Vidar se estiró para coger la pipa; llenó el cuarto con sus chupadas. El llanto lo había abandonado y dado paso a una especie de calma, casi una satisfacción, ahora que le había recordado a ella cuál era el estado de las cosas. La vida que llevaban sobre su conciencia.
Liv agarró el cuello de la botella y, en un intento de calmar el temblor de las manos, llenó el vaso a medias y bebió de tal manera que el líquido le corrió barbilla abajo.
—Tú no lo ves —dijo Vidar—, pero llevas dentro la misma oscuridad que tu madre. Veo cómo te atormenta y te atrae, cómo intenta engañarte para que abandones este mundo.
—No sé de qué estás hablando.
—No puedo obligarte a que te quedes más tiempo, eres mayor para eso. Pero no voy a quitarte los ojos de encima, que lo sepas. No mientras viva. No te voy a permitir desaparecer en los brazos de ninguna de esas bestias a las que acudes corriendo por las noches. Antes prefiero morir.
Se inclinó sobre la mesa para que ella pudiera verlo mejor, los contornos flácidos de su cuerpo envejecido. La soledad de su mirada se le clavó en lo más profundo, lo que agitó todo cuanto ella prefería reprimir. Giró la cara hacia la ventana, hacia el exterior, hacia la noche. Cuando era más joven, la oscuridad que reinaba allá fuera la ahogaba, pero ahora podía desaparecer en ella, refugiarse. Vio su propia cara en el cristal, la niña desdichada que se escondía allí, que le suplicaba.
La llama de la vela parpadeó al ritmo de sus movimientos cuando ella se levantó. El alcohol ya había alcanzado la sangre y sus pasos eran inseguros. Solo cuando se volvió de espaldas a él se atrevió a protestar.
—Yo no soy Kristina.
Apenas había llegado al umbral de la puerta cuando algo se hizo pedazos detrás de ella. Se dio la vuelta y el vaso estaba hecho añicos en el suelo. Vidar daba manotazos a tientas en el aire, buscándola.
—Si me dejas, no sé lo que hago.
Ella estaba tumbada entre las sábanas frías y oyó sus pesados pasos en la escalera. Su respiración silbó al otro lado de la puerta. Ella contuvo la respiración y esperó, deslizó una mano debajo del colchón en busca del cuchillo. Se entreveía su sombra por la rendija de debajo de la puerta, los pies inquietos que querían entrar en la habitación. Se le contrajeron todos los músculos del cuerpo. Vio que él tocaba la manija, suavemente al principio y a continuación con tal vehemencia que la puerta tembló en el marco. Tenía la piel sudorosa cuando apretó el cuchillo contra el pecho, con las dos manos aferradas al mango. Pero la cerradura no cedió y ella lo oyó soltar la manija con un gemido prolongado. Él se quedó inmóvil al otro lado de la puerta, solo e inquieto en medio de la noche. Pasó mucho tiempo antes de que la dejara en paz. Antes de que ella se atreviera a cerrar los ojos.
Vanja extendió mermelada de mora de los pantanos en la tortita con meticulosa precisión. Luego hizo lo mismo con la nata, antes de enrollar la crujiente tortita con cuidado para que no se saliera nada por los extremos. Se puso un buen bocado en la boca y le dedicó una mueca.
—La abuela dice que tienes que buscar una casa. Dice que no se puede vivir en un garaje.
Liam puso un poco de mantequilla en la sartén y la volvió a llenar con la mezcla para las tortitas.
—La abuela tiene razón —contestó—, en el garaje solo deberían vivir los coches. Pero voy a construir una casa nueva para ti y para mí, ya lo verás.
La mermelada brillaba en los labios de Vanja.
—¿La podemos pintar de verde? —preguntó.
—¿De verde?
—Sí, como la aurora boreal.
Liam dio la vuelta a la tortita con un movimiento rápido y le sonrió.
—Claro que lo haremos. Nuestra casa va a ser verde aurora boreal.
