Читать книгу «Obras III» онлайн полностью📖 — Luciano — MyBook.

45
SOBRE LA DANZA

Las obras Retratos, Por los retratos y Sobre la danza están relacionadas con la estancia de Luciano en Antioquía, y uno de los pasajes de ésta (cap. 76) parece dirigido a la audiencia antioquea. La obra se consideró particularmente sospechosa en cuanto a su autenticidad porque su autor no es ciegamente adicto a los clásicos y opuesto a la novedad, como Luciano, pero como en otras obras su reivindicación ha salido del contexto social e histórico. Bompaire ataca su autenticidad, pero Robertson dio los argumentos decisivos en su favor.

Es una defensa de la pantomima (histriones) que se remonta a época clásica, pero alcanzó su pleno desarrollo únicamente con los emperadores romanos. Un intérprete principal, normalmente masculino, representaría con gestos historias familiares, la mayor parte de las cuales estaban tomadas de tragedias clásicas. Usaba una máscara especial con la boca cerrada (una distinta para cada papel) y ropas ostentosas de las que el manto era lo más llamativo. Aunque empleaba el cuerpo entero en la representación, los brazos y las manos eran de especial importancia. Un coro mixto suplía las palabras, y la música procedía de una orquesta con instrumentos de viento, cuerda y percusión, y una sección de ritmo en la que los actores llevaban unos zapatos especiales hechos a la medida con campanillas (kroupézai) . Para los antiguos este arte representaba una fusión de danza y drama; a los ojos y oídos modernos podría recordarles el mimo, el ballet o el baile con música.

Aunque ya Jenofonte conocía una forma de pantomima, empezó a florecer en el período helenístico, cuando se estableció en las dos grandes capitales del Este griego, Antioquía y Alejandría. El paso decisivo al poner un bailarín jefe mudo e introducir una orquesta completa se dio en la Roma de Augusto. Roma se convirtió en la tercera capital del arte y muchos emperadores fueron entusiastas entendidos. El conservadurismo griego la había excluido de los grandes concursos durante siglos, mientras se admitían artes tradicionales como la tragedia y la comedia. En el s. II consiguió entrar en los Juegos Capitolinos de Roma, tan famosos en renombre como los tradicionales de Grecia. Entonces, pero aún antes de que Luciano escribiera su obra, la ciudad helenizada de Nápoles admitió para danzar a Sebasta, y aparece por primera vez en los concursos del Este griego en los reinados de M. Aurelio y L. Vero. Este avance relanzó un antiguo debate sobre la moralidad del triunfante arte. Los moralistas, sobre todo estoicos y cínicos, siempre lo habían deplorado, y ahora amenazaba los baluartes del helenismo arcaico. Elio Arístides se encargó de denunciar la pantomima en carta abierta a la ciudad de Esparta; conocemos su ensayo por la réplica de Libanio. Otros muchos escritos a favor y en contra se perdieron, con la única excepción de esta obra de Luciano, que puede compararse con su tratado sobre historia, en el que manifiesta sus consejos a los historiadores, mientras disimuladamente exalta los éxitos de Lucio Vero. La danza es un diálogo de tipo conocido en el que un interlocutor convierte al otro de la desaprobación en el aplauso o del escepticismo en la creencia, y la persuasión está disfrazada de exposición razonada. Cuando empieza la conversación, el filósofo cínico Cratón («hombre fuerte») acaba de denunciar la danza, y Licinio se encarga de mostrar que es el mayor de los placeres de la vida. Este diálogo preliminar permite a Luciano establecer las objeciones usuales contra la danza y bosquejar su propia defensa de ella. La exposición de Luciano ocupa casi el resto de la obra y tiene tres distintas secciones: la antigüedad de la danza, la sanción que le dieron los autores clásicos, y una descripción de las virtudes y defectos de los bailarines. Las dos primeras secciones explotan la imprecisión del término «danza», mientras que la tercera limita los defectos de los bailarines a unas pocas anécdotas divertidas que recuerdan las contadas en el tratado sobre la historia. Al final, Cratón, ilusionado, se pone de acuerdo con Licino para acompañarle en su visita siguiente al teatro.

