Читать книгу «Obras III» онлайн полностью📖 — Luciano — MyBook.

46
LEXÍFANES

Es un ataque personal a un individuo (de nombre ficticio, inventado para ajustarse al tema) cuyo entusiasmo por la dicción ática es igualado por su ausencia de ideas. Lexífanes es un sofista que padece una enfermedad verbal, una pasión morbosa por las palabras oscuras o inventadas y riega su discurso con extraños aticismos pasados de moda. En la primera parte de la obra Lexífanes lee a Licino su Banquete , exhibiendo todas sus faltas hasta la saciedad. En la segunda parte Licino, con la ayuda del médico Sópolis lo cura administrándole un purgante y a continuación lo instruye en la formación y comportamiento propios de un sofista.

Luciano lo ataca con los mismos argumentos que emplea contra El maestro de retórica: ambos usan palabras desenterradas o acabadas de inventar, ambos abusan del mismo manojo de aticismos, ambos desprecian la antigua literatura en beneficio de las declamaciones (melétai) de los sofistas recientes. Por otra parte, estas acusaciones recuerdan las hechas por escritores antes y después de Luciano. En el Banquete de los sofistas de Ateneo, una generación posterior a Luciano, hay una escena en la que el cínico Cinulco acusa a dos invitados de manierismos lingüísticos muy parecidos a los que Luciano lanza contra Lexífanes, algunos incluso implicando las mismas palabras. Por ello se pensó que Lexífanes podía ser uno de los sofistas ulpianitas que describe Cinulco, pero parece más probable que Ateneo conociera el Lexífanes de Luciano y tomara prestada alguna de sus plumas para usarlas contra los sofistas de su propia época, como había hecho Luciano utilizando las de los epigramáticos.

No hay ninguna certeza de que Luciano escribiera Lexífanes pensando en una persona concreta, y si lo hizo, se han perdido muchas de las pistas que pudieron tener los primeros oyentes y lectores. Pretende ser un amigo de Lexífanes y el escenario de la obra parece ser Atenas. Merece la pena reiterar la sugerencia que proyecta una indirecta en el Banquete de Lexífanes, cuando el sofista dice de sí mismo: «Tú sabes que yo soy un aficionado al campo (phílagros)» , porque esto también podría significar «tú sabes que yo soy Filagro», y Filagro de Cilicia era un sofista muy conocido que visitaba Atenas en tiempo de Luciano. Pero si Luciano hubiera intentado que se tomara a Lexífanes por Filagro, tendría que haber exagerado mucho algunas de las peculiaridades de su víctima y omitir otras.

Un rasgo llamativo de la parodia de Lexífanes que hace Luciano es el uso de palabras que ya no se emplean en su antiguo sentido, sino en uno nuevo completamente diferente, de lo que resulta un doble significado cuya traducción adecuada con frecuencia es completamente imposible, por falta de una expresión equivalente.

[1] LICINO . — ¿El bello Lexífanes, con un libro?

LEXÍFANES . — Sí, Licino, es un ensayo mío de este año, completamente impoluto.

LIC . — ¿Es que ya nos estás escribiendo algo sobre la polución? 1 .

LEX . — No por cierto, ni dije polución, pero ya es hora de que llames así a lo que se acaba de escribir, aunque parece que tienes los oídos taponados de cera.

LIC . — Perdona, amigo, pero es que entre polución e impolución hay muchas concomitancias. Pero díme, ¿cuál es la idea de tu obra?

LEX . — Con ella le hago la competencia al banquete de Aristón.

LIC . — Hay muchos Aristones, pero a juzgar por tu banquete me parece que te refieres a Platón.

LEX . — Hiciste una lectura correcta, pero ¡qué ininteligible habría sido para cualquier otra persona!

LIC . — Entonces, léeme algunos pasajes del libro, para que no me quede completamente privado del festín, pues parece que con él nos van a escanciar néctar con el vino 2 .

LEX . — Abate tu irónico espíritu, haz permeables tus oídos y escucha. ¡Fuera el cipsélido tapón! 3 .

LIC . — Puedes hablar con confianza, que a mí ni Cípselo ni Periandro 4 se me alojan en las orejas.

LEX . — Considera al mismo tiempo, Licino, cómo voy a desarrollar el discurso, si tiene una buena entrada, muestra abundante buena elocución, tiene rico léxico y contiene palabras importantes.

LIC . — Da la impresión de que es así, puesto que es tuyo. Pero empieza de una vez.

