Читать книгу «Traición» онлайн полностью📖 — Walter Mosley — MyBook.

2

—¿Otra vez estás pensando en la cárcel, papá?

Aja estaba en el umbral de mi despacho. Casi un metro ochenta de altura y negra como la Virgen española. Tenía mis ojos. Aunque le preocupaba mi estado de ánimo, sonreía. Aja no era una adolescente melancólica. Era una antigua animadora y estudiante de ciencias, lo bastante guapa para no necesitar un novio fijo y lo bastante atenta para que otras chicas de su edad con novios supieran que ella era mejor partido.

La falda negra era demasiado corta y la blusa color coral, demasiado reveladora, pero estaba tan agradecido de que hubiera vuelto a mi vida que escogía con sumo cuidado mis enfrentamientos con ella.

Monica, mi exmujer, pasó años intentando mantenernos alejados. Me llevó a los tribunales para intentar obtener una orden que me impidiera volver a ver a Aja-Denise y luego me demandó por no pagar la pensión alimenticia cuando ya había vaciado mis cuentas y no me quedaban ni dos centavos a mi nombre.

No fue hasta que cumplió los catorce años cuando Aja obligó a su madre a que esta la dejara quedarse conmigo con regularidad. Y, ahora que tenía diecisiete años, decía que o trabajaba en mi oficina o le contaría a cualquier juez que le prestase oídos que el nuevo esposo de Monica, Coleman Tesserat, entraba en el cuarto de baño cuando ella estaba en la ducha.

—¿Qué? —le dije a mi pequeña.

—Cuando miras por la ventana así casi siempre estás pensando en la cárcel.

—Allí me dejaron hecho polvo, cariño.

—A mí no me lo pareces. —Era lo que yo le decía por la mañana cuando era pequeña y quería librarse de ir al cole.

—¿Qué llevas ahí? —pregunté, indicando con un gesto lo que tenía en la mano.

—El correo.

—Ya lo abriré mañana.

—Nada de eso. No lo abres nunca hasta que las facturas han vencido. No sé por qué no me dejas gestionar tus cuentas en Internet para poder pagarlas yo todas.

Tenía razón; no dejaba de pensar que llegaría por correo alguna prueba nueva y me enviarían de vuelta a aquella celda infestada de cucarachas.

—Ahora tengo que ir a ocuparme de ese asunto de Acres —expliqué.

—Te lo llevas y lo revisas mientras esperas. Dices que el noventa y nueve por ciento del tiempo estás sentado en el coche sin hacer nada.

Tendió el fajo de cartas y me miró a los ojos. Era evidente que Aja-Denise se había peleado con su madre porque sabía que yo la necesitaba.

Cogí el correo y ella sonrió.

—Ha llamado el tío Glad —dijo mientras yo revisaba las facturas, el correo basura y varias peticiones de clientes, tribunales y, cómo no, de mi exmujer. También había un pequeño sobre rosa con la dirección elegantemente escrita a mano y matasellos de Minnesota.

—Ah, ¿sí? —dije—. ¿Y qué ha dicho?

—Que él y Lehman, War Man y el señor Lo van a jugar a las cartas esta noche calle abajo.

—Se llama Jesse Warren —observé—, no War Man.

—Él me dijo que le llamara así.

Los amigos de Gladstone no me caían muy bien, pero los mantenía alejados del despacho casi siempre. Y estaba en deuda con Glad; me había salvado el cuello más de una vez desde mi detención.

Al conseguir que me pusieran en régimen de aislamiento evitó que me convirtiera en un asesino y luego, cuando ya no podía reunir suficiente dinero para la pensión alimenticia y el alquiler, me prestó la pasta necesaria para poner en marcha Servicios de Investigación King. Hasta me recomendó a los primeros clientes.

Pero lo mejor que hizo por mí Gladstone Palmer fue negociar mi despido de la Policía de Nueva York. Perdí la jubilación y los beneficios, salvo el seguro médico para Monica y mi hija. Como por arte de magia, mi historial siguió sin tacha.

Llevaba una semana o así leyendo una novela con casi cien años de antigüedad, Sin novedad en el frente. Había un personaje que me recordaba a Glad: Stanislaus Katczinsky, alias Kat. Kat era capaz de encontrarse un banquete en un cementerio o una mujer hermosa en un edificio bombardeado. Cuando el resto del ejército alemán se estaba muriendo de hambre, Kat volvía a su pelotón con un ganso asado, queso maduro y unas cuantas botellas de vino tinto.

