Читать книгу «E-Pack Bianca julio 2021» онлайн полностью📖 — Heidi Rice — MyBook.
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–Recompensar a Carlotta con mi lealtad y mi fidelidad me pareció un precio justo.

Era un gesto honorable, pero Faye intuía que había algo más.

–Pero debió ser un enorme sacrificio. Tal vez demasiado grande, aunque fuese para proteger a Carlotta y el legado de tu familia.

Él se apartó entonces, agitado.

–¿Qué quieres que diga, que no me creía con derecho a ser feliz cuando mis actos habían provocado la muerte de mis padres y mi padrino?

–Pero tú no eres culpable del accidente…

–Sí lo soy –la interrumpió Maceo–. Estaba discutiendo con mi padre cuando perdió el control del coche. Nos despeñamos por un barranco, y por alguna jugarreta del destino, yo sobreviví. Así que dime, Faye, ¿debería haberme levantado de la cama del hospital para buscar alivio en los brazos de una mujer?

–No, claro que no. Pero eso no significa que no puedas perdonarte a ti mismo.

–¡No merezco perdón! Lo único que merezco es esta vida de tristeza y desolación… porque todo es culpa mía.

Faye se quedó helada.

–¿Entonces por qué quieres saltarte tu promesa conmigo?

Él se pasó los dedos por el pelo.

–No puedo explicarlo. Solo sé que te deseo…

–Yo también te deseo, pero no puedo tenerte. Y tú no puedes tenerme a mí.

–¿Por qué me pides que entienda algo que no me has explicado?

–Es mejor que no lo sepas –respondió Faye, apartando la mirada–. En serio, créeme. Lamentarías que tu primera vez fuese con alguien como yo.

–¿Por qué?

–Porque yo… no soy lo que parezco.

–¿Qué quieres decir?

Faye sacudió la cabeza.

–No puedo contarte nada más.

–Tienes que hacerlo, no puedes dejarme así. Los secretos y los subterfugios destrozaron a mi familia. Sé que crees estar protegiéndome, pero necesito que me lo cuentes.

–Por favor, Maceo… no merece la pena.

–Eso lo decidiré yo. Cuéntamelo.

Faye miró hacia la cubierta, preguntándose absurdamente si podría nadar de vuelta a la villa. Porque cualquier cosa sería mejor que contarle la repugnante verdad que había guardado tan celosamente desde la cruel reacción de Matt.

–Mírame, Faye.

Ella lo miró, pensando que le debía la verdad.

–Hace veintiséis años, mi madre vivía en Londres. Estaba estudiando enfermería, pero trabajaba a tiempo parcial como camarera. Solía trabajar en fiestas elegantes porque pagaban más –Faye se pasó las manos por los brazos al sentir un escalofrío–. Una noche, se quedó hasta tarde para limpiar y uno de los invitados la asaltó.

–Mio Dio… –susurró Maceo–. Faye…

–No, deja que termine por favor. El ataque la traumatizó de tal modo que dejó sus estudios. Tres meses después, descubrió que el violador la había dejado con un recordatorio permanente. Estaba embarazada de mí.

Faye hizo un esfuerzo para mirarlo a los ojos. Sabía lo que le esperaba, pero no quería esconderse.

Maceo estaba horrorizado. No sabía qué hacer, si esconder su espanto o revelarlo, pero Faye se levantó del sofá sin darle tiempo a reaccionar.

–Espera…

Pero ella no le hizo caso y salió corriendo del salón, desesperada por buscar un refugio, poner una puerta entre ella y Maceo.

Una vez en el pasillo, empujó la primera puerta que encontró e intentó echar el cerrojo, pero un largo brazo se lo impidió. Faye dio un paso atrás, apartando la mirada para no ver su expresión de espanto.

–Faye, cara…

–No me toques –lo interrumpió ella–. No quiero que estés aquí, no quiero tu compasión ni tu morbosa curiosidad.

Maceo bajó la mano.

–Explícame por qué estás enfadada.

–¡Porque te advertí y no me hiciste caso! Pero he visto el horror en tu cara, no has podido disimular.

–Por supuesto que estoy horrorizado. Ninguna mujer debería tener que pasar por lo que pasó tu madre. Ese tipo es un canalla que no merece vivir. ¿Pero por qué esperabas que te culpase a ti? ¿Cómo va a ser culpa tuya?

