El rasgo fundamental de la literatura del siglo II (y parte del III) es el predominio casi exclusivo de la prosa frente a la poesía. Pero ello no significa, entendámonos bien, que la época de Luciano no haya conocido poetas, si bien éstos carecerán, por lo general, de originalidad. Es ya sintomático que el libro antes mencionado de Reardon, no hable en absoluto de poesía. Y, sin embargo, ésta existe, y de ella hemos dado un breve panorama en un trabajo relativamente reciente, nosotros mismos30. La orientación general de esta poesía parece haber sido eminentemente didáctica, erudita, signo, por otra parte, y bien significativo, de la época. Pero esta orientación no es la única, y la publicación por Heitsch31 de los fragmentos de los poetas de la época romana, lo ponen claramente de relieve. En apretada síntesis, podríamos distinguir las siguientes tendencias:
1. Una épica didáctica que hunde sus raíces en los grandes poemas helenísticos, al estilo de un Arato o un Nicandro, y que ha dado figuras como Dionisio el Periegeta, Marcelo de Side, los dos Opianos, Doroteo de Side, Máximo y Manetón.
2. Una épica narrativa que tendrá su gran floración entre los siglos II y V, y en la que destacan Quinto de Esmirna y, ya mucho más tarde, Trifiodoro Museo y Coluto.
3. Una poesía hímnica cuyo ejemplo más típico es Mesomedes de Creta, y algo más tarde, Proclo. Los Himnos órficos pueden situarse aquí.
4. Una poesía epigramática en la que hay que situar a los representantes de la antología pertenecientes a este período (Lucilio, Crinágoras, etc.).
5. Finalmente, un tipo de poesía yámbica (Babrio) y la poesía popular representada por canciones populares, anacreónticas, etc.
Pero es la prosa, según antes anticipábamos, la gran señora de las corrientes literarias del momento. Una prosa que, en algunas ocasiones, pretende adornarse con las galas supremas de la poesía. Sobre todo en el caso de los llamados «oradores de concierto» (Konzertredner)32, verdaderos virtuosos de la palabra, cuyas posibilidades utilizan hasta extremos inconcebibles. Si adoptamos la dicotomía de Reardon —y nada nos impide hacerlo, aunque a veces tal dicotomía resulte un poco forzada—, podemos establecer una división tajante entre lo nuevo (paradoxografía, pseudociencia, religión, literatura cristiana, novelística) y lo viejo, o antiguo. Cabe abordar el estudio de la prosa de esta época a través de las manifestaciones tradicionales de la retórica, que alcanza ahora la categoría de suprema fuerza formadora del espíritu. Todo huele ahora a retórica en el mejor sentido de la palabra33. La escuela es la gran moldeadora de los escritores. En relación con esta tendencia general, un puesto de honor en las letras de la época de Luciano lo ocupa el movimiento literario conocido por Segunda Sofística, cuyas relaciones con el fenómeno llamado aticismo (imitación de los modelos clásicos), a pesar de los numerosos estudios que se le han dedicado, no se ha explicado aún del todo satisfactoriamente34. Tradicionalmente suelen colocarse en la misma columna autores pertenecientes a este movimiento general, como Polemón, Herodes Ático, Elio Arístides, Luciano, Alcifrón, Filóstrato, Arriano, etc. Reardon, entre otros méritos, tiene el de haber intentado una distinción, estableciendo lo que él llama la retórica pura y la retórica aplicada, en una distinción, como siempre ocurre con las de Reardon, eminentemente práctica, pero con debilidades desde el punto de vista metodológico: así, Elio Arístides, presentado como la figura más ilustrativa de la retórica pura, pero cuya producción entra de lleno en lo que el crítico anglosajón llama lo nuevo. Sus obras más importantes en el campo del género epidíctico son auténticos conciertos en prosa, que cautivan al oyente (Panatenaico, A Roma, Defensa de la oratoria, etc.). La más alta expresión de estas corrientes es, pues, Elio Arístides, tras los pasos iniciales de un Herodes Ático, una de las figuras más simpáticas de la época, enormemente rico, dotado de excelentes cualidades de político y administrador, y discípulo de los grandes espíritus de la generación anterior, Polemón y Favorino. Si estos sofistas son la mejor muestra de la tradición retórica epidíctica, en Luciano y en Alcifrón tendremos la mejor manifestación de la creación retórica, esto es, de unos autores que, partiendo de los clásicos ejercicios de escuela (la meletē, sobre todo), se elevan a la categoría de auténticos creadores a los que no puede negárseles, pese a la aparente paradoja, la originalidad. En esta misma categoría cabe situar a un autor como Filóstrato.