Un amigo como Kat o Glad no se ponía en entredicho.

—Le he dicho que tú estabas ocupado con un caso —continuó Aja.

—Eres mi ángel.

—Ha dicho que procuraría pasarse por aquí antes de que te vayas.

La carta procedente del interior del país me intrigaba, pero decidí dejarla para más tarde.

—¿Qué tal tu madre? —pregunté.

—Bien. Te escribe para que les des dinero a Tesserat y a ella para pagarme el viaje a Italia. Hay un congreso de jóvenes físicos en Milán.

—Parece interesante, como una especie de honor.

—Hay cientos de chicos y solo cuatro de Estados Unidos, pero no quiero ir. Puedes decirle que ya les darás el dinero, pero no tendrás que hacerlo.

—¿Por qué no quieres ir?

—El reverendo Hall ha montado una escuela especial en su iglesia del Bronx en la que alumnos de ciencias aventajados enseñan a niños en riesgo de exclusión cómo hacen experimentos los científicos.

—Oye, tienes que empezar a portarte mal alguna vez, de verdad —dije en un tono demasiado cargado de seriedad.

—¿Por qué? —preguntó Aja preocupada de veras.

—Porque, como padre, tengo que ser capaz de ayudarte por lo menos de vez en cuando. Con notas estupendas, un buen corazón y esa manera que tienes de atosigarme con el correo, me da la sensación de que no tengo nada que ofrecerte.

—Pero ya hiciste algo por mí, papá.

—¿Qué? ¿Comprarte un Happy Meal o un perrito caliente?

—Me enseñaste a que me encantara leer.

—Solo lees para hacer los deberes y te quejas de eso.

—Pero recuerdo los fines de semana que pasaba contigo cuando era pequeña. A veces me leías toda la mañana, y sé que yo también lo haré cuando tenga una hijita.

—Ya estás otra vez —dije procurando disimular las lágrimas en la voz—. Eres tan buena que me haces sentir como un inútil. Igual tendría que empezar a castigarte cada vez que haces alguna cosa bien.

Aja sabía cuándo se acababa la conversación. Meneó la cabeza y se dio la vuelta. Salió de la habitación y, por un breve instante, se disipó el peso de mi caída en desgracia, propiciada por alguien de la Policía de Nueva York.

Antes de que pudiera centrarme en el sobre rosa que procedía del Medio Oeste, Aja volvió con un sobre grande de color marrón en las manos.

—Casi se me olvida —me dijo—. El tío Glad ha dejado esto para ti.

Me entregó el paquete y se fue antes de que tuviera ocasión de seguir tomándole el pelo por lo perfecta que era.

3

Después de que Aja volviera a la mesa del vestíbulo de la oficina, me quedé allí a la deriva un rato. Mi vida desde aquellos noventa y tantos días que pasé en Rikers había estado vacía; no podría describirla de otra manera. No me sentía a gusto en compañía de la mayoría de la gente, y la sintonía pasajera con mi hija o los pocos amigos que tenía me dejaban un regusto a aislamiento. La sintonía con otro ser humano no hacía más que recordarme lo que podía perder.

Dedicarme a la investigación como detective privado me iba de maravilla porque mis interacciones con la gente las llevaba a cabo por medio de dispositivos de escucha y teleobjetivos de cámara. Las pocas veces que tenía que hablar de verdad con alguien era o bien haciendo un papel, o bien planteando preguntas concretas como: «¿Estuvo aquí fulano el viernes después de las nueve?» o: «¿Cuánto lleva trabajando para usted el señor Smith?».

Sonó el portero automático.

Medio minuto después, Aja-Denise dijo por el intercomunicador:

—Es el tío Glad, papá.

—Que pase.

Se abrió la puerta y entró el eterno sargento, alto y atlético. Llevaba una chaqueta informal de color pajizo y pantalones de un verde tan oscuro que podrían haber pasado por negros. La camisa blanca y la corbata azul eran sus prendas esenciales, y esa sonrisa lucía por igual en sus ojos que en sus labios.

—Señor Oliver —saludó.

—Glad.

Me levanté para estrecharle la mano y luego ocupó el asiento frente al mío.

—Este despacho huele a celda —observó.

