Читать книгу «E-Pack Bianca julio 2021» онлайн полностью📖 — Heidi Rice — MyBook.
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–¿Eso es un sí o un no?

–¿Te importa que sea una cosa u otra?

–Sí, me importa –respondió Faye, sin pensar.

–Per che? ¿Quieres saber si soy capaz de experimentar emociones intensas?

–¿Y si fuera así?

–Entonces te diría que vas a llevarte una desilusión.

–¿Porque eres incapaz de amar? –le preguntó ella, alarmada.

Maceo permaneció en silencio durante unos segundos y luego se encogió de hombros.

–Porque la vida suele darte lo que quieres mientras te priva de lo que necesitas. En cuanto a tu pregunta… Luigi fue el primer y único amor de Carlotta. Me casé con ella con los ojos abiertos y, por lo tanto, no me llevé una desilusión.

–No esperar algo no significa que no te doliese verte privado de ello –murmuró Faye, pensativa.

¿Estaba amargado porque su amor por Carlotta no había sido correspondido?

Cuando iba a levantarse, él la detuvo agarrándola del brazo.

–¿Te vas porque mi respuesta no te ha satisfecho?

–Solo estamos charlando, ¿no?

–Pero tenía la impresión de que intentabas entenderme, cara. La cuestión es por qué. Vamos a despedirnos en poco tiempo, ¿no?

–Sí, es verdad. Y no tendré que volver a pensar en ti.

Tal vez la sombra en sus ojos era un truco de la luz, pero la tensión en sus labios no lo era.

–Yo no estoy tan seguro, arcobaleno.

–¿Qué quieres decir con eso?

–Que te has metido bajo mi piel, igual que yo me he metido bajo la tuya. No hay forma de escapar.

Su voz ronca abría sitios que se habían cerrado después de Matt. Sin embargo, él parecía capaz de abrirlos sin el menor esfuerzo.

–Estas son circunstancias únicas. Cuando dejemos de vernos, todo esto habrá terminado.

Maceo deslizó una mano por su muslo y ella tuvo que morderse los labios para disimular un gemido.

–Si te sirve de consuelo, a mí me gusta tan poco como a ti ¿pero de verdad crees que me olvidarás tan fácilmente?

–Yo cuidaré de mí misma y te aconsejo que hagas lo propio.

En lugar de responder, Maceo la miró de arriba abajo con ojos ardientes. Faye sabía que sus pezones debían marcarse bajo el pareo y tuvo que apretar el respaldo de la tumbona para no tocarlo.

Lamentablemente, él se dio cuenta y atizó sus dudas.

–Hazlo –dijo con voz ronca–. Tócame.

–No –respondió Faye.

–Tú no eres cobarde. Haz lo que deseas, Faye. Libéranos a los dos.

¿Cómo habían llegado ahí?

La respuesta era aterradoramente sencilla.

Habían estado ahí desde el principio, como si una fuerza invisible los controlase.

«Vamos a separarnos en poco tiempo».

Le pesaban los pechos y sentía un extraño vacío en el vientre…

Tal vez fue la necesidad de desterrar esas sensaciones lo que hizo que reaccionase. Tal vez no tenía fuerza de voluntad. Daba igual.

Dejando escapar un gemido, Faye le echó los brazos al cuello y Maceo la sentó sobre sus rodillas para besarla con una ferocidad que la dejaba sin aliento.

Sabía que aquello tenía que terminar, que en algún momento tendría que volver a Devon con su madre y los recuerdos de Santa Lucía y Capri no serían más que un sueño lejano, pero cuando Maceo empezó a acariciar sus pezones se sintió húmeda y desesperada.

–Te deseo y voy a tenerte –dijo con voz ronca, como si estuviera haciéndose una promesa a sí mismo.

El siguiente escalofrío, aunque placentero, llegó con una advertencia. Porque durante un segundo quería decir que sí.

Sí a abrirse a otro devastador rechazo. Sí a arriesgarse a ser humillada y a humillar a Maceo.

Porque el suyo era un estigma que nunca podría lavarse.

Había sido egoísta una vez. Había buscado solaz cuando debería haber escondido su secreto y aún tenía cicatrices emocionales por lo que pasó.

Matt solo era un compañero de universidad, pero Maceo era el ahijado de Luigi, parte de la familia por la que su padrastro las había abandonado.

Maceo tenía un pedigrí impecable y, a pesar de sus trágicas circunstancias, había convertido la empresa familiar en una multinacional.

¿Cómo podía ella, una abominación, compararse con eso?

Si se rendía, lo mancharía para siempre.

Faye intentó apartarse, pero él levantó su barbilla con un dedo para mirarla a los ojos.

–Vas a negártelo a ti misma. Vas a negárnoslo a los dos otra vez.

–Tengo que hacerlo –dijo ella.

–¿Por qué tienes que hacerlo? Según el formulario de Recursos Humanos no mantienes ninguna relación. ¿Era mentira? ¿Tienes un amante, Faye?

–¿Qué? No, claro que no. Si tuviese un amante esto no habría pasado.

El brillo de sus ojos se volvió posesivo, un fuego que amenazaba con convertir sus objeciones en cenizas.

Faye sabía que era un error seguir allí, intentando convencerse a sí misma de que debía apartarse cuando su cuerpo estaba pegado al de Maceo.

–Allora per che? –le preguntó él, mirándola a los ojos como si allí pudiese encontrar la respuesta.

