Gabriel hizo un gesto amenazante con el porro en el aire. Liam no tenía ganas de discutir, bajó el cristal de la ventanilla y se inclinó hacia fuera. El olor dulce de la marihuana se mezcló con el efluvio ácido del agua del deshielo. Pasaron por delante de un par de granjas donde había caballos en los prados embarrados moviendo las colas. Liam miraba con anhelo las casas de las granjas pintadas de rojo que brillaban en medio de la grisura con las esquinas y las barandillas de las terrazas de color blanco. Había pequeños árboles frutales con ramas nudosas donde se movían al viento unos columpios vacíos. Podía ver a Vanja allí, en uno de aquellos columpios con su sonrisa desdentada apuntando hacia el cielo. «Más rápido —gritaría ella—. ¡Más rápido, papááá!».
—Ahí está —dijo Gabriel, dándole un codazo.
—¿Qué?
—Ödesmark, cinco kilómetros, ¿no has visto la señal?
Liam miró de reojo el espejo retrovisor.
—No he visto nada.
—Estás demasiado ocupado con esas malditas ensoñaciones, salta a la vista.
Tuvieron que conducir casi dos kilómetros antes de encontrar un cruce para poder dar la vuelta. Dos cuervos posados en la señal que indicaba la dirección a Ödesmark giraron la cabeza hacia ellos cuando pasaron. Liam sintió un malestar que le revolvía el estómago. El camino estaba en pésimas condiciones: baches llenos de agua y roderas con barro que se pegaba a los neumáticos. A la izquierda se veía un lago sombrío; la niebla flotaba en capas finas sobre la superficie inmóvil. La primera casa que pasaron estaba abandonada, de espaldas al agua. En el tejado crecía un manto de musgo y los ladrillos de la chimenea yacían formando ruinas negras.
—¿Por qué iba a vivir un millonario en este agujero miserable?
—Porque es demasiado tacaño para mudarse a otro lugar —dijo Gabriel.
El camino estaba bordeado de abetos y abedules desnudos en invierno. Pertinaces montones de nieve asomaban bajo las faldas de los abetos, y el bosque humeaba y brillaba a la luz del amanecer. Estaban en una estación del año que favorecía sus propósitos, había una mayor probabilidad de que nevara sobre las huellas que dejaran o de que estas desaparecieran con el deshielo. Ningún día era igual que otro cuando el invierno y la primavera combatían entre sí.
A la izquierda se dejó ver entre los abetos otra casa deshabitada. Unas cortinas blancas colgaban en las ventanas y había tallos marrones trepando por las paredes. Los baches del camino le producían dolor de cabeza.
—Con el dinero que tiene podría vivir en cualquier lugar —observó Liam.
—La gente echa raíces. Cuando el dinero finalmente llega, puede que ya sea demasiado tarde; entonces uno está donde está.
—A veces juraría que te vuelves más lúcido cuando fumas.
Gabriel sonrió burlón.
—Ahí delante está. ¿Ves la barrera?
Liam redujo la velocidad. En el lado derecho el terreno era más elevado, y arriba, en la cima, se alzaba una casa pintada de rojo. Una barrera amarilla bloqueaba el camino de entrada e impedía el paso a personas ajenas. Había un buzón de chapa en un poste, unos regueros de cagadas de pájaro cubrían la placa con el nombre, pero no cabía duda de que habían dado con la casa. Allí era donde se escondía el tesoro, suponiendo que lo hubiera.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Liam.
—Ver si podemos aparcar abajo, junto al lago, y después nos acercaremos a pie.
Pasaron despacio por delante de dos granjas grandes antes de encontrar un par de roderas que conducían hasta el agua. El bosque crecía hasta la misma orilla y los árboles colgaban sobre el lago y rasgaban su brillante superficie con sus ramas. Algunas obstinadas placas de hielo formaban islas más adentro en el agua. Liam llevó el coche lo más lejos que pudo, tratando de camuflarlo entre los abetos.
—¿Y si ven el coche?
—¿Quién lo va a ver? Aquí no vive ni un alma. El viejo está rodeado de casas abandonadas.
