–Pues a pesar de su sagacidad, se equivoca usted. Hoy mismo lo verá.
Y presentó el príncipe a sus invitados, la mitad de los cuales ya le conocían. Totsky articuló algunas palabras corteses en honor del recién llegado. La conversación, que empezaba a languidecer, tendió a animarse mucho. Todas las lenguas se soltaron, todos empezaron a reír. Nastasia Filipovna hizo que Michkin se sentase a su lado.
Ferdychenko, con voz que dominó las de los demás, exclamó:
–Al fin y al cabo, ¿qué hay de extraño en la visita del príncipe? ¡Si se explica por sí sola!
–En efecto, la visita es muy comprensible y se explica por sí sola —intervino repentinamente Gania, hasta entonces silencioso—. Casi todo el día he tenido la constante oportunidad de observar al príncipe desde que el retrato de Nastasia Filipovna atrajo su atención por primera vez en el despacho de Ivan Fedorovich. Recuerdo bien que ya entonces se me ocurrió una idea, que ahora es firme convicción, confirmada por las declaraciones que el príncipe tuvo a bien hacerme.
Gania no parecía bromear. Muy al contrario, se mostraba tan sombrío, que todos quedaron extrañados.
–No le he declarado nada —rectificó el príncipe, ruborizándose—. Me limité a contestar a sus preguntas.
–¡Bravo, bravo! —gritó Ferdychenko—. ¡Esa sí que es sinceridad! El príncipe es a la vez tímido y sincero.
Una explosión de risa coreó aquellas palabras.
–No chille tanto, Ferdychenko —dijo Ptitzin, con disgusto.
–No esperaba tales hazañas en usted, príncipe —manifestó Ivan Fedorovich—. Le había tomado por un hombre muy diferente, casi por un filósofo. Pero ya veo que es usted muy despejado.
–Viendo enrojecer al príncipe ante esa broma inofensiva, como pudiera hacerlo una jovencita inocente, concluyo que es un joven muy noble, cuyo corazón alberga las intenciones más loables —observó inesperadamente el anciano profesor.
Tratábase de un septuagenario que, por falta de dientes, padecía de un acusado defecto de pronunciación. No había dicho palabra en toda la noche, ni nadie esperaba que la dijese. Todos, pues, estallaron en risas, y el profesor, considerando tales carcajadas como un homenaje rendido a su ingenio, se asoció a ellas animadamente, lo que le produjo un fuerte acceso de tos.
Nastasia Filipovna, que gustaba de aquellos viejos y viejas excéntricos, sin exceptuar siquiera a los fanáticos incultos, dedicó sus cuidados al buen hombre, besóle y pidió otra taza de té para él. Encargó a la doncella que se la trajo que le llevase un chal, se envolvió en él y mandó poner más leña en la chimenea. Luego preguntó qué hora era y alguien le dijo que las diez y media.
–¿Quieren champaña, señores? —preguntó Nastasia Filipovna—. Lo hay en casa. Tal vez eso les ponga de buen humor y les alegre un poco. No gasten cumplidos, se lo ruego.
La invitación, hecha con naturalidad, pareció bastante extraña en una mujer que siempre que recibía se mostraba rígida observadora de ciertas conveniencias. La reunión comenzaba a animarse, pero no se asemejaba a las de costumbre. Mas la oferta de vino no fue rechazada. El primero en aceptarla fue el general, seguido inmediatamente por la dama desenvuelta, luego por el anciano, a continuación por Ferdychenko y finalmente por todos los demás. Totsky siguió el ejemplo común, si bien para disimular lo atrevido de tal proposición trató de darle aspecto de una broma amistosa. Únicamente Gania no quiso beber. Nastasia Filipovna declaró que acompañaría a sus invitados, y que pensaba beber hasta tres copas de champaña. Aquellas súbitas y extrañas ocurrencias desorientaban a todos. En ocasiones la veían pensativa, taciturna, incluso hosca, y momentos más tarde les maravillaba entregándose a accesos de risa histérica sin causa justificada. Algunos sospechaban que tenía fiebre. Y al cabo repararon en que la joven miraba el reloj con frecuencia, y parecía nerviosa y preocupada.
–Creo —dijo la señora desenvuelta— que tienes algo de calentura.
–Algo no: mejor dirías mucho —repuso Nastasia Filipovna, más pálida cada vez y temblando de pies a cabeza—. Por eso he pedido este chal.
Entre los visitantes surgió un movimiento de inquietud.
