Читать книгу «E-Pack Bianca julio 2021» онлайн полностью📖 — Heidi Rice — MyBook.
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Capítulo 8

Maceo miró la fotografía, sorprendido, y luego apartó el brazo del respaldo del sofá.

–¿De dónde la has sacado? –le espetó con voz de trueno.

–¿Eso importa? Quiero saber quién es.

–¿Por qué sientes tanta curiosidad?

–Porque se parece a Luigi. ¿Es un pariente?

–Sí –le confirmó Maceo por fin.

Faye esperó que dijese algo más. Un minuto. Dos.

–¿No vas a contarme nada más?

–En todas las familias hay una oveja negra –dijo él por fin, suspirando–. Pietro era la oveja negra de la familia Caprio, el oscuro secreto del que nadie quería hablar.

Faye tragó saliva. Sabía muy bien lo que eso significaba porque ella era el oscuro secreto en su fracturada familia; seguramente la razón por la que Luigi se marchó y no volvió nunca.

–¿Pero quién era?

Maceo se levantó y metió las manos en los bolsillos del pantalón.

–Era el hermano mellizo de Luigi.

–¿Su hermano mellizo?

–Eran mellizos, pero no tenían buena relación. No se parecían en nada. De hecho, eran como la noche y el día.

–¿En qué sentido?

–En todos los sentidos. El Luigi que yo conocí era un hombre justo, íntegro. Pietro en cambio era irresponsable y cruel. Bebía demasiado, conducía a toda velocidad. Lo hacía todo con exceso.

–Pero no es por eso por lo que no quieres hablar de él. Hay algo más, ¿verdad?

Maceo soltó una palabrota en italiano mientras se pasaba una mano por el pelo.

–Preferiría que lo dejases, Faye.

Ella negó con la cabeza.

–Llevamos demasiado tiempo dando vueltas a este tema. Me cuentas anécdotas sin importancia para mantenerme callada, pero no es suficiente. Quiero saberlo todo, para bien o para mal.

–¿No podríamos dejarlo por esta noche? –insistió él, mientras se llevaba una mano al bolsillo de la chaqueta como hacía tantas veces.

Faye miró alrededor y frunció el ceño. Todo, desde la mesa para dos a la luz tenue o la música suave dejaba claro que su intención era seducirla.

–Maceo…

–Tal vez tengas razón, es absurdo seguir yendo de puntillas –dijo con expresión sombría–. ¿Quieres saberlo todo, cara? Bueno, pues te contaré la sórdida historia y así nos habremos librado de esto de una maldita vez.

Faye se dio cuenta de que algo estaba a punto de cambiar y apretó el bolso mientras él paseaba de un lado a otro. Después, sin decir nada, volvió a sentarse. Parecía a punto de tomar su mano, pero cambió de opinión en el último momento.

A Faye se le encogió el corazón. Iba a protestar, pero sus palabras evitaron que hiciese el ridículo.

–Pietro era la serpiente en lo que podríamos llamar un tranquilo paraíso. Él era la razón por la que estaba enfadado con mis padres.

La tristeza en su tono era palpable.

–¿Qué pasó?

–Pietro siempre dio muchos problemas, pero irracionalmente, ellos pensaban que podrían redimirlo porque era hermano de Luigi. Le dieron muchas oportunidades, incluyendo un puesto en la empresa del que él, desvergonzadamente, abusó. Se apropió de dinero y el consejo de administración decidió echarlo. Cuando yo era un adolescente decidieron que la mejor forma de lidiar con él era darle una asignación mensual y mitigar el daño que pudiese hacer pagando a los paparazis y sobornando a quien hiciera falta para proteger a la familia de un escándalo.

Faye tragó saliva.

–¿Y sirvió de algo?

Maceo hizo un gesto de amargura.

–No, claro que no. Al contrario, le dieron otra herramienta con la que atormentarlos y él la explotó todo lo que pudo. Bebía más que nunca, tomaba drogas, se jugaba el dinero y usaba el apellido Fiorenti en todas partes. Mis padres contrataron abogados para evitar la publicidad negativa, pero no sirvió de nada.

–¿Seguía dando problemas?

Él asintió con la cabeza.

–Borracho como siempre, Pietro se había metido en una pelea y, más tarde, el hombre con el que se peleó fue atropellado por un coche cuyo conductor se dio a la fuga.

Faye abrió los ojos como platos.

–¿Fue Pietro?

