante, porque es casi impensable suponer que, si situamos a Homero en el siglo VIII a. C., se pudiera mantener su obra casi intacta durante dos siglos de tradición oral, hasta el siglo VI a. C., fecha en la que datamos la primera referencia a una copia por escrito de los poemas homéricos.

Como acabamos de ver, la cuestión homérica dista mucho de estar resuelta. Tomar una postura u otra requiere no solo una vastísima erudición, sino probablemente también despojarse de todos los prejuicios filológicos, estéticos o culturales, una labor quizá más ardua que la primera.

Con el único fin de agilizar esta Introducción, en lo sucesivo hablaremos de «Homero» como el autor de la Odisea y partiremos del supuesto de que el poema épico en la forma escrita que nos ha llegado es el resultado de la labor poética de ese autor, a partir de un material tradicional cuyas raíces se sitúan en la segunda mitad del segundo milenio, y que ha ido adaptándose a las necesidades creativas y de representación de cada momento y lugar de su historia, especialmente durante la época arcaica (siglos VIII-VI a. C.), hasta quedar fijado en la escritura en una copia de la que deriva, en mayor o menor grado, el texto griego del que ahora disponemos.