¿Es Homero un aedo como los que hemos descrito? Para contestar a esta pregunta o, mejor dicho, para plantear las implicaciones de esta pregunta, hemos de recordar que la existencia de Homero es uno de los asuntos centrales de la llamada «cuestión homérica», el conjunto de problemas acerca de la fecha, composición, unidad y autoría de los poemas homéricos que han sido planteados desde los inicios de la crítica homérica, en época alejandrina (siglo III a. C.), y que ha obtenido respuestas de toda índole 7.
En cuanto a la autoría, hay dos cuestiones principales y relacionadas: si la Ilíada y la Odisea pertenecen al mismo autor y si ese autor es Homero. Como respuesta a la primera cuestión no tenemos más argumento que el hecho de que en la Antigüedad se atribuían ambas obras a Homero. Pero cualquier comparación entre ambas establecerá diferencias evidentes. Ahora bien, dependiendo de la importancia y la justificación que se dé a tales evidencias, tendremos dos posibles respuestas.
La Ilíada y la Odisea tienen distinto tema (la guerra frente al regreso y las aventuras), diferente vocabulario, distinta estructura (lineal en la Ilíada frente a polifónica en la Odisea), mayor cantidad de símiles en la Ilíada, que además presenta menor variedad de personajes humanos y mayor participación divina que la Odisea, entre otras diferencias. Si no se consideran muy significativas, se puede pensar, como ya hizo Pseudo Longino (siglo I d. C.) en De lo sublime, 9.13, en un mismo autor en dos épocas de su vida: en sus primeros años compuso la Ilíada (un poema donde triunfa la fuerza de la juventud) y en su vejez la Odisea (donde el protagonista busca recuperar su hogar para descansar allí la última parte de su vida), es decir, entre ambas obras mediarían unos cuarenta o cincuenta años8. En cambio, si se hace mucho hincapié en esas diferencias, se supondrán dos autores, uno de ellos Homero y otro cuya autoría fuera absorbida por aquel, que quiso hacer la «continuación» de la Ilíada emulando a su predecesor9. Sin embargo, no es fácil, ante obras que trabajan con material tradicional en un grado tan alto, decidirse por una u otra posibilidad. Con todo, la última es la más extendida en la actualidad. En cualquier caso, lo que parece casi universalmente admitido es que la Odisea es más tardía10.
Estas cuestiones están íntimamente relacionadas con la postura que se adopte ante la cuestión de la composición de la obra, unitaria o analítica. La corriente analista supone que los poemas son el resultado de la intervención posterior de un «editor» o «refundidor», el llamado «poeta B», que modificó el texto previo de Homero «poeta A», provocando repeticiones y graves inconsistencias lógicas, lingüísticas, factuales o temáticas. En lo que respecta a la Odisea, por ejemplo, se consideran tardíos, por incoherentes, el proemio (I 1-10), la asamblea de los dioses (I 22-95), la aparición de Heracles en el Hades (XI 601-615), los Apólogos y el final de la obra (desde XXIII 296)11, entre otros pasajes.
Por su parte, la corriente unitaria defendió la idea de un gran poeta que elaboró estos poemas, o de dos poetas que elaboraron sendos poemas a partir del material tradicional transmitido oralmente durante un largo período de tiempo. Este análisis ha aportado grandes avances en la comprensión de la coherencia interna de estos dos poemas, y de su complejidad y calidad como obras literarias. Desde este punto de vista se analizan en la actualidad los poemas en la mayor parte de la crítica —excepción hecha de los neoanalistas, que mantienen que hay un solo autor, pero que recoge en su obra elementos previos, muchos de los cuales se pueden rastrear en el «ciclo épico»12.
A estas dos posturas se suma otro enfoque centrado en el grado de oralidad en los poemas, asunto capital planteado desde los trabajos de Milman Parry (1971) y Albert Lord (1995), a partir de los cuales la atención de los estudiosos se dirigió a la determinación y análisis de los elementos orales y tradicionales presentes en los poemas, como fórmulas, escenas típicas y también aspectos de puesta en escena, de técnica narrativa, etc. La integración de la oralidad fue la mayor revolución en los estudios homéricos.
Los límites entre escuelas se han difuminado en las últimas décadas, pues no se niega, en general, la unidad de los poemas, pero se aplica la técnica analista a desentrañar lo que en ellos procede de la tradición épica y cómo se consiguió esa unidad, si mediante una técnica de composición oral o mediante una composición escrita (Signes 2004: 14-15, 142-164).
