Faye levantó la cabeza, dejando que los primeros rayos del sol calentasen su cara. Cada mañana, antes de que los empleados empezasen a trabajar, le gustaba bajar a la playa privada para mirar el amanecer.
Llevaba tres semanas allí, pero aún no había decidido si le gustaba más el exterior de la villa, con su maravillosa arquitectura barroca, los cuadros y obras maestras del interior o los silenciosos patios, las maravillosas terrazas frente al mar y los tranquilos jardines en contraste con el agitado mar, que golpeaba incesantemente contra el acantilado.
Por el momento, había contado dos docenas de pasillos que llevaban a recoletos patios y jardincillos privados con bancos y fuentes. Faye se sentía como una niña, esperando el amanecer para explorar aquel lugar mágico.
En los primeros días, cuando los empleados se mostraban abiertos y colaboradores, había descubierto que Luigi y Carlotta también habían usado Villa Serenita como refugio durante el verano, poco después de unir fuerzas con los padres de Maceo, Rafael y Rosaria Fiorenti.
Faye no quería que le gustase la casa donde Luigi había encontrado la felicidad. Sin embargo, con cada nuevo descubrimiento Villa Serenita se hacía un hueco en su alma.
Pero, por supuesto, había una obligatoria serpiente en el paraíso.
Un día, Maceo la había llamado a su despacho para imponer unas reglas que, al parecer, ella se había saltado, sin saber que existían, solo unas horas después de llegar a la casa.
Primero, no debía distraer a los empleados de su trabajo siendo demasiado simpática. Segundo, podía explorar la villa, pero no debía interrogar al personal sobre su historia o el pasado reciente. Tercero, y más importante, no debía tocar a Pico, el precioso perro de ojos color chocolate.
Daba igual que el perro la siguiera a todas partes y que se sentase a sus pies durante las comidas.
Faye se había saltado esa regla en particular hasta que, unos días después, Maceo se llevó a Pico a sus habitaciones privadas.
Desde entonces, sus preguntas sobre Pico habían sido recibidas con sonrisas de rubor por parte de los empleados.
Era evidente que Maceo era muy posesivo con su perro, pero Faye tenía otras cosas en mente. Luigi, por ejemplo. Seguía sin saber por qué la había abandonado. Tal vez había pensado que le hacía un favor rechazándola y tratándola como si fuera invisible. Eso era lo que había hecho Matt cuando se encontraban en la universidad, después de haber sido tan tonta como para revelarle su secreto.
Y la fotografía que encontró en la biblioteca unas noches antes solo había provocado más preguntas.
Había tres hombres en la fotografía. Uno de ellos era, evidentemente, el padre de Maceo. El parecido era innegable. El segundo era Luigi y el tercero un hombre que se parecía a él. Pero, mientras el desconocido reía en la foto, Luigi y Rafael permanecían serios. Casi como si estuvieran enfadados.
La expresión de Rafael Fiorenti le resultaba familiar porque la había visto en el rostro de su hijo, pero la expresión de Luigi le resultaba extraña y eso dejaba claro lo poco que conocía a su padrastro.
En el dorso de la fotografía había tres nombres: Rafael, Luigi, Pietro.
¿Quién era Pietro? ¿Y por qué Luigi no lo había mencionado nunca mientras vivía con ella y con su madre en Kent?
«Porque cada vez que le pedías que te contase cosas de su tierra, él cambiaba de tema».
Faye intentó volver al presente. Concretamente, a su reunión con Maceo.
Debían mantener una reunión de evaluación semanal, pero Maceo las había cancelado todas hasta aquel día. Ella seguía en vilo, pero sabía por instinto que aquel era el día, así que no tenía tiempo para preguntarse por la identidad de un extraño en una antigua foto.
Suspirando, atravesó el jardín y entró en la villa por la cocina. Giulia estaba metiendo una bandeja de bollos en el horno y sonrió al verla.
–Buorngiorno, signorina. Il signor Fiorenti ha pedido que sirva el desayuno en el salone bianco. Quiere que se reúna con él allí.
–¿De verdad?
En todo ese tiempo no habían comido o cenado juntos ni una sola vez. De hecho, Maceo la evitaba a toda costa.
Giulia asintió.
–Quiere desayunar en media hora.
De modo que el interrogatorio empezaría a la hora del desayuno, pensó Faye, esbozando una sonrisa mientras subía a su habitación.
Después de tres semanas, aún no se había acostumbrado a tanta opulencia. Cuando la directora de Recursos Humanos le dijo que tenía derecho a un nuevo vestuario por ser empleada de Casa di Fiorenti, Faye había esperado recibir una pequeña cantidad de dinero, no cajas y cajas llenas de ropa de los mejores diseñadores.