Se ha supuesto que Luciano no conocía o le importaba poco el tema; es cierto que alude a manuales, pero sólo para destacar más su propia independencia. Alude a la danza en otras obras y como hombre culto debió de estar familiarizado con ella mucho antes de relacionarse con Lucio Vero. Como en su descripción de la diosa siria o de prácticas de magia, muestra un conocimiento del tema que va más allá de los libros. Cuando traza la historia de la danza, remontándose hasta su creación, siempre tiene una información exacta. Señala como principio real del arte la época de Sócrates, y esto puede ser correcto, pues Jenofonte describe lo que parece ser una forma primitiva de danza al final de su Banquete . Aunque Luciano no dice nada explícito sobre su fase helenística, su catálogo de temas adecuados incluye el relato de Estratónice, la hermosa joven esposa de Seleuco I y termina con la famosa Cleopatra. Sitúa en tiempo de Augusto el desarrollo de la danza dentro de su única forma imperante y también aquí está de acuerdo con las otras fuentes, puesto que muestran que el gran Pílades en tiempo de Augusto no inventó la danza, sino que más bien la modificó en un sentido crucial. De los diversos emperadores que la favorecieron hasta su propia época sólo cita a Nerón y luego alude al desarrollo reciente en el que la danza empezó a ser aceptada en los festivales helénicos.

Dedica la mayor parte de su descripción de la danza a sus intérpretes más importantes, y aquí también casi todos los detalles pueden corroborarse. No habla mucho del físico del bailarín y sus movimientos, probablemente para evitar un tema que soliviantaba a los críticos. Trata de un rasgo que contribuía a reforzar su ejemplo, el uso expresivo de las manos del bailarín, que movió al cínico Demetrio y al renombrado estoico Timócrates a la admiración.

Habla mucho de la máscara entre los «apoyos» propios del bailarín, haciendo notar sus diferencias con la trágica y la cómica por su boca cerrada. Con la máscara, Luciano relaciona el lujoso vestido y el manto bordado que podía utilizar para sugerir distintos temas de acuerdo con su papel.

La lista que da Luciano de las diversas historias que el bailarín tenía que aprender es con mucho la más completa de cuantas sobreviven, pero también está corroborada por la evidencia contemporánea.

El propósito fundamental de Luciano en esta obra no es dar una historia o una descripción, sino justificar el arte en términos aceptables en una sociedad culta. El discurso de entrada de Cratón sirve para definir la decisión: la danza es moderna, afeminada, frívola, y el admirarla es contradictorio con la «cultura» y la «filosofía». La refutación de Luciano aspira a contradecir esta postura. Un tema importante de la obra consiste en las cualidades mentales y espirituales del bailarín. Lejos de ser enemiga de la filosofía, la danza es notable por su sabiduría. Podría decirse esto para ilustrar la división del alma de Platón y la doctrina de la belleza de Aristóteles, Luciano siempre oyó el mutismo del bailarín jefe, explicado como pitagórico. Escribiendo sobre Apolausto Menfio, Ateneo lo llama «el filósofo bailarín de nuestro tiempo» y afirma que su arte silencioso explica el sistema pitagórico mejor que cualquier palabra.

Las semejanzas entre Luciano y las inscripciones contemporáneas señalan la disputa existente en el s. II sobre la danza. Un argumento era nacionalista: la danza era una peste, que empezó en Egipto, la extendieron los sirios y ahora amenaza con contagiar a Esparta, el último refugio de la virilidad y el tradicionalismo griegos. Otro argumento procedía de la moralidad: Arístides tronó contra las costumbres depravadas de los bailarines con sus largas cabelleras y sus movimientos afeminados, y propuso que a los ruidosos bailarines, con sus calzados especiales, les cortaran los pies con los zapatos incluidos. Libanio en su réplica repite alguno de los puntos de Luciano y ambos encuentran la danza en el orden natural y citan a Homero, Hesíodo y Sófocles en su apoyo. La única diferencia entre Luciano y Libanio es que en tiempo de éste los predicadores cristianos habían sustituido a los filósofos griegos como enemigos avanzados del teatro.

Esta obra probablemente fue escrita en el 163 ó 164 en Antioquía, para agradecer la afición de Lucio Vero a la pantomima.

