«Mantenla cerca de ti para salvaguardar el legado de tus padres».
Mientras subía por la escalera, sus pies descalzos y sus bien torneadas piernas despertaron otra punzada de deseo. Cuando llegó arriba, Faye se detuvo un momento, con una mano en la balaustrada, la otra sujetando los zapatos.
Maceo la miró en silencio durante unos segundos y luego le habló de su plan. El plan que había saboreado con demasiada anticipación mientras esperaba que volviese de la discoteca.
–A partir del lunes trabajarás en otro departamento.
–¿Perdona?
–Puedes seguir con ese encargo para Investigación y Desarrollo, pero a partir de ahora trabajarás directamente conmigo. ¿Y quién sabe? Puede que algún día me pilles de buen humor y responda a más preguntas sobre Luigi.
Ella lo miró sin decir nada. Maceo quería que protestase por el cambio, que lo acusase de ponerle el caramelo en la boca para conseguir su objetivo.
Quería muchas cosas que deberían hacerlo sentir avergonzado. Por ejemplo, subir de dos en dos los escalones que lo separaban de ella y tomarla entre sus brazos.
Por suerte, tal vez ella intuía su batalla interna y, sensatamente, mantenía las distancias.
Maceo no sabía cuánto tiempo estuvieron así, inmovilizados en aquella guerra silenciosa. Faye con los zapatos colgando de un dedo, sin dejar de mirarlo. Él, abrumado por un deseo que amenazaba con hacerlo perder el control. Solo su promesa lo mantenía inmóvil.
Por fin, ella se pasó la lengua por los labios.
–Pelearme contigo no merece la pena, así que me limitaré a contar los días hasta que esto termine. Buenas noches, Maceo.
Él no respondió porque necesitaba todas sus fuerzas para quedarse donde estaba y no correr tras ella.
Ni siquiera descubrir media hora después que Pico había desaparecido, y que seguramente estaría en la habitación de Faye, fue suficiente para hacerle salir del estudio.
Ganar esa batalla era lo único que importaba.
Solo había sido un beso.
Pero, curiosamente, no era capaz de convencerse a sí mismo por mucho que se repitiera esa frase.
Cinco días después, Faye debería estar inmersa en los informes sobre producción de cacao y azúcar que Maceo le había pedido que leyese, pero el efecto de aquel beso hacía que no pudiese concentrarse.
Dejando escapar un gemido, se levantó de la silla, se quitó los zapatos y se estiró. Pero mientras se acercaba a la ventana de su nuevo despacho, al lado del de Maceo, tuvo que reconocer que sus doloridos músculos no eran el problema.
El problema era ese beso.
El problema era la feroz pasión de Maceo… y lo fácil que había sido para él hacer que se doblegase.
Porque nunca había experimentado nada parecido.
La había besado como si la desease, como si le importase. Como si temiese morir si no la besaba.
«Porque él no lo sabe».
Y ella, olvidando momentáneamente todas las razones por las que no debía dejarse llevar, había anhelado ese beso con cada célula de su cuerpo.
Pero cuando por fin los dos recuperaron el sentido común, Maceo había parecido tan sorprendido y afectado como ella.
Porque había enterrado a su mujer recientemente, pensó.
Ahí estaba de nuevo, esa punzada. Era casi como si estuviera celosa. Era irracional, absurdo.
Según todos los que la habían conocido, Carlotta Caprio Fiorenti había sido prácticamente una santa. Una buena y leal esposa para Luigi y Maceo, y una mujer muy apegada a la familia, como demostraba el prominente puesto de sus hermanos en el consejo de administración.
¿Era eso lo que empujaba a Carlotta cuando insistió en ponerse en contacto con ella? Aunque no se lo había puesto nada fácil, tuvo que reconocer Faye.
Se sentía culpable y tal vez por eso seguía sin preguntarle a Maceo por la fotografía que había encontrado en la biblioteca. La fotografía de Pietro.
Aunque lo había buscado entre las innumerables fotografías de los Caprio y los Fiorenti que había por toda la villa, no había descubierto nada más sobre él.
Faye dejó escapar un suspiro.
–¿Los informes son aburridos?
Faye se dio la vuelta. Maceo estaba en medio del despacho, su sólida figura tan fascinante que no podía pensar en nada más. El sol se había puesto y el juego de luces y sombras le daba un aire aún más enigmático. Su presencia saturaba el espacio, como si se hubiera llevado todo el oxígeno.
–No, en absoluto –respondió, intentando mostrar una tranquilidad que no sentía.
