Faye se dio la vuelta y, al verlo, su sonrisa desapareció.
Y, absurdamente, Maceo sintió una punzada de remordimiento.
–Sí, lo he pasado bien. Y antes de que me critiques…
–No necesitas mi permiso para hacer lo que te dé la gana después del trabajo –la interrumpió él.
–Pues, por tu expresión, nadie lo diría.
–Podrías habérmelo dicho.
–¿Para qué?
–Para que cancelase los planes que tenía para la cena de esta noche.
Ella lo miró, perpleja.
–¿Estás diciendo que pensabas invitarme a cenar?
–Pensé que podríamos cenar juntos aquí.
–¿Ah, sí? Me has tratado como a una invitada indeseable durante todo este tiempo, así que cenar contigo era lo último que esperaba.
Maceo frunció el ceño.
–Exageras, yo no te he tratado de ese modo. Y sé muy bien que los empleados se han encargado de atender todos tus deseos.
Porque él les había pedido que lo hiciesen. Quería que estuviese contenta allí y que le vendiese su parte de la acción cuando terminasen los cuatro meses de prueba.
«¿Eso es todo lo que quieres?».
–No pienso discutir contigo, Maceo. Y tampoco voy a darte mi opinión sobre cómo tratas a tus invitados.
Maceo sintió una oleada de calor. No debería gustarle que pronunciase su nombre, pero anhelaba que volviese a hacerlo. Tal vez incluso gimiendo mientras exploraba esos jugosos labios con los dedos, con sus propios labios…
Dio Santo. ¿Qué le pasaba?
Se llevó una mano al pecho, buscando ciegamente la lista. El recordatorio. Pero estaba en el bolsillo de la chaqueta que había descartado en el estudio. Como estaba descartando su promesa…
No, eso nunca.
Cuando Faye subió los escalones de piedra de la entrada, sintió el enloquecedor impulso de admirar esas torneadas piernas, esos tobillos tan delicados…
–¿Había alguna razón en particular para esa cena? –le preguntó ella, mirándolo por encima del hombro.
–Me sentía generoso y decidí responder a algunas de tus preguntas mientras cenábamos.
–¿Ibas a hablarme de Luigi?
Maceo tuvo que tragar saliva. Sentía un extraño calor que parecía envolverlo por entero.
–Tal vez. No lo había decidido.
Ella inclinó a un lado la cabeza.
–¿Lo pasas bien jugando conmigo, Maceo?
La idea de jugar con ella lo excitaba tanto. Dio, iba a tener que encontrar otra forma de entretenimiento o acudir a un psiquiatra para que lo examinase.
–Te has perdido la oportunidad de averiguarlo.
–¿Cómo sé que eso es verdad? Tal vez solo estás intentando que me sienta mal.
–¿Te sientes mal por algo?
–¿Qué quieres decir?
–Tuviste la oportunidad de pedirle respuestas a Carlotta pero no lo hiciste, no querías verla. ¿Por qué?
Faye lo miró en silencio y, por primera vez en su vida, Maceo sintió la extraña inclinación de dar un paso atrás.
–¿Qué te ha pasado, Maceo? –murmuró ella por fin.
–¿Qué?
–Da igual, estoy malgastando saliva –dijo Faye, dando la vuelta para entrar en la casa.
Sin detenerse a pensar si era sensato, Maceo la tomó del brazo.
–Evidentemente, tienes algo en mente. ¿Quieres contármelo mientras tomamos una copa?
–Yo no bebo alcohol, gracias.
–¿Por alguna razón en particular?
–Porque es importante tener la cabeza despejada.
–Qué respuesta tan peculiar.
–Ya sé que te parezco muy peculiar, no hace falta que lo repitas. Y no quiero alcohol, pero no me importaría tomar un refresco.
Maceo fue tras ella y señaló el salón cuando entraron en la villa.
–¿Te gusta ir de discotecas? –preguntó mientras le servía una vaso de agua mineral.
–No, habitualmente no.
–¿Te diviertes más trabajando en el equipo de Investigación y Desarrollo?
–¿Se puede saber qué te pasa, Maceo? ¿Primero me prohíbes casi que respire en tu presencia y ahora quieres ser mi amigo?
Maceo decidió pasar por alto la ironía. Si quería que le vendiese su parte de la acción debía ir con cuidado.
–Pregúntame lo que quieras sobre Luigi –la invitó entonces.
Faye apretó el vaso con fuerza.
–¿Me mencionó alguna vez?
Maceo negó con la cabeza.
–Yo no sabía de tu existencia hasta hace unas semanas.
Y esa revelación aún lo exasperaba. Tantos secretos…
Faye se dejó caer en uno de los sofás, observando su vaso con la mirada perdida.