LEX . — «Luego cenaremos», dijo Calicles, «y después, [2] en el crepúsculo, daremos una vuelta por el Liceo, pero ahora ya es el momento de ungirnos con los calores del sol, calentarnos con su ardor y comer pan después de bañarnos. Ahora debemos marcharnos. Tú, muchacho, convóyame con el raspador, el odre, el pañuelo y los jabones hasta el baño y tráete el importe para pagarlo. Tienes en el suelo, junto al cofre, dos óbolos. Y tú, Lexífanes, ¿qué harás? ¿Vendrás también o seguirás ahí sin hacer nada?»

«También yo», dije, «hace un montón de tiempo que estoy deseando bañarme, pues no me encuentro muy bien y tengo el perineo sensible de andar montado en la grupera de una mula. El mulero me metía prisa, a pesar de que también él saltaba a la pata coja. Pero ni siquiera en el campo me sentía descansado, pues me encontré a los obreros gorjeando la canción de verano, otros que estaban preparando la tumba para mi padre; después de ayudarles a cavar la fosa y echar una mano por poco tiempo a los que levantaban arriates, les dejé marcharse a causa del frío, y porque tenían quemaduras (tú ya sabes que con un frío muy fuerte se producen quemaduras). Por mi cuenta recorrí los campos y me encontré con los ajos que crecían en ellos y arranqué algunos rábanos; me aprovisioné de perifollos y legumbres salvajes; compré también sémolas —las praderas no estaban todavía bastante fragantes como para andar entre ellas—, monté en la mula y me desollé la rabadilla. Ahora ando dolorido, sudo muchísimo, tengo el cuerpo hecho polvo y necesito nadar mucho tiempo en el agua; [3] disfruto bañándome cuando estoy cansado. Iré pues corriendo yo mismo junto a mi asistente, que seguramente estará donde la vendedora de purés o en el baratillo esperándome, aunque se le había advertido que me encontrara en el rastro.

»Pero aquí viene oportunamente en persona, después de comprar, según veo, requesón, pan a la ceniza, morralla, pescuezo, ¡fíjate!, papada y callos sinuosos y criadillas de buey. ¡Estupendo, Atición! porque me ahorraste la mayor parte del viaje».

«Y yo», dijo él, «me he quedado bizco, maestro, al echarte un vistazo. ¿Dónde cenaste tú ayer? ¿Acaso con Onomácrito?»

«No por Zeus», dije yo, «sino que me dirigí al campo a toda mecha; tú sabes que yo soy amante del campo, pero vosotros os imaginabais que estaba jugando a los cótabos 5 . Tú entra y disfruta de todo esto; limpia también la artesa para que puedas prepararnos un pastel de lechuga. Yo saldré y me daré un masaje seco» 6 .

«También nosotros», dijo Filino, «yo, Onomarco y Helánico [4] aquí presente te seguiremos, pues la manecilla da ya sombra al centro de la esfera 7 y hay el peligro de que tengamos que bañarnos en agua usada, detrás de los Carimantes, zarandeados en masa con la chusma».

Y Helánico dijo: «Yo también veo mal, pues tengo las niñas de los ojos turbias, se me cierran los ojos con frecuencia, lagrimeo y mi vista necesita remedio; me hace falta algún discípulo de Esculapio que sepa oftalmología, que me prepare y me dé una medicina que me quite la inflamación de los ojos, me suprima las legañas y deje de tener la mirada húmeda».

Conversando sobre estos temas, todos los que estábamos [5] presentes nos marchamos, y una vez que llegamos al gimnasio, ya desvestidos, uno se ejercitaba en la lucha con las manos, otro en las presas de cuello y en la lucha de pie, otro hacía inflexiones untado de aceite, otro se enfrentaba con el saco de arena, otro cogía bolas de plomo y las disparaba con las manos. A continuación, después de frotarnos mutuamente las espaldas y jugar en el gimnasio, yo y Filino nos bañamos en una bañera de agua caliente y salimos; los demás, tirándose de cabeza al agua fría como los delfines, nadaban bajo el agua admirablemente.

Regresamos de nuevo cada uno por su parte y nos dedicábamos a distintas actividades: yo me puse el calzado y me restregaba la cabeza con una almohaza 8 hecha con dientes, pues no me había cortado el pelo a la jardinera sino al copete 9 , de modo que en poco tiempo tenía la barba y la cabeza sin pelo. Otro comía altramuces, otro vomitaba su ayuno, otro ahuecando rábanos comía sopa de pescado, otro comía hierbajos, otro engullía cebada.

