Читать книгу «Tragedias I» онлайн полностью📖 — Euripides — MyBook.


Perteneciente al grupo de dramas de la týchē, Ión es, probablemente, la tragedia más bella. Así lo estiman críticos como Lesky. Toda la obra presenta una variedad de movimientos inusitada, como consecuencia de la complicada intriga y del cambio continuo de situaciones. Una vez más vuelve a surgir en esta creación la acerba crítica euripidea de los dioses y de los mitos tradicionales. La divinidad principal de este drama, Apolo, es caracterizada como un ser humano más que se equivoca, porque su poder es insignificante comparado con el de la nueva divinidad, la Týchē, con lo cual el poeta llega a la conclusión de que los dioses no ejercen ya el menor influjo sobre la vida humana, sino que todo depende del imperio imprevisible del azar. La inseguridad que preside esta etapa de la creación literaria de Eurípides puede ser el reflejo psicológico de una situación bélica que se encamina ya hacia un desastre casi seguro.

Hacia el año 412 puso el poeta en escena su tragedia Las Fenicias, junto con Enómao y Crisipo. La composición se mueve en el mismo ámbito de las anteriores. Hallamos en ella un afán idéntico por la aventura, con la consiguiente proliferación de peripecias sin cuento, con la finalidad exclusiva de procurar a la acción una variedad y movimiento mayores. Si tenemos en consideración que en esta pieza se aborda la leyenda tebana y establecemos una comparación con las obras de Esquilo y Sófocles que se sirvieron del mismo mito, percibiremos cuán lejos se encontraba Eurípides de la tragedia clásica en toda su pureza.

Orestes es el último drama que fue representado en Atenas antes de que Eurípides decidiera abandonar su patria y encaminarse a Macedonia a la corte del rey Arquelao; es, por tanto, anterior al 408 o de ese mismo año. La acción de la obra se centra en la figura de Orestes después de haber cometido el abominable matricidio. Ya no tenemos ante nuestros ojos un protagonista heroico, sino un hombre enloquecido por el dolor, vacilante y enfermo, del que se ocupa con cariñosa atención su hermana Electra. Es notorio que lo que había perdido el drama euripideo en fuerza heroica lo había ganado en la profundización psicológica del alma humana y de los sentimientos que de ella nacen: amor y odio, amistad y aversión, dureza y ternura. Esta composición ha llenado de asombro a los especialistas de todas las épocas que no aciertan a explicarse esa sensación de cansancio, melancolía y anhelo de tranquilidad que impregna toda la tragedia. Pensemos que el dramaturgo era ya un anciano que sólo aspiraba a pasar sus últimos años en la paz del sosiego espiritual. Eurípides sabía a la perfección que los dioses de la religión tradicional no podían procurarle ese sosiego deseado y, por ello, en Orestes, como en tantas otras ocasiones, la función de la divinidad se limita exclusivamente a terminar la trama como «deus ex machina» de una vida sin sentido para el hombre. Si el poeta había perdido ya por completo la esperanza de hallar una explicación lógica de la complejidad de la vida humana, ¿cómo pueden pretender los críticos de hoy vislumbrar en sus creaciones de vejez un sentido de la realidad que el autor mismo no había logrado encontrar?

En los dos últimos años de su vida, transcurridos en la corte macedónica, Eurípides compuso dos obras, Ifigenia en Áulide y Las Bacantes, la creación más enigmática de las presentadas en escena por el trágico. Ifigenia en Áulide es una tragedia muy hermosa sobre el sacrificio de la muchacha a la diosa Ártemis, a fin de que la flota griega pueda continuar su viaje hacia Troya. Desde el punto de vista formal, Ifigenia plantea el problema de que su parte final, o bien se ha perdido, o bien nunca fue llevada a término por la mano de Eurípides. El tema de una mujer que se presta al sacrificio voluntario había sido estudiado ya en la primera pieza conservada del poeta, Alcestis, si bien aquí cobra una dimensión mucho mayor, ya que se intenta, aunque no llega a conseguirse, analizar el proceso espiritual por el cual Ifigenia evoluciona desde un primitivo temor a enfrentarse con la muerte hasta la tranquila y serena aceptación del sacrificio en favor del pueblo griego. Aristóteles (Poét. 1454 ss.) veía como algo inconcebible el cambio de una forma de ser (en griego phýsis ) a otra completamente diferente y estimaba de una total falta de coherencia la imagen de una muchacha asustada e intranquila y su repentina mutación hacia una serenidad asombrosa ante el sacrificio. El motivo de semejante cambio de actitud que conduce a Ifigenia al sacrificio para salvar a la Hélade es trivial, patriotero y suena a postizo, como si el poeta no hubiera acertado en esta ocasión en el estudio psilógico de la heroína, aspecto en el que había brillado a tan gran altura en otras creaciones suyas.