Temiendo que consiguiera su objetivo, Faye se levantó de la tumbona.

–¿Por qué actúas como si esto estuviera escrito en las estrellas? Esto no es inevitable, todo lo contrario. Yo no te deseo, no deseo esto.

–No te creo.

–Me da igual.

–¿No has pensado que la única forma de librarnos de… de esta locura es quitárnoslo de encima de una vez?

Faye quería decir que sí, ¿pero cómo iba a hacerlo sin contarle su secreto?

–Voy a nadar un rato –dijo por fin–. Así tendrás tiempo para calmarte.

Después de tomar el bolso se alejó a toda prisa, sintiendo los ojos de Maceo clavados en su espalda.

–¡Espera un momento!

–¿Qué?

–Esta noche hablaremos de esto. Y, por mi propia cordura, quiero una respuesta mejor que las que me has dado hasta ahora –le advirtió él.

Debería haberse negado, pensó Faye. Debería haber inventado alguna excusa para cenar sola, pero cuando volvió a su habitación media hora después descubrió que los empleados estaban haciendo sus maletas.

Al parecer, eran órdenes de Maceo, que le había dejado una nota.

Cambio de planes. Cenaremos en el yate y nos iremos antes del amanecer. No volveremos a la villa en unos días.

Maceo.

¿Había cambiado de planes porque quería que aquel viaje terminase lo antes posible o se trataba de alguna otra estrategia?

En fin, daba igual, había ido allí por voluntad propia. Además, había una pregunta para la que necesitaba respuesta urgente y tal vez esa noche sería la oportunidad perfecta para exigirla.

Y el tema sería la herramienta adecuada para no entrar en terreno peligroso porque cuando hablaban de Luigi no se tocaban. Claro que la imposible atracción que había entre ellos hacía que cambiasen de tema en una fracción de segundo.

Pero esa noche no sería así, se prometió a sí misma mientras elegía un vestido para la cena. Luego, sin nada mejor que hacer, decidió darse un baño de espuma.

Pero, inevitablemente, llegó la noche. Mientras la lancha la llevaba al yate, Faye pasó los dedos por el vestido, preguntándose si tal vez iba demasiado arreglada. El vestido de seda en tonos morados, largo hasta los pies, dejaba un hombro al descubierto como una especie de túnica griega.

No llevaba más joyas que unos sencillos pendientes de aro y se había dejado el pelo suelto como una especie de capa protectora. Aunque estaba segura de que no serviría de nada.

El fabuloso yate, de setenta metros, se reflejaba en el agua como si fuera un espejo. Y, a medida que se acercaba a Maceo, el corazón de Faye se volvía loco.

«Nada ha cambiado».

«Por mi propia cordura».

Las palabras de Maceo se repetían en su cabeza mientras un auxiliar la ayudaba a subir a bordo del yate y la llevaba por unos pasillos decorados en tonos champán, oro y bronce. Unos minutos después llegaron a la cubierta principal, donde esperaba Maceo con un traje de chaqueta de color arena y una camisa blanca que destacaba su piel morena.

El auxiliar desapareció discretamente y Faye tuvo que armarse contra el asalto a sus sentidos que provocaba el brillo ardiente de sus ojos.

–Buona sera, Faye –dijo por fin, dando un paso hacia ella–. Tienes un aspecto sublime.

–Gracias, pero leí en algún sitio que no es buena idea llevar zapatos de tacón en un yate. ¿Debo quitármelos?

–Puedes hacer lo que quieras –respondió él, ofreciéndole un cóctel.

Faye lo probó y dejó escapar un suspiro de gozo.

–¿Te gusta?

–Mucho, gracias.

Maceo señalo la barandilla.

–Ven, vamos a ver la puesta de sol.

Faye se preguntó si sería otra treta, pero su expresión era impenetrable, de modo que se colocó a su lado y se quitó los zapatos de tacón. En cualquier caso acabarían discutiendo por la fotografía que llevaba en el bolso.

El recordatorio hizo que sintiera un escalofrío.

–¿Tienes frío?

–No, estoy bien.

El yate empezó a moverse y Faye miró la villa a lo lejos con cierta aprensión.

–No te alarmes, cara. Volverás a tierra sana y salva.

–¿Lo confesarías si tuvieras otras intenciones? –bromeó ella.

–Te prometo que siempre seré sincero contigo –respondió Maceo con gesto serio.

–Gracias –murmuró Faye, rezando para que cumpliese su palabra.

Después de admirar la puesta de sol, Maceo la llevó a una cubierta inferior, más pequeña, con una mesa preparada para dos.

La vichyssoise era perfecta, el salmón escalfado delicioso, pero lo que más le sorprendió fue que él parecía relajado… y que su sonrisa calentaba ese sitio helado y oscuro dentro de ella donde vivían el miedo y la soledad.

Sabía que era algo temporal, que la angustia volvería en unas horas, pero no quería desperdiciar ese momento.

Después de cenar, Maceo la llevó a un precioso salón que los protegía de la brisa nocturna.

–Intuyo que tienes algo en mente –comentó, sentándose a su lado y pasando un brazo por el respaldo del sofá.

–Dijiste que serías sincero conmigo.

–Así es –asintió él.

–Muy bien, pues ahora tienes ocasión de demostrarlo –dijo Faye, sacando la fotografía del bolso. Le temblaba la mano, pero aquello era demasiado importante para ella–. ¿Quién es este hombre?

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