Cuando Michkin dejó de hablar todas las que le oían le miraron jovialmente, incluso Aglaya; pero la que más satisfecha se mostró fue Lisaveta Prokofievna.
–¡Ea, ya le hemos examinado! —exclamó—. Vosotras, hijas, os proponíais protegerle en calidad de pariente pobre, y he aquí que él apenas se digna aceptar vuestra protección, y aun esto con la advertencia previa de que os visitará poco a menudo. De modo que hemos quedado burladas, e Ivan Fedorovich más que nosotras aún. ¡Me alegro mucho! ¡Bravo, príncipe! Se nos había encargado hacerle un examen… Lo que ha dicho usted de mi cara es la pura verdad: yo soy una niña y lo sé. Lo sabía antes de que usted lo dijera y usted ha definido mi pensamiento en una palabra. Creo que su carácter es absolutamente semejante al mío y que nos parecemos como una gota de agua a otra, lo que me satisface mucho. La única diferencia consiste en que usted es hombre y yo mujer; que usted ha estado en Suiza y yo no.
–No te precipites, maman —dijo Aglaya—. El príncipe ha declarado que tenía sus motivos para hablar con esa franqueza y que no lo hacía por ingenuidad.
–¡Sí, sí! —apoyaron, riendo, las otras dos jóvenes.
–No riais, hijas. Puede que el príncipe sea más astuto que las tres juntas. ¡Ya veréis como sí! Pero no ha dicho usted nada de Aglaya. Ella espera sus palabras y yo también.
–No puedo decir nada por ahora. Ya hablaré más adelante.
–¿Por qué? No creo tan difícil estudiarla.
–No, no lo es. Mas Aglaya Ivanovna resulta una beldad tan extraordinaria que se siente temor de mirarla aunque sólo se trate de intentar conocerla.
–Bien; pero ¿y su carácter? —insistió la generala.
–Juzgar la belleza es difícil. Aún no me siento con fuerzas para hacerlo. La belleza es un enigma.
–Eso es proponer el enigma a Aglaya —dijo Adelaida—. Anda, Aglaya, descífralo. ¿Así que le parece guapa, príncipe?
–¡Extraordinariamente guapa! —repuso él, considerando con fascinados ojos a la interesada—. Casi tanto como Nastasia Filipovna, aunque con un semblante muy diferente.
La generala y sus hijas se miraron profundamente asombradas.
–¿Quieeeén? —preguntó la generala ¿Nastasia Filipovna? ¿De qué conoce usted a Nastasia Filipovna? ¿A qué Nastasia Filipovna se refiere?
–A una cuyo retrato ha mostrado hace poco Gabriel Ardalionovich, y éste ha mostrado al general.
–¿Dónde está el retrato? —dijo vivamente la generala—. ¡Quiero verlo! Si ella se lo ha dado, Gabriel Ardalionovich debe tenerlo aún. Y Gabriel Ardalionovich está sin duda en el despacho de mi marido. Viene a trabajar todos los miércoles y nunca se marcha antes de las cuatro. ¡Qué venga en seguida! Pero no: no siento tanto interés por verle. Haga el favor, querido príncipe, de ir a pedirle ese retrato y traérnoslo. Dígale que queremos verle. Háganos este servicio.
–Es simpático, pero demasiado ingenuo —comentó Adelaida cuando Michkin salió.
–Tan ingenuo —confirmó Alejandra— que casi toca en ridículo, hablando francamente.
Las dos jóvenes parecían ocultar parte de su pensamiento.
–Hablando de nuestras caras —dijo Aglaya— ha sabido salir muy bien del apuro. Nos ha adulado a todas, incluso a mamá.
–¡Déjate de indirectas, te lo ruego! —replicó la generala. No es que me haya adulado; es que yo he encontrado lisonjeras sus palabras.
–¿Crees que ha obrado con malicia? —preguntó Adelaida.
–Creo que dista de ser tan tonto como parece.
