En las líneas previas hemos intentado dar cuenta, aun someramente, de la multiplicidad de la Odisea: sus temas, sus personajes, sus recursos estilísticos y narrativos, un auténtico universo que se abre para el lector curioso, como se abrió el Mediterráneo para su protagonista. Quizá no sea exagerado afirmar que ningún libro ha planteado nunca tantas preguntas y recibido tantas respuestas, ni tampoco ha sido la semilla de tantas grandes obras posteriores. Ninguno en el mundo clásico, sin duda. Su eco se deja oír con fuerza tanto en la literatura griega como en el poema de una joven poeta que se comunica a través de su blog, en la literatura latina como en el último videojuego. Se podría hacer una historia de la literatura —y casi del arte—59 a través de Ulises y todos los personajes a los que la Odisea convirtió en temas literarios: Penélope, Telémaco, Polifemo, Nausícaa, Circe, las sirenas, las doce criadas60.
Intentaremos ahora transitar por esta inagotable pervivencia en sus más significativas estaciones, en las que fue definiéndose y, al mismo tiempo, abriendo nuevos caminos. Ello se debe a la complejidad narrativa de la Odisea y a la peculiar esencia de Ulises, que desde sus inicios es «un signo» que «cada cultura interpreta dentro de su propio sistema de signos, atribuyéndole un valor que se basa, por una parte, en las características míticas del personaje y, por la otra, en los ideales, preguntas y horizontes de esa civilización» (Boitani 2001: 15).
De entre todas las facetas de este múltiple personaje, aquí nos centraremos en las que proceden directamente de la Odisea. No son las únicas, ya que sus apariciones posteriores también proceden de la Ilíada, en una faceta «política» del personaje —el de la embajada ante Aquiles, por ejemplo61.
Ya hemos señalado que en la Grecia clásica Homero era una leyenda, y su autoridad literaria y moral, indiscutible. Sirvan como ejemplos las palabras de Platón: «quienes alaban a Homero diciendo que este poeta ha educado a la Hélade [...] debemos [...] convenir con ellos en que Homero es el más grande poeta y el primero de los trágicos»62. La influencia de Homero en la propia literatura griega es incuestionable y su mero catálogo desborda los límites de esta introducción63; su influencia fue decisiva en historiografía, en novela, en lírica antigua, en tragedia, en la poesía helenística y en la prosa de la segunda sofística.
Pero la poesía homérica no era solo un modelo. También era objeto de crítica, desde Jenófanes 64 y Heráclito 65 a la posterior, ya comentada, de Platón, lo que provocó la necesidad de armonizar la autoridad antigua de Homero con la nueva de la Filosofía. De ahí nació la interpretación alegórica, ya con Teágenes de Regio, en el siglo VI a. C., del que se dijo que fue el primero en escribir sobre Homero66. A partir del siglo v a. C. abundan las interpretaciones alegóricas que intentaban demostrar cómo el modelo homérico de dioses se acercaba más de lo que parecía a lo que podían decir filósofos o sofistas como Pródico o Demócrito. El estudio más antiguo conservado son las Alegorías homéricas de Heráclito, del siglo I d. C. En ellas analiza la Ilíada en términos teológicos, para liberar a Homero de la acusación de blasfemar contra los dioses, mientras que, con respecto a la Odisea, se ocupa más de la repercusión de su perspectiva en la filosofía práctica. Heráclito afirma que, si uno la examina con atención, verá que en su mayor parte son alegorías, porque Homero tomó a Ulises como instrumento de todas las virtudes y muchas de sus aventuras representan los males del hombre: los comedores de loto encarnan la tentación de la comida exótica, Circe representa la atracción de vicios extraños, el cíclope la amenaza de la ira salvaje, el viaje al Hades simboliza la inteligencia dispuesta a todo para alcanzar sus objetivos, etc.
Por otra parte, la actitud hacia Ulises no siempre fue positiva, como reflejan las críticas de Píndaro y de los trágicos, entre otros, en obras de tema troyano, como Filoctetes de Sófocles o Hécuba de Eurípides, donde aparece como tramposo y demagogo.
La literatura latina comienza con la traducción de la Odisea que realiza Livio Andrónico (284-204 a. C.). La importancia de esta obra, pues, en la literatura y en la cultura romanas es innegable. Homero formaba parte del currículo de las escuelas romanas y también de la ideología de la élite culta. Por ello Ulises es un personaje de referencia para los romanos, un modelo de conducta. Pero Ulises no es un personaje fácil de clasificar ni de valorar. Su tradicional «versatilidad» lo hace escurridizo y múltiple, también para los romanos, que manifiestan una esquizofrénica actitud hacia él. Por una parte, hay una lectura de Ulises como un hombre sabio, que soporta penalidades sin cuento, ya desde Horacio:
En cambio, de lo que puede el valor y la sabiduría, nos propuso Homero un buen ejemplo: al prudente Ulises, que tras dominar a Troya fue a ver las ciudades y las costumbres de muchos pueblos, y sufrió en el ancho mar mil fatigas, por lograr el regreso para sí y para sus camaradas, sin hundirse en las olas de la adversidad.
