Читать книгу «Traición» онлайн полностью📖 — Walter Mosley — MyBook.

—Lo perdería todo.

—Todo menos la libertad.

—Tengo que pensármelo.

—El fiscal tiene intención de incluir el cargo de violación.

—Vuelve pasado mañana —dije—. Ya hablaremos entonces de un acuerdo.

Ginger también tenía los ojos de color castaño claro. Los abrió mucho cuando me preguntó:

—¿Qué te ha pasado en la cara?

—Me he cortado afeitándome.

Decidí jugármela con el sistema. Durante los dos días siguientes me metí en media docena de peleas. Me habían encerrado en una celda individual; pero, la cuarta mañana de encarcelamiento, un tipo con pinta de chalado que se llamaba Mink lanzó un cubo de orina a través de la puerta de mi celda. Mink tenía los ojos grises, la piel olivácea y el pelo rubio ensortijado.

Los guardias no tenían a nadie que limpiara mi celda.

Fue en medio de ese hedor cuando me convertí en un asesino en ciernes. La siguiente vez que pasó Mink por delante de la puerta de mi celda se inclinó hacia delante, fingiendo olisquearme. Cometió un error de cálculo de poco más de diez centímetros y lo agarré. Antes de que ese payaso se diera cuenta, lo tenía cogido por el cuello gracias a la misma llave que había usado contra muchos colegas suyos. Lo mataría y mataría a cualquier otro que pensara siquiera en ponerme la mano encima. Pasaría en la cárcel el resto de mi vida, pero todo el mundo, desde los amigos de Mink hasta el alcaide, sabría que más valía no ponerse a mi alcance.

Los guardias se presentaron antes de que pudiera matar a ese preso tan feo y cargado de orines. Tuvieron que abrir la puerta para separarme de mi víctima. Luego, los encargados de mantener la paz y yo tuvimos una pelea de mucho cuidado. Hasta entonces no sabía lo que era que te apalearan con una porra; la ira impide que sientas los golpes, pero por la noche los huesos magullados duelen que te cagas.

En pocos días había pasado de poli a criminal. Pensaba que eso era lo peor..., pero me equivocaba.

La tarde siguiente, cuando me había acostumbrado al olor a orina en la ropa, cuatro guardias se acercaron a mi celda pertrechados de la cabeza a los pies con equipamiento antidisturbios. Alguien pulsó el dispositivo para abrir la puerta y se abalanzaron sobre mí, inmovilizándome contra el suelo para encadenarme las muñecas y los antebrazos en torno a la cintura y ponerme grilletes en los tobillos. Luego me llevaron a rastras por un pasillo tras otro hasta que me metieron en una salita tan pequeña que tres hombres no habrían podido jugar al blackjack en la mesita de metal en miniatura soldada al suelo.

Me encadenaron a una silla metálica, a la mesa y al suelo. Había visto a muchos sospechosos amarrados ante mí de esa manera mientras los interrogaba. En realidad, nunca me había parado a pensar cómo se sentían ni cómo nadie podía esperar que alguien mantuviera algún tipo de conversación reveladora mientras estaba atado de pies y manos.

Me revolví contra mis ataduras, pero el dolor de las magulladuras de la víspera era tan intenso que tuve que parar.

Cuando dejé de moverme, el tiempo se solidificó a mi alrededor como si fuera ámbar sobre un mosquito que hubiera dado un minúsculo paso en falso. Oía mi propia respiración y notaba el pulso en las sienes. Fue en ese momento cuando entendí la expresión «cumplir condena». Tenía una obligación que cumplir como el criado que era.

Cuando renunciaba a toda esperanza, entró en la sala un irlandés alto y, a decir de algunos, bien parecido.

—Gladstone —mascullé. Bien podría haber sido un salmo.

—Tenéis un aspecto de mierda, alteza.

—Y huelo a meados.

—Eso me lo iba a callar —dijo, al tiempo que ocupaba la silla metálica al otro lado de la mesa—. Me han llamado y me han dicho que enviaste a un preso al hospital junto con tres guardias para que le hicieran compañía. Le has roto la nariz a un tipo y la mandíbula a otro.

La sonrisa que afloró a mi rostro fue involuntaria. Alcancé a ver mi dolor reflejado en los ojos de Gladstone.

—¿A ti qué te pasa, Joe?

