–Me voy a casa, príncipe. Si no ha cambiado usted de intenciones y se propone instalarse con nosotros, yo le llevaré, puesto que no conoce usted nuestra dirección.
–Espere, príncipe —dijo Aglaya, levantándose de pronto—. Quiero que escriba alguna cosa en mi álbum. Papá dice que es usted un gran calígrafo… Voy a buscarlo…
Y desapareció.
–Hasta la vista, príncipe; yo me voy también —se despidió Adelaida.
Estrechó cordialmente la mano de Michkin, le sonrió con afabilidad y se fue sin mirar siquiera a Gania. Éste, que no esperaba más que la salida de las mujeres para dar libre curso a su irritación, se lanzó hacia el príncipe y, con los ojos centelleantes y el rostro inflamado por la ira, le interpeló con violencia, si bien en voz baja:
–¡Ha sido usted, usted quien les ha hablado de mi matrimonio! —profirió, rechinando los dientes—. ¡Es usted un descarado charlatán!
–Le aseguro que se engaña —repuso Michkin con tranquila cortesía—. Ni siquiera sabía que iba usted a casarse.
–¡Ha oído usted antes decir a Ivan Fedorovich que todo se resolvería esta noche y lo ha repetido aquí! ¡Así que miente usted! ¿Cómo iban a saberlo ellas si no? ¡El diablo me lleve si hay otro que pudiera habérselo contado! ¿Acaso no me ha dirigido la vieja alusiones suficientemente claras?
–Si cree usted hallar alusiones en las palabras de la generala, mejor podrá saber a través de quién tiene informes. Yo no le he dicho una sola palabra.
–¿Ha entregado usted mi nota? ¿Y la contestación? —preguntó Gania, ardiendo de impaciencia.
En aquel momento entró Aglaya y Michkin no tuvo tiempo de responder.
–Tenga, príncipe —dijo la joven, poniendo el álbum sobre una mesita—; escoja la página que desee y escriba algo en ella. Tome una pluma. ¡Y nueva además! ¿No le importa que sea de acero? He oído decir que a los calígrafos no les gusta usarlas…
Aglaya hablaba con el príncipe sin parecer notar la presencia de Gania. Mientras Michkin se preparaba a escribir, el secretario se acercó a la joven, que permanecía en pie junto a la chimenea, a la izquierda del príncipe, y con temblorosa y entrecortada voz la dijo casi al oído:
–Una palabra, una sola palabra, y me salvo…
Michkin se volvió rápidamente y miró a los dos. En el rostro de Gania se pintó una verdadera desesperación. Era notorio que había hablado de aquel modo sin reflexionar, casi sin saber lo que decía. Aglaya le miró durante unos segundos con el secreto asombro que el príncipe notara poco antes en ella cuando la había encontrado en el comedor. Era indudable que en aquel momento el más violento desprecio hubiese herido menos a Gania que el aire fríamente sorprendido de aquella mujer que parecía no comprender su ruego.
–¿Qué quiere que escriba? —preguntó Michkin a Aglaya.
–Voy a dictarle —repuso la joven, volviéndose a él—. Ponga esto: «No acepto esa clase de tratos». Y debajo la fecha. ¿A ver?
El príncipe le ofreció el álbum.
–¡Perfecto! ¡Admirablemente escrito! ¡Tiene usted una letra soberbia! Muchas gracias, príncipe, y hasta la vista… Espere —añadió, como recordando algo—. Venga: quiero darle un recuerdo.
Michkin la siguió. Aglaya se detuvo en el comedor.
–Lea esto —dijo, tendiéndole la nota de Gania. El príncipe, cogiendo el papel, miró a la joven con indecisión.
