Michkin, muy inquieto mientras subía la escalera, se esforzaba en infundirse valor.
«Lo peor que puede pasar —pensaba— es que no me reciban, o que me juzguen mal, o que sólo me permitan la entrada para reírse en mis barbas. Pero ¿qué importa?».
Aquella posibilidad no era, en efecto, lo más temible de todo, ya que Michkin se preguntaba también: «¿Qué voy a hacer? ¿Por qué visito esta casa?». Y no hallaba respuesta satisfactoria a su pregunta. Podía lograr, en un aparte, decir a Nastasia Filipovna: «No se case con Gania, porque ese hombre haría la desgracia de usted. No la ama, sólo quiere su dinero; él mismo me lo ha dicho y Aglaya Epanchina me ha hablado en el mismo sentido. He venido para advertírselo». Pero aun admitiendo que lograse esto ¿podría considerar correcta su actitud en algún sentido? La contestación era asaz dudosa. Aún faltaba resolver otra cuestión, tan importante que el príncipe no quería pensar en ella, ni aun osaba planearla. Cada vez que acudía a su mente, el rostro de Michkin enrojecía y su cuerpo temblaba. Pero, pese a todas sus vacilaciones e inquietudes, acabó subiendo y preguntando por Nastasia Filipovna.
Ésta vivía en un piso realmente magnífico, aunque no muy grande, alquilado cinco años antes, a su llegada a San Petersburgo. En tal sentido, Totsky se atenía a la joven. Él aún confiaba entonces en recuperar su amor y había querido fascinarla a fuerza, principalmente, de lujo y comodidades, sabiendo lo fácilmente que se adquieren costumbres suntuarias y lo difícil que es prescindir de ellas después, una vez que el lujo se convierte en necesidad. En tal sentido, Totsky se atenía a la buena tradición antigua, sin tratar de modificarla en modo alguno. Nastasia Filipovna no rehusaba el lujo y hasta la satisfacía; pero, por extraño que pareciera, jamás se dejaba esclavizar por él. Incluso dijérase que estaba dispuesta a prescindir en cualquier momento de aquellas comodidades, lo que se tomó la molestia de participar a Totsky, no sin viva confusión de éste. Había muchas cosas en Nastasia Filipovna que a él le incitaban a desagrado y desprecio. Aparte la benignidad de Nastasia Filipovna con las gentes vulgares que se complacía en tratar, mostraba otras extrañas tendencias, como, por ejemplo, la de manifestar agrado en poseer el conocimiento de cosas que una persona refinada y de buena educación no podía ni siquiera admitir como existente. Si Nastasia Filipovna hubiese acreditado una elegante y encantadora ignorancia del hecho de que las mujeres campesinas no podían adquirir las ropas de batista que ella gastaba, Totsky se hubiese sentido muy halagado. Todo el plan de la educación de la joven había sido concebido desde el principio con miras a tal finalidad por el propio Totsky, hombre muy entendido en aquellos respectos. Pero lo logrado era desconcertante, porque Nastasia Filipovna conservaba, pese a todo, un modo de ser peculiar que en tiempos había fascinado a Atanasio Ivanovich y que aun ahora, ya olvidados todos sus ulteriores proyectos sobre ella, le atraía vivamente.
Michkin fue recibido por una doncella (pues Nastasia Filipovna sólo tenía mujeres a su servicio), que oyó el nombre del joven sin manifestar sorpresa alguna, no sin bastante extrañeza por parte de él. La sirvienta no vaciló un solo segundo ante las sucias botas de Michkin, ni ante su sombrero de anchas alas, ni ante su capote sin mangas, ni ante su aspecto turbado. Después de ayudarle a quitarse el abrigo, hízole pasar a una salita de espera y entró a anunciarle.