—Esto es un manicomio, Glad. Me han pegado, rajado y empapado en orines. Y a nadie le importa un carajo.

El sargento coordinador Gladstone Palmer era fibroso e imponente, con un metro ochenta y cinco de estatura (unos cinco centímetros más que yo) y una boca que siempre estaba sonriendo o a punto de hacerlo. Me miró y negó con la cabeza.

—Es una vergüenza, chaval —dijo—. Se han vuelto contra ti como una jauría de perros.

—¿Quién firmó la orden de detención contra la chica? —pregunté.

—Era un email del jefe de Policía, pero cuando llamé a su despacho dijeron que él no lo había enviado.

—Yo no abusé de esa mujer.

—Nos hubiera venido bien que no tuvieras la polla tan grande y negra. Con solo ver a esa chica mirártela se puede intuir lo asustada que estaba.

—¿Y el resto de la grabación?

—La única cámara estaba en la sala de estar. No se veía nada más.

Recordé entonces que ella quiso subir al dormitorio después del primer movimiento de nuestra trágica ópera. Era un plan.

—Me tendieron una trampa, Glad.

Mi amigo hizo una mueca de dolor y volvió a menear la cabeza.

—¡Me tendieron una trampa!

—Mira, Joe —continuó después de treinta segundos de silencio—. Yo no digo que no lo hicieran. Pero todos sabemos cómo eres con las mujeres, y luego está eso otro.

—¿A qué te refieres?

—Si es una trampa, es irrefutable. Con el vídeo y el testimonio de la chica, te han pillado como violador. Le estabas agarrando del pelo, por el amor de Dios.

—Ella me pidió que lo hiciera —dije, y caí en la cuenta de cómo sonarían esas palabras delante de un jurado.

—No hay audio en la grabación. Parece que te estaba suplicando que parases.

Quise decir algo, pero no encontré las palabras adecuadas.

—Pero ese no es el problema —continuó Gladstone—. El problema es que tienes enemigos poderosos que pueden llegar aquí dentro y acabar contigo.

—Necesito un cigarrillo —repuse.

Mi único amigo en el mundo encendió un Marlboro, se levantó de la silla y me lo puso entre los labios. Le di una buena calada, contuve el humo y luego lo solté por las fosas nasales.

El humo provocó un efecto maravilloso en mis pulmones. Asentí y di otra chupada.

No olvidaré nunca el frío que hacía en esa sala.

—Tienes que mantener la calma, Joe —dijo mi coordinador—. Más vale que no hables de ninguna trampa aquí, ni con tu abogada. Lo investigaré y hablaré también con el jefe de Policía. Tengo un contacto en su oficina. Además, conozco a un par de tipos allí. Te van a apartar de los presos comunes y a poner en régimen de aislamiento. Por lo menos así estarás a salvo hasta que yo pueda hacer algún truco de magia.

Sabes que has sufrido un batacazo terrible cuando estás agradecido de que te pongan en régimen de aislamiento.

—¿Y Monica? —pregunté—. ¿Puedes conseguir que la dejen entrar a verme?

—No te quiere ver, King. La inspectora que lleva el caso, Jocelyn Bryor, le enseñó la grabación.

Mi gratitud por estar en régimen de aislamiento no duró mucho. La celda era pequeña y oscura. Tenía un catre, un retrete de aluminio de bordes duros y espacio suficiente para dar dos zancadas y media. Alcanzaba a tocar el techo metálico con solo levantar la mano quince centímetros por encima de la cabeza. La comida me daba náuseas en ocasiones. Pero, como solo me alimentaban una vez al día, siempre tenía un hambre voraz. El menú consistía en patatas rehidratadas, carne de vaca en conserva, judías verdes hervidas y, una vez a la semana, un postre de gelatina.

No estaba a solas porque había cucarachas, arañas y chinches. No estaba a solas porque había docenas de hombres a mi alrededor, también incomunicados, que pasaban horas gritando y aullando, a veces cantando y martilleando ejercicios rítmicos.

Un tipo, que de algún modo sabía mi nombre, me agasajaba a menudo con insultos y amenazas.

—Voy a darte por el culo y, cuando salga de aquí, voy a hacer lo mismo con tu mujer y tu hijita.

Nunca le di la satisfacción de contestarle. En cambio, encontré un puntal de hierro que de algún modo se había desprendido a medias del suelo de hormigón. Estuve enredando con el travesaño hasta que, por fin, después de ocho comidas, conseguí arrancarlo.

