–No, es verdad, pero uno de los deseos de Carlotta era que vieses la parte familiar de la empresa. La fiesta es una tradición que ella inventó hace veinte años.
–¿Por qué quería que yo acudiese? –preguntó Faye.
–No puedo responder por ella, pero debes acudir. Y, por supuesto, debes asegurarte de no decir o hacer nada que pueda desprestigiar a la compañía.
Faye tiró la servilleta sobre la mesa.
–¿Puedo hablar en absoluto o debo fingir que soy muda?
–No, solo te recuerdo que sopeses tus opciones si decides contarlo públicamente.
Faye se preguntó si sería otra prueba. Una forma de descubrir si merecía el dinero de la herencia. Y, aunque le habría gustado tirarle la invitación a la cara, acudir a esa fiesta podría darle las respuestas que buscaba.
–Muy bien, de acuerdo. Haré lo posible para no dañar el «prestigioso» apellido Fiorenti.
–Eso es todo lo que te pido.
Maceo se levantó y tomó la chaqueta del respaldo de la silla.
–¿Vienes? –le preguntó mientras se la ponía.
Faye estaba como hipnotizada por el movimiento de sus músculos.
–¿Qué?
–La evaluación es a las ocho. ¿Piensas estar allí?
–Sí, claro.
Faye se levantó, pero lo hizo con demasiado ímpetu y trastabilló.
La secuencia de eventos fue rápida y desconcertante. Maceo sujetó la silla con una mano y puso la otra en su cintura.
Y entonces el mundo pareció detenerse.
La intensidad de la mano que sujetaba su cintura, el brillo de la mirada ámbar, los salvajes latidos de su corazón, el torrente de calor en sus venas.
Quería moverse, pero era incapaz.
Sin decir una palabra, Maceo Fiorenti estaba al mando de su cuerpo y hasta del aire que respiraba. O más bien el aire que no podía respirar.
La miraba como si pudiese ver bajo su piel. ¿Había apretado su cintura un poco más? ¿Se había acercado o era cosa de su imaginación?
De niña, había metido un dedo en un enchufe, pero eso no era nada comparado con las sensaciones que experimentó cuando Maceo tiró de ella.
El brillo de sus ojos ya no era indiferente o desdeñoso. Había fuego en ellos. Un fuego que prometía… aniquilación.
Y, en lugar de alejarse de algo que podría destruirla, Faye anheló abrazarlo, sentir esa descarga eléctrica, esa quemazón.
Sin poder evitarlo, levantó una mano y acarició la piel sobre el cuello de la camisa, donde latía el pulso. Luego pasó los dedos por la perfecta mandíbula hasta la delgada cicatriz entre la barbilla y la boca.
Se quedó allí, explorando la cicatriz en silencio mientras su corazón latía como si quisiera escapar de su pecho.
La mirada de Maceo estaba clavada en su boca y el deseo que emanaba de él era tan poderoso, tan intenso, que Faye dejó escapar un gemido.
Un segundo después, él murmuró una palabrota en italiano mientras daba un paso atrás.
–Per l’amor di…
Se dio la vuelta sin terminar la frase.
–Lo siento, no quería…
Tampoco ella terminó la frase. Porque no había querido tocarlo.
–No sé qué pretendes, señorita Bishop, pero te advierto que no juegues conmigo. En ninguna circunstancia.
–Yo no…
–Debo dejar claro que yo no mezclo nunca los negocios con el placer. Nunca.
Faye se agarró al borde de la mesa para mantener el equilibrio, absurdamente decepcionada.
–Pero yo no soy un negocio. Para ti, solo soy una carga temporal. Podrías librarte de mí inmediatamente, pero has decidido no hacerlo. ¿Por qué? No me digas que eres masoquista.
–Yo nunca he tomado el camino más fácil para nada y no pienso hacerlo ahora. En cuanto a tu pequeña… indulgencia, espero que no vuelva a pasar.
Pero Faye sabía que no había sido solo ella. Había visto el brillo de deseo en sus ojos, lo había sentido en la presión de su mano. Había notado la masculina reacción rozando su cadera.
–Entonces, hazme un favor. La próxima vez, deja que me caiga.
Él pareció confuso.
–Che cosa?
–Me has sujetado para que no me cayese. La próxima vez, sigue adelante. Ya me las arreglaré yo solita.
Maceo parecía atónito por la respuesta y Faye estaba segura de que nadie se había atrevido a hablar así al gran Maceo Fiorenti en toda su vida.
Él se tomó su tiempo para abrochar el botón de la chaqueta, como si no le hubiera afectado el incidente.
–Lo tendré en cuenta –respondió, señalando la puerta con la cabeza–. ¿Nos vamos?