En cualquier caso, siempre que se analice el componente oral de los poemas, nos encontraremos con la cuestión fundamental acerca de la brecha que separa la composición de los poemas de su fijación por escrito, o la distancia entre esta última y «Homero». ¿La primera copia escrita se elaboró en su época o mucho después? Esto, como vemos, se divide en dos cuestiones, por un lado, la datación de Homero y, por otro, la de la fijación por escrito de los poemas.
Homero era un misterio incluso para los griegos arcaicos. Los relatos de su vida —conocidos como «Vidas de Homero»— son completamente ficticios, creados a partir de situaciones y personajes de las obras —por ejemplo, que sea ciego, como Demódoco— y muchas posibles conjeturas, porque para cuando los poemas se convirtieron en textos fijados por escrito, ya existía una amplia leyenda desarrollada en torno a la figura de Homero13.
La primera mención a Homero que conservamos es la noticia de que Teágenes de Regio, hacia el 520 a. C., «fue el primero que investigó sobre la poesía de Homero, su linaje y su datación»14, y Heródoto nombra por primera vez la Ilíada y la Odisea como obras de Homero15. En cuanto a su producción, parece que en origen se le atribuyeron muchos otros poemas y puede que el nombre fuera aplicado a todas las composiciones preservadas por los «homéridas», un grupo cerrado de rapsodos —recitadores de fragmentos breves de poesía épica, aprendidos a partir de textos escritos, sin acompañamiento musical—, que se consideraban descendientes del poeta, aunque en época de Jenofonte ya solo se le atribuían la Ilíada y la Odisea. Los griegos, entonces, creían sin dudarlo en un poeta llamado Homero, procedente probablemente de Quíos16.
En la actualidad, las posibilidades son varias. La más radical y menos respaldada consiste en negar su existencia. West (2014: 1) comienza su reciente trabajo sobre la Odisea con esta declaración: «La Odisea [...] es la obra de un único poeta (‘Q’).» Y continúa (p. 43): «En algún momento, la Odisea y la Ilíada fueron asumidas por los homéridas, que las consideraron como obras de su legendario ancestro Homero. Y cuando, en el año 522 a. C., Hiparco instituyó la representación oficial de los dos poemas en las grandes panateneas, fue bajo el nombre de Homero. Pero la Odisea era ochenta o cien años anterior» [traducción y cursivas nuestras].
La mayoría de autores, sin embargo, empujados por razonamientos filológicos o históricos y también por el enorme peso cultural de la palabra «Homero», lo consideran una figura histórica. Pero ni creyéndolo así, hay acuerdo en cuanto a su fecha probable, del poeta y de los poemas. Los criterios en los que se apoyan las distintas hipótesis son fundamentalmente lingüísticos, pero también se basan en fuentes externas, en la relación con otros textos épicos, en las referencias internas de los poemas y en la fecha de adopción de la escritura y su aplicación. Este último criterio es importante, porque es casi impensable suponer que, si situamos a Homero en el siglo VIII a. C., se pudiera mantener su obra casi intacta durante dos siglos de tradición oral, hasta el siglo VI a. C., fecha en la que datamos la primera referencia a una copia por escrito de los poemas homéricos.
A partir de todas estas consideraciones, la datación de «Homero» puede ser temprana: siglo IX (así, por ejemplo, Ruijgh 1995) o la más extendida de la segunda mitad del siglo VIII 17 o más intermedia, como la propuesta de West (2014: 1-2), quien data el poema en el último tercio del siglo VII18. Por último, otros autores la retrasan hasta mediados del siglo VI a. C., con la redacción promovida por intereses políticos por el tirano Pisístrato de Atenas (ca. 607-527 a. C.) y debida a un autor jonio (Signes 2004). A esta propuesta hay que añadir la teoría evolucionista de Nagy (1996), que considera los poemas homéricos como una tradición en continua evolución, más estable a medida que avanzaba en el tiempo, desde la etapa exclusivamente oral en el segundo milenio hasta la fijación definitiva por escrito en época alejandrina.
Como acabamos de ver, la cuestión homérica dista mucho de estar resuelta. Tomar una postura u otra requiere no solo una vastísima erudición, sino probablemente también despojarse de todos los prejuicios filológicos, estéticos o culturales, una labor quizá más ardua que la primera.
Con el único fin de agilizar esta Introducción, en lo sucesivo hablaremos de «Homero» como el autor de la Odisea y partiremos del supuesto de que el poema épico en la forma escrita que nos ha llegado es el resultado de la labor poética de ese autor, a partir de un material tradicional cuyas raíces se sitúan en la segunda mitad del segundo milenio, y que ha ido adaptándose a las necesidades creativas y de representación de cada momento y lugar de su historia, especialmente durante la época arcaica (siglos VIII-VI a. C.), hasta quedar fijado en la escritura en una copia de la que deriva, en mayor o menor grado, el texto griego del que ahora disponemos.
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