Esa mañana, eligió un vestido de color lila por la rodilla, un cinturón de color fucsia y, como toque personal, un broche hecho a mano por su madre.
Los toques de color calmaron un poco su nerviosismo, pero seguía alterada mientras se ponía los zapatos y salía de la suite.
El salone bianco hacía honor a su nombre. Era… resplandeciente. Todos los muebles eran blancos, incluyendo la mesa a la que Maceo estaba sentado, con la cabeza enterrada en las páginas de un periódico.
Faye tragó saliva cuando dejó el periódico y clavó en ella sus ojos de color ámbar.
–Buongiorno. Me alegro de que hayas decidido aceptar mi invitación –dijo Maceo con voz ronca.
Apenas lo había visto en todo ese tiempo y Faye no era capaz de apartar la mirada de los anchos hombros o los impresionantes bíceps bajo la camisa.
Varios superlativos aparecieron en su mente, pero el único apropiado era «magnífico». Podría aparecer en la portada del Vogue italiano o en alguna otra revista dedicada exclusivamente a catalogar bellezas masculinas.
Si te interesaban esas cosas. Y a ella no le interesaban.
¿Entonces por qué su corazón se aceleraba cada vez que estaban cerca?
La sensación era lo bastante irritante como para hacerla responder con tono adusto:
–¿Era una invitación? A mí me ha parecido una orden.
Maceo la miró de arriba abajo.
–No, no era una orden. Gracias por aceptar mi invitación, Faye.
Pronunciaba su nombre con tal sensualidad que le gustaría pedir… no, exigir que volviese a pronunciarlo.
Qué locura, pensó. ¿No había aprendido la lección? Había bajado la guardia una sola vez para tener una relación normal, pero Matt le había recordado despiadadamente que ella no era normal, que era una abominación.
El dolor que provocó ese recuerdo hizo que torciese el gesto mientras se sentaba a la mesa.
–¿Café? –le ofreció él.
–Té, por favor –dijo Faye, decidida a mostrarse amable.
El mayordomo sirvió el té y luego, después de ofrecerle una bandeja de fruta y embutidos, desapareció discretamente.
El silencio era ensordecedor, pero Maceo parecía absolutamente cómodo mientras leía el periódico, tomando una taza de café detrás de otra.
–Llevas unas semanas en Casa di Fiorenti. ¿Cuál es tu veredicto? –le preguntó él por fin–. ¿Sigues pensando que es el corazón del monstruo que te privó de tu padrastro o has revisado tu opinión?
Faye se puso colorada porque había cierta verdad en esas palabras. Luigi solo había formado parte de su vida durante dos años, pero eran los años de formación y le habían mostrado lo que podía ser una familia. Tal vez habría superado su abandono si no tuviese que ver el nombre de Casa di Fiorenti cada vez que entraba en un supermercado. Esa presencia constante no había hecho nada para curar la herida.
Hasta que conoció a Matt.
–Nunca he pensado que fuera un monstruo. Solo…
–¿Querías odiar Casa di Fiorenti?
Faye se encogió de hombros mientras tomaba un sorbo de té.
–Tal vez.
–¿Y ahora que trabajas allí?
–¿Por qué quieres saberlo? ¿Por qué te importa lo que yo piense?
Maceo tardó en responder y su expresión era tan enigmática como siempre.
–Porque hice una promesa.
La respuesta fue tan inesperada que Faye lo miró con los ojos como platos.
–¿Una promesa?
–Sí.
–¿A quién?
–¿A quién crees?
–¿A tu… mujer?
¿Por qué se le atragantaba esa palabra? ¿Qué importaba que hubiera estado casado?
«Porque pensar que ha sido de otra mujer te molesta».
Y no por la conexión de Carlotta con Luigi.
Maceo se encogió de hombros.
–Por alguna razón, Carlotta quería que te involucrases en todo lo que era importante para ella.
–¿Dijo eso, de verdad?
–Dijo muchas cosas. Pero aún no he decidido si lo pensaba de verdad o era el resultado de enfrentarse con su propia mortalidad.
–¿Cómo puedes decir eso? ¿Quién eres tú para decidir?
–Alguien que sabe distinguir la realidad de la ficción.
–¿Y estarías dispuesto a deshonrar sus deseos descartándolos a tu gusto?
La expresión de Maceo se endureció.
–Ella sabía que no me dejaría llevar por absurdas fantasías.
Faye se mordió los labios para no replicar. Incluso intentó comer algo, aunque tenía un nudo en la garganta, pero después de probar una tostada con huevos revueltos dejó el tenedor sobre el plato.