Él inclino a un lado la cabeza, mirándola fijamente.
–¿Entonces cuál es el problema?
–No es nada que no pueda solucionar –dijo Faye, con falsa despreocupación.
Falsa porque Maceo estaba acercándose y no podía dejar de mirarlo.
Él no tenía el mismo problema, evidentemente, porque se dedicó a observar los papeles que había sobre la mesa y sus zapatos en el suelo.
–Escoge dos –le dijo con voz profunda.
–¿Dos qué?
–¿Estás al día sobre los proyectos de sostenibilidad de la empresa?
–Sí, claro.
De hecho, se había quedado sorprendida. Mientras buscaba patrocinio para Nuevos Caminos había lidiado con suficientes empresas que, supuestamente, dedicaban fondos para la comunidad y sabía que, en realidad, no todas estaban dispuestas a compartir su dinero. Pero Casa di Fiorenti apoyaba a sus productores con subvenciones y ayudas. Hacer eso había aumentado los beneficios, algo sin precedentes que sus competidores habían intentado emular.
–¿Y bien? –la urgió Maceo.
–Y quien tuviese la idea de dar a los productores las herramientas que necesitan para aumentar la producción merece una medalla.
Maceo esbozó una sonrisa.
–Sería para Luigi.
–¿Fue idea de Luigi? –exclamó Faye.
–Él puso en marcha la idea antes de que se pusiera de moda aportar algo a la comunidad sin esperar algo a cambio.
«¿Entonces por qué?», gritaba su corazón.
¿Por qué había mostrado tal consideración hacia otros mientras la abandonaba a su suerte de un modo tan cruel? ¿El estigma de su nacimiento habría sido demasiado para él?
–Pero tú has seguido haciéndolo. Las instalaciones que proveen de vital tecnología a los productores se construyeron solo hace un par de años.
–Porque es bueno para Casa di Fiorenti, pero es el legado de Luigi.
Faye se preguntó si habría ido a su despacho para contarle eso. Desde el viernes por la noche, Maceo había ido dejando caer detalles sobre Luigi en sus conversaciones. El lunes le contó que había apoyado a su padre contra la resistencia del consejo de administración para contratar a la primera directora financiera. El martes había revelado que Luigi y Rafael habían sido amigos desde la infancia y que Luigi le había enseñado a lanzarse en paracaídas cuando cumplió dieciséis años.
Cada una de esas revelaciones era una daga en su corazón, pero Faye se alegraba de que fuese más abierto.
¿Era porque, en el fondo, esperaba una repetición de lo que pasó el viernes por la noche, aunque sabía que era peligroso?
–Gracias por contármelo. Aunque no sé si me ayuda o no.
–Solo te doy información. Lo que hagas con ella es cosa tuya.
–Pero solo me cuentas las cosas buenas. ¿No te decepcionó nunca, nunca tomó una mala decisión, nunca perdió los nervios?
Le pareció ver un brillo de dolor en los ojos de color ámbar, pero desapareció enseguida.
–Luigi tenía defectos, como todo el mundo. ¿Que te hablase de sus faltas te haría sentir mejor?
«Sí».
Faye no lo dijo en voz alta, pero lo pensó mientras observaba a Maceo a la luz de la lámpara. La corbata recta, los zapatos brillantes, ni un pelo fuera de su sitio. Siempre iba perfecto.
Para ocuparse en algo y no seguir mirándolo como una tonta, tomó uno de los documentos.
–Has dicho que eligiese dos, pero no sé a qué te referías.
–Dos centros de producción que te gustaría visitar para ver por ti misma el trabajo de Luigi… Cos’è questo?
Atónita, Faye siguió la dirección de su mirada y se puso colorada al ver lo que había llamado su atención: el sujetador que había descartado una hora antes. Creía haberlo tirado en el bolso, pero había caído al suelo.
Y Maceo estaba mirando la prenda de encaje rojo como si hiriese su sensibilidad.
–¿Sueles desnudarte en la oficina? –le preguntó con voz ronca.
Faye empujó el bolso con el pie, pero lo único que consiguió fue que el sujetador quedase aún más a la vista.
–No, claro que no. Es que es muy tarde y pensé que te habías ido.
Se arriesgó a mirarlo y descubrió que, por alguna razón, su respuesta parecía haberlo afectado.
–¿Y mi presencia es la única razón por la que no te quitas la ropa interior?
A pesar de que le ardía la cara, Faye lo fulminó con la mirada.