–Otros me han culpado por ello.

–¿Quién?

–Alguien con quien tuve una breve relación. Según él, yo era una abominación.

–Pues entonces también es un canalla. Olvídate de él.

Las emociones negativas que habían provocado las circunstancias de su nacimiento intentaban evaporarse. ¿Solo por las palabras de Maceo?

–¿Por qué intentas convencerme de que tú no…?

«¿De que tú no me encuentras repelente?».

Maceo suspiró.

–Me parece que, como yo, tú también vas a tener que reeducarte, cara.

Faye cerró los ojos e intentó calmarse. Pero cuando volvió a abrirlos, Maceo estaba más cerca. Mucho más cerca.

–Ningún niño debería tener que soportar esa carga o permitir que las circunstancias de su nacimiento les impidan ser felices.

Faye se había dicho eso a sí misma muchas veces, pero nunca había servido de nada.

–Maceo, yo… ¿puedes marcharte, por favor? Quiero estar sola.

–Me temo que no puedo hacerlo. Estás en mi dormitorio, dolcezza.

Faye se dio la vuelta, sorprendida. Era un camarote decorado en tonos oscuros, masculinos, pero fue la enorme cama lo que llamó su atención.

No tenía que darse la vuelta para saber que Maceo también estaba mirándola porque un crudo y primitivo latido de deseo se extendió por todo su cuerpo.

Oyó un frufrú de ropa y cuando levantó la mirada vio que él estaba quitándose la chaqueta.

–¿Qué haces?

–Ponerme cómodo. Este es mi camarote.

Maceo se quitó los zapatos y luego pasó a su lado para dejar el reloj sobre la mesilla.

Por alguna razón, esos gestos tan íntimos provocaron un incendio en su interior. Faye se quedó inmóvil, como hipnotizada, mientras él se inclinaba para rozar su oreja con los labios.

–«Te deseo, Maceo». Esas son tus propias palabras –le recordó.

–He dicho otras cosas menos agradables.

–Sí, cuando no me conocías, porque entonces no sabías que yo solo elegiría a una mujer excepcional para mi primera vez.

Faye se convirtió en una masa de arcilla deseando ser moldeada en la forma que él quisiera.

–¿Y crees que yo soy esa mujer? –le preguntó en voz baja.

Tenía que estar segura, absolutamente segura.

Maceo vaciló durante un segundo.

–En este momento solo puedo pensar en ti –respondió después, besando su cuello.

El deseo era tan poderoso que Faye estaba a punto de rendirse.

«En este momento», había dicho. Era algo temporal, una advertencia de que no duraría. Además, él había hecho una promesa cuyos detalles no conocía, pero podía imaginar y eso le recordaba que aquella cosa que había entre ellos tenía una vida limitada.

–Dime que tú también quieres esto, dolcezza.

–Quiero esto –susurró ella sin poder evitarlo.

Sería su primer encuentro sexual sin vergüenza, sin secretos. Maceo no se sentía horrorizado por ella. La había elegido a ella. Aunque fuese de forma temporal, la deseaba con una fiebre que brillaba en sus ojos.

Tiró de ella para apretarla contra su torso hasta que sintió la impronta de su masculinidad e intentó apartarse al notar el impresionante tamaño, pero él la mantuvo prisionera en el círculo de sus brazos.

–Quiero que sientas lo que me haces –musitó, con una voz ronca de deseo.

Casi con abandono, Faye se puso de puntillas y aplastó sus pechos contra el torso masculino.

Cuando la besó, su ardor anuló todas las emociones negativas. Y, sin embargo, ella sabía que habría consecuencias en el futuro, mucho después de que le hubiera dicho adiós.

Pero decidió no pensar más y dejó que enredase su lengua con la suya en un beso que le robó el aliento. Ella era la primera, pero la besaba como si fuese un amante experto.

Maceo la tomó por la cintura para llevarla a la cama y se colocó sobre ella, levantando los brazos sobre su cabeza con una mano mientras seguía besándola. Luego se apartó un poco para tirar de la cremallera del vestido y se libró de él con manos impacientes, dejándola solo con unas bragas de encaje.

–Mio Dio, voy a tomarme mi tiempo contigo –le prometió con voz ronca.

Y ella iba a morirse, estaba segura.

Maceo volvió a besarla con una pasión emotiva, conmovedora, y Faye sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas.