–Estoy segura de que no lo ha leído y que usted no puede ser el confidente de ese hombre. Léalo, quiero que lo lea…
La nota, apresuradamente escrita, rezaba así:
Hoy se decide mi suerte, usted sabe cómo. Hoy tengo que dar una palabra irrevocable. No poseo derecho alguno a su interés, no me atrevo a albergar esperanza alguna; pero en cierta ocasión usted pronunció una palabra, una sola palabra, que desde entonces ha iluminado la noche de mi existencia, y ha sido un faro para mí. Dígame ahora una palabra semejante y me salvará usted de la ruina. Diga sólo: «Rómpalo todo» y lo romperé todo hoy mismo. ¿Qué trabajo le cuesta decirlo? Al solicitar esas palabras sólo imploro de usted una muestra de interés y compasión y nada más, nada… No oso concebir esperanza alguna, porque reconozco que soy indigno de ello. Pero si usted pronuncia esa frase yo aceptaré la pobreza de nuevo y soportaré con alegría mi situación —¡tan sin esperanza!– en el mundo, afrontando la lucha que me aguarda con satisfacción y renovado esfuerzo.
Envíeme esa frase de piedad (sólo de piedad; se lo juro). No se enoje contra un desesperado, contra un hombre que se ahoga y hace el postrer intento para salvarse de la perdición.
G. A. I.
Cuando el príncipe concluyó la lectura, Aglaya dijo secamente:
–Ese hombre me asegura que la expresión «rómpalo todo» no me comprometería, no me obligaría a nada, y él mismo da con esa nota la garantía escrita de lo que ofrece. Repare en su cándido e intenso deseo de subrayar ciertas palabras y con qué brutal claridad evidencia sus pensamientos ocultos. Él sabe, aparte esto, que si lo rompiese en efecto todo, pero por sí mismo, sin esperar una palabra mía, sin incluso hablarme de ello, en fin, sin fundar en mí ninguna esperanza; él sabe, repito, que en ese caso mis sentimientos respecto a él cambiarían y hasta tal vez consintiese en ser amiga suya. Él lo sabe positivamente. Pero su alma es vil. Y por eso, aun no ignorando lo que digo, no se decide a obrar, exige garantías previas, no se resuelve a actuar con fe. A cambio de renunciar a cien mil rublos, quiere que yo le autorice a esperar mi mano. En cuanto a la palabra de antaño a que se refiere, y que según dice ha iluminado su vida, al mencionarla comete una desvergonzada mentira. En cierta ocasión me limité a testimoniarle piedad. Pero como es un insolente desvergonzado ha fundado sobre mi piedad sus esperanzas. Lo comprendí en seguida. Desde entonces no ha cesado de tenderme lazos, como ahora. Tome su nota y devuélvasela cuando salga con él. No aquí, por supuesto.
–¿Y qué le contesto de parte suya?
–Nada. Es la mejor contestación. ¿Va usted a vivir en su casa?
–Ivan Fedorovich me ha comprometido a hacerlo —dijo el príncipe.
–Pues guárdese de ese hombre. No le perdonará el devolverle su nota.
Aglaya estrechó ligeramente la mano del príncipe y se fue. Su rostro aparecía grave y ceñudo. Ni siquiera sonrió al inclinarse ante Michkin.
–Soy como usted. Permítame antes recoger mi paquete —dijo el príncipe a Gania.
Éste golpeó el suelo con el pie. Estaba impaciente, congestionado de ira.
Al fin los dos jóvenes salieron de la casa. Michkin llevaba en la mano su modesto equipaje.
–¡La respuesta, la respuesta! —exclamó violentamente Gania—. ¿Qué le ha dicho Aglaya? ¿Le entregó usted mi nota?
El príncipe, en silencio, le devolvió el papel. Gania quedó estupefacto.
–¡Cómo! ¡Si es mi nota! —exclamó—. ¡No la ha entregado! ¡Ya debí yo haberlo supuesto! ¡Oooh, maldición! ¡Claro: no es extraño que ella no me comprendiera hace un momento! Pero ¿cómo ha podido usted, cómo ha podido usted no entregarla? ¡Oooh, maldi…!
–Perdóneme. No es lo que usted piensa. Tuve ocasión de entregar la nota un momento después de dármela usted y la di tal como me lo había rogado. Si ahora se encontraba en mis manos se debía a que Aglaya Ivanovna acababa de dármela para que se la devolviera.
–¿Cuándo se la dio? ¿Cuándo?