La retórica aplicada halla sus representantes más ilustres en figuras como Máximo de Tiro, filósofo, y ya, en el campo de la historia, en Apiano, Arriano, Dión Casio, el anticuario Pausanias, Polieno, Eliano y Ateneo.
Pero el gran movimiento literario de la época de los Antoninos y los Severos presenta también, junto al cultivo de lo tradicional, hechos nuevos. La gran novedad será, en el campo espiritual, la aparición de la literatura cristiana; pero no menos nuevos son una serie de fenómenos culturales y literarios entre los que hay que destacar las obras paradoxográficas, los tratados de fisiognomías, la curiosa figura de Artemidoro de Éfeso35, con su obra sobre La interpretación de los sueños, los Discursos sagrados de Arístides, auténtico documento para elaborar un diagnóstico no sólo de la estructura psíquica de este autor, sino de toda su época36, y la Vida de Apolonio de Tiana, un documento, asimismo, de primer orden para conocer la psicología de este período36 bis. Finalmente, la novela, que, tras el trabajo pionero de Rohde37, ha sido objeto de innumerables estudios que han aclarado múltiples problemas de este género38.
2.
Apuntes sobre la vida
De la vida de Luciano es muy poco lo que conocemos de un modo seguro. Ni sus contemporáneos ni los autores posteriores nos dicen cosas que valgan la pena para reconstruir, con cierta seguridad, las grandes líneas de su biografía. Filóstrato, autor de las famosas Vidas de los Sofistas, silencia su nombre, a buen seguro por no considerarlo un sofista puro. La Suda, que recoge algunos datos, está llena de noticias que huelen a reconstrucción a partir de leyendas surgidas del cristianismo bizantino. No tenemos, pues, más remedio que acudir a los datos dispersos contenidos en su propia obra, método, lógicamente, expuesto a muchos peligros39.
Por si fuera poco, el autor ha empleado, en su obra, dos nombres distintos: Luciano (Loukianós), que es un nombre latino helenizado, y Licino (Likĩnos), que es como aparece en algunas ocasiones. Ni siquiera sabemos si los dos son un seudónimo, aunque la cosa es probable, porque Luciano era un semita y, por tanto, su nombre auténtico debió de ser semita también40. Que era natural de Samósata puede darse como prácticamente seguro, ya que en uno de sus tratados41 así lo afirma. Samósata era la capital de la Comagena, región semita que entró en la órbita del Imperio Romano a partir del año 65 a. C. Ignoramos también el nombre de sus padres, como la fecha de su nacimiento.
Del estudio de los datos dispersos a lo largo de su obra podemos deducir que su familia era de modesta posición, aunque no del todo indigente. A juzgar por lo que dice en algunos de sus opúsculos42, debería haber nacido hacia el 125 de nuestra era, ya que el 160 contaba unos cuarenta años de edad. Tenemos en El sueño un dato que, aunque seguramente elaborado, contiene un núcleo de verdad histórica: parece que cuando Luciano tenía unos catorce años su padre decidió enviarlo al taller de su tío para que se iniciara en el arte escultórico. En un consejo de familia que iba a decidir sobre la profesión que debía aprender el joven Luciano, se acuerda que, puesto que las letras exigían mucho esfuerzo, tiempo y no poco gasto, resultaba recomendable enviarle a que se iniciara en la escultura. Razones para ello, aparte las económicas, parece que no faltaban. El propio Luciano, en esta especie de autobiografía de su primera adolescencia que es El sueño, nos informa sobre su talento para modelar figuras de cera43. Sin embargo, su iniciación quedó truncada por un desgraciado accidente, la ruptura accidental, por parte del muchacho, de una tableta, lo que despertó las iras de su tío, quien lo devolvió, al parecer, a casa de sus padres. Luciano nos ha descrito, con toda su gracia, el sueño que tuvo una vez, de regreso a su casa, y que, al parecer, determinó su definitiva vocación. Se le aparecen dos mujeres, la Escultura y la Retórica, y cada una de ellas hace la apología de su propio arte. Vence al final la Retórica, que le promete la fama, la riqueza y la inmortalidad. Parece ser, pues, que Luciano va a ser un rétor, un sofista44.
