Читать книгу «Boda en Eilean Donan» онлайн полностью📖 — Lorraine Murray — MyBook.

Capítulo 2

—¿Tienes todo? —Karen miraba a Denise mientras las dos avanzaban por el vestíbulo de la terminal del aeropuerto Charles de Gaulle.

—Sí, no te preocupes. Sobre todo, el pasaporte, de lo contrario no podré salir de Francia.

—Genial —le dijo deteniéndose delante del primer control para pasar el billete por el lector ante la mirada seria de la encargada—. Vamos.

Denise la siguió por el laberíntico pasillo de cintas de separación colocadas hasta la zona de seguridad. Karen comenzó a depositar sus pertenencias en una bandeja, empleó otra para su chaqueta y las puso sobre la cinta. Lo último de lo que se desprendió fue de su equipo fotográfico del que solo lo hacía en casos necesarios como ese. Pero no lo perdió de vista ni un solo instante mientras ella caminaba hacia el arco de seguridad, donde una policía le hacía señales para que lo cruzara.

Pasó bajo el detector de metales sin ningún contratiempo y se apresuró a recoger sus pertenencias ante la mirada del agente que controlaba la pantalla del escáner. Karen le dedicó una sonrisa y asintió alejándose hacia un lugar apartado en el que pudiera terminar de arreglarse mientras esperaba a Denise.

—Tenemos tiempo para comer algo antes de embarcar.

—Busquemos un café.

—¿Echaste un vistazo a la documentación que te pasé?

—Sí, lo estuve repasando anoche antes de irme a la cama. No me puedo creer que vayamos a Escocia —le aseguró con los ojos abiertos como platos porque no acababa de creerlo.

—Con los gastos pagados. Eh, que vamos a currar.

—Pero ¿qué clase de boda es? ¿Tanto tiempo necesitan que estemos?

—Piensa que va a ser en un castillo, con eso te lo digo todo. El padre de la novia tiene una destilería en esa región. Habrá muchas localizaciones para hacer las fotos. Según he visto en la web de Eilean Donan necesitamos permisos para hacer el reportaje. No es un sitio convencional.

—Y estoy segura de que tampoco lo será el número de invitados.

—Por ese motivo creo que quieren que estemos con tiempo.

—¿Qué ha pasado con tu alergia a las bodas? —ironizó Denise con una sonrisa diabólica.

Karen se encogió de hombros.

—Nunca he fotografiado Eilean Donan. Ni he estado en la capital de las Highlands —le confesó empleando la palabra inglesa para referirse a las Tierras Altas del norte del país.

Andrew McFarland acudió a la llamada de su padre. Suponía que iba a repetirle lo que tenía que hacer con la fotógrafa, que llegaba esa tarde para la boda de su hermana Ilona. Lo encontró rebuscando algún papel entre la pila de estos que adornaban su mesa en el despacho que tenía en casa.

—¿Querías verme? —le preguntó a modo de formalismo porque para eso estaba allí—. He quedado esta mañana.

—Sí. Quería recordarte que esta tarde llegarán Karen Marchand y su ayudante Denise al aeropuerto.

—Lo llevas haciendo desde ayer a cada momento que me ves.

—Ya, ya lo sé. Pero dado que eres muy aficionado a olvidar las cosas… Vuelvo a recordártelo. —La mirada del progenitor de la familia fue clara y contundente.

—Pues no me lo pidas si crees eso de mí. Ya puestos, ¿por qué no envías a Mortimer a que las recoja? Es tu chófer y seguro que hace ese trabajo mejor que yo. Para eso le pagas.

—Mortimer tiene la tarde libre porque no pienso salir. Y si lo hago conduciré yo. Y, además, quiero que seas tú en persona el que acuda a recoger a las dos mujeres. ¿Te ha quedado claro? —le dijo mirándolo de manera fija para que su hijo no dijera nada más.

—Vale. Si es lo que quieres. Allí estaré. Descuida —le aseguró encogiéndose de hombros.

—Toma, es la documentación para el hotel. Déjalas instaladas en este.

—¿Algo más? —Andrew no se molestó en revisar los papeles. Conocía el hotel de sobra porque su padre siempre lo recomendaba o alojaba allí a sus visitas de negocios. Por otra parte, Inverness no era una ciudad muy grande, de manera que tampoco había que darse prisa en ir a recogerlas al aeropuerto y dejarlas instaladas.

—Me gustaría que fueras un buen anfitrión. Si te apetece…

Andrew asintió apretando los labios en un gesto de asentimiento.

—Descuida. Prometo ser un buen cicerone con las francesas —le aseguró empleando un tono algo irónico para referirse a la nacionalidad de estas.