Gabriel sacó los prismáticos de la guantera y salió del coche; Liam lo siguió de mala gana. Caminaron describiendo un amplio círculo y se acercaron a la casa desde el lado norte. No llevaban la ropa adecuada, la nieve estaba húmeda y pesada, y las zapatillas de deporte se les llenaron rápidamente de agua helada que les entumecía los pies. Liam quería protestar, pero Gabriel iba en ese momento mucho más adelante, tan terco e impávido como un perro de caza siguiendo un rastro. A unos cientos de metros de la casa se deslizó entre los abetos y levantó los prismáticos. Liam se colocó detrás de él y esperó su turno. La casa de Vidar Björnlund había visto sus días de gloria hacía ya mucho tiempo. Unas rayas descoloridas corrían paredes abajo, allí donde las estaciones habían levantado el color rojo, y en la rampa de la entrada había un Volvo de una década ya pasada. En el lado norte había una moto de nieve casi hundida en un montón de nieve sucia que se aferraba al invierno.
Liam entornó los ojos y observó las ventanas oscuras, pero no vio señales de vida.
—¿No puede darse el capricho de comprarse un coche nuevo aunque sea, si es tan rico como dicen todos?
—Por eso es rico, porque no se ha dado ningún capricho.
Gabriel le pasó los prismáticos. Liam enfocó hacia el patio tratando de fijarse en los detalles. Un tendedero en el lado más corto de la casa donde ondeaban al viento unos vaqueros blanqueados y un mono azul de trabajo, señal de que realmente allí vivía alguien, a pesar del lamentable estado en que se encontraba la casa. Liam pasó los prismáticos por la fachada agrietada, y allí, en una de las ventanas del piso de abajo, entrevió la cara de un hombre. A pesar de la distancia pudo ver que era viejo, con el pelo blanco y el torso encorvado.
—Lo veo, es Vidar.
—¿Dónde?
—En la ventana, en el piso de abajo. Hay alguien más en el cuarto, creo que es el nieto.
—Joder, cómo madrugan.
Parecía que estaban desayunando. Liam pudo ver cómo trabajaban las mandíbulas, las tazas de café que brillaban bajo la luz cuando se las acercaban a la cara. El chico era más grande que el viejo, tenía más de hombre que de niño. Eso le preocupó.
—Sabes que se folló a su propia hija, ¿verdad? —Gabriel silbó—. Así nació el chico.
—Eso solo son habladurías.
—Tal vez sí, pero yo he oído de una fuente fidedigna que el chico tiene algún problema. Le falta un hervor, como si dijéramos.
Liam observó a las personas que estaban comiendo, parecían muy normales, incluso gente corriente. Allí no había nada que indicara que algo no iba bien. Vivían en un chamizo, pero ¿quién cojones no lo hacía? Él mismo solo tenía un garaje miserable que ofrecer a su hija, y sabía cómo hablaba la gente. Las miradas que le dirigían daban a entender que era un mal padre. Que no era digno de esa tarea. A la gente le gustaba sacar conclusiones, lo cual no significaba que esas conclusiones tuvieran algo que ver con la realidad.
—Si está mal de la cabeza, no se le nota —dijo Liam—, pero es más grande de lo que yo pensaba. Le saca una cabeza al viejo, y pesa, por lo menos, diez kilos más.
—Eso no importa —le replicó Gabriel al instante—. Vamos a sorprenderlos cuando estén dormidos, no tendrá la menor posibilidad.
Tres contra dos, uno de los cuales era un adolescente; no lo veía claro. Mientras estaban allí escondiéndose se hizo más evidente que no sería tan fácil como había dicho Juha. Liam le pasó los prismáticos a Gabriel, sacó el teléfono móvil del bolsillo y tomó unas fotos de la casa, de los escombros y del bosque que lo rodeaba todo. Había varios claros entre los árboles, senderos que corrían desde todas las direcciones y convergían en la vivienda. Las vías de escape, si fuera necesario, eran muchas. Hacía las fotos para evitar tener que retenerlo todo en la cabeza. Caían gotas de agua y las ramas nudosas brillaban allí donde el sol las despojaba de sus prendas invernales. Liam sintió el sudor bajo su cazadora, como si él también hubiera empezado a derretirse.
—¿Vamos a echar un vistazo también por el otro lado?
—Ahora no. Es mejor que volvamos por la noche. Cuando estén todos dormidos.
Gabriel se volvió hacia el lago. Liam echó un último vistazo a la casa. No podía verles la cara sin los prismáticos, pero sabía que estaban allí dentro, Vidar Björnlund y su nieto.
Envueltos en su falsa seguridad.
Cuando ella bajó, estaban sentados en la cocina con sus brillantes cabezas inclinadas sobre el tablero de la mesa como si estuvieran rezando. El frasco de linimento entre la comida del desayuno. Hablaban en voz baja y reservada, y por un momento ella se sintió excluida.