–Quizá conviniera que la dejásemos descansar —dijo Totsky mirando a Epanchin.
–Nada de eso, señores. Les ruego que se sienten. Hoy necesito muy particularmente su presencia —rebatió Nastasia Filipovna, con acento apremiante y significativo.
Como casi todos los presentes sabían que aquella noche la joven debía adoptar una resolución muy importante, sus palabras causaron honda sensación. El general y Totsky volvieron a cambiar una mirada. Gania se agitaba convulsivamente.
–No estaría mal que organizásemos un petit-jeu —sugirió la señora desenvuelta.
–Yo conozco un petit-jeu nuevo y magnífico —declaró Ferdychenko—. Sólo se ha ensayado una vez, y además fracasó.
–¿En qué consiste? —preguntó la señora desenvuelta.
–Un día yo estaba en una reunión donde todo el mundo se sentía aburrido. De pronto no sé quién formuló la siguiente propuesta: que los presentes relatasen la acción que su alma y su conciencia juzgaran más malvada de toda su vida. Pero había que ser sinceros: la primera condición era la veracidad. No valía mentir.
–¡Extravagante idea! —dijo el general.
–Precisamente, Excelencia. En esa extravagancia radica su encanto.
–La idea es grotesca —dijo Totsky— y, como bien se comprende, puede constituir un pretexto para que cada uno se jacte de lo que quiera.
–Lo cual acaso sea lo que nos propongamos, Atanasio Ivanovich.
–Pero con un petit-jeu de ese estilo vamos a acabar llorando en vez de riendo —observó la señora desenvuelta.
–Es una cosa imposible y absurda —opinó Ptitzin.
–¿Y tuvo éxito la idea? —preguntó Nastasia Filipovna.
–No. Fue un fracaso completo. Cada uno refirió una anécdota, y todos dijeron la verdad, algunos incluso con placer; pero a continuación todos se sintieron avergonzados y no pudieron disimularlo. En cualquier caso, resultó muy divertido… en cierto modo.
–¡Sería agradable! —exclamó, con súbita animación, Nastasia Filipovna—. Ensayemos, señores. La verdad es que no parecemos divertirnos mucho esta noche. Si cada uno de nosotros consintiera en contar algo… de esa clase. Entendido que sólo si quiere. Con plena libertad, ¿eh? Acaso resultase bien. Originalidad, por lo menos, no le falta a la idea.
–¡Cómo que es genial! —proclamó Ferdychenko—. Además, las señoras quedan excluidas. Sólo hablarán los hombres, echando a suertes, como la otra vez. Por supuesto, no se obliga a nadie. ¡Naturalmente! Quien quiera abstenerse, que lo haga, aunque no mostrará así gran amabilidad. Escriba cada uno de ustedes su nombre en un trozo de papel, échenlos en mi sombrero y el príncipe los sacará. El juego no ofrece complicaciones. Relatar la peor acción de uno es cosa muy fácil. ¡Ya lo verán! Si a alguien le falla la memoria, yo me encargo de refrescar sus recuerdos.
La extravagante proposición no satisfizo a casi nadie. Unos arrugaban el entrecejo, otros sonreían vagamente. No faltó quien protestara, pero sin energía. Entre éstos se distinguió Ivan Fedorovich, que, si bien enemigo de la idea, no osaba oponerse abiertamente a un deseo de la dueña de la casa. Cuando Nastasia Filipovna expresaba su voluntad era imposible contrariarla, por insensata y perjudicial para ella misma que pudiera ser. A la sazón la joven reía de modo nervioso y convulsivo, estremeciéndose como en un acceso de histeria, en especial cuando Totsky, inquieto, le hacía alguna observación. Los ojos sombríos de Nastasia Filipovna lucían como brasas y en sus mejillas pálidas brillaban dos manchas rojas. Acaso su capricho se exasperase ante las fisonomías contrariadas de los invitados; acaso aquella idea la sedujese por su brutal cinismo. No faltaba quien supusiera que, al aceptarla, la dueña de la casa lo hacía con alguna intención precisa. Todos, en fin, dieron su asentimiento. La verdad era que lo sugerido era curioso y para algunos incluso atractivo. Ferdychenko se distinguía por su entusiasmo.
–Pero si se trata de algo imposible de referir ante señoras… —indicó con timidez el joven silencioso.
–Entonces se cuenta otra cosa —atajó Ferdychenko—. ¿Acaso son maldades las que nos faltan? ¡Bien se ve que tiene usted pocos años!