–No quería decir eso y tú lo sabes. No retuerzas mis palabras –le espetó, inclinándose para tomar la prenda del suelo.
–¿Has terminado? –le preguntó él.
–Casi –respondió Faye.
–Bene. Entonces, saldremos juntos.
–Por favor, que esto no es un drama de época. No tienes que proteger mi honor.
Especialmente cuando sus orígenes parecían ser tan cuestionables.
–Tal vez no, pero prefiero que ningún otro hombre te vea así.
El fiero tono posesivo los dejó inmóviles, incapaces de hacer nada más que mirarse el uno al otro.
–Un poco machista, ¿no te parece?
Maceo se encogió de hombros.
–Me da igual lo que parezca, cara. Lo que me importa es que volvamos a la villa antes de que te quites otra prenda de ropa.
Consternada, Faye tuvo que reconocer que quería ir con él. Quería estar en su compañía a pesar de las chispas que saltaban entre ellos. A pesar de que su cuerpo seguía atrapado en una tormenta de sensaciones y deseos hasta ahora desconocidos para ella.
Aunque sabía que seguir a su lado un segundo más era peligroso, se puso los zapatos y tomó el bolso del suelo.
–Muy bien, vámonos.
Él tomó su mano para llevarla al ascensor privado y, como si lo hubiera ordenado por telepatía, los pocos empleados que se habían quedado a trabajar hasta tan tarde se apartaron a su paso. Cuando llegaron a la lancha, Maceo se colocó frente a ella, escudándola de la mirada del conductor y bloqueando la brisa con su cuerpo.
–¿Entonces cuáles te interesan más? –le preguntó después de unos minutos.
Maceo deslizó la mirada por sus labios, su cuello, sus pechos…
Un sorprendente fenómeno ocurrió entonces.
En lugar de cruzarse de brazos para ocultar el efecto que ejercía en ella, Faye se quedó inmóvil, cautiva de su mirada mientras intentaba entender la pregunta.
Ah, los centros de producción.
–Pues… Santa Lucía y Ghana.
–Muy bien. Nos iremos este fin de semana, después de la fiesta.
En otras circunstancias, estaría deslumbrada por todo lo que había pasado en las últimas semanas: su herencia, el esplendor de la villa, el trabajo del que disfrutaba más de lo que hubiera pensado. Incluso de su nuevo vestuario. El único problema era él.
–¿Cuánto tiempo estaremos allí? –le preguntó.
–Diez días, tal vez más. ¿Ya echas de menos a tus amigos de la discoteca?
Faye hizo una mueca.
–Lo creas o no, hay gente que está interesada en mis planes de viaje.
–¿Tus padres?
–Mi madre.
Por supuesto, Maceo no sabía su historia.
–¿Y tu padre…?
–Mi padre nunca ha formado parte de la familia –lo interrumpió Faye bruscamente.
No se dio cuenta de que se le había puesto la piel de gallina hasta que él deslizó las manos por sus brazos en una caricia contemplativa.
–Qué reacción tan visceral.
–No es asunto tuyo.
Él levantó una mano para colocar un mechón de pelo detrás de su oreja y tal vez fue alivio o gratitud lo que hizo que Faye inclinase la cabeza hacia su mano. O tal vez se había vuelto completamente loca.
Fuera lo que fuera, dejó escapar un gemido cuando él acarició su mejilla en un gesto carnal y posesivo que aceleró su pulso.
–¿Faye?
–¿Sí?
–Un cuerpo tan sensible como el tuyo no debería ir sin armadura –dijo Maceo, con un tono demasiado íntimo.
–¿Porque la atención que reciba del sexo opuesto será culpa mía? –replico Faye, airada.
Él esbozó una sonrisa.
–Porque el hombre al que pertenezcas se volverá loco al verte en ese estado.
«El hombre al que pertenezcas».
Faye torció el gesto. Aparte de ser un comentario ridículamente machista, ella nunca «pertenecería» a nadie porque nadie vería más allá de la mancha que la había marcado desde su nacimiento.
–No creo que tú debas preocuparte por eso.
Maceo hizo una mueca mientras se llevaba una mano al bolsillo de la chaqueta, un gesto que ya le había visto hacer alguna vez.
La ayudó a bajar de la lancha cuando llegaron a Villa Serenita y la acompañó a la puerta de su dormitorio. Pero después de darle las buenas noches, clavó en ella la mirada durante unos segundos… antes de darse la vuelta abruptamente.
Dejándola con la sensación de haber escapado de un terremoto.
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