—Y de aquel que no le gusta estudiar, sobre todo mientras es joven y no cuenta aún con razón para decidir si eso es útil o no, no diremos [c] que es amante del estudio o que es filósofo, 129 como tampoco del que siente aversión por los alimentos hemos de decir que tiene hambre o que desea alimentos, ni que es voraz, sino que es inapetente.
—Y hablaremos correctamente.
—En cuanto a aquel que está rápidamente dispuesto a gustar de todo estudio y marchar con alegría a aprender, sin darse nunca por harto, a éste con justicia lo llamaremos ‘filósofo’.
—Pues en ese caso tendrás mucha gente de esa índole y muy extraña [d] —dijo Glaucón—; en efecto, todos los que aman los espectáculos con regocijo por aprehender, me parece a mí, son de esa índole; y aún más insólitos son los que aman las audiciones, al menos para ubicarlos entre los filósofos, ya que no estarían dispuestos a participar voluntariamente de una discusión o de un estudio serio; antes bien, como si hubiesen arrendado sus oídos, recorren las fiestas dionisíacas para oír todos los coros, sin perderse uno, sea en las ciudades, sea en las aldeas. A todos estos aprendices y otros semejantes, incluso de artes menores, ¿llamarás ‘filósofos’? [e]
—De ningún modo —respondí—, más bien ‘parecidos a filósofos’.
—Entonces, ¿a quiénes llamas ‘verdaderamente filósofos’?
—A quienes aman el espectáculo de la verdad.
—Bien, pero ¿qué quieres decir con eso?
—De ningún modo sería fácil con otro, pero pienso que tú vas a estar de acuerdo conmigo en esto.
—¿Qué cosa?
—Que, puesto que lo Bello es contrario de lo Feo, son dos cosas.
—¡Claro! [476a]
—Y que, puesto que son dos, cada uno es uno.
—También eso está claro.
—Y el mismo discurso acerca de lo Justo y de lo Injusto, de lo Bueno y de lo Malo y todas las Ideas: cada una en sí misma es una, pero, al presentarse por doquier en comunión con las acciones, con los cuerpos y unas con otras, cada una aparece como múltiple.
—Hablas correctamente.
—En este sentido, precisamente, hago la distinción, apartando a aquellos que acabas de mencionar, amantes de espectáculos y de las artes y hombres de acción, de aquellos sobre los cuales versa mi discurso, [b] que son los únicos a quienes cabría denominar correctamente ‘filósofos’.
—¿Qué quieres decir?
—Aquellos que aman las audiciones y los espectáculos se deleitan con sonidos bellos o con colores y figuras bellas, y con todo lo que se fabrica con cosas de esa índole; pero su pensamiento es incapaz de divisar la naturaleza de lo Bello en sí y de deleitarse con ella.
—Así es, en efecto.
—En cambio, aquellos que son capaces de avanzar hasta lo Bello en sí y contemplarlo por sí mismo, ¿no son raros?
[c] —Ciertamente.
—Pues bien; el que cree que hay cosas bellas, pero no cree en la Belleza en sí ni es capaz de seguir al que conduce hacia su conocimiento, ¿te parece que vive soñando, o despierto? Examina. ¿No consiste el soñar en que, ya sea mientras se duerme o bien cuando se ha despertado, se toma lo semejante a algo, no por semejante, sino como aquello a lo cual se asemeja?
—En efecto, yo diría que soñar es algo de esa índole.
[d] —Veamos ahora el caso contrario: aquel que estima que hay algo Bello en sí, y es capaz de mirarlo tanto como las cosas que participan de él, sin confundirlo con las cosas que participan de él, ni a él por estas cosas participantes, ¿te parece que vive despierto o soñando?
—Despierto, con mucho.
—¿No denominaremos correctamente al pensamiento de éste, en cuanto conoce, ‘conocimiento’, mientras al del otro, en cuanto opina, ‘opinión’?
—Completamente de acuerdo.
—¿Y si aquel del que afirmamos que opina se encoleriza contra [e] nosotros y arguye que no decimos la verdad? ¿No tendremos que apaciguarlo y convencerlo de que se calme, ocultándole que no está sano?
—Convendrá que así lo hagamos.
—Vamos, pues, examina qué hemos de responderle. ¿O prefieres que lo interroguemos, diciéndole que, si sabe algo, no le tendremos envidia, sino que nos regocijaremos de ver que sabe algo? «Pero dinos: ¿el que conoce, conoce algo o no conoce nada?» Respóndeme en lugar suyo.