(Epístola I 2.17-22; trad. J. L. Moralejo)67
Estas ideas, junto con la interpretación alegorista, que van a seguir también algunos filósofos estoicos, establecen los principales rasgos de Ulises en su presencia en época tardoantigua y medieval. Pero frente a ese hombre sabio de los estoicos, hay otra corriente, dominante, que ve en él, mentiroso y bribón, un modelo contrario a la gravitas y la maiestas típicamente romanas. Por ello se rechazó la antigua genealogía que le hacía antecesor de los romanos (Hesíodo, Teogonía 1011-1016) y, sin salir del principal acontecimiento de la paleohistoria, la guerra de Troya, se prefirió buscar al héroe fundador en el bando troyano y no en el griego (al fin y al cabo, Grecia era un pueblo vencido, dominado por Roma desde el año 146 a. C.). Ya el historiador griego Timeo, en el siglo IV a. C., propuso que los latinos procedían del troyano Eneas lo que fue refrendado en la obra Alejandra de Licofrón (siglo III a. C.), donde Ulises aparece en su versión más denigrada.
Ulises es presentado en esta misma faceta en sus breves apariciones en la Eneida, la heredera más eximia de la Odisea. Sin duda, el objetivo de Virgilio fue dotar a Roma de un poema fundacional, a la manera en que la Ilíada y la Odisea lo eran para Grecia. La Eneida, así, es un canto a la guerra, como aquella, y un canto a un hombre, como esta (arma virumque cano). En la primera mitad de la Eneida se rastrean los cantos IX-XII de la Odisea y hay infinidad de detalles similares. El viaje al Hades es el más evidente. Sin embargo, aunque hay momentos casi idénticos —el imposible abrazo de Eneas a su esposa (II 792-794), como el de Ulises a su madre (Odisea XI 205-208), por mencionar solo uno—, la estructura y el contenido están profundamente marcados no solo por el arte de Virgilio, sino también por su fin: la alabanza de la Roma de Augusto, que trasciende sin duda el mero relato sobre un héroe. Virgilio creó un personaje —y consecuentemente, una obra— cerrado en su perfección y en la consecución de su objetivo, frente al carácter múltiple y abierto de Ulises. La tradición, ávida de buscar sentidos ocultos, de explorar misterios, de explicar incoherencias, eligió, sin duda alguna, a Ulises por encima de Eneas, y a la Odisea por encima de la Eneida. Y ello a pesar de que esta estuviera escrita en latín y aquella en griego, una lengua que a partir del siglo II d. C. fue quedando olvidada en el Occidente europeo.
Es en Roma, pues, donde Ulises adquiere de manera definitiva esa potencial duplicidad interpretativa, entre el sabio, a través de la tradición alegórica y filosófica, y el villano, en una gran parte de la literatura.
Pero en la Odisea no solo transita Ulises. Como hemos visto, hay un largo repertorio de personajes que, a diferencia de él, se ciñen a una situación concreta: Circe, la maga que convierte a los hombres en cerdos; Calipso, la diosa que se enamora de un mortal; la propia Penélope, que espera a su marido veinte años; Telémaco, el joven que alcanza la madurez en la búsqueda de su padre. Temas, sin embargo, tan sugerentes como el principal y a cuya belleza y posibilidades los poetas romanos no podían ser inmunes. Ovidio, en Metamorfosis XIII 750-869, da carta de naturaleza a ese Polifemo que, previamente a él, Teócrito había transformado desde el monstruo incivilizado de la Odisea al pastor enamorado de una bella ninfa, Galatea, que ya le acompañará para siempre en los siglos venideros, junto a Acis, que pasará a ser el rival del cíclope. En su Heroida I es el primero en la inagotable tradición de dar voz a Penélope. Y en Tristes II 375-376 se pregunta: «¿Qué es la Odisea, sino una mujer solicitada por muchos hombres mientras su marido está ausente?» (trad. J. González). También Ovidio es el primero en identificarse con Ulises en su condición de expatriado (en Tristes y Cartas desde el Ponto).
Pero no pensemos que todos los temas odiseicos estaban, en Grecia y Roma, revestidos de un aura de seriedad y ejemplaridad, ya que también podían ser objeto de tratamientos burlescos, como en el drama satírico Cíclope de Eurípides. Ulises era personaje habitual en comedias y farsas, incluso en representaciones caricaturescas en vasos. También Ulises y Circe son protagonistas de uno de los Priapeos, la colección de poemas latinos dedicados al dios Príapo, de tono festivo y sexual, que de alguna manera se burla de las interpretaciones alegóricas, ofreciendo otra alternativa:
[...] El otro tema es el periplo del astuto Ulises: si buscas la verdad, también esto lo ocasionó la pasión. Aquí se habla de un tubérculo del que nace una áurea flor, a la que cuando llama moly, la verga es la moly. Aquí leemos que Circe y la Atlántida Calipso buscaron ávidamente la gran verga del varón duliquio y que la hija de Alcínoo se quedó maravillada ante su miembro, que apenas había podido cubrir con un frondoso ramo.
(Priapeos, LXVIII 19-28; trad. E. Montero)68
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