—Tengo una mujer de la limpieza que viene a poner ese aroma cada dos semanas.

—Lo que te hace falta es abrir una ventana y pasar menos tiempo pudriéndote detrás de esa mesa.

—Aja me ha dicho lo de la partida de póquer de esta noche. Me gustaría ir, pero tengo que seguir a un tipo.

Glad tenía los ojos de color azul aciano. Sus globos oculares se posaron relucientes sobre mí, acompañados de una sonrisa en plan «es una pena».

—Venga, Joe. Sabes que tienes que dejar atrás de una vez este bajón. Hace ya una década. Mi hijo se ha ido a la universidad. Mi hijita ya está buscando a mi segundo nieto.

—Me va bien, sargento Palmer. Ser detective me conviene. Yo me lo monto así.

Siempre le había tenido envidia a Gladstone, desde antes incluso de que mi vida naufragara. Ya solo con su manera de estar sentado te hacía pensar que llevaba las riendas de una vida que le permitía disfrutar y, al mismo tiempo, estaba cargada de sentido.

—Pues igual podrías montártelo para mejorar tus circunstancias —sugirió.

—Ah, ¿sí? ¿Cómo?

—Conozco a un tipo que podría ser de ayuda. ¿Te acuerdas de Charles Boudin?

—¿El infiltrado que estaba como una cabra? ¿El que se metió tanto en el papel que mordió al agente que intentaba detenerlo para congraciarse con la banda de Alonzo?

—Y, tú, ¿cuál eres? —repuso Glad—. ¿La sartén o el mango?

—¿Qué pasa con Charlie?

—Iba a emborracharte con una botella nueva de coñac de setecientos pavos que tengo —dijo Glad—.Ya sabes, para quedarme con toda tu pasta y tirarte de la lengua. Luego iba a decir que ahora C. B. es teniente de la Policía de Waikiki. Dice que podría colocarte allí en un abrir y cerrar de ojos.

Era el primer indicio de la gran transición que tenía ante mí. A Glad le cabreaba que nuestros hermanos de azul me trataran con tan poco respeto. Quería que todos los polis tuvieran lo mejor. Era mi único amigo íntimo de verdad, quizá con una sola excepción, que no fuera también pariente consanguíneo.

—¿Hawái? Eso está a ocho mil kilómetros de aquí. No puedo dejar a Aja sin más ni más.

—En un año serías residente y la Universidad de Manoa tiene un Departamento de Física estupendo. A. D. podría obtener una licenciatura en Ciencias y seguir su camino, o quedarse allí y sacarse un doctorado. Es una universidad muy buena y no cuesta casi nada.

Había hecho los deberes.

—¿Intentas librarte de mí, Glad?

—Tienes que volver a ponerte las pilas, Joe. No hay ningún cargo pendiente contra ti y el Cuerpo tiene legalmente prohibido desvelar de qué fuiste acusado. Sé de tres capitanes que te darían excelentes referencias.

—¿Y Charlie ya ha dicho que me contrataría?

—Allí en la isla necesitan gente con experiencia como tú, Joe. Fuiste uno de los mejores investigadores que ha tenido la Policía de Nueva York.

—Es posible que Aja no quiera irse tan lejos.

—Querría si vas tú. Esa chica te idolatra. Y lo haría solo para que dejaras de comerte el tarro aquí como una especie de morsa melancólica.

—¿Y si llegara a saberse? —repuse—. Ya sabes..., ¿lo que dicen que hice? ¿Y si doy un giro a mi vida y luego todo se va a la mierda? Habría hecho cambiar de ciudad a Aja para acabar sin dinero ni manera de regresar.

Sin perder comba, Glad dijo:

—¿Recuerdas aquella vez que Rebozo fue abatido en East Harlem?

—Sí, ¿y qué?

—Dos pistoleros con semiautomáticas y el agente R. desangrándose como un cabrón sobre el asfalto. Tú te enfrentaste a ellos con tu arma reglamentaria, los heriste a los dos, contuviste las hemorragias de las heridas de Paulo y volviste a casa a tiempo para cenar.

—Y, aun así, me incriminaron como a un puto pringado.

—Que les den —replicó Glad, con apenas una sonrisa—. Si fuiste capaz de enfrentarte a dos pistoleros armados, ¿por qué iban a darte miedo ocho mil kilómetros?

Era una buena pregunta.