—Responderé que conoce algo.
—¿Algo que es o algo que no es? [477a]
—Que es; pues, ¿cómo se podría conocer lo que no es?
—Por lo tanto, tenemos seguridad en esto, desde cualquier punto de vista que observemos: lo que es plenamente es plenamente cognoscible, mientras que lo que no es no es cognoscible en ningún sentido.
—Con la mayor seguridad.
—Sea. Y si algo se comporta de modo tal que es y no es, ¿no se situará entremedias de lo que es en forma pura y de lo que no es de ningún modo?
—Entremedias.
—Por consiguiente, si el conocimiento se refiere a lo que es y la ignorancia a lo que no es, deberá indagarse qué cosa intermedia entre el conocimiento científico y la ignorancia se refiere a esto intermedio, [b] si es que hay algo así.
—De acuerdo en esto.
—Ahora bien, ¿llamamos a algo ‘opinión’?
—¡Claro!
—¿Es un poder distinto que el del conocimiento científico, o el mismo?
—Distinto.
—Así pues, la opinión corresponde a una cosa y el conocimiento científico a otra.
—Así es.
—Y al corresponder por naturaleza el conocimiento científico a lo que es, 130 ¿no conoce cómo es el ente? Pero antes me parece, más bien, que debemos distinguir algo.
—¿Qué?
—Afirmamos que los poderes son un género de cosas gracias a las [c] cuales podemos lo que podemos nosotros y cualquier otra cosa que puede. Por ejemplo, cuento entre los poderes la vista y el oído, si es que comprendes la especie a que quiero referirme.
—Sí, comprendo.
—Escucha lo que, con respecto a ellos, me parece. No veo en los poderes, en efecto, ni color ni figura ni nada de esa índole que hallamos en muchas otras cosas, dirigiendo la mirada a las cuales puedo distinguir [d] por mí mismo unas de otras. En un poder miro sólo a aquello a lo cual está referido y aquello que produce, y de ese modo denomino a cada uno de ellos ‘poder’, y del que está asignado a lo mismo y produce lo mismo considero que es el mismo poder, y distinto el que está asignado a otra cosa y produce otra cosa. Y tú ¿cómo procedes?
—Del mismo modo.
—Volvamos atrás, entonces, mi excelente amigo. ¿Dices que el conocimiento científico es un poder, o en qué género lo ubicas?
—En ése: es el más vigoroso de todos los poderes.
[e] —¿Y la opinión es un poder o la transferiremos a otra especie?
—De ningún modo, porque aquello con lo cual podemos opinar es la opinión.
—Pero hace apenas un momento conviniste en que el conocimiento científico y la opinión no son lo mismo.
—¿Y cómo un hombre en su sano juicio admitiría que es lo mismo lo falible y lo infalible?
[478a] —Muy bien —asentí—. Es manifiesto que estamos de acuerdo en que la opinión es distinta del conocimiento científico.
—Sí, distinta.
—Por consiguiente, cada una de estas cosas, por tener un poder distinto, está asignada por naturaleza a algo distinto.
—Necesariamente.
—Y tal vez el conocimiento científico está por naturaleza asignado al ente, de modo que conozca cómo es.
—Sí.
—La opinión, en cambio, decimos que opina.
—Así es.
—¿Y conoce lo mismo que el conocimiento científico? ¿Y lo mismo será cognoscible y opinable, o es imposible esto?
—Es imposible —respondió Glaucón—, dado lo que hemos convenido. Si un distinto poder corresponde por naturaleza a un objeto [b] distinto, y ambos, opinión y conocimiento científico, son poderes, pero cada uno distinto del otro, como decimos, de allí resulta que no hay lugar a que lo cognoscible y lo opinable sean lo mismo.
—Por lo tanto, si lo que es es cognoscible, lo opinable será algo distinto de lo que es.
—Distinto, en efecto.
—¿Se opina entonces sobre lo que no es, o es imposible opinar sobre lo que no es? Reflexiona: aquel que opina tiene una opinión sobre algo. ¿O acaso es posible opinar sin opinar sobre nada?
—No, es imposible.
—¿No es, más bien, que el que opina, opina sobre una cosa?
—Sí.
—Pero lo que no es no es algo, sino nada, si hablamos rectamente. [c]
—Enteramente de acuerdo.