[1] LICINO . — Muy bien, Cratón, has lanzado una acusación ciertamente muy violenta, preparada al parecer desde hace tiempo, contra la danza, el propio arte de la danza y encima contra nosotros los que disfrutamos con tal espectáculo, dando a entender que ponemos un gran interés en algo vulgar y afeminado: Déjame que te diga hasta qué punto estás equivocado y hasta qué punto estás ciego al acusar al mayor de los bienes de la vida. Se te puede disculpar porque desde el principio has abrazado un género de vida miserable y por considerar como bien únicamente lo rudo; por ignorancia de estas actividades las consideraste dignas de acusación.

[2] CRATÓN . — Pero mi querido amigo, ¿quién que sea un hombre y además haya convivido toda su vida con la erudición y haya tenido un trato discreto con la filosofía, va a dejar de interesarse por las cosas mejores y alternar con los antiguos, para sentarse, dominado por la flauta, contemplando a un ser afeminado que presume de sus refinados vestidos y sus cantos lascivos, e imita a mujerzuelas enamoradas, las más lascivas de la antigüedad, las Fedras, Parténopes y Ródopes 1 , y todo esto acompañado de rasguear de cuerdas, instrumentos de viento y zapateados, cosas verdaderamente ridículas y poco propias de un hombre libre como tú? Por mi parte, cuando me enteré de que te entretenías con tal clase de espectáculos, no sólo me dio vergüenza por ti, sino que me dolió amargamente que olvidaras a Platón, Crisipo y Aristóteles y estuvieras haciendo como los que se rascan la oreja con una pluma, habiendo tantísimas audiciones y espectáculos interesantes si alguien los necesita, flautistas ambulantes, cantores convencionales acompañados de lira 2 , y sobre todo, la noble tragedia y la divertidísima comedia, que también se han considerado dignas de figurar en las competiciones.

Vas a necesitar por ello, mi buen amigo, una larga [3] defensa para enfrentarte con las personas cultas, si no quieres que te descalifiquen por completo y te eliminen del grupo de los hombres serios. Aunque lo mejor en mi opinión es curarse en salud negándolo todo y no reconocer en absoluto haber cometido tal delito. Y para el futuro, procura no sorprendernos convirtiéndote del hombre que eras de antiguo en una Lide o una Bacante, lo que sería motivo de acusación no sólo contra ti sino también contra nosotros, a no ser que te arranquemos, a la manera de Ulises, del loto y te reconduzcamos a tus habituales modos de vida, antes de que sin darte cuenta caigas fascinado por el hechizo de las Sirenas en el teatro. Sólo que ellas tendían sus emboscadas únicamente contra los oídos, y por ello se necesitaba cera para pasarlas de largo, pero tú además parece que estás completamente esclavizado por los ojos.

LICINO . — ¡Ay, Cratón, con qué rabia has azuzado [4] contra nosotros a tu propio perro! Aunque el ejemplo que has puesto, el símil de los lotófagos y de las Sirenas creo que no se parece en nada a lo que me ocurre a mí, puesto que en el caso de los que comían el loto y oían a las Sirenas, la perdición era el castigo por haber comido y haber oído, mientras que en mi caso, además de haber sentido un placer mucho más agradable, el desenlace ha sido feliz, pues no me ha conducido al olvido de mi situación familiar ni a la ignorancia de lo que a mí atañe, sino que (si puedo expresar mi pensamiento sin ningún temor) he vuelto del teatro con más clarividencia y más perspicacia para los problemas de la vida. O más bien, para decirlo correctamente con las propias palabras de Homero, el que ha visto este espectáculo

regresa habiendo disfrutado y sabiendo más que antes 3 .

CRATÓN . — ¡Por Heracles, Licino, cómo te ha afectado, que no sólo no te avergüenzas de ello, sino que parece que te sientes orgulloso! Y lo peor de todo es que no me parece que tengas esperanza de curación, ya que te atreves a elogiar algo tan vergonzoso y abominable.

[5] LICINO . — Díme, Cratón, esto de la danza y de lo que ocurre en el teatro, ¿lo censuras después de haberlo presenciado personalmente muchas veces, o lo consideras abyecto y abominable, como tú dices, a pesar de no tener ni idea del espectáculo? Porque si lo viste, estás en las mismas condiciones que nosotros; pero si no, ¡hasta qué punto no podrá parecer irrazonable y audaz tu censura, al denunciar lo que ignoras!