—Ya era hora —dijo Vidar—. Algunos ya se han ganado un jornal antes de que tú te levantaras.
Retiró la silla para ella, pero Liv no quería sentarse. Tomó el café de pie junto al fregadero; el olor acerbo del linimento se entremezcló y le arruinó el sabor. Las zarpas de Vidar reposaban torpemente sobre la mesa mientras el chico les insuflaba nueva vida masajeándolas. La escena parecía tan tierna como violenta: la piel vieja y con manchas debajo de la joven y suave. Arrugas de dolor en la cara de Vidar mientras apretaba los dientes. El café sabía a enfermedad, pero se lo bebía de todos modos. Bebía y deseaba estar lejos.
Simon se puso al lado de su madre y se lavó las manos, pero el olor a linimento era imposible de eliminar, lo acompañaría a la escuela. Los ojos de ambos se encontraron por encima de los platos sucios, él le guiñó un ojo, como si compartieran un secreto, y de pronto la sangre le volvió a correr por las venas. Su hijo estaba enamorado y era a ella a quien se lo había contado, no a Vidar. La distancia entre ellos era más corta de lo que ella pensaba. Y, un día, Liv se lo contaría todo, tal como fue. Solo tenía que encontrar las palabras.
—¿Qué pasa? —preguntó él—. Te noto muy rara.
—Nada. Solo te miro.
Ella vio que lo hacía sentir incómodo, pero no podía evitarlo. Sus ojos siempre querían posarse en él. El pelo mojado y los hoyuelos de la risa alrededor de la boca. A pesar de que él ya solo se reía a carcajadas en muy raras ocasiones, ella podía distinguir los hoyuelos. La luz que lo acompañaba adondequiera que fuese llenaba de vida y color las desoladas habitaciones.
—Eres muy pesada cuando me miras todo el tiempo —le dijo, estirándose para coger la mochila.
Pero no parecía enfadado. Mientras se dirigía a la entrada, ella sintió que le ardía la espalda. Se quedó sin aliento escuchándolo mientras él se ponía la cazadora y los zapatos.
—¡Adiós! —gritó antes de que la puerta se cerrara de nuevo.
«Adiós», resonaron sus voces. Lo siguieron con la mirada cuando desapareció bajo la barrera y salió a la carretera principal, hacia la parada del autobús. La respiración acuosa de Vidar llenó el silencio. A Liv, el picor se le extendió entre los omóplatos. El pueblo yacía abotargado y agonizante allí fuera, y ella pudo ver el humo de las chimeneas de los vecinos elevarse por encima de los árboles, o quizá fuera niebla. El bosque le devolvió la mirada, gris y sombría.
Un día le explicaría a su hijo por qué se había quedado allí. Que no era solo por el control que Vidar ejercía sobre ella, sino por la propia tierra, por todo lo que ella había ido enterrando a lo largo de los años y se sentía obligada a vigilar. Observó el serbal que extendía sus ramas desnudas hacia el cielo, algunos días podía ver allí a su madre, a pesar de que era imposible que pudiera recordarlo. En su imaginación, Kristina llevaba el mismo vestido blanco que en la foto de la boda, el encaje transparente revoloteaba al viento y la melena tupida y brillante le caía alrededor del cuello retorcido. Según el informe, fue Vidar quien la descolgó, y cuando llegó la ambulancia ella estaba tendida en el banco de la cocina. Al principio no entendieron qué había pasado, creyeron que él la había estrangulado. Y debido al estado de shock en que se encontraba, Vidar se había olvidado de la niña; fue un policía quien encontró a Liv en el piso de arriba, quien oyó su llanto. Había tardado años en encajar las piezas del suceso, no había entendido cómo ocurrieron los hechos hasta que llegó a la edad adulta y tuvo acceso al historial médico y a los informes.
Le dolía la piel cuando iban en el coche. Se había abrochado la camisa del uniforme de trabajo hasta arriba para que nadie pudiera ver los estragos de las uñas en su cuello. Vidar iba inclinado sobre el volante. Las gafas no bastaban, le fallaba la vista de todos modos, una película lechosa se había interpuesto entre él y el mundo, un velo que hacía desagradable encontrarse con su mirada. Conducía demasiado rápido y demasiado cerca de la cuneta, ella cerró los ojos para no verlo. Tenía la carretera grabada en la cabeza, no necesitaba los ojos para saber cuándo se acercaban.