Ella sonrió con una sonrisa desdentada, esa sonrisa que hacía que todo se estremeciera y cantara dentro de él. Como los hielos en pleno invierno o en primavera. Él había vivido en la parte superior del garaje del tractor desde los diecisiete años. Sobre todo, para librarse de su madre y de los perros. El sofá cama quedaba encajado a un lado, cuando estaba abierto, y la cama ocupaba la mayor parte del espacio. En el otro lado había una placa de cocina, una nevera y una mesa de cocina para dos personas. La única ventana que había dejaba pasar la corriente y daba al cercado de los perros. Los ladridos y los aullidos lo arrancaban del sueño casi cada amanecer. Y además estaba el olor a gasolina que se filtraba por las tablas del piso. No era un lugar para que creciera un niño. Vanja necesitaba su propia cama, su propia habitación. Y era él quien se las iba a proporcionar. En eso era en lo único que pensaba realmente. En construir un hogar para ella.
Acababan de comer la última tortita cuando se abrió la puerta y apareció Gabriel. Una gorra le aplastaba los rizos alborotados, y debajo de la visera su cara era una masa de sombras oscuras. Vanja salió corriendo a su encuentro y él levantó del suelo su cuerpo ligero como una pluma y la sentó en sus hombros. Ella lo agarró de las orejas y se echó a reír. El techo era tan bajo que parecía que fuera a darse un golpe en la cabeza de un momento a otro. Liam se volvió y escuchó sus charlas amorosas.
—¿Cómo está hoy la mocosa?
—¡Yo no soy una mocosa!
—Claro que lo eres. ¡Toda tú eres verde moco!
Vanja se rio tan alto que los perros empezaron a ladrar en el patio. Gabriel solo tenía que abrir la boca para que ella se riera. Solo tenía que mirarla.
Liam levantó el teléfono y tomó una foto, captó sus risas sin que ellos lo notaran. Así era como mejor salían siempre. Luego sacó una Coca-Cola de la nevera y se la puso delante a su hermano. Gabriel se sentó en una de las sillas de cocina con Vanja en las rodillas, peinando su largo cabello alborotado con dedos torpes.
—¿No tienes cerveza?
—No son ni siquiera las diez.
—Pero es sábado, se podrá tomar cerveza, ¿no? —Acercó su cara a la de Vanja—. ¿Qué dices tú, mocosa? ¿A que uno sí puede permitírselo el fin de semana?
Vanja asintió con la cabeza. Ahí estaba ella. Liam volvió a colocar la Coca-Cola en la nevera y en su lugar sacó una cerveza Norrland. Apoyó la espalda contra el frigorífico y se quedó mirándolos mientras Gabriel abría la cerveza y le ofrecía un trago a Vanja, que ella rechazó arrugando la nariz. Liam apretó los puños debajo de las axilas y se clavó las uñas con tanta fuerza contra las palmas de las manos que le dolía la piel. No sabía de dónde le venía la rabia, solo sabía que tenía algo que ver con Vanja. Vanja y su hermano. No quería que Gabriel le contagiara a ella su visión distorsionada del mundo. Toda aquella palabrería acerca de que el cerebro humano necesitaba anestesiarse con sustancias, porque, de lo contrario, al final uno acababa perdiendo el juicio. «Los seres humanos siempre han tomado drogas —solía decir Gabriel—, de lo contrario no habríamos sobrevivido».
Gabriel dio un par de generosos tragos y ahogó un eructo. Toqueteó un cigarrillo, pero sabía que no debía encenderlo. Liam sacó papel de dibujo y pinturas para Vanja. Le pidió que dibujara la casa que iban a construir, la casa de color aurora boreal. Por encima de la cabeza de la niña se encontró con la mirada de su hermano.
—¿Por qué has venido?
—¿Es que acaso tiene que haber un motivo especial? Solo quería ver un rato a mi sobrina.
—Lo que yo veo es que quieres algo.
Gabriel sonrió burlón, se quitó la gorra y se pasó la mano por el cabello antes de volvérsela a poner. La piel de su rostro tenía un aspecto enfermizo a la luz del tubo fluorescente, como si no viera nunca el sol.
—No puedo dejar de pensar en el viejo.
—¿En qué viejo?
—En el de Ödesmark.
Liam miró a Vanja allí sentada, inclinada sobre el papel. Ella alternaba una pintura azul y una verde, se chupaba el pulgar y mojaba el papel para mezclar los dos colores. Justo como él le había enseñado.
—Ya hablaremos de ello más tarde.