–Realmente, yo no sé cuál de mis acciones debo considerar como más mala —dijo a su vez la dama desenvuelta.
–Las señoras no están obligadas a confesar nada, aunque tampoco se les prohíbe. Si alguna quiere contar sus malas acciones, se lo agradeceremos. También los hombres quedan en libertad de no hablar, si ello les resulta desagradable.
–Pero ¿cómo probar que no se miente? —sugirió Gania—. Porque, de mentir, el juego pierde toda la gracia que pueda tener. Es bien seguro que nadie va a decir la verdad.
–También es divertido ver mentir a la gente. Y en lo que te afecta, puedes estar tranquilo, Gania, porque todos conocemos cuál es la peor de tus acciones sin que nos la digas. ¡Piensen, señores —exclamó Ferdychenko en un arranque de entusiasmo—, cómo nos miraremos los unos a los otros después de contar estas anécdotas!
–¿Es posible que esto vaya en serio, Nastasia Filipovna? —dijo Totsky, con dignidad.
–El que tema al lobo, que no vaya al bosque —repuso ella, sonriendo.
–Permítame preguntarle, señor Ferdychenko —insistió Atanasio Ivanovich, aún más alarmado— si tal ocurrencia puede ser considerada como un petit-jeu. Le aseguro que cosa así nunca resultará bien. Usted mismo dice que ya en otra ocasión salió mal.
–¿Cómo que salió mal? La otra vez yo mismo confesé cómo había robado tres rublos.
–Bien; pero no es posible que contase tal cosa de forma que le concedieran crédito. Según muy acertadamente ha expuesto hace un instante Gabriel Ardalionovich, la menor apariencia de falsedad basta para convertir el juego en una cosa insípida. En el caso que usted cita, la sinceridad no se comprende sino como una broma de mal gusto, que aquí estaría totalmente fuera de lugar.
–¡Qué refinado es usted, Atanasio Ivanovich! —exclamó Ferdychenko Además, me sorprende mucho que diga que no pude contar mi robo de modo que fuera considerado verosímil. Atanasio Ivanovich quiere dar a entender muy ingeniosamente, que él considera imposible (porque sería incorrecto opinar lo contrario) que yo cometa un robo en realidad, y, sin embargo, en su interior está bien convencido de que Ferdychenko ha podido muy bien ser un ladrón. ¡Al asunto, señores, al asunto! Tengo los nombres de todos, Atanasio Ivanovich. También usted ha dado el suyo. Por lo tanto, nadie rehúsa. Saque, príncipe.
El príncipe, silencioso, hundió la mano en el sombrero. El primer nombre que salió fue el de Ferdychenko, el segundo el de Ptitzin, luego el del general, el de Atanasio Ivanovich, el de Michkin, el de Gania, y así sucesivamente. Las damas se abstuvieron de participar.
–¡Santo Dios, qué desgracia! —quejóse Ferdychenko—. ¡Yo que contaba que el príncipe sería el primero y a continuación el general! Pero, gracias a Dios, Ivan Petrovich habrá de hacer su relato después de mí, y esto es siempre un consuelo. El caso, señores, es que yo debiera dar un ejemplo grandioso, pero lamento no tener en el momento presente ninguna cosa importante que contar, así como ser tan poca cosa como soy y no poseer siquiera una categoría notable. En consecuencia, ¿qué interés puede tener para nadie el saber que Ferdychenko ha cometido una granujada? Y, aparte eso, ¿cuál es la más mala de mis acciones? Me encuentro ante un verdadero embarras de richesse. ¿Contaré otra vez mi robo para probar a Atanasio Ivanovich que se puede robar sin ser un ladrón?
–Sólo me probaría usted, señor Ferdychenko, que cabe encontrar un placer en contar cosas vergonzosas, incluso sin que nadie le invite a ello a uno… Por otra parte… En fin, dispénseme, señor Ferdychenko.
–Empiece, Ferdychenko. No hace usted más que fanfarronear en vano. Así no acabaremos nunca dijo, airada e impaciente, Nastasia Filipovna.
Todos notaron que su alegría febril había dejado lugar, de pronto, a un humor descontento, irritado e irascible. Mas la joven persistía en su extraño capricho. Atanasio Ivanovich se sentía muy inquieto. Le indignaba ver la calma de Ivan Fedorovich, quien, paladeando, calmoso, su champaña como si todo aquello careciese de trascendencia, se preparaba probablemente a hilvanar también un relato.
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