—A lo que no es hemos asignado necesariamente la ignorancia, y a lo que es el conocimiento.
—Y hemos procedido correctamente.
—En tal caso, no se opina sobre lo que es ni sobre lo que no es.
—No, por cierto.
—Por ende, la opinión no es ignorancia ni conocimiento.
—Así parece.
—¿Está entonces más allá de ambos, sobrepasando al conocimiento en claridad y a la ignorancia en oscuridad?
—Ni una cosa ni la otra.
—¿O te parece que la opinión es más oscura que el conocimiento y más clara que la ignorancia?
—Eso sí.
—¿Yace entre ambos? [d]
—Sí.
—¿La opinión es, pues, intermedia entre uno y otro?
—Exactamente.
—¿Y no dijimos anteriormente 131 que, si se nos aparecía algo que a la vez fuese y no fuese, una cosa de tal índole yacería en medio de lo que puramente es y de lo que por completo no es, y ni le correspondería el conocimiento científico ni la ignorancia, sino, como decimos, algo que parece intermedio entre la ignorancia y el conocimiento científico?
—Correcto.
—Pero se ha mostrado que lo que llamamos ‘opinión’ es intermedio entre ellos.
—Ha sido mostrado.
[ e] —Nos quedaría entonces por descubrir aquello que, según parece, participa de ambos, tanto del ser como del no ser, y a lo que no podemos denominar rectamente ni como uno ni como otro en forma pura; de modo que, si aparece, digamos con justicia que es opinable, y asignemos las zonas extremas a los poderes extremos y las intermedias a lo intermedio. ¿No es así?
—Sí.
[479a] —Admitido esto, podré decir que me hable y responda aquel valiente que no cree que haya algo Bello en sí, ni una Idea de la Belleza en sí que se comporta siempre del mismo modo, sino muchas cosas bellas; aquel amante de espectáculos que de ningún modo tolera que se le diga que existe lo Bello único, lo Justo, etcétera. «Excelente amigo —le diremos—, de estas múltiples cosas bellas, ¿hay alguna que no te parezca fea en algún sentido? ¿Y de las justas, alguna que no te parezca injusta, y de las santas una que no te parezca profana?»
[b] —No, necesariamente las cosas bellas han de parecer en algún sentido feas, y así como cualquier otra de las que preguntas.
—¿Y las múltiples cosas dobles? ¿Parecen menos la mitad que el doble?
—No.
—Y de las cosas grandes y las pequeñas, las livianas y las pesadas, ¿las denominaremos con estos nombres que enunciamos más que con los contrarios?
—No, cada una contiene siempre a ambos opuestos.
—¿Y cada una de estas multiplicidades es lo que se dice que es más bien que no es ? 132
—Esto —señaló Glaucón— se parece a los juegos de palabras con doble sentido que se hacen en los banquetes, y a la adivinanza infantil [c] del eunuco y del tiro al murciélago, en que se da a adivinar con qué le tira y sobre qué está posando. 133 Estas cosas también se pueden interpretar en doble sentido, y no es posible concebirlas con firmeza como siendo ni como no siendo, ni ambas a la vez o ninguna de ellas.
—¿Sabes entonces qué hacer con tales cosas —pregunté—, o las ubicarás en un sitio mejor que entre la realidad y el no ser? En efecto, ni aparecerán sin duda más oscuras que el no ser como para no ser menos aún, ni más luminosas que el ser como para ser más aún. [d]
—Es muy cierto.
—Por consiguiente, hemos descubierto que las múltiples creencias de la multitud acerca de lo bello y demás cosas están como rodando en un terreno intermedio entre lo que no es y lo que es en forma pura.
—Lo hemos descubierto.
—Pero hemos convenido anteriormente en que, si aparecía algo de esa índole, no se debería decir que es cognoscible sino opinable y, vagando en territorio intermedio, es detectable por el poder intermedio.
—Lo hemos convenido.
—En tal caso, de aquellos que contemplan las múltiples cosas bellas, [e] pero no ven lo Bello en sí ni son capaces de seguir a otro que los conduzca hacia él, o ven múltiples cosas justas pero no lo Justo en sí, y así con todo, diremos que opinan acerca de todo pero no conocen nada de aquello sobre lo que opinan.
—Necesariamente.
—¿Qué diremos, en cambio, de los que contemplan las cosas en sí y que se comportan siempre del mismo modo, sino que conocen, y que no opinan?