Algunos medios debía de poseer la familia de Luciano porque, en efecto, se toma la decisión de enviar al muchacho a estudiar a Jonia. Esta región, así como toda la franja costera de Asia Menor era entonces, desde los tiempos de Augusto, uno de los territorios más cultos del Imperio. De aquí surgirán, en el siglo II, los espíritus más refinados y cultivados de la época45. Y durante este tiempo, los Antoninos favorecerán enormemente el progreso cultural de esta parte del Imperio, que va a conocer en el siglo II un auténtico renacimiento.
Pero tampoco tenemos noticias concretas sobre los estudios que aquí realizó Luciano. Es posible que estudiara con Polemón, aunque el dato no es seguro. Pero sí podemos afirmar que el joven Luciano amplía sus conocimientos del griego, cuyos rudimentos sin duda poseía ya a juzgar por lo que dice en el tratado Cómo debe escribirse la historia 24. Lo que estudió es fácil deducirlo: retórica, que, en frase de Marrou46, fue siempre, y era entonces, el objeto específico de la alta cultura. Una vez terminada su primera formación retórica, pasó a estudiar a Atenas y, de allí, a Antioquía, donde, con toda verosimilitud, debutó como abogado a los veintiocho años. Antioquía era, a la sazón, un gran centro cultural. En ella, paganos y cristianos convivían en el estudio47 y es posible que fuera aquí cuando entrara Luciano por primera vez en contacto con el mundo cristiano.
Pero —a juzgar por los datos de la Suda— parece que Luciano fracasó como abogado. Ello determinó el abandono de la profesión y la decisión de Luciano de dedicarse a ejercer de sofista ambulante que recorría el Imperio dando conferencias48.
Si hemos de creer lo que nos cuenta en el Nigrino, un viaje realizado a Roma para someterse a un tratamiento oftalmológico fue decisivo en su orientación. Parece, en efecto, que su conversación con el filósofo Nigrino, un platónico de los muchos que en este momento vivían en Roma, le causó una profunda impresión. No sabemos hasta qué punto Luciano describe una experiencia real, porque hay razones para poner en tela de juicio que se trate de un topos. Pero, si realmente Luciano nos está describiendo una vivencia propia, hay que reconocer que este diálogo sería decisivo para muchos aspectos de su vida y de sus ideas. Porque, a juicio de algunos críticos49, se trataría de una obra en la que Luciano nos ofrece una auténtica confesión personal. Gallavotti y Quacquarelli, por otra parte, sitúan, además, la fecha del Nigrino en época muy reciente, y sostienen que el opúsculo lucianesco fue escrito bajo la impresión producida por el contacto del sofista con el filósofo.
No es éste el momento de ocuparnos del problema de la llamada conversión a la filosofía y la polémica que ha suscitado. Bástenos, por el momento, con decir que, si hubo conversión, ésta no fue muy duradera. Más preocupado por ganar dinero, volvió muy pronto a la sofística, recorriendo el mundo dando conferencias. No fue poco lo que viajó: estuvo en Siria y Palestina, en Egipto, en Rodas, en Cnido, pasó una larga temporada en las Galias y llegó, en su itinirante profesión, hasta el Ponto. Regresa a su ciudad natal hacia el 164, para volver inmediatamente a la Jonia, y se hallaba en Antioquía el día que Lucio Vero entró en esta ciudad para tomar el mando de las tropas que iban a enfrentarse con la gran pesadilla del momento: los Partos. Desde Antioquía vuelve ahora a la ciudad de Atenas, que había conocido en su juventud. Y permanece en ella unos veinte años. El período de su estancia en Atenas va a ser uno de los más fecundos de su existencia. La mayor parte de su obra va a componerse aquí. También aquí va a dirigir sus más acerados dardos contra la filosofía, una vez desengañado de ella. Sobre todo, en Hermótimo y en El pescador, su testimonio más claro del desengaño que ha sufrido respecto a la filosofía. Será también aquí donde trabará amistad con Demonacte, amistad que reflejará en alguna de sus obras.