Hicieron el viaje en tenso silencio y Faye lo aprovechó para intentar controlar sus emociones. Incluso dejó de mirarlo durante unos minutos y casi se convenció a sí misma de que aquel cuerpo alto e imponente no estaba provocando el caos en sus sentidos.
Dejó escapar un suspiro de alivio cuando entraron en la oficina veinte minutos después y él desapareció en su despacho, pero sabía que el respiro no duraría. En cualquier caso, se encerró en el cuarto de baño, intentando no revivir ese momento en el comedor mientras se atusaba el pelo y se preparaba para la reunión.
En cuanto se sentó en la sala de juntas, procedieron a diseccionar todo lo que había aprendido en las últimas tres semanas. Cuando el jefe del departamento de Investigación y Desarrollo le aseguró que era muy trabajadora y capaz, Maceo se volvió para mirarla.
–Cuénteme qué es lo más interesante que ha descubierto hasta ahora, señorita Bishop.
–Por ejemplo, que el signor Triento es un líder excelente y confía en su equipo sin ser un tirano. Estoy especialmente contenta con la tarea de ayudar a encontrar nuevos sabores para una edición limitada en Navidad y ya tengo algunas ideas.
Alberto Triento esbozó una sonrisa que la mirada reprobadora de su jefe borró de inmediato.
–No sabía que le diéramos a los becarios tanta libertad de acción –comentó Maceo.
El hombre se encogió de hombros.
–No hay nada malo en poner a prueba un nuevo talento. Puede que nada salga de ello o tal vez dará fruto. No lo sabremos hasta que hayamos probado, ¿no?
Maceo no se molestó en responder y, unos minutos después, Triento volvió a su despacho.
–Bueno, ¿entonces he pasado la prueba? –preguntó Faye cuando se quedaron solos.
–Intenta no dejarte llevar por la novedad. Y ten en cuenta que probamos cientos de sabores cada año y muy pocos acaban en producción.
–Pero puedo comer chocolate como parte de mi trabajo. No veo ninguna desventaja en eso.
Él frunció los labios, como si la observación lo hubiese irritado.
–¿Por qué estoy en el departamento de Investigación y Desarrollo? –preguntó Faye entonces.
Maceo tardó unos segundos en responder.
–Era el departamento de Luigi, y el de Carlotta tras su muerte. Antes de eso era una estupenda directora de marketing, pero Luigi se la llevó a su departamento y, al final, le encantaba descubrir nuevos productos.
–Parece que tenían mucho en común.
–¿De verdad sabes tan poco sobre tu padrastro?
Sonaba como una acusación más que como una pregunta, pero Faye estaba demasiado inquieta tras el incidente en el desayuno como para seguir peleándose con él, de modo que se encogió de hombros.
–Perdimos el contacto cuando volvió a Italia.
–Italia no está al otro lado del mundo. ¿Cuántos años tenías cuando se fue… trece, catorce?
–Once.
Durante los dos años que Luigi vivió con ellas Faye había visto un destello de lo que era una verdadera familia, pero el silencio de su padrastro después de dejar a su madre había hecho que se lo cuestionase todo, incluyendo su propia valía.
El desgarrador secreto sobre su nacimiento era una carga a la que se había resignado hasta que conoció a Matt. Y hasta que Carlotta insistió en que abriese una caja de Pandora que, durante años, había querido mantener cerrada.
–Luigi me abandonó cuando era una cría.
–Tal vez tenía sus razones –murmuró Maceo.
–Ya, claro, todo el mundo tiene sus razones. Pero tal vez debería haber sido lo bastante hombre como para contarme todo esto en lugar de…
–¿En lugar de…?
–Eso da igual.
–No creo que dé igual. Pareces exageradamente… emocional.
–Mientras tú te enorgulleces de no tener emociones –replicó Faye–. ¿Por eso me presionas tanto?
–No, lo hago porque me importan los deseos de Luigi y Carlotta. Te presiono como advertencia para que no manches su memoria.
–Tanto te importaba Luigi que te casaste con su mujer –le espetó ella entonces, enfadada.
Maceo se quedó tan inmóvil como una estatua de mármol.
–No te metas en cosas de las que no sabes nada.
–Pues entonces cuéntamelo. No creo que sea la primera persona que se pregunta por tu… interesante matrimonio.
–La reunión ha terminado. Puedes marcharte –se apresuró a decir él, claramente airado.
–Por supuesto, signor Fiorenti. Pero antes de que me acuses de fisgar, recuerda que estoy intentando descubrir cosas sobre mi padrastro, así que cuéntame lo que quiero saber o no lo hagas, da igual. Pero te advierto que no pienso irme de Italia hasta que haya conseguido respuestas.
Incluyendo información sobre la misteriosa foto que había escondido entre las páginas de un libro.