Liv había conseguido el trabajo en la gasolinera el invierno después de que naciera Simon, un primer paso titubeante hacia algo propio. Vidar no había protestado —ella se tenía que mantener de algo—, pero insistió en llevarla al trabajo todos los días. Durante dieciséis años, él la había llevado y la había ido a buscar como si fuera una niña de preescolar. «¿Quieres privarme de la única distracción que tengo?», solía decir él cuando ella protestaba. Llevarla al trabajo era toda su diversión. Además, solo tenían un coche y no se podía ni hablar de comprar otro. Él no podía tolerar semejante despilfarro, ni aunque ella lo pagara con su propio dinero.
No sabía cuánto dinero había recibido él por los bosques, pero se hablaba de muchos millones. Había visto el dinero en la caja fuerte cuando era pequeña, fajos grandes sujetos con gomas. Ahora él ya no abría la caja fuerte delante de ella. Liv nunca vio el menor indicio de una fortuna. Unos pocos miles de coronas eran todo cuanto se permitía gastar al mes para vivir. Suficiente para cubrir los artículos de primera necesidad, pero no para vivir realmente. Eso de la fortuna era como tener un tío en América, alguien cuyo nombre ella había oído mencionar, pero al que nunca había conocido.
Muchos le habían preguntado por qué quería trabajar en la gasolinera. «Eres rica», solían decir, guiñándole un ojo. Pero Liv siempre lo negaba. «No soy yo quien es rica, es mi padre».
Vidar giró al llegar a la iglesia y aparcó. Eso significaba que quería decir algo. La madera amarilla brillaba contra el cielo. De pequeña, a ella le parecía el edificio más bonito del mundo, como un castillo sacado de un cuento, pero ahora le hacía daño a la vista. Apoyó la mano en la puerta, la gasolinera estaba a un tiro de piedra de allí; si abría la puerta y echaba a correr, él no la alcanzaría.
—Empiezo dentro de diez minutos.
Vidar miró por el parabrisas, observó los abedules desnudos.
—Creo que tenemos que deshacernos de nuestro inquilino.
—¿A quién te refieres?
—A Johnny Westberg. En ese tipo hay algo que no encaja.
El miedo la golpeó como una puñalada en el estómago. Liv miró hacia la gasolinera; un tenue vaho se extendió por la ventana cuando espiró.
—Que yo sepa, ha sido muy discreto.
—Yo debería haber comprendido que era mejor no alquilarle nada a un extraño del sur.
—¿De qué estás hablando?
—El otro día apareció en nuestro buzón una carta dirigida a Johnny Westberg. Era de la Agencia Tributaria.
Unos pequeños escupitajos blancos aterrizaron en el salpicadero al tiempo que hacía una mueca, como si la sola mención de la Agencia le diera asco. La Agencia Tributaria, la autoridad más temida de todas. Liv intentó ditinguir si estaba mintiendo, si solo se trataba de una invención para fastidiar, pero el viejo sacó la carta y la agitó delante de su cara. Apoyó la uña sucia del dedo índice contra las letras para que ella las viera bien. «Agencia Tributaria, Estocolmo», ponía bien claro. Liv se encogió de hombros, tratando de parecer impasible. Vio a Johnny delante de ella, su rostro iluminado por el resplandor del cigarrillo, las manos ásperas sobre su piel. Abrió un poco la puerta, se asomó al frío.
—Eso no tiene por qué significar gran cosa, mientras pague el alquiler nosotros no tenemos nada que objetar.
El cielo estaba muy bajo, pequeños copos afilados se arremolinaban en el aire antes de golpear el suelo y desaparecer. Vidar se inclinó más hacia ella, hasta estar lo suficientemente cerca para que Liv pudiera sentir el hedor de su boca.
—Lo vigilaré. El más mínimo desliz y sale volando. La gente que tiene deudas no es de fiar. Y yo tengo que pensar en ti y en el chico.
—Creo que exageras.
Él la agarró de la muñeca y la retuvo con una fuerza sorprendente.
—No será a él a quien vas a ver corriendo por las noches, ¿verdad?
—Suéltame.
—Porque, en ese caso, lo echo hoy mismo, ¿me oyes? Así ya habrá salido antes de que tú vuelvas a casa.
Los copos se arremolinaban fuera. A través de la blancura centelleante se vislumbraba la gasolinera, como un puerto seguro. Liv tomó impulso, se soltó y corrió ciegamente a través de la nieve de primavera. Podía oír cómo él aullaba a su espalda, pero no se volvió ni una sola vez.
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