Tarde ya, en la curva de su vida, toma esposa, de la que nada sabemos, por otra parte, ni del hijo que menciona en El eunuco.
La última etapa de su vida transcurre en Egipto, donde logró un puesto burocrático en la cancillería del gobernador. Fue allí donde, con toda probabilidad, murió nuestro autor. Sobrevivió a Cómodo, lo que significa que moriría hacia el 192. Una leyenda que recoge Suda —Luciano muere atacado por unos perros— es, sin duda, la recompensa que los cristianos le dan por haber atacado con sus burlas a la nueva religión.
3.
La obra de Luciano
Luciano fue un escritor prolífico. Su obra, aparte de original, es extensa. Pero no todo lo que se nos ha transmitido, a través de los manuscritos medievales, como suyo se le puede atribuir sin más. Y lo que es peor aún no tenemos criterios objetivos que permitan no ya una clara cronología, sino incluso una segura atribución. Los ensayos que se han hecho para hallar un método que permita asegurar la paternidad de todos sus opúsculos no son compartidos por todos los críticos50. Con todo, hay un grupo de obras que, con mayor o menor seguridad, suelen considerarse como no lucianescas. Son las siguíentes:
Lucio o El asno, Encomio de Demóstenes, Tragopodagra, Ocipus, Epigramas, Sobre la diosa siria, Caridemo, Amores, Los longevos, Nerón, La gaviota, El patriota.
Y aun con respecto a algunos de esos opúsculos hay discrepancias. Así Croiset considera auténticos los Epigramas, en tanto que Lattanzi ha atacado la autenticidad de Zeus confundido. Tampoco faltan intentos por reivindicar escritos que, en general, suelen considerarse espurios: así, Bompaire ha hecho serios esfuerzos por sostener el carácter lucianesco del tratado Sobre la diosa siria y la Tragopodagra51.
Los opúsculos que suelen, en general, considerarse auténticos son los siguientes52:
El sueño o Vida de Luciano, A uno que le dijo: eres un Prometeo en tus discursos, Filosofía de Nigrino, Pleito entre Consonantes, Timón o El misántropo, Prometeo (o El Cáucaso), Diálogos de los dioses, Diálogos marinos, Diálogos de los muertos, Menipo o Necromancia, Caronte o Los contempladores, Acerca de los sacrificios, Subasta de vidas, El pescador o Los resucitados, La travesía o El tirano, Sobre los que están a sueldo, Apología de los que están a sueldo, Sobre una falta cometida al saludar, Hermótimo o Sobre las escuelas filosóficas, Heródoto o Etión, Zeuxis o Antíoco, Harmónides, El escita o El próxeno, Cómo debe escribirse la historia, Relatos verídicos, El tiranicida, El desheredado, Fálaris I y II, Alejandro o El falso profeta, Sobre la dama, Lexífanes, El eunuco, Vida de Demonacte, Los retratos, Sobre los retratos, Tóxaris o Sobre la amistad, Zeus confundido, Zeus trágico, El sueño o El gallo, Icaromenipo o Por encima de las nubes, Doble acusación o Los tribunales, Sobre el parásito o Que el parasitismo es un arte, Anacarsis o Sobre la gimnasia, Sobre el luto, El maestro de retórica, El aficionado a la mentira o El incrédulo, Hipias o El baño, Preludio. Dioniso, Preludio. Heracles, Acerca del ámbar o Los cisnes, Elogio de la mosca, Contra un ignorante que compraba muchos libros, No debe creerse con presteza en la calumnia, El falso razonador o Sobre el término «apophrás», Acerca de la casa, Elogio de la patria, Discurso contra Hesíodo, El navío o Los deseos, Diálogos de las cortesanas, Acerca de la muerte de Peregrino, Los fugitivos. Las Saturnales, Fiestas de Crono (o Cronosolón), Epístolas saturnales, El banquete o Los lapitas, La asamblea de los dioses, El cínico, El pseudosofista o El solecista y Caridemos o Sobre la belleza.
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