Las Bacantes, con toda probabilidad la última tragedia compuesta por Eurípides, es la más extraña y debatida composición de toda su creación literaria. El tema de la obra es muy simple y Esquilo lo había presentado ya en escena con su Penteo. Trata del despedazamiento del héroe Penteo por las ménades, entre las cuales estaban su propia madre Ágave y sus hermanas, en venganza de su oposición a la instauración del culto orgiástico de Dioniso. Hasta hace muy pocos años, las interpretaciones de este drama podían dividirse en dos totalmente contrapuestas. Para unos significaba una conversión religiosa del poeta y un apartamiento de su escepticismo y racionalismo que habían ejercido una crítica despiadada de la mitología tradicional. Abrumado ya por la vejez y hastiado de tanta pugna ideológica, Eurípides se habría vuelto hacia el sosiego de una religión mística que pudiera proporcionarle la serenidad que no lograba hallar en medio de la turbación del tiempo en que le tocó vivir. Para el racionalismo crítico de finales del siglo XIX la interpretación era del todo diversa. Penteo sería Eurípides y la obra plantearía la cuestión de la desesperada e inútil lucha de la razón humana contra las fuerzas irracionales de la naturaleza que se plasman en concepciones de lo divino que, como acontece en el dionisismo, veneran a un dios que acepta bárbaras orgías y cruentos sacrificios humanos. Hoy en día se han abandonado afortunadamente interpretaciones tan dispares de Las Bacantes y se ha llegado a la conclusión de que la principal pretensión del trágico en esta tragedia fue ofrecer al público ateniense un tratamiento personal y realista del fenómeno dionisíaco en toda su dimensión, como presentimiento quizá de una de las soluciones que tenía el ser humano en un mundo en el que los valores de la tradición habían perdido todo su sentido: el refugio en una religiosidad mística de salvación. Desde esta perspectiva los críticos de esta creación han detenido su mirada en una serie de causas que debieron de coadyuvar en la composición de Las Bacantes. Se ha apuntado muy certeramente que en todas las obras de vejez del poeta se advierte un interés creciente por los elementos místicos, considerados como el único refugio que puede encontrar el hombre en un mundo dominado por el azar y lo imprevisible. Este rasgo, insistimos de nuevo, preludia ya el helenismo, dominado por la veneración de la týchē, por la superstición o por la aceptación de religiones mistéricas, en las cuales los anhelos de seguridad y confianza del ser humano pueden encontrar satisfacción. También debió de influir en la obra el conocimiento directo de cultos orgiásticos que paulatinamente se iban extendiendo por Grecia, y con los cuales Eurípides pudo entrar en contacto durante su estancia en Macedonia. El tema que se plantea en Las Bacantes, por otra parte, no es absolutamente nuevo. La exaltación de los elementos irracionales, frente a los cuales la razón no puede oponer resistencia, constituía el meollo de tragedias como Medea, Hipólito y Hécuba, pero el poeta lo desarrollará aquí hasta el extremo de llevarlo a la cumbre de la perfección, como un último intento de ofrecer una explicación coherente de la complejidad de la vida humana: «En esta polaridad de paz y tumulto, de sonriente encanto y destrucción demoníaca, Eurípides vio el culto dionisíaco como espejo de la naturaleza y aun, posiblemente, como espejo de la vida» 15 .