Se produjo una sacudida alrededor de los ojos de Gabriel.
—Sé que necesitas dinero —dijo— para poder salir de esta ratonera de una vez por todas.
—No me fío de Juha.
—Ni yo tampoco, pero no está de más ir a echar un vistazo.
Liam permaneció en silencio en el rincón. Era cierto que necesitaba dinero: la plantación nunca había producido mucho, y la otra mierda tampoco. Ese era el problema con el dinero rápido, que desaparecía tan deprisa como había llegado. Un viento fuerte de primavera empezó a arañar las paredes e hizo callar a los perros. Él se sirvió café y miró por la ventana. El bosque peleaba contra el viento. Uno de los perros —una perra— olfateaba el aire. El pelaje se le movía formando olas con el viento. Los otros perros estaban tumbados y escondidos en sus casetas, solo la perra parecía impasible ante la tormenta que se acercaba.
—¿Qué dices? —continuó Gabriel—. ¿Vamos a dar una vuelta?
Liam sorbió el café frío; hizo una mueca al notar su sabor amargo. Siguió con la mirada a la perra que parecía una reina allí fuera, en la tormenta, quieta e impasible, como si nada pudiera con ella. El viento sopló a través de él, llevando consigo una advertencia que hizo que se le erizara el vello de los brazos. Miró a Gabriel y luego miró a su hija, que seguía concentrada en el dibujo.
—Está bien —dijo finalmente—. Podemos ir a reconocer un poco el terreno.
La sonrisa de Gabriel le provocó un escalofrío que le recorrió toda la espalda. Vio que su hermano bajaba a Vanja de sus rodillas y se levantaba. La lata de cerveza vacía se tambaleó sobre el tablero de la mesa.
—Dame un beso, mocosa, que me voy.
Vanja frunció los labios y los puso contra los de su tío.
—Te llamaré cuando sea la hora —le dijo, mirando fijamente a Liam.
Cuando la puerta se cerró de nuevo, Liam se dejó caer junto a la mesa, agotado de repente. Sus ojos se posaron en el dibujo de Vanja. En una esquina había dibujado un sol que lanzaba sus largos rayos hacia una casa grande de color verde azulado. En la puerta había dos figuras sonrientes cogidas de la mano. Vanja siguió su mirada y le indicó:
—Somos tú y yo, papá. Y esta es nuestra casa.
La puerta de Simon siempre estaba cerrada. Solo la luz azul del ordenador se filtraba fuera, hacia ella. A Liv le gustaba pegar la oreja a la madera fresca y escucharlo desde allí, al otro lado. Los dedos del chico cuando pulsaban el teclado, sus ronquidos sordos cuando dormía, o esa rítmica música rap que Vidar detestaba. A veces, él se reía detrás de la puerta, se reía de tal manera que su risa era contagiosa. Ella no sabía de qué, si se trataba de una película o de alguno de sus amigos secretos al otro lado de la pantalla. Vivían en todas partes, esos amigos suyos, lejos, por todo el mundo. La sola idea le daba vértigo. Ella comprendía que era su manera de alejarse, el chico podía viajar a donde quisiera sin salir nunca de la habitación.
Cuando llamó a la puerta, se hizo el silencio. Esperó con el resuello en la garganta hasta que él le dijera que podía entrar. En cuanto entreabrió la puerta, la envolvió una bocanada de aire frío proveniente de la ventana abierta.
—¿No tienes frío?
—No.
Una película japonesa de dibujos animados aparecía pausada en la pantalla del ordenador. Simon siempre había soñado con viajar a Japón, hablaba de ello desde que iba a primaria. De las ganas que tenía de ver florecer los cerezos y de comer sushi de verdad. «Yo no voy a ser como tú —solía decir—. No voy a vivir en Ödesmark toda la vida. En cuanto cumpla los dieciocho me largaré».
La miró con impaciencia.
—¿Qué quieres?
Liv sopesó sus palabras en el umbral. «Haz las maletas —le habría gustado decirle—. Nos largamos a Japón».
Pero todo cuanto fue capaz de hacer fue encogerse de hombros. Echó una ojeada debajo de la cama, donde había encontrado la botella de alcohol, pero había muy poca luz para ver si estaba allí. Simon siguió su mirada.