–Al terminar de escribir en su álbum me pidió que la acompañase. ¿No lo oyó usted? Pasamos al comedor, me ofreció el escrito, me lo hizo leer y me ordenó devolvérselo a usted.
–¿Qué se lo ha hecho leer? —gritó Gania—. ¡Qué se lo ha hecho leer! ¿Y lo ha leído?
En su estupefacción permanecía como clavado en el suelo, abierta la boca en medio de la acera.
–Sí, lo he leído hace un momento.
–¿Y ella misma se lo ha dado a leer? ¿Ella misma? —Ella misma. Tenga la seguridad de que no siendo así no me habría permitido semejante cosa.
Gania calló por un minuto, haciendo penosos esfuerzos para ordenar sus ideas; pero al fin exclamó de pronto:
–¡Es imposible! ¡Ella no puede habérselo hecho leer! ¡Miente usted! ¡Lo ha leído por propia iniciativa!
–Digo la verdad —repuso el príncipe, sin perder la calma—. Y crea que lamento el disgusto que esto le produce.
–Pero, desgraciado, ¡al menos le habrá dicho alguna cosa más! ¿No le ha dado otra contestación?
–Sí.
–¡Pues dígala, demonio! ¡Hable!
Y Gania golpeó el suelo con el pie dos veces seguidas.
–Cuando hube leído su nota, Aglaya Ivanovna me dijo que usted le tendía un lazo, que su intención era comprometerla, y que antes de renunciar a cien mil rublos usted quería que ella le compensase de ese sacrificio permitiéndole esperar su mano. Añadió que si usted lo hubiera hecho sin querer entrar en tratos sobre su sacrificio, si lo hubiese roto todo sin pedir garantías previas, ella quizá habría accedido a ser amiga suya. Creo que esto es todo. ¡Ah, no: una cosa más! Cuando le pregunté, después de coger la nota, si debía dar a usted alguna respuesta, me dijo que el silencio sería la mejor contestación. Creo que se ha expresado así. Dispense si no recuerdo las palabras con exactitud; pero desde luego le reproduzco el sentido, tal como he creído entenderlo.
Una cólera infinita se adueñó de Gania haciéndole perder todo dominio de sí mismo.
–¡Con que eso es! —vociferó, rechinando los dientes—. ¡Conque así se tiran mis cartas por la ventana! ¡Conque se niega a esos tratos! ¡Conque le proponía cotizar mi sacrificio! ¡Pero ya lo veremos! Todavía quedan teclas que tocar. ¡Ya veremos! ¡Yo seré quien diga al fin la última palabra!
Su rostro estaba pálido y convulso, sus labios blanqueaban de espuma, su puño se agitaba, amenazador en el aire. Los dos jóvenes caminaron así, uno al lado del otro, durante varios minutos. Sin inquietarse ni un ápice por la presencia del príncipe, con el que no contaba para nada, Gania daba curso a su exasperación tan libremente como si hubiese estado a solas en su habitación. Pero de improviso una idea acudió a su mente.
–¿Cómo puede ser —preguntó a Michkin con brusquedad— que Aglaya le testimoniara de pronto semejante confianza…? ¡A usted, a quien sólo conoce hace dos horas! —Y añadió aparte—: Y que es un idiota, además… —Luego insistió—: ¿Cómo es posible?
Para que su desgracia fuese completa, sólo le faltaba a Gania estar celoso, y he aquí que ahora los celos le punzaban el corazón.
–No puedo decírselo —respondió el príncipe—. No lo sé.
Gania le miró con rencor.
–¿Así que le ha conducido al comedor para otorgarle su confianza? Al rogarle que la siguiera, ¿no le dijo que quería darle algo?
–Eso fue lo que me pareció entender.
–Pero ¡el diablo me lleve!, ¿por qué? ¿Qué hizo usted allí? ¿Cómo puede haberle agradado y tan pronto? Escuche —prosiguió Gania, que no lograba coordinar sus pensamientos a causa de la terrible confusión de su mente—: ¿No puede usted recordar de lo que han hablado durante su visita? ¿Ha notado algo de particular? ¿No recuerda nada?