Sólo nos resta señalar que Eurípides compuso también un drama satírico titulado El Cíclope, única pieza completa que se nos ha conservado del género. En ella se escenifican las aventuras del Cíclope que aparecen relatadas en la Odisea. Toda la obra abunda en escenas festivas y, en ocasiones, soeces, como era normal en un género en el que los sátiros eran los protagonistas, sin que falte la tradicional propensión euripidea a especular sobre cuestiones de carácter serio que preocupaban a los intelectuales de su época. En este caso concreto se refleja en El Cíclope la polémica sofística referente a la antítesis nómos/phýsis (ley/naturaleza).

El pensamiento de Eurípides

En este apartado intentamos sintetizar los rasgos fundamentales de las tensiones ideológicas del período vital del poeta, como requisito indispensable para la posterior exposición de los principales elementos ideológicos que informan su peculiar modo de componer tragedias 16 .

La sociedad ateniense en que se desarrolló la vida y la formación intelectual de Eurípides aparece dominada por el signo de la complejidad y de la tensión. Asistimos a una pugna entre una sociedad coherente y estable, basada en la democracia religiosa exaltada por Esquilo, y el progresivo auge de un racionalismo ilustrado que someterá a revisión los valores tradicionales en que la comunidad se apoya. La victoria de este enfrentamiento se iría decantado progresivamente del lado racionalista, que contaba indudablemente con un aliado muy estimable: el influjo desintegrador que originó la guerra del Peloponeso. Como consecuencia de todo ello, los atenienses empezaron a perder confianza en el ideal comunitario que había nutrido sus vidas e impulsos durante muchos años. Esta circunstancia capital propiciaría la descomposición de la sociedad, incapaz de resistir los embates de un individualismo creciente, fruto de una nueva cultura burguesa y progresista, abierta a las nuevas corrientes de ideología ilustrada. Se trata, pues, en última instancia, de una crisis generacional entre dos modos contrapuestos de concebir la vida: uno antiguo, que se asienta en la moderación y el respeto a toda una serie de normas tradicionales, y otro nuevo, que mira hacia el futuro y somete a una crítica despiadada el acervo cultural e ideológico heredado de los antepasados. Como ha visto muy bien Jaeger 17 : «La vida de Atenas de aquellos tiempos se desarrolla en medio de la multitud contradictoria de las más distintas fuerzas históricas y creadoras. La fuerza de la tradición, enraizada en las instituciones del estado, del culto y del derecho, se hallaba, por primera vez, ante un impulso que con inaudita fuerza trataba de llevar la libertad a los individuos de todas las clases, mediante la educación y la ilustración».

Este impulso de los nuevos tiempos se veía fomentado por un sistema democrático ilustrado, que se asentaba en las bases de la libertad de pensamiento y de expresión y en el cual la Asamblea popular contaba con un poder ilimitado. Las fuerzas conservadoras trataron de frenar esta evolución que conducía a un individualismo y relativismo progresivos. La comedia de Aristófanes nos ofrece la mejor síntesis de estas tensiones, y los ataques contra pensadores como Anaxágoras, Sócrates y los sofistas, los ejemplos más significativos de la aludida pugna ideológica. Pues bien, en este ámbito cultural nació y creció la poesía trágica de Eurípides, el cual, aunque no podía rechazar el mito, so pena de destruir la esencia del teatro griego, consiguió adaptarlo a las exigencias de los nuevos problemas 18 : «Nada caracteriza de un modo tan preciso la tendencia naturalista de los nuevos tiempos como el esfuerzo realizado por el arte para despojar al mito de su alejamiento y de su vaciedad corrigiendo su ejemplaridad mediante el contacto con la realidad vista y exenta de ilusiones».

Vamos a plantearnos por último el examen de los principales elementos culturales e ideológicos que influyeron en la formación de la nueva tragedia euripidea. Con ello conseguiremos la síntesis orgánica de los componentes que se han apuntado en el análisis de las obras del poeta y obtendremos de este modo una valoración coherente del pensamiento y de la estética de Eurípides. Como ha destacado Jaeger con singular maestría, el realismo burgués, el auge de la retórica y las nuevas doctrinas filosóficas son las fuerzas principales que alimentan el teatro intelectual de Eurípides.