—No hace falta que te pongas pesada, le he devuelto la botella a mi amigo.
—¿Quién es tu amigo?
—Una chica, sin más.
—¿Una chica?
—Mmm.
Liv pudo observar cómo se le encendía la cara. Lo cual le hizo pensar que Vidar tenía razón en sus conjeturas, como de costumbre; a él no se le escapaba nada.
—¿Es alguien que conozca?
—Tal vez.
La sonrisa maliciosa que se dibujó en sus labios la hizo estremecerse. Alegría e inquietud, como olas eléctricas bajo su piel. Habían pasado diecisiete años, pronto él ya no estaría allí sentado, pronto la abandonaría. Por Tokio y por las islas de Lofoten o por cualquiera de esos lugares de los que hablaba. Liv entró en la habitación, cerró la ventana y al volverse le acarició la cabeza.
—No le digas nada al abuelo —dijo él.
—Claro que no. Pero ¿no puedes decirme quién es?
Él negó con la cabeza, no quería decirlo. Liv no lo había visto nunca con una chica, no desde los primeros cursos de primaria, cuando ellas se limitaban a invitarlo a sus fiestas de cumpleaños. Él era como un muñeco en sus manos, callado y complaciente, les dejaba que le cepillaran el pelo y le pusieran vestidos. Todo para poder participar. Después los chicos eran despiadados con él.
Ella se detuvo en la puerta, rogándole con los ojos. Hubo un tiempo en que él se lo contaba todo, en el que su madre se sentaba en su cama escuchando la voz clara del niño con todas sus preguntas e ideas acerca del mundo, y entonces no existían muros ni distancia entre ellos. Liv se preguntaba cuándo habían surgido la distancia y los muros. De repente, habían aparecido allí.
—¿Por qué eres tan reservado?
—Y tú me lo preguntas.
Por un momento le pareció distinguir en su voz el tono sarcástico de Vidar.
—No soy yo quien se escabulle por el pueblo de noche.
La niebla se abría paso entre los árboles y convertía el camino en una trampa mortal. Liam dejó que el coche avanzara lentamente. Los renos habían regresado de los pastos de invierno y vislumbraba sus sombras entre los pinos, enjutos y con el tono azulado propio de cuando mudaban la piel. Gabriel iba a su lado con la vista puesta en el móvil, donde ampliaba una foto del plano que les había dado Juha, con su uña sucia planeando sobre la pantalla.
—¿De dónde crees que ha sacado el dibujo? —preguntó Liam.
—Lo habrá hecho él mismo. Dice que conocía al viejo, back in the day.
—No me sorprendería nada que todo esto fuera una majadería.
—Es posible, pero todo el mundo sabe que Vidar tiene pasta. Ese detalle no se lo ha inventado él.
Era cierto, todos conocían la historia de Vidar Björnlund, pero no había nadie que lo conociera realmente. Liam trató de recordar cuándo fue la última vez que vio al viejo; en su mente solo aparecía una cara borrosa tras el cristal de la ventanilla de un coche, una figura casi mística de la que todos hablaban pero que solo en contadas ocasiones se dejaba ver por el pueblo. Era huraño, casi un loco, se rumoreaba que solía levantar la escopeta de perdigones en cuanto alguien ponía el pie en sus tierras. Pero no siempre había sido así. De joven había sido ambicioso, había hecho un montón de negocios lucrativos con las tierras y había amasado una buena fortuna. Pero todo cambió cuando murió su mujer. Fue entonces cuando vendió los bosques y se retiró, dejó de hacer negocios. La versión oficial era que ella se había colgado de un árbol del jardín, pero decían que había sido el propio Vidar quien la había colgado. Que se le había ido de las manos.
Gabriel le pasó el porro.
—¿Quieres?
—No.
—¿Por qué no?
—Porque se lo he prometido a Vanja.
Gabriel sonrió como si Liam hubiera dicho algo gracioso.
—Vanja todavía no sabe la diferencia.
—Claro que la sabe.
—No sé a quién tratas de engañar. Llevas cinco años diciendo que lo vas a dejar, pero no has hecho nada. Solo porque has sido padre te crees que eres mejor que yo, pero eres tan incapaz como siempre. Nunca lo dejarás, y cuanto antes te lo metas en la cabeza, mejor.
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