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EDAD MEDIA

Según Dares, Ulises les ganaba a todos en belleza. No era muy alto ni muy pequeño. Estaba dotado de mucho sentido común. Era un maravilloso y gran orador, pero de entre diez mil caballeros no había nadie más embaucador. Nunca jamás se vería uno igual. Salían de su boca bromas, pero siempre llenas de prudencia y cortesía.

Destaca un aspecto de este Ulises, su sabiduría, que se extiende incluso a las artes mágicas, con las que vence a Calipso y Circe, dos brujas que simbolizan la atracción pecaminosa del deseo sexual y que viven juntas en una isla.

RENACIMIENTO Y BARROCO

Con la progresiva recuperación de los textos clásicos y, en concreto, el de la Odisea, su influencia aumenta. Boccaccio encargó la primera traducción al italiano a Leoncio Pilato en 1363-1366, y de ahí siguen otras traducciones totales o parciales (Guarino Guarini en 1427, Francesco Aretino en 1458-1460, Francesco Griffolini en 1462). Por su parte, la editio princeps se publicó en 1488, a cargo de Demetrio Calcondilas, en los talleres de Filippo Giunta, y la primera edición de la Imprenta Aldina, la más extendida, en 1504.

A partir de entonces se suceden ediciones y traducciones y los ecos de la Odisea se extienden por toda Europa. Aunque las versiones de Dictis, Dares y Benoît siguen teniendo influencia, el mayor conocimiento de la obra amplía notablemente los personajes y temas odiseicos presentes en la literatura de toda Europa.

Las aventuras de Ulises en su viaje de regreso, que habían sido vistas desde los estoicos como símbolo del hombre errante que ha de enfrentarse con su prudencia —y en el caso del Ulises cristianizado, con su fe— a múltiples peligros y tentaciones, siguen proporcionando un gran número de recreaciones. Hay que señalar, sin embargo, que de entre todas las aventuras gozan de más popularidad las que aparecen en Ovidio, fuente principal de la mitología clásica en el Renacimiento y el Barroco: Polifemo o Circe. Junto a Ovidio, es importante también la influencia de los diccionarios mitológicos de Boccaccio (Genealogia Deorum Gentilium, 1360) y el de Natale Conti (Mythologiae, 1577), que detallan la lectura alegórica. Esta sigue siendo tan importante que un autor inmerso en la corriente humanista francesa, François Rabelais, en su obra Gargantúa (1534), ataca las lecturas alegóricas tan habituales en su época:

¿Creéis por vuestra fe que jamás Homero al escribir la Ilíada o la Odisea pensase las alegorías que calafatearon Plutarco, Heráclides Ponticus, Eustaquio, Fortuno, y de la que le ha desnudado Policiano? Si lo creéis no os acercáis, ni por los pies ni por las manos, a mi opinión, con arreglo a las que tanto han podido ser soñadas por Homero u Ovidio en sus Metamorfosis como los sacramentos por el evangelio [...].

Aunque ni siquiera él parece librarse de esa corriente alegórica en las múltiples referencias a personajes odiseicos en su obra: el propio Ulises, Polifemo, Circe, etc. (Ford 2007: 201-209).

No debemos olvidar que en esta época se da también otro tipo de utilización desviada de los personajes mitológicos, la que busca en ellos un ancestro histórico. Afecta a toda Europa desde época medieval (Hércules para Hispania, por ejemplo) y tiene el insigne antecedente de Virgilio con Eneas. En el caso de Ulises, la leyenda más famosa es la que le convierte en fundador de Lisboa, desarrollada, entre otros, en el poema Ulysseia, de Gabriel Pereira de Castro, de 1636, aunque su origen es muy anterior (Carlos 2002).

Pero paulatinamente los personajes y sus acciones van despojándose de su carga moral y convirtiéndose en parte de un lenguaje figurativo que servirá para una expresión más intimista y también para exploraciones narrativas, para ampliaciones temáticas o recreaciones a veces innovadoras. Hay ejemplos muy tempranos de esta identificación del yo lírico con Ulises, como el famoso soneto de Joachim du Bellay, que recoge el motivo del Ulises exilado como símbolo del anhelo por la tierra de origen, modesta y acogedora:

Feliz quien tras la muerte se le sigue la gloria,

y aún muy más feliz si la inmortalidad

para él no principia con la posteridad

sino que antes de la muerte ya fascina su alma.

(J. du Bellay, soneto XXXI, 1-4;

Ulises puede ser también paradigma del marido que regresa junto a su esposa, contrapunto para el yo lírico, según lo interpreta Francisco de Quevedo en «Quéjase de lo esquivo de su dama»:

El amor conyugal de su marido

su presencia en el pecho le revela;

teje de día en la curiosa tela

lo mismo que de noche ha destejido.

[...]

Ulises llega, goza su querida,

que por gozarla un día dio veinte años

a la misma esperanza de un difunto.

Mas yo sé de una fiera embravecida

que veinte mil tejiera por mis daños,

y al fin mis daños son no verme un punto.

(Francisco de Quevedo, soneto 355)

Bujarrona Penélope, ¿qué puto

te dio nombre de casta, pues tenías

muy gentiles capones que comías,

estando ausente tu marido astuto? [...]

Finalmente, cabe mencionar que el motivo del retorno, también tratado en la época, dio un magnífico fruto en la ópera de Claudio Monteverdi, ll ritorno d’Ulisse in patria (1649), con libreto de Badoaro, basado en los cantos XIII a XXIII de la Odisea, uno de los primeros ejemplos de óperas mitológicas cuyos argumentos no procedían de Ovidio.

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