–La policía lo interrogó, pero no había pruebas concretas. Casa di Fiorenti estaba a punto de firmar un contrato importantísimo y no podían permitirse ni la menor sombra de escándalo.

Faye podía imaginar cómo iba a terminar la historia.

–Y se encargaron de que Pietro no acabase en la cárcel.

–Así es –respondió él–. Por suerte, el hombre sobrevivió, pero gracias a Luigi y a mis padres, Pietro no tuvo que enfrentarse con lo que había hecho porque era familia –Maceo pronunció esa palabra con cara de asco–. Las personas a las que yo más admiraba decidieron pagar a la víctima de un delito para que mantuviese la boca cerrada.

Faye sentía compasión por él, pero esperaba que revivir esos momentos pudiese ayudarlo a superarlos, tal vez incluso curar la herida.

–Eran tus héroes y te defraudaron, lo entiendo.

–Pasé meses discutiendo con mis padres por ello. La noche que murieron nos habíamos reunido no solo para celebrar la firma de un gran contrato sino para aclarar la situación. Al menos, eso era lo que mi madre esperaba.

–¿Pero no fue así?

–No, porque entonces descubrí que habían «silenciado» otro incidente de Pietro esa misma mañana. Así que los juzgué y los condené. Amenacé con apartarme de la familia. En fin, les dije cosas que ya nunca pude retirar.

Faye puso una mano en su brazo.

–Maceo…

–Lo último que le dije a mi padre fue que me avergonzaba de ser su hijo. Esas fueron las palabras que se llevó a la tumba –siguió él, con una furia apenas contenida.

Faye deslizó la mano por su hombro hasta rozar la fría piel de la nuca.

–Seguro que no fue así.

–¿Ah, sí? ¿Tienes conexión personal con la otra vida?

–Tu padre debía saber que hablabas así por cariño y preocupación. Parece que era una situación imposible.

–No era imposible. Al contrario, para mí todo estaba clarísimo.

–Imagino que Luigi y tu padre habían puesto su corazón y su alma en la empresa y no querían perderla.

Maceo hizo un gesto de sorpresa.

–Vaya, cara, parece que ya no odias a Luigi tanto como antes.

Faye se encogió de hombros.

–Solo intento ayudarte a ver las cosas desde otro ángulo. Además, si lamentas haberlos juzgado tal vez deberías perdonarte a ti mismo.

–Así de fácil, ¿eh?

–¿Cuál es la alternativa? ¿Llevar esa carga durante el resto de tu vida?

Maceo, una vez más, se llevó la mano al bolsillo de la chaqueta.

–Así es –respondió por fin.

Pero en esa respuesta Faye vio una traza de incertidumbre.

–No es algo de lo que quiera hablar.

–¿Puedo preguntare otra cosa?

–Como quieras.

–¿Luigi le dejó dinero a Pietro en su testamento?

Maceo frunció el ceño.

–No.

–¿Y eso no te dice nada? Yo no era nada para Luigi y me dejó una fortuna, pero no le dejó nada a su hermano mellizo.

–Tú eras importante para él. Evidentemente, debía sentir algo.

–¿Entonces por qué no me contó que tenía un hermano mellizo? ¿Por qué no me contó nada de su vida? ¿Y por qué nunca volvió a ponerse en contacto conmigo?

–Por la misma razón por la que intentó esconder las actividades delictivas de Pietro: la obsesiva necesidad de guardar secretos.

Al recordar su propio secreto, Faye intentó apartar la mano de su cuello, pero Maceo se lo impidió. Mirándola a los ojos, depositó un beso en la palma y luego la dejó sobre su muslo.

–Ahora conoces todos los secretos de los Caprio y los Fiorenti y me alegro porque estoy harto del tema.

Faye tuvo que luchar contra el turbador deseo de explorar el duro muslo bajo la palma de su mano.

–Hace años hice una promesa, Faye. La hice sobre la tumba de mis padres –Maceo puso un dedo sobre sus labios cuando Faye abrió la boca–. Es algo privado. ¿Lo entiendes?

Ella asistió con la cabeza. Tristemente, entendía mejor de lo que él podía imaginar.

–Tu llegada ha puesto a prueba esa promesa y he decidido que la única solución es saltármela durante un tiempo para no volverme loco. Y al demonio con las consecuencias.

Esas últimas palabras fueron como un puñal en su corazón.

–No, Maceo, no puedes…

–Sí puedo y lo haré –la interrumpió Maceo con tono firme.