CRATÓN . — Eso sería ya lo único que me faltaba, con esta barba tan larga y mis cabellos blancos sentarme en medio de esas mujerzuelas y de una multitud de espectadores frenéticos, y encima aplaudiendo y lanzando a gritos elogios indecentísimos a un individuo desvergonzado que se contorsiona sin ningún sentido.

LICINO . — Se te puede disculpar en esto, Cratón. Pero si me hicieras caso alguna vez y te ofrecieras sólo para hacer la prueba y abrieras los ojos, estoy seguro de que no te resistirías a ocupar un sitio adecuado antes que otros, para poder verlo y oírlo todo perfectamente.

CRATÓN . — Que me muera si aguanto alguna vez una cosa así, mientras tenga las piernas peludas y la barba sin rasurar. De momento siento compasión de ti, que estás completamente exaltado contra nosotros.

LICINO . — Bueno, amigo mío, ¿estás dispuesto a dejar [6] de lado tus insultos y a oírme lo que diga sobre la danza y sus bondades, cómo no sólo es placentera sino también útil a los espectadores, cuánta cultura e instrucción imparte, cómo armoniza las almas de los asistentes, ejercitándolos en los más bellos espectáculos, entreteniéndolos con magníficas audiciones y mostrando una belleza común del alma y del cuerpo? Conseguir todo eso con música y ritmo no puede ser motivo de censura, sino de elogio.

CRATÓN . — No tengo tiempo en absoluto para oír a un insensato haciendo el elogio de su propia locura. Pero si tú deseas esparcir sobre mí tus tonterías, estoy dispuesto a soportar amistosamente esta servidumbre y ofrecer mis oídos, aun pudiendo negarme, para oír basuras incluso sin cera. De modo que me tendrás callado, para que puedas hablar cuanto quieras como si nadie te estuviera escuchando.

LICINO . — Muy bien, Cratón, es lo que más estaba [7] deseando. Pronto sabrás si lo que voy a decir te parecen tonterías. En primer lugar, me parece que ignoras totalmente que la práctica de la danza no es reciente, ni empezó ayer o anteayer, como por ejemplo en tiempos de nuestros abuelos o de los de éstos, sino que los historiadores de la danza más veraces te dirían que surgió la danza con la primera generación del universo, y su aparición coincidió con aquel antiguo Amor 4 . En efecto, el movimiento regular de los astros y la conjunción de las estrellas fijas con los planetas errantes, la comunión rítmica de ellos y su armonía disciplinada son ejemplos de la danza primigenia. Creciendo poco a poco y adquiriendo continuamente aditamentos de belleza, parece que ahora ha llegado a la cumbre de su perfección, se ha diversificado y se ha hecho totalmente armónica, convertida en bendición llena de gracia.

[8] Cuentan que al principio Rea, satisfecha con el arte, ordenó danzar a los Coribantes 5 en Frigia y a los Curetes en Creta y obtuvo no pocos beneficios de ellos, puesto que danzando a su alrededor le salvaron a Zeus, hasta el punto que éste reconocería que les debía un premio por su salvación, ya que gracias a su danza consiguió librarse de los dientes de su padre. Su danza era con armas, mientras golpeaban los escudos con las espadas y daban saltos frenéticos con furor guerrero 6 .

Posteriormente, los cretenses más bravos, entrenándose con energía se convirtieron en los mejores danzantes, no sólo los particulares sino también los de estirpe regia que aspiraban a ser líderes. Por ejemplo, Homero a Meriones lo llamó danzante, no con la idea de ponerle en ridículo, sino para enaltecerlo, y era famoso y conocido de todos por su arte de la danza, hasta tal punto que no sólo los griegos conocían este dato suyo, sino incluso los propios troyanos, a pesar de ser sus enemigos, pues veían su ligereza y destreza en el combate, que había adquirido con la danza. Los versos dicen así más o menos:

Meriones, aun siendo un buen danzarín, mi lanza te paró 7 .

Sin embargo, no le paró, pues como estaba ejercitado en la danza, fácilmente, al parecer, esquivó los venablos que lanzaban contra él.


1
...
...
13