Nastasia Filipovna estaba rodeada sólo por los concurrentes más habituales de su casa. Los invitados eran en relación a los que, de ordinario, se reunían con ella en la misma fecha, en años anteriores. Señalemos en primer término la presencia de Atanasio Ivanovich Totsky y de Ivan Fedorovich Epanchin. Los dos se mostraban muy amables, pero disimulaban mal la inquietud que les producía la espera de la decisión de la suerte de Gania. Éste se encontraba allí también, muy sombrío e inquieto, sin preocuparse de exteriorizar gentileza alguna, casi constantemente apartado de los demás y silencioso. No había logrado hacerse acompañar de su hermana, mas Nastasia Filipovna no pareció reparar en ello siquiera. En compensación, una vez cambiados con Gania los naturales saludos, se apresuró a mencionar la escena, sucedida poco antes entre él y Michkin. El general, ignorante de todo, quiso informarse más y Gania, seca y discretamente, pero con plena franqueza, relató el incidente de la mañana, añadiendo que había ido a pedir perdón al príncipe y exponiendo, en términos categóricos, su firme creencia de que constituía un error juzgar a Michkin un idiota, ya que él por su parte, le tenía por hombre harto sagaz.
Nastasia Filipovna escuchaba con curiosidad semejante opinión, sin separar los ojos de Gania. La conversación no tardó en recaer sobre Rogochin, que tan considerable parte tomara en el episodio. Totsky y Epanchin se sintieron muy interesados al oírlo. Ptitzin se hallaba en condiciones de proporcionar amplias noticias sobre Parfen Semenovich, puesto que éste le había hostigado hasta las nueve de la noche con insistentes requerimientos para que el prestamista le facilitara cien mil rublos.
–Cierto que Rogochin estaba bebido —comentó Ptitzin—, pero, aunque cien mil rublos no se encuentran así como así a la vuelta de una esquina, creo firmemente que se los podrán procurar, si bien dudo de que los consiga hoy íntegramente. Lo probable es que haya de contentarse con parte de la suma, para recibir lo demás mañana. Hay varios individuos realizando la gestión: Kinder, Trepalov y Biskup. Rogochin está dispuesto a pagar cualquier interés que sea. Como está ebrio y acaba de heredar… —concluyó Ptitzin.
Estos informes fueron una preocupación. Nastasia no exteriorizaba sus pensamientos. Lo mismo le ocurría a Gania. El general Epanchin era quizá, en su interior, el más inquieto de todos: las perlas ofrecidas como regalo por la mañana habían sido aceptadas con fría amabilidad, casi rayana en la ironía. Ferdychenko, el único invitado realmente alegre entre toda la reunión era escuchado con interés. A veces estallaba en carcajadas extemporáneas, sin otro motivo que el de conservar su reputación bufonesca. Totsky mismo parecía algo violento y, aun cuando era un brillante conversador y de costumbre llevaba en aquellas veladas el timón de las pláticas, hoy distaba mucho de acreditar espontaneidad y buen humor. Los demás invitados, además de pocos en número, eran positivamente incapaces, no ya de sostener una conversación animada, sino casi de decir alguna cosa. Figuraban entre ellos un anciano profesor, invitado Dios sabía por qué, y un desconocido muy joven a quien su timidez condenaba a constante silencio, así como una desenvuelta dama de cuarenta años, probablemente actriz, y una joven extraordinariamente bella, extraordinariamente bien vestida y de una taciturnidad no menos extraordinaria.
Así, pues, la aparición del príncipe fue muy oportuna. El anuncio de su visita produjo viva sorpresa. Cuando el rostro algo extrañado de Nastasia Filipovna hizo comprender que no había invitado a Michkin se produjeron varias sonrisas muy expresivas. Pero la dueña de la casa, después de su asombro, exteriorizó repentinamente tanta satisfacción, que la mayoría de los asistentes se dispusieron a recibir con regocijo al visitante inesperado.
–Aunque su presencia es atribuible a su ingenuidad —dijo Epanchin—, y aunque podría resultar peligroso alentar tales inclinaciones, en este caso el príncipe ha hecho bien en venir, por original que sea su modo de presentarse. Si la idea que me he formado de él no es equivocada, es incluso posible que nos divierta bastante.
–Tanto más cuanto que se ha invitado a sí mismo —acrecentó Ferdychenko.
–¿Qué quiere usted decir con su observación? —preguntó secamente el general, que sentía fuerte antipatía por el desagradable personaje.
–Que debe pagar su entrada —explicó el último. El general no pudo contenerse y respondió:
–En todo caso, sepa que el príncipe Michkin no es un Ferdychenko.
El hallar a Ferdychenko en un salón y verle colocado en pie de igualdad con él era cosa a la que el general no había podido acostumbrarse aún.