Faye Bishop se había metido bajo su piel.
Distanciarse de ella, como había hecho en las últimas tres semanas, solo había provocado más preguntas, más intriga. Había esperado que la reunión de evaluación aportase algo nuevo.
O, más bien, si era completamente sincero, que pusiera al descubierto algún fallo, algún defecto, que justificase su opinión sobre Faye, pero los halagos de Alberto Triento dejaban claro que no tendría ayuda por ese lado.
Y en cuanto a lo que había pasado durante el desayuno…
Esa oleada de deseo irrefrenable, el insistente cosquilleo entre sus piernas. Nunca había experimentado algo así.
Faye había tocado la cicatriz que nadie más se había atrevido a tocar. La cicatriz que servía como recordatorio de lo que había hecho…
Maceo se pasó una mano por el pelo. No podía dejar de preguntarse qué habría pasado si hubiera sucumbido al urgente deseo de besarla.
Él era Maceo Fiorenti y nadie lo hacía perder la cabeza. Durante una década había cumplido fielmente la promesa de negarse a sí mismo todo lo que le había robado a sus padres.
¿Entonces por qué ahora se le ponía a prueba?
«No sé cuál es tu juego, Carlotta. Es insolente, desagradecida y demasiado exótica como para tomarla en serio. Por no decir cotilla».
«¿Entonces por qué estás aquí?».
Maceo oyó la burlona voz de Carlotta con tal claridad que no le habría sorprendido verla delante de él en la cripta familiar.
El olor de las flores que él encargaba que enviasen cada día le recordó que el aroma de las cerezas le parecía más dulce últimamente. El aroma de Faye, ese aroma que había llenado todo su ser en el comedor, cuando estuvo a punto de perder la cabeza.
Por suerte, había logrado apartarse.
«Una pena», le pareció escuchar la voz de Carlotta.
–Debería terminar con esto hoy mismo –dijo en voz alta–. Entregarle su herencia y la carta y acabar con esto de una vez, ¿no?
La respuesta fue el silencio, por supuesto, y Maceo hizo una mueca, sabiendo que no tomaría el camino más fácil. Había hecho una promesa, había dado su palabra. Y sin palabra, ¿qué era él?
El recordatorio que llevaba con él a todas partes le quemaba en ese momento y, con manos temblorosas, sacó del bolsillo de la chaqueta un trozo de papel.
Era una copia de la lista que había encontrado entre las cosas de sus padres y que ahora guardaba en un cajón de la mesilla. Una lista de deseos, escrita en una servilleta de papel cuando sus padres se comprometieron. Maceo pasó la mirada por la lista, con el corazón encogido. Rafael y Rosaria no habían podido cumplir sus sueños.
Por su culpa.
Guardando la nota en el bolsillo, volvió a mirar la placa de Carlotta.
–Está fisgoneando donde no debería –dijo en voz alta.
«Entonces, haz algo al respecto».
En lugar de mantener las distancias, tenía que acercarse más a ella para vigilarla de cerca. No iba a arriesgarse a que airease los secretos familiares.
–Vosotros deberíais estar aquí. O yo debería estar con vosotros –murmuró, mirando la placa con los nombres de sus padres.
Maceo apretó los puños, luchando para no hundirse en aquel agujero. Tenía un deber que cumplir y cuando todo terminase, cuando no hubiera nada entre él y el abismo…
¿Entonces qué?
Sacudiendo la cabeza, se dirigió a su Alfa Romeo, aparcado en el cementerio privado.
–¿Cómo que Faye ha ido a una discoteca?
–Creo que era el cumpleaños de alguien del departamento –respondió su ayudante–. Según el correo, iban a cenar y luego a bailar.
Maceo, que había pensado cenar con ella esa noche, tal vez incluso a responder a alguna de sus preguntas, se sentía absurdamente decepcionado.
Seguía enfadado después de cenar y paseó pensativo por el jardín con Pico a su lado. Se negaba a mirar el reloj, aunque sabía que debía ser casi medianoche.
El ruido de un motor lo empujó hacia el muelle y vio a Faye saltar de la lancha con la gracia y la agilidad de una bailarina de ballet. Luego se volvió para tomar algo que le ofrecía el conductor y Maceo tardó un momento en darse cuenta de que eran sus zapatos.
Típico de ella ir descalza, claro.
Faye estaba charlando alegremente con el conductor mientras con una mano apartaba el pelo de su cara y con la otra sujetaba los zapatos.
Y, por alguna razón incomprensible, el ridículo espectáculo convirtió su irritación en furia.
Maceo se dirigió al muelle y puso un montón de billetes en la mano del conductor, sin molestarse en decir una palabra.
–¿Lo has pasado bien? –le preguntó a Faye con tono cortante.
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