[6] Cuando fue la hora, cenábamos apoyados en los codos: había también sillas de tijera y jergones; la cena fue sin gastos 10 . Se habían preparado diversos manjares en abundancia: manitas de cerdo y costillas, tripas, amnios de cerda parida, hígado a la sartén, picadillo de ajos y aceitunas negras, salsa de especias y otros condimentos parecidos, compotas y hojas de parra rellenas, pasteles de miel. De las vituallas marinas, había muchas clases de peces sin escamas, todos los ostráceos, filetes de pescado del Ponto, en cestas de mimbre, anguilas del Copais, gallinas domésticas, capones; el pescado era un plato más.

También teníamos oveja completamente asada al horno y muslo de buey de edad desconocida; había panes de candeal, de buena clase, otros de la luna llena, que habían llegado con retraso a la fiesta, verduras de superficie y subterráneas. Había vino que no era viejo, sino de odre, ya seco, pero todavía verde.

Había copas de todas clases sobre una mesa de Delfos, [7] el cubrefrentes y un cacillo obra de Mentor 11 con un asa fácil de coger, la jarra que gorgotea, la copa de cuello largo y muchas producto de la tierra, como las que cocía Tericles 12 , vasos espaciosos y de amplia boca, unos de Focea, otros de Cnido, pero todos ligeros como soplos y con escamas membranosas. Había también tacitas, copitas, vasitos con inscripciones, de modo que el aparador estaba lleno.

Sin embargo, el calefactor, que hervía sobre nuestra [8] cabeza, derramaba sobre nosotros las brasas. Bebíamos sin parar y ya estábamos ligeramente borrachos. A continuación nos ungimos con pamporcino y alguien introdujo a una bailarina que también tocaba la cítara y después uno de nosotros, trepando hasta el desván… buscaba algún postre, otro jugaba a batir palmas y otro doblaba el espinazo de risa.

Al mismo tiempo que nos habíamos bañado se nos [9] presentaron autoinvitados Megalónimo el Buscapleitos, Quéreas el Orífice camaleónico y Eudemo el de las orejas rotas. Yo les pregunté por qué motivo habían llegado tarde.

Entonces Quéreas dijo: «Yo estaba martilleando unas baratijas para mi hija, pendientes y brazaletes, y por esa razón llegué con retraso a la cena».

«Y yo», dijo Megalónimo, «estaba en otras cosas, pues era como sabéis un día inhábil para la justicia y no apto para discursos, de modo que había suspensión de lengua, no podía medir mis palabras ni era un día fijado para hacerme conceder mi porción de agua. Al informarme de que el Pretor estaba visible, tomé ropa sin estrenar, de buen paño, calzados sin usar y salí.

[10] »En seguida me encontré con un portaantorchas, un hierofante y otros celebrantes de misterios 13 que arrastraban a Dinias, empujándole hacia el tribunal, presentando contra él el cargo de que les había citado por su nombre, y eso a pesar de saber que desde que fueron consagrados eran anónimos y no podían ser nombrados, puesto que ahora eran hierónimos. Me llamaba por mi nombre».

«No sé», dije yo, «a qué Dinias te refieres».

«Se trata», dijo él, «de un asiduo tragacebollas de los garitos, gorrón y oportunista, siempre con el pelo largo, calzado con borceguíes o pantuflas, con túnica de dos mangas».

«¿Qué pasó?», dije yo, «¿fue castigado de algún modo o se marchó después de tratarle con desprecio?»

«En realidad», dijo él, «este elemento, que hasta entonces oía la flauta, ya está puesto a buen recaudo, pues el Pretor, aunque intentaba escapar, lo mandó esposar y lo encerró sujeto con cepo, collar e instrumentos de tortura, de modo que está preso, ventosea el desgraciado de miedo, huele mal y está dispuesto a dar dinero por su vida».

[11] «Pues a mí», dijo Eudemo, «me mandó llamar, todavía entre dos luces, Damasias, el que fue en otro tiempo atleta y campeón, que ya está fuera de competición por su edad; tú sabes que tiene una estatua de bronce en el ágora. Me pasé el tiempo cociendo y asando, pues iba a casar a su hija hoy y ya la estaba embelleciendo, pero sobrevino una desgracia termeria 14 que interrumpió la fiesta: su hijo Dión, en efecto, afligido por algún motivo que ignoro, o más bien alcanzado por alguna maldición divina, se ahorcó y seguro que habría muerto si yo no me hubiera acercado para descolgarlo y aflojarle el lazo, en cuclillas mucho tiempo a su lado, pellizcándole, haciéndole cosquillas y ruido, por miedo de que su garganta estuviera todavía obstruida en alguna parte. Pero lo que más le ayudó fue que sujeté sus extremidades, comprimiéndolas con ambas manos» 15 .


1
...
...
13