–Supongo que tampoco mencionó nunca a mi madre, ¿no?
A pesar de sus esfuerzos para disimular, Maceo se dio cuenta de que eso le dolía de verdad.
–No, nunca la mencionó. Y mis padres tampoco.
No le habían contado toda la historia y, ahora que todos habían muerto, tal vez nunca descubriría la verdad.
Maceo hizo un gesto amargo. Había pedido transparencia y solo le habían quedado cenizas y una vida de desolación. Porque ¿cómo iba a atreverse a buscar algo parecido a la felicidad cuando él había privado a sus padres de la suya? ¿Cuando cada vez que se miraba al espejo se sentía culpable por estar vivo?
–Si te sirve de consuelo, tampoco yo sabía nada. Y detesto los secretos.
–Algunos secretos es mejor que sigan ocultos para siempre –murmuró Faye.
–Solo si quieres justificar subterfugios y mentiras.
–No todo es blanco y negro, Maceo. Algunas cosas escapan a nuestro control. Algunos secretos pueden destruir a una familia.
Maceo hizo una mueca. ¡Él lo sabía mejor que nadie!
–Solo si dejas que se pudran. Lo mejor es cortarlos de raíz.
–¿Cuándo se conocieron Carlotta y Luigi? –le preguntó ella, volviendo al tema sobre el que parecía estar obsesionada.
–Se conocieron en la empresa y, al parecer, fue amor a primera vista.
–¿Creerás que soy mala persona si pienso que ojalá no se hubieran conocido? –preguntó Faye en voz baja.
Una que, a regañadientes, lo enterneció.
–No, no pienso eso.
Ella lo miró, sorprendida.
–Luigi fue el único padre que conocí nunca.
–Y te dio la espalda, lo sé. ¿Piensas odiarlo para siempre?
–Tal vez no, pero nos dejó antes de conocer a Carlotta y nunca he sabido por qué.
–A veces hay que vivir con la incertidumbre.
–¿Tú aceptarías eso?
Maceo hizo una mueca. Le pesaba tanto la culpa. Había presionado, había creado discordia, y luego había perdido a todos sus seres queridos antes de poder redimirse.
–No, no lo aceptaría.
Los dos se quedaron en silencio durante unos segundos y no le disgustó esa sensación de camaradería entre los dos.
–¿Cómo murió Luigi? Leí en los periódicos que había sido un accidente de coche.
Maceo asintió con la cabeza.
–Ocurrió en Milán. Acababan de firmar un gran contrato y organizaron una fiesta para celebrarlo.
–¿Organizaron?
Maceo apretó los labios.
–Mis padres iban en el mismo coche, con Luigi y Carlotta. Luigi y mis padres murieron en el acto.
–¿Y Carlotta? ¿Resultó herida?
–Salió despedida del coche y estuvo en el hospital durante un tiempo, pero se recuperó.
–Esta noche, en la cena, alguien mencionó que tú también tuviste un accidente.
Él se puso tenso.
–Puedes imaginar lo que opino de los cotilleos de la oficina.
–No eran cotilleos. Todos pensaban que lo sabía.
–¿Ya sabes todo lo que querías saber sobre Luigi? Debe ser así si tienes tiempo para preguntar por mí.
Había usado el tono suave al que Carlotta se refería siempre como «el tono infernal» mientras se acercaba a Faye sin molestar en esconder su irritación.
Pero la irritación se convirtió en deseo cuando ella se pasó la lengua por el labio inferior, dejando un húmedo rastro que aceleró su pulso y provocó el crudo deseo de ser él quien la lamiese, él quien la chupase.…
–Pensé que solo estábamos charlando –dijo ella.
–Sí, pero se me ocurren cosas mejores que hablar de mí.
Faye se levantó abruptamente del sofá, derramando unas gotas de agua mineral sobre la alfombra, y Maceo le quitó el vaso de la mano para dejarlo en el bar. Luego se volvió y dio un paso hacia ella. Estaban tan cerca que podían tocarse.
–¿Qué estás haciendo?
«Sí, Maceo. ¿Qué estás haciendo?».
No estaba olvidando su promesa. Solo estaba…
–Satisfacer mi curiosidad –respondió él.
–No, no es verdad. Estás enfadado y usas esto… lo que sea para esconderlo. ¿Por qué?
–Tienes una imaginación hiperactiva, Faye. No estoy haciendo nada salvo devolverte lo que tú has hecho conmigo esta mañana.
–¿No habías dicho que no debería volver a pasar?
–No te asustes, cara. Aún no ha pasado nada.
–Y no va a pasar nada –replicó ella.