Veintidós centímetros de hierro oxidado con un mango que confeccioné arrancando un jirón de una manta raída. Alguien iba a morir atravesado por ese fragmento de Rikers. Con un poco de suerte, sería el hombre que amenazaba a mi familia.

Nunca, ni una sola vez, me sacaron de esa celda. Allí me moría de ganas de tener un periódico o un libro... y una luz para poder leer. Encerrado en régimen de aislamiento, me enamoré de la palabra escrita. Quería novelas y artículos, cartas manuscritas y pantallas de ordenador rebosantes del conocimiento de todas las épocas.

Durante esas semanas alcancé un logro hasta entonces imposible: dejé de fumar. No tenía tabaco, y los síntomas del síndrome de abstinencia se confundían con el resto de mis sufrimientos.

Las quejas de los demás presos pasaron a ser ruido de fondo, como la música de ascensor o una canción que has oído muchas veces pero de la que no te sabes la letra.

Tenía aferrada en todo momento el arma fabricada en la celda. Alguien iba a morir por mi mano; transcurridas dos semanas, no importaba quién fuera.

Había devorado ochenta y tres comidas nauseabundas cuando, mientras dormía, entraron en la celda cuatro agentes con equipamiento antidisturbios y me encadenaron. Se me cayó la herramienta porque, al entrar de repente, la luz de fuera de aquella celda que parecía una cripta me cegó y me desorientó.

Les grité a mis captores, exigiéndoles que me dijeran adónde me llevaban, pero no contestó nadie. De vez en cuando alguien me golpeaba, pero no eran más que toquecitos amorosos en comparación con lo que podrían haber hecho.

Me dejaron en una sala bastante grande y amarraron mis cadenas a unas argollas de acero ancladas en el suelo. Estaba sentado en el extremo de una larga mesa. La luz fluorescente me quemaba los ojos y me daba dolor de cabeza. Me pregunté si iba a entrar alguien a matarme. Sabía que aquello seguía siendo Estados Unidos y que la gente que trabajaba para la justicia no ejecutaba a nadie sin el visto bueno de los tribunales, pero justo en ese momento no lo tenía tan claro. Quizá me ejecutaran porque sabían que me había convertido en un asesino impenitente tras los muros de su prisión.

—Señor Oliver —dijo una mujer.

Miré hacia el lugar de donde venía la voz y me asombró ver que había entrado en la sala sin que me diera cuenta. Detrás de ella había un robusto negro uniformado de azul al que no conocía. No los había oído entrar. Los ruidos habían adquirido significados nuevos en mi cabeza, y no podía tener plena seguridad de qué había oído.

Le grité una palabra que no había usado nunca antes ni he usado después. El hombre de la camisa azul se precipitó hacia mí y me dio una bofetada... bastante fuerte.

Tensé todos y cada uno de mis músculos intentando romper las ataduras, pero las cadenas de las cárceles están diseñadas para ser más resistentes que los tendones humanos.

—Señor Oliver —dijo de nuevo la mujer.

Era alta, esbelta y de piel clara, con el pelo salpimentado y un traje pantalón de color azul marino mate. Llevaba gafas. Los cristales relucían, ocultándole los ojos.

—¿Qué?

—Soy la vicealcaidesa Nichols y he venido a informarle de su puesta en libertad.

—¿Cómo?

—En cuanto nos vayamos el teniente Shale y yo, los hombres que lo han traído aquí le retirarán las cadenas, lo llevarán a un sitio donde se pueda duchar y afeitar y luego le darán ropa y algo de dinero. A partir de ahí, su vida queda en sus manos.

—¿Y qué pasa... qué pasa con los cargos?

—Los han retirado.

—¿Y mi esposa?, ¿mi vida?

—No estoy al tanto de sus asuntos personales, señor Oliver, solo de que está a punto de salir en libertad.

Por primera vez en meses me vi la cara en el espejo de acero pulido junto a la pequeña ducha en la que me adecenté. Al afeitarme quedó a la vista la gruesa y atroz cicatriz que me cruzaba la mejilla derecha. En Rikers no siempre ponían puntos de sutura.

Cuando me apeé del autobús en la estación de Port Authority, en la calle Cuarenta y dos, me detuve y miré alrededor, y caí en la cuenta de lo falsa que era en el fondo la palabra «libertad».

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