–Bueno, basta —dijo con vehemencia la generala—. A mí vosotras me parecéis más absurdas que él. El príncipe es ingenuo, sí, pero sabe lo que se dice y es un socarrón, en el sentido más noble de la palabra. Es exactamente lo mismo que yo.
Michkin, entre tanto, camino del despacho, reflexionaba, sintiendo algún remordimiento de conciencia.
«He cometido una indiscreción hablando del retrato. Pero acaso haya convenido…».
Gabriel Ardalionovich, aún en el despacho del general, estaba abstraído ante sus papelotes. Era evidente que la compañía no le pagaba su sueldo por holgar. Cuando el príncipe le pidió el retrato y le explicó que las señoras deseaban verlo, se sintió tremendamente desconcertado.
–¿Eh? ¿Y qué necesidad tenía de haber hablado de tal cosa? ¡De una cosa de la que usted no está enterado para nada! —exclamó, presa de violento enojo. Y añadió para sí—: ¡Idiota!
–Perdone, lo he mencionado sin darme cuenta en el curso de la conversación. Sin querer, declaré que Aglaya era casi tan bella como Nastasia Filipovna.
Gania le pidió que le relatase con exactitud todo lo ocurrido. Michkin lo hizo y el secretario le miró sarcásticamente.
–Veo que tiene usted a Nastasia Filipovna dentro del cerebro —murmuró.
Y se tomó pensativo. Notándole absorto, Michkin le recordó el retrato.
–Escuche, príncipe —dijo Gania de pronto, como si le acudiese de súbito una idea a la mente—: tengo que pedirle un inmenso favor. Pero en verdad no sé si…
Interrumpióse, turbado. En su interior parecía librarse una violenta lucha. Michkin esperaba en silencio. Gania volvió a mirarle con ojos penetrantes e inquisitivos.
–Príncipe —continuó—, las señoras en este momento deben de estar disgustadas conmigo a causa de una circunstancia extraña y absurda de la que no tengo culpa ciertamente… Es inútil entrar en detalles… El caso, repito, es que las señoras están, a lo que parece, algo molestas conmigo de algún tiempo a esta parte y por eso evito en lo posible pasar a sus habitaciones. Y yo tengo ahora gran necesidad de hablar con Aglaya Ivanovna. Le he escrito unas líneas —y mostraba un papelito cuidadosamente plegado que tenía entre los dedos— y no sé cómo hacérselas llegar. ¿Quisiera, príncipe, encargarse de llevárselas a Aglaya Ivanovna? Mas habría que entregárselas en propia mano y a escondidas de todos. ¿Comprende? No es un secreto grave ni cosa parecida, pero… ¿Puede hacerme este favor?
–Confieso que el encargo no me agrada —contestó Michkin.
–¡Oh, príncipe! —suplicó Gania—. ¡Si supiera cuánto interés encierra esto para mí! Ella acaso contestará y… Créame que se trata de algo urgente, muy urgente, para que me atreva a pedirle… ¿Por quién enviaría yo esto? ¡Y es tan importante, tan importante!
Gania, temerosísimo de que el príncipe persistiera en su negativa, le miraba con expresión de acendrado ruego.
–Bien; lo entregaré.
–¿Pero sin que nadie lo note? —insistió Gania, jubiloso—. ¿Cuento con su palabra de honor príncipe?
–No lo enseñaré a nadie —dijo Michkin—. El pliego no está cerrado, pero…
Y el secretario se interrumpió, turbado por la inconveniencia que acababa de deslizar sin querer.
–No lo leeré, no tema —aseguró el príncipe, sin parecer molesto en lo más mínimo.
Y tomando el retrato salió de la estancia.
Al quedar solo Gania se llevó las manos a la cabeza.
–¡Una palabra de ella —exclamó— y… y acaso rompa con todo!
Y, en la impaciencia de aguardar contestación a su nota, Comenzó a pasear de un lado a otro del despacho, incapaz de reanudar su tarea.