–Si Carlotta quería que me involucrase en todo ¿por qué le has pedido a los empleados que no hablen conmigo?
El brillo de los ojos de color ámbar se volvió helado.
–Porque la verdad no tiene nada que ver con simples cotilleos.
–¿No confías en tus empleados?
De nuevo, Maceo se encogió de hombros.
–Carlotta era querida por todos y están de luto por ella, pero no quiero que te dejes llevar por emociones superfluas.
–¿Y tú? ¿Tú también estás de luto?
–Mis emociones no son asunto tuyo.
–¿Estás seguro? Yo creo que tus emociones afectan directamente a nuestra relación. No eres capaz de mirarme o hablar conmigo sin ponerme etiquetas desagradables y eso es muy curioso porque he descubierto algunas cosas sobre ti.
–¿Ah, sí?
–Exiges que los demás se comporten con propiedad, pero parece que a ti te gusta mucho la notoriedad. Algunos incluso dirían que has hecho más de lo que deberías para cortejarla.
–Mi relación con los paparazis…
–No es asunto mío, ya lo sé –dijo Faye con tono aburrido.
–No, no es asunto tuyo –asintió Maceo–. Carlotta se divertía provocando a los reporteros –dijo después.
–Qué raro. Por lo que he leído sobre Carlotta, era el paradigma de la clase y el aplomo.
–Sí, pero era dejar que siguieran publicando cosas hirientes sobre ella o darles la carnaza que a Carlotta le convenía.
Maceo casi pareció asombrado por la verdad que acababa de confesar.
–¿Entonces todo era un juego?
–¿No es la vida una especie de juego? –replicó él cínicamente.
Pero Faye vio que apretaba la taza con fuerza y pensó que se trataba de algo más que de burlarse de la prensa.
Recordó entonces la foto que había encontrado en la biblioteca, ahora guardada entre las páginas de un libro en su mesilla, pero el instinto le advirtió que no era el momento de preguntar.
–No es un juego para mí. Para mí la vida es algo muy serio.
Maceo miró su pelo y su ropa de colores.
–Y, sin embargo, tu aspecto dice todo lo contrario.
–Tú vives en un mundo sombrío, yo no.
Para su sorpresa, él sonrió. La sonrisa no llegaba a sus ojos, pero era tan radiante que Faye se olvidó de respirar durante unos segundos. Cuando por fin llevó aire a sus pulmones, Maceo clavó la mirada en sus pechos… y el ambiente se volvió tan tenso como el principio de un despliegue de fuegos artificiales.
Era la misma sensación que había experimentado en el despacho tres semanas antes. Esa perturbadora atracción sexual la mantenía inquieta, especialmente por las noches, cuando era incapaz de conciliar el sueño hasta que el helicóptero llegaba a la villa.
Esa inquietud la había empujado a saltar de la cama más de una vez para verlo bajar del aparato y, en una ocasión, Maceo la pilló. Se miraron el uno al otro durante lo que le pareció una eternidad, pero ninguno de los dos había mencionado el incidente.
–Tal vez solo es un camuflaje para esconder lo que eres en realidad –estaba diciendo él en ese momento.
Faye se alegraba de haber dejado el tenedor sobre el plato porque se le habría caído.
¿Qué había querido decir?
Nerviosa, dobló celosamente la servilleta mientras intentaba controlar los locos latidos de su corazón.
Porque la verdad era que estaba escondiéndose. Ocultando la mancha de su existencia. Ignorando la voz oscura y amenazadora que le recordaba que sus circunstancias nunca serían normales, que formar lazos de intimidad, físicos o emocionales, mientras llevaba esa carga era sencillamente imposible.
El cruel rechazo de Matt lo había dejado bien claro.
–De nuevo, parece que estamos evitando el tema más importante. ¿O de verdad me has invitado a desayunar para hablar de mi vestuario?
Maceo la miró en silencio durante largo rato.
–Tenemos una reunión con el departamento de Investigación y Desarrollo para discutir tu evaluación. Esta es tu oportunidad para advertirme de cualquier irregularidad.
Faye sonrió. Saber que Casa di Fiorenti iba a elegir nuevos sabores para su exclusiva marca había sido muy instructivo e inesperadamente emocionante.
–Gracias por el aviso, pero no me preocupa la evaluación. Me gusta el trabajo.
–Bene. Espero que siga siendo así hasta el próximo sábado.
–¿Qué pasa el próximo sábado?
–Casa di Fiorenti organiza una fiesta de verano para los socios y los ejecutivos de la empresa. Vendrán doscientas personas y tú también tendrás que asistir, por supuesto.
–Pero yo no soy ejecutiva.
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