–Me acuerdo muy bien de todo —dijo Michkin—. Al principio de entrar y de ser presentado a las señoras empezamos a hablar de Suiza.
–Siga… ¡Al diablo con Suiza!
–Después, de la pena de muerte…
–¿De la pena de muerte?
–Sí: de una cosa a otra la conversación recayó sobre ese tema. Luego les hablé de mi vida en Suiza durante tres años y les relaté la historia de una pobre aldeana…
–Siga, siga. ¡Al diablo con la pobre aldeana! ¿Qué más? —exclamó Gania, impaciente.
–A continuación les expliqué la opinión del doctor Schneider sobre mi carácter y cómo me instó vivamente a…
–¡Qué ahorquen a Schneider y sus opiniones sobre usted! ¿Qué más?
–Más tarde el curso de la conversación nos llevó a hablar de la expresión de los semblantes, e hice observar que Aglaya Ivanovna era casi tan bella como Nastasia Filipovna… Entonces fue cuando tuve esa malhadada ocurrencia sobre el retrato…
–Pero ¿no contaría usted lo que nos oyó hablar antes en el despacho? ¿No, no?
–Le repito que no.
–Pero, entonces, ¿cómo demonio…? ¿Enseñó Aglaya la nota a la vieja?
–Puedo asegurarle formalmente que no. He estado allí todo el tiempo, y si ella hubiera mostrado la carta a su madre, yo habría reparado en ello.
–Quizá no… ¡Oh, maldito idiota! —exclamó Gania, fuera de sí—. ¡Ni siquiera sabe contar las cosas bien!
Envalentonado por la paciencia de su interlocutor, como les suele suceder a ciertas personas, Gania se entregaba cada vez más a la violencia de su carácter. Tan furioso estaba que, de soportar Michkin nuevas ofensas, quizá su compañero hubiese concluido golpeándole. El furor le cegaba. De no ser así habría notado ya hacía tiempo que aquel a quien llamaba «un idiota» sabía a veces comprender las cosas con tanta prontitud como sagacidad y relacionarlas entre sí de modo satisfactorio. Por eso lo que sucedió entonces fue inesperado para Gania.
–Debo hacerle observar, Gabriel Ardalionovich —dijo de pronto el príncipe—, que si antaño, en efecto, mi enfermedad me condujo a una especie de idiotismo, hace tiempo que estoy curado y en consecuencia hoy me es algo desagradable oírme tratar abiertamente de idiota. Sin duda eso es perdonable en consideración al disgusto que en este momento padece usted; pero el caso es que, en su exaltación, me ha injuriado usted dos veces. Ello me molesta, especialmente cuando apenas nos conocemos, como es nuestro caso. De manera que, como ahora llegamos a una bocacalle, lo mejor es que nos separemos. Usted puede torcer a la derecha para seguir su camino y yo tomaré por la izquierda. Tengo veinticinco rublos y no me será difícil encontrar habitación en una casa de huéspedes.
Gania había creído hasta entonces entendérselas con un imbécil. Por ello su confusión fue mucho mayor. Reconociendo su error se ruborizó de vergüenza y su tono insolente dejó el puesto a una excesiva amabilidad.
–Perdóneme, príncipe —dijo con voz suplicante—. ¡Perdóneme, por amor de Dios! ¡Ya ve usted lo desgraciado que soy! Usted no sabe apenas nada, pero de estar informado de todo comprendería mi situación y tendría, sin duda, alguna indulgencia para conmigo, aunque no la merezca…
–No son necesarias tantas excusas —se apresuró a interrumpir Michkin—. Comprendo que está usted muy contrariado y me explico por ello sus palabras hirientes. Ea, vamos a su casa. Le acompañaré con mucho gusto.
«Era imposible dejarle marcharse así —pensaba Gania mientras caminando, contemplaba a Michkin con enojados ojos—. ¡El muy socarrón me ha hecho soltarlo todo y luego se ha quitado la careta! Es una circunstancia que no debo olvidar. Ya veremos… Todo va a decidirse, todo… ¡Y hoy mismo!».
En aquel momento llegaban a su casa.
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