Entre tanto, Michkin, preocupado, pensaba en el encargo que recibiera. La misión aceptada le impresionaba desagradablemente y el que Gania escribiera a Aglaya no le desagradaba menos. Antes de llegar a las dos habitaciones que precedían al salón, se detuvo de pronto como si acabase de surgir alguna idea en su mente y luego, lanzando una mirada en torno, se acercó a la ventana y comenzó a examinar el retrato de Nastasia Filipovna.
Dijérase que quisiera descifrar el no se sabía qué de misterioso que antes le afectara tanto al mirar la faz de aquella mujer. Su impresión entonces había sido muy viva y ahora quería someterla a nueva prueba. Contemplando otra vez aquel rostro, que tenía de notable, no sólo su belleza, sino algo más, imposible de definir, el príncipe tornó a recibir una sensación muy fuerte, más fuerte todavía que la primera. El orgullo y el desprecio, por no decir el odio, se acusaban en aquel semblante femenino con intensidad extraordinaria: pero a la vez se desprendía de él una sorprendente expresión de ingenuidad y confianza, contraste que producía un sentimiento casi compasivo. La deslumbrante hermosura de Nastasia Filipovna tenía un carácter extraño: el rostro era pálido, las mejillas poco menos que hundidas, los ojos ardorosos. ¡Extraña belleza aquélla! El príncipe examinó fijamente el retrato por un momento y luego, después de asegurarse de que nadie le observaba, aproximó a sus labios el rostro de la joven y lo besó con precipitación. Cuando un minuto después entró en el saloncito, su rostro estaba tranquilo en absoluto.
Pero al ir a entrar en el comedor, que estaba separado del salón por otra estancia, casi tropezó con Aglaya, que salía, sola.
–Gabriel Ardalionovich me ha rogado que le entregue esta nota —dijo Michkin, presentándosela.
Aglaya se detuvo, tomó el papel y miró de un modo extraño al príncipe. En la fisonomía de la joven no se delataba la menor confusión. Su extrañeza parecía limitada al curioso papel que Michkin desempeñaba en aquel encargo. La mirada altiva y serena de Aglaya parecía preguntar al príncipe por qué motivo se encontraba mezclado en aquel asunto con Gabriel Ardalionovich. Durante un par de segundos ambos permanecieron mirándose, en pie uno frente al otro.
Al fin, una expresión un tanto burlona se pintó en el rostro de Aglaya. Sonriendo levemente, la joven se retiró.
La generala miró en silencio por unos instantes el retrato de Nastasia Filipovna, afectando mantenerlo a mucha distancia de los ojos y con aire levemente desdeñoso.
–Sí, es bella e incluso muy bella —declaró al fin—. La he visto dos veces, pero de lejos. ¿Así que le gusta esa clase de belleza? —preguntó bruscamente a Michkin.
–Sí, me gusta —repuso él, no sin cierto esfuerzo.
–Pero ¿esta clase de belleza precisamente?
–Esta precisamente.
–¿Por qué?
–Porque en ese rostro… hay una expresión de intenso sufrimiento —articuló casi involuntariamente el príncipe, más bien hablando consigo mismo que a su interlocutora.
–Creo que no sabe usted lo que dice —declaró la generala.
Y con altanero ademán arrojó el retrato sobre la mesa.
–¡Oh, cuánta energía! —exclamó Adelaida, que, por encima del hombro de su hermana, contemplaba el retrato con vivo interés.
–¿A qué energía te refieres? —preguntó ásperamente su madre.
–A la de esta belleza —dijo Adelaida, con calor—. Una belleza así es una verdadera fuerza que puede revolucionar el mundo.
Y tornó, pensativa, a su caballete. Aglaya, después de dirigir una rápida mirada al retrato, guiñó los ojos, adelantó el labio inferior y, sentándose en un diván aparte de los demás, como ausente, cruzó las manos sobre la falda.
La generala tocó la campanilla.
–Diga a Gabriel Ardalionovich que venga. Está en el despacho —ordenó al sirviente.
–¡Maman…! —exclamó Alejandra, con tono significativo.
La generala, cuyo mal humor era notorio, no hizo caso alguno de la insinuación de su hija.