—También es necesario esto.
—¿Y no añadiremos que éstos dan la bienvenida y aman aquellas cosas de las cuales hay conocimiento y aquéllos las cosas de las que hay [480a] opinión? ¿O no nos acordamos de que decíamos que tales hombres aman y contemplan bellos sonidos, colores, etcétera, pero no toleran que se considere como existente lo Bello en sí?
—Sí, lo recordaremos.
—¿Y cometeremos una ofensa si los denominamos ‘amantes de la opinión’ más bien que ‘filósofos’? ¿Y se encolerizarán mucho con nosotros si hablamos así?
—No, al menos si me hacen caso; puesto que no es lícito encolerizarse con la verdad.
—Entonces ha de llamarse ‘filósofos’ a los que dan la bienvenida a cada una de las cosas que son en sí, y no ‘amantes de la opinión’.
—Completamente de acuerdo.
107 La primera mención de Adrastea en la literatura griega conservada se halla en el v. 936 de Prometeo encadenado de Esquilo: «Los sabios se inclinan ante Adrastea» (es el mismo verbo que aquí; por el contexto, traducimos «imploro»). Un escolio a ese verso aclaraba: «una diosa que castigaba a los orgullosos».
108 J. Adam remite aquí a Leyes , 869e y a Demóstenes, xxxvii, 58 -59.
109 O sea, en el caso de que el homicidio sea involuntario.
110 O sea, en el caso de los presuntos errores a que puede inducir la argumentación de Sócrates.
111 La traducción de gymnasía por «ejercicios gimnásticos» no muestra el matiz de desnudez (gymnós = «desnudo») que implica el vocablo griego.
112 Literalmente sería: «Pero después de que, a quienes hicieron la experiencia, el desnudarse se reveló como mejor que el cubrir todas las cosas de esa índole».
113 Cf. ii , 369a-370c.
114 Nos apartamos de J. Adam y, con J. Burnet, seguimos la lección del Vindobonensis , 55.
115 Pasaje de redacción oscura. Adoptamos, con J. Burnet, la lección de la mayoría de los códices, bien que dejando el participio ónta que figura en éstos.
116 En 453c.
117 Píndaro, frag. 209, Schröder, 1922 (86 de origen incierto, Puech, 1922).
118 En iii , 389b.
119 Como señala J. Adam, aquí la palabra «auxiliares» no designa la segunda clase del Estado, sino la primera (no como denominación, entonces, sino como calificativo, como «auxiliares del pueblo»).
120 Traducimos por «camarada» el vocablo hḗlix , cuya traducción literal sería «de la misma generación» (padres con padres, hijos con hijos).
121 Adimanto, en iv , 419a y sig.
122 Trabajos y días , 40.
123 Ilíada , vii , 321-322.
124 Ibid ., viii , 161-162.
125 Cf. supra , iii , 415a.
126 Trabajos y días , 122-123. Al citar de memoria, Platón sustituye el final del v. 123, «[guardianes] de hombres mortales», por el de los vv. 109 y 143, «hombres de voz articulada».
127 Nosotros diríamos «guerra civil».
128 Cf. iii , 414e.
129 Nos permitimos duplicar la palabra philósophos en la traducción, para la mejor comprensión de su sentido en el contexto. En los demás casos de palabras que comienzan con phil - traducimos «amante de-».
130 Traducimos en general tò ón por «lo que es» (reservamos «el ser» para el infinitivo sustantivado tò eînai ). Sólo en frases como la que sigue inmediatamente vertimos «el ente», para que no parezca un juego de palabras.
131 En 477a-b.
132 Seguimos a P. Shorey, 1930-1935, en la licencia de subrayar el «es» (y el «no es») de la oración principal para ayudar al lector a evitar la confusión con el «es» de la oración de relativo.
133 Según el escoliasta (G. C. Greene, 1938, pág. 235) la adivinanza respectiva podría ser ésta: «adivinanza: un hombre que no era hombre / vio y no vio a un pájaro que no era pájaro, / posado en un leño que no era leño, / le arrojó y no le arrojó una piedra que no era piedra». Las palabras clave son «eunuco», «murciélago», «caña», «piedra pómez», con las que Jowett-Campbell reconstruyen la solución: «un eunuco vio imperfectamente un murciélago posado en una caña y le arrojó, sin acertarle, una piedra pómez».
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