Contuvo el aliento cuando él trazó el contorno de su cuerpo desde las muñecas a las caderas. Después, siguió por su columna vertebral, por sus clavículas…

–Il mio bellissimo arcobaleno –susurró sobre su piel–. Mi precioso arcoíris.

Faye se sentía bella, casi como un tesoro. Sabía que estaba dejándose llevar, pero no podía evitarlo.

Maceo le quitó las bragas con manos firmes y acarició el interior de sus muslos mientras inclinaba la cabeza. Y cuando la abrió con la lengua para saborearla con un beso voraz, Faye pensó que iba a desmayarse.

–Dios mío…

El roce de su lengua provocaba oleadas de gozo y cuando llegó al orgasmo él estaba ahí para sujetarla. Para abrazarla con fuerza y beberse sus gemidos.

Después, se levantó de la cama para desnudarse, absolutamente cómodo en su propia piel, alto y orgulloso, mientras ella tenía que hacer un esfuerzo para no retorcerse de deseo.

Un segundo después volvió la cama y la acorraló con los brazos. La besó despacio, saboreándola, como si tuviese todo el tiempo del mundo.

–Siento la necesidad de hacer que tengas otro orgasmo –dijo con voz ronca.

–¿Porque te gusta ver que pierdo el control?

–Porque es lo más excitante que he visto nunca –respondió él, rozando un pezón con la punta de la lengua.

Faye arqueó la espalda, presentando el otro pecho, y sintió un escalofrío cuando él empezó a atormentarla con la lengua. Cuando estaba a punto de perder la cabeza, Maceo alargó una mano para sacar un preservativo del cajón de la mesilla y, después de enfundarse en él, separó sus rodillas.

–Muéstrame el sitio donde quiero estar –dijo con voz ronca.

Saber que lo tenía bajo su hechizo, aunque solo fuese durante unas horas, la hacía sentir poderosa, fuerte. Y el pudor se evaporó mientras abría las piernas para él.

Maceo respiró profundamente, como si quisiera beberse su aroma. Sus pómulos se cubrieron de un oscuro rubor mientras deslizaba los dedos por los húmedos pliegues.

–Eres tan suave –musitó.

Faye intentó tirar de él.

–Te deseo ahora.

–Entonces, dime que estás lista, tesoro.

–Estoy lista.

Maceo se colocó entre sus muslos y se deslizó en su interior con una suave, pero poderosa embestida.

Sentía como si el corazón fuera a escapar de su pecho. Se había salido del camino que se había marcado por la mujer que estaba debajo de él. Porque era única.

En ese momento, enterrado en ella, estaba seguro de que podría buscar por el mundo entero y nunca encontraría a nadie que se pareciese a Faye Bishop.

Pero no tenía que hacerlo. La mujer que había logrado acallar sus demonios estaba allí, con él. Y lo recibía en su cuerpo como solo había podido soñar hasta ese momento. Ahora entendía por qué el sexo era capaz de provocar guerras.

Maceo contuvo un gemido cuando ella lo apretó con fuerza.

–Por favor… –le rogó.

Él intentaba mantener el control, pero su visión empezaba a nublarse y le temblaban las manos mientras acariciaba la curva de sus labios.

–He esperado mucho tiempo para esto, bellissima. Permíteme que lo saboree un poco más.

Faye lo miraba con los ojos brillantes, con una expresión que recordaría siempre. Mucho después de que se hubieran despedido. Mucho después de aquel momento de locura, cuando hubiese vuelto a su vida normal. A su soledad.

Intentó aguantar todo lo posible, pero pronto las sensaciones se volvieron insoportables y tuvo que moverse adelante y atrás, rugiendo de placer. La pura magia de aquel momento demostraba que no lo merecía.

«Eso no significa que no puedas perdonarte a ti mismo».

Maceo apartó de sí ese pensamiento tan tentador para concentrarse en ella, que se retorcía de gozo.

–Santo cielo, eres exquisita.

Apenas podía pensar con claridad mientras entraba y salía de ella, pero tal vez experimentar aquel momento trascendente era su sentencia. ¿Porque cómo iba a sufrir de verdad si no lo había probado nunca?

Faye dejó escapar entonces un grito de placer que le tocó el alma y lo abrumó al pensar en lo triste que sería su vida después de aquello. Incluso se preguntó cómo demonios iba a sobrevivir.

Pero tal vez no tenía que ser así.