–¡Basta! —contestó, perentoria—. Quiero decirle dos palabras. ¿Sabe, príncipe? En esta casa no hay más que secretos. ¡Siempre secretos! Toda la vida lo mismo: dijérase que el secreto es aquí una especie de protocolo. ¡Qué necedad! ¡Y esto en un asunto que exige más que ninguno claridad, honradez y franqueza! Se trata de arreglar unos casamientos… que no me satisfacen en lo más mínimo…
Alejandra volvió a intentar hacer que callase.
–¿Por qué dices eso, maman?
–Vamos, querida… ¿Acaso te agradan a ti? ¿Importa algo que el príncipe nos oiga? ¿No somos amigos? Yo, al menos, soy su amiga. Dios ama a los hombres, sí, pero a los buenos, no a los malvados ni tornadizos. Menos que a ninguno a los tornadizos, que hoy deciden una cosa y mañana otra. ¿Comprendes, Alejandra Ivanovna? Mis hijas, príncipe, aseguran que soy una original; pero yo contesto que hay que saber apreciar y distinguir a las gentes. Lo que importa en una persona es su corazón y lo demás no significa nada. También la sensatez es precisa, claro… Y hasta puede que sea lo más esencial… No sonrías, Aglaya: mis palabras no se contradicen. Una tonta con corazón y sin sentido común es tan desgraciada como la que tiene sentido común y no corazón. Esta verdad es muy antigua. Yo soy una tonta con corazón y sin inteligencia; tú una tonta con inteligencia y sin corazón. Así, las dos somos igualmente desgraciadas y tanto sufrimos una como otra.
–¿Y qué es lo que te hace tan desgraciada, maman? —preguntó Adelaida.
Parecía ser la única entre todos que conservaba el buen humor.
–En primer término me hacen desgraciada mis sabias hijas —respondió la generala—. Y como con eso basta, sobra extenderse sobre lo demás. Ya se ha hablado bastante. Veremos cómo vosotras (no hablo ya de Aglaya) salís del asunto con toda vuestra facundia y vuestra inteligencia. Ya veremos si tú, admirable Alejandra Ivanovna, serás feliz con tu noble adorador… ¡Ah! —añadió, viendo entrar a Gania—. ¡Otro que se dispone al matrimonio! Buenos días —dijo en respuesta a la inclinación del joven y sin invitarle a sentarse—. ¿Así que se prepara usted a la boda?
–¿A la boda? ¿Qué boda? —balbució Gania, atónito, perdiendo toda su presencia de ánimo.
–Quiero decir si va usted a casarse, si es que prefiere esa expresión.
–No… no… Yo…, no —tartamudeó Gabriel Ardalionovich, rojo de vergüenza.
Lanzó una mirada a Aglaya, sentada aparte, y luego se apresuró a separar la vista. Aglaya le contemplaba fríamente, observando la confusión de Gania.
–¿No? ¿Ha dicho usted que no? —prosiguió la implacable generala—. Conste que recordaré que hoy por la mañana, usted, contestando a mi pregunta, me ha dicho: «No». ¿Qué día es hoy? ¿Miércoles?
–Creo que sí, maman —contestó Adelaida.
–¡Nunca se acuerdan de los días! ¿Y qué fecha del mes?
–Veintisiete —repuso Gania.
–¿Veintisiete? Bueno es saberlo. Adiós. Creo que tiene usted muchas ocupaciones y además es hora de que yo me vista para salir. Tome su retrato. ¡Y salude de mi parte a la desgraciada Nina Alejandrovna! ¡Hasta la vista, querido príncipe! Ven siempre que puedas. Yo iré adrede a ver a la vieja Bielokonsky para hablarle de ti. Y oye esto querido: creo que Dios te ha hecho venir desde Suiza a San Petersburgo para mi bien. Quizá te traigan también otros asuntos, pero Dios te envía sobre todo por mí. Sin duda eso entraba precisamente en sus designios. Hasta la vista, queridas. Acompáñame, Alejandra.
La generala salió. Gania, abrumado, irritado, confuso, cogió el retrato de sobre la mesa y se dirigió a Michkin tratando de sonreír.
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