Y ella sabía que no podría convencerlo.

Un gemido escapó de su garganta cuando rozó su clavícula con la punta de los dedos.

–Ayer quería saborear la gota de sudor que rodaba por aquí. No pude pensar en otra cosa durante horas.

Su tono crudo, ardiente, la dejaba sin aliento, provocando un traidor incendio en su interior. Sus pezones se habían convertido en rígidas cumbres y el calor que sentía entre los muslos hizo que cruzase las piernas.

Maceo tiró de ella y mordió el lóbulo de su oreja.

–Desde el momento que entraste en la oficina me moría por saber hasta dónde llegaba ese río de pelo –musitó con voz ronca, electrizante–. Ahora lo sé y pienso enredar los dedos en él mientras me ahogo en tu dulce aroma de cerezas. Y tú me dejarás hacerlo.

–¿Ah, sí? –murmuró Faye.

–Basta, arcobaleno. Basta. No quiero que sigamos discutiendo. Hemos agotado todos los temas.

Pero había un tema del que no habían hablado: de ella.

Ahora que sabía más de su pasado, cualquier conexión entre ellos, física o emocional, sería un error imperdonable.

Y había otro tema con el que estaba segura podría enfriar la situación. Por mucho que le doliese.

–Carlotta.

Como había esperado, Maceo se quedó inmóvil.

–De acuerdo. Vamos a terminar con eso también –dijo luego, apartando la mano–. Quedé en coma cuando era casi un niño, pero cuando salí era un hombre adulto. La empresa estaba atravesando dificultades, los miembros del consejo de administración intentaban hacerse con el poder y los hermanos de Carlotta querían quitarme lo que era mío –empezó a contarle Maceo–. Tuve que soportar varios meses de rehabilitación mientras Carlotta intentaba ganar terreno en el consejo. Con nuestras acciones separadas estábamos en una posición precaria, de modo que lo más lógico era unir fuerzas. Nos casamos para evitar que la empresa cayese en manos de otros accionistas.

–¿Entonces fue un matrimonio de conveniencia? –preguntó Faye.

¿Había esperanza en su tono? ¿Aún no había aceptado que era absurdo sentir nada por Maceo?

Él asintió mientras acariciaba su mejilla.

–Exactamente. Un matrimonio platónico que nos beneficiaba a los dos.

–¿Platónico? Quieres decir que no…

–No compartíamos la cama, no.

–Pero estuvisteis casados durante casi diez años.

–Si quieres saber si he buscado placer en otros sitios, la respuesta es no –dijo Maceo entonces.

Y Faye lo creía. Desde el principio la había visto como una inconveniencia, no como a alguien a quien quisiera impresionar.

–¿Por qué yo? –le preguntó, sin pensar.

Él se echó hacia atrás, dejando escapar una risa burlona.

–¿Crees que no me he hecho esa pregunta? Seguro que hay mujeres más fáciles de conquistar, bellísimo arcobaleno.

–¿Entonces…?

–No dejas de devorarme con los ojos desde que subiste al barco –dijo él entonces, echándose hacia delante–. ¿Quieres que te suplique? ¿Es eso? ¿Me quieres de rodillas, rogándote que seas la primera?

Pareció lamentar haber dicho eso, pero antes de que pudiese preguntar, inclinó la cabeza para devorar sus labios y Faye se preguntó si también aquello sería nuevo para él.

No, besaba demasiado bien. Lo hacía todo demasiado bien.

Maceo se apartó unos segundos después, jadeando. Los dos jadeaban mientras apoyaba su frente en la suya.

–No era así como pensaba decírtelo. Bueno, en realidad no tenía ningún plan.

–¿Pero cómo…? –preguntó Faye.

–El apellido de mi familia atraía a cierto tipo de parásitos disfrazados de amigos, así que me volví cínico muy pronto, pero no era ningún santo, cara. Puede que nunca haya llegado hasta el final, pero no soy novato en todo.

–Y entonces ocurrió el accidente.

–Tenía dieciocho años cuando ocurrió y no salí del coma hasta un año después. Durante todo ese tiempo, Carlotta estuvo a mi lado, luchando contra la presión de los médicos y de sus propios hermanos para que me desconectasen. Y después de eso estuve dieciocho meses en rehabilitación.

–Oh, Maceo… –murmuró Faye, acariciando su cara.

Él besó la palma de su mano.

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