–Vamos, general, deje en paz a Ferdychenko —sonrió su interlocutor—. A mí me asisten derechos especiales.
–¿Cuáles son?
–Ya tuve el honor de exponerlos con claridad, en la pasada reunión, a los presentes. Hoy volveré a hacerlo para informar a Vuestra Excelencia. Escuche, general: todos tienen ingenio y yo no tengo ninguno. De modo que me está permitido decir la verdad, porque todos saben que sólo dicen la verdad los que carecen de ingenio. Soporto pacientemente todas las ofensas, hasta la primera desgracia de mi ofensor. En cuanto sufre algún fracaso, lo aprovecho para vengarme. Entonces le doy de coces, como dice Ivan Petrovich Ptitzin, advirtiendo que desde luego, nunca cocea a nadie. ¿Conoce usted, Excelencia, esa fábula de Krilov que se titula «El león y el asno»? Pues esos somos usted y yo; la fábula parece escrita para nosotros.
–Creo que empieza usted a decir tonterías, Ferdychenko —declaró el general, excitándose un tanto.
–¿Por qué, Excelencia? Tranquilícese, sé que no debo salirme de mi lugar. Si he dicho que usted y yo éramos el león y el asno de Krilov ha sido, desde luego, atribuyéndome el papel de asno. Vuecencia es el león que menciona la fábula.
«Un potente león, espanto de las selvas,
por la vejez privado de sus fuerzas antiguas…».
En cuanto a mí, Excelencia, yo soy el asno.
–En lo último concuerdo —dijo Ivan Fedorovich, conteniendo su enojo.
Todo aquello era de mal gusto y premeditado, sin duda, pero a Ferdychenko se le consentía siempre desempeñar a su albedrío el papel de bufón.
–Si se me deja entrar aquí y se me tolera —había explicado una vez— es únicamente porque hablo de este modo. Porque, ¿acaso sería posible, de lo contrario, recibir a un hombre como yo? ¡Me hago perfecto cargo de ello! ¿Acaso es lógico que yo, un Ferdychenko, me siente al lado de un caballero tan distinguido como Atanasio Ivanovich? Eso sólo tiene una explicación posible: la de que se me sienta a su lado precisamente porque se trata de una cosa inaudita.
Aunque groseras y a veces hasta ofensivas, o quizá por ello, semejantes ocurrencias parecían complacer a Nastasia Filipovna. Los que deseaban frecuentar su salón habían de aceptarlo con la añadidura de Ferdychenko. Quizá éste acertara suponiendo que sólo se le recibía por molestar a Totsky, quien, desde el principio, había sentido por Ferdychenko viva repulsión. En cuanto a Gania, era blanco frecuente también de los sarcasmos de aquel hombre, el cual sabía que con sus ataques al joven se granjeaba la benevolencia de Nastasia Filipovna.
–Propongo que el príncipe comience por cantar una canción de moda —dijo Ferdychenko mirando a la dueña de la casa para compulsar su opinión.
–Pues yo no pienso lo mismo, Ferdychenko. Y le ruego que se contenga —dijo ella con sequedad.
–Desde el momento en que usted dispensa al príncipe su particular protección, yo seré discreto con él.
La joven, sin atenderle, se levantó para recibir en persona al visitante.
–Lamento haber olvidado invitarle esta mañana, en la precipitación de mi marcha —dijo al verle—. Celebro que me haya dado usted ocasión de agradecer y aplaudir su visita.
Y al hablar examinaba a Michkin, proponiéndose leer en su expresión el motivo de su presencia allí.
De haberse sentido menos turbado, el príncipe habría correspondido tal vez a aquellas frases amables, pero en su enorme confusión no acertó a proferir palabra, lo que Nastasia Filipovna observó con placer. Aquella noche, la joven, vestida de fiesta, producía un efecto extraordinario. Tomando el brazo del príncipe, le condujo al salón. Michkin se detuvo en el umbral y murmuró, agitadísimo:
–En usted todo es perfecto: incluso su delgadez y su color pálido. Resultaría imposible imaginarla de otro modo. Usted perdonará que… ¡Sentía unos deseos tan vivos de verla!
–No se disculpe —repuso ella, riendo—. Eso quitaría a su visita la originalidad que tiene. Aciertan los que dicen que es usted un hombre extraño. ¿De modo que me considera usted una perfección?
–Sí.
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