Comencemos por la primera. ¿Qué significa la expresión realismo burgués? ¿Cómo se refleja en la creación del poeta? Con esta expresión aludimos al hecho, mencionado ya en repetidas ocasiones, de la aparición en las obras de hombres de carne y hueso, reflejo de la sociedad del momento, con un cúmulo de problemas y vacilaciones y que han perdido la rigidez heroica de la tragedia de Sófocles y Esquilo. En el aspecto externo esta nueva mentalidad halla su reflejo más espectacular en la aparición en escena de mendigos y seres desheredados. Es cierto que se sigue conservando el ropaje mítico, pero lo que ahora interesa realmente es la exposición de cuestiones de actualidad en la Atenas del momento, como pueden ser las relativas a la guerra, la esclavitud o el matrimonio: «En el conflicto entre el egoísmo sin límites del hombre y la pasión sin límites de la mujer, es Medea un auténtico drama de su tiempo. Las disputas, los improperios y los razonamientos de ambos son esencialmente burgueses» 19 . Este realismo burgués es el causante fundamental de la evolución del teatro euripideo hacia lo que se ha llamado el melodrama.

La aparición de una retórica científica, como arma para brillar en los foros políticos y judiciales, era enseñada por expertos que recibían el nombre de sofistas. Es innegable que la retórica dejó una profunda huella en toda la producción poética de Eurípides, especialmente en sus frecuentes diálogos y discursos, que casi siempre están presididos por una argumentación fría, calculada y con la evidente finalidad de derrotar al antagonista, como si el espectador asistiese a la batalla dialéctica de un tribunal o de la Asamblea popular de Atenas. Esta peculiaridad del teatro euripideo, que choca tanto a nuestra sensibilidad estética, lleva el sello patente, es menester insistir en ello, de la retórica sofística, de ese arte que pretendía convertir en fuerte el argumento débil y que recurría a complicadas ejercitaciones tomando como base personajes míticos, como la defensa de Palamedes y el elogio de Helena escritos por Gorgias. El afán por la retórica será el más firme apoyo del subjetivismo creciente. Ningún héroe será ya objetivamente culpable, como acontecía en el teatro de Esquilo y Sófocles; ahora tendrá siempre alguna excusa, algún punto en el que apoyar su defensa, alguien o algo contra lo que quejarse, bien sea la arbitrariedad divina, la injusticia de un destino heredado o los vaivenes incontrolables de la fortuna.

El tercer elemento que influye en el teatro de Eurípides es la ideología del momento, que, si bien no deja su rastro de modo sistemático, surge por doquier, incidentalmente, en todas las creaciones del poeta. El lector contemporáneo no deberá perder de vista el carácter esencialmente didáctico del teatro griego clásico, verdadera palestra popular de las tensiones ideológicas de cada época, si tenemos en consideración que muy pocas personas tenían un contacto directo con filósofos profesionales como los Sofistas o con pensadores como Sócrates. Ahora bien, si el impacto en la tragedia de Eurípides de todas las corrientes de pensamiento es indudable, buscar la exacta paternidad filosófica de una obra, un pasaje o una frase determinada sería harto peregrino, si pensamos que el poeta no pretendió nunca erigirse en portavoz sistemático de los filósofos del momento.

Una crítica racionalista del legado mítico helénico surge en cualquier pasaje de sus obras, pero la lógica falta de rigor de la poesía origina que las soluciones que Eurípides ofrece en sus tragedias de semejante enigma sean incoherentes. Muchas veces el trágico se limita a mostrar su escepticismo ante las divinidades del mito, cual si fuese Protágoras; en otras ocasiones se perciben atisbos de una explicación del orden que debe regir el universo. Las críticas, por lo general, suelen ser duras, pero no nos autorizan a tildar a Eurípides de ateo, fama que le acompañó siempre en la antigüedad, sino de inquieto perseguidor de una imagen de lo divino más acorde con su esencia.

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