No, no iba a pasar nada porque su destino estaba escrito. Nada de placer, nada de relaciones. Nada de familia.
Pero nada decía que no pudiese darle una lección a aquella criaturita por jugar con él. Por hacer que la desease.
Suspiró, satisfecho, cuando la inmovilidad de Faye le permitió acariciar su sedosa piel y sentir el latido de su pulso en la garganta.
El ansia que se había apoderado de él desde esa mañana se intensificó, arrasándolo todo como un tornado. Lentamente, Maceo levantó su barbilla con un dedo para mirarla a los ojos.
–¿Por qué ese color de pelo? –le preguntó por fin, dejándose llevar por la curiosidad.
–Porque me hace feliz.
Una respuesta tan sencilla y, sin embargo, tan extraña para Maceo. ¿Cuándo había hecho él algo solo para sentirse bien? Nunca desde que despertó del infierno y se encontró viviendo una pesadilla.
–¿Y los tatuajes de henna, y la ropa poco convencional? ¿También eso te hace feliz?
–Sí –respondió ella, inclinándose instintivamente hacia su mano–. La vida es demasiado deprimente como para llevar ropa aburrida.
Maceo debía reconocer que estaba ganándose su simpatía.
Temporalmente.
No podía dejarse engañar por la supuesta franqueza de Faye Bishop porque intuía que ocultaba muchos secretos.
Ella se encogió de hombros.
–Soy como soy.
Maceo acarició su barbilla de nuevo. La sintió temblar y su entrepierna latió como respuesta.
–Pero no es así, ¿verdad, cara? Hay muchas cosas escondidas.
–No sé qué está pasando aquí, Maceo…
Él dio un paso adelante.
–Di mi nombre otra vez.
–¿Por qué?
–Porque me gusta.
Se avergonzaba de tal admisión, pero no podía retirarla.
–¿Siempre consigues lo que quieres? –le preguntó ella.
–No, qué va. Si fuera así, mi familia estaría viva.
Quería besarla y, al mismo tiempo, rechazarla. Pero no hizo ninguna de esas cosas. Sencillamente, siguió acariciándola mientras experimentaba una emoción prohibida.
–Lamento que tus padres muriesen –murmuró ella, con un brillo de genuina compasión en los ojos.
Pero Maceo no quería compasión. No quería que tocase sitios que habría podido jurar eran invulnerables… hasta ese momento.
Ella abrió la boca para decir algo más y, sin pensar en su promesa, o tal vez porque estaba harto de sentirse tan trastornado, Maceo se lo impidió por el medio más directo: inclinando la cabeza para besarla.
Aquel no era su primer beso, pero sí el primero desde que abrió los ojos a un nuevo mundo. Un mundo donde sus padres ya no estaban, un mundo donde solo residían la culpa y el remordimiento.
Un simple roce de sus labios y los sentidos de Maceo detonaron de una forma tan potente y tan pura que lo dejó tambaleante. El gemido de Faye intensificaba su ansia y le pasó un brazo por la cintura mientras dejaba escapar un gruñido sordo.
Era como si lo hubiesen dejado escapar de una jaula.
Sin poder contenerse, enterró la lengua en su boca para saborear cada centímetro. Y qué dulce sabía. Las experiencias adolescentes que apenas recordaba se evaporaron de su mente para siempre, remplazadas por aquella sensación nueva y embriagadora.
El aroma de Faye, su sabor, la suave firmeza de su cuerpo. Todo en ella erosionaba su mayor ventaja: el autocontrol. Pero, aunque se aseguraba a sí mismo que podría recuperarlo, debía admitir que nunca había sentido nada así.
Estaba desenfrenado mientras tiraba del pelo de colores para echar su cabeza hacia atrás y seguir devorándola.
Y habría seguido besándola si la realidad no hubiese interferido como una tormenta de hielo.
¿De verdad estaba besando a Faye Bishop? ¿Olvidando su promesa por aquella tentación absurda cuando lo último que merecía era cualquier forma de felicidad o placer?
Haciendo un esfuerzo sobrehumano, Maceo se apartó y Faye lo miró con gesto horrorizado.
–No sé qué ha sido eso, pero…
–Puedo explicártelo o hacerte otra demostración, tú decides –sugirió él, fingiendo una despreocupación que no sentía.
No tenía la menor intención de repetir la experiencia, pero Faye no debía saberlo.
–No necesito ninguna demostración, muchas gracias. Lo que quiero es irme a la cama… si este jueguecito tuyo ha terminado.
Sin esperar respuesta, Faye se dirigió hacia la puerta y Maceo la siguió, recordando la decisión que había tomado en la cripta familiar.
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