—Es la boda de tu hermana. ¿Por qué no pones un poco de interés, Andrew? Supongo que tu madre ha hablado contigo al respecto del traje.

—Serías capaz de presentarte en vaqueros y en zapatillas. Que no te guste vestir un traje a diario para ir al periódico no significa que vayas vestido como un indigente —le dijo señalando su aspecto en ese mismo momento.

—Y yo no creo que la gente sea más o menos profesional por la ropa que lleve puesta. Además, si tengo que salir a alguna parte a cubrir una noticia prefiero ir de sport, o como un indigente —le dejó claro, apuntándolo con un dedo—. Creo que voy a hacer algo antes de ir a recoger a las fotógrafas.

Roger McFarland sacudió la cabeza y resopló. Su hijo no tenía remedio. No lo entendía. Al contrario que su hermana Ilona o el mayor, William, él prefería ir por libre. Le había recordado lo de la vestimenta porque no le cabía la menor duda de que sería capaz de aparecer en la boda de su hermana vestido de cualquier manera. Odiaba los trajes, la etiqueta y todos esos formalismos. Siempre había sido así, y a estas alturas ya no iba a cambiar. De acuerdo que no necesitaba ir trajeado para dirigir el periódico local, pero de ahí a ir con vaqueros y zapatillas deportivas a las oficinas… Eso cuando se presentaba por allí. Que ese era el otro tema que no entendía por más que lo intentaba. La mayor parte del tiempo hacía las gestiones desde casa o desde un pub gracias a las tecnologías. Le bastaba un portátil o el propio móvil para trabajar. En ocasiones pensaba que Andrew era demasiado despreocupado al dirigir el diario a distancia.

Roger volvió a centrarse en los papeles que estaba revisando antes de que él apareciera. Pero la voz de su esposa lo detuvo.

—Acabo de cruzarme con Andrew.

—Sí. Le he recordado que no olvide ir a recoger a las dos fotógrafas al aeropuerto. Llegan esta tarde.

—¿Y qué te ha dicho? Porque parecía salir de mal humor.

—¡Que por qué no enviaba a Mortimer! ¿Puedes creerlo, Eileen? —Se quedó contemplándola sin saber qué más podía decir.

—No entiendo por qué se comporta de esa manera.

—Le he pedido que muestre cierto entusiasmo por la boda de su hermana, pero no parece por la labor. Eso y que se porte bien con las dos fotógrafas.

—Sabes lo que opina de las bodas…

—¡Por san Andrés, Eileen! —exclamó algo enfadado Roger McFarland arrojando sobre la mesa el documento que tenía en la mano—. ¿No irás a repetirme que tiene que ver con su hermano? ¿Es porque Fiona lo eligió a él para casarse? ¿Por eso ha perdido la ilusión por todo? —Contempló a su mujer con los ojos abiertos como platos y los brazos extendidos a los lados, con las manos vueltas hacia arriba. Esperaba que su esposa le llevara la contraria y le dijera que eso era agua pasada.

Eileen apretó los labios e inspiró acortando la distancia con su esposo.

—Andrew estaba enamorado de Fiona, pero el destino tenía otros planes para ellos. No ha superado que ella acabara casándose con William. Por cierto, me ha llamado para decirme que estarán aquí mañana.

Roger resopló.

—Espero que Andrew se comporte. ¿Lo sabe? ¿Qué William y Fiona estarán en la boda?

—Supongo que se hará a la idea de que asistirán. Sabes que no quiere saber nada de ellos desde que se marcharon a Glasgow hace un año. Ni siquiera los vio cuando vinieron las pasadas Navidades.

—Creo que deberíamos decírselo antes de que se encuentren cara a cara. ¡Por san Andrés que Andrew es muy tozudo! Quise comprender su reacción en un principio cuando Fiona rompió con él y meses después comenzó a verse con William. Pero el tiempo ha pasado y…

—Andrew es muy suyo. Será mejor dejarlo estar por el momento.

—Le he pedido que sea un buen anfitrión con Karen y su ayudante porque confío en él. Porque considero que es el más apropiado. Pero solo faltaría que lo estropeara con ellas —comentó él resignado.

—No lo hará. Nuestro hijo da la impresión de estar enfadado con todo el mundo, pero en el fondo es un hombre cabal. Que yo sepa dirige el periódico con eficiencia, aunque a ti te parezca que no lo está haciendo. Solo que trabaja a su manera. Deja que haga las cosas a su modo. No puedes decirle que haga las cosas como a ti te gustaría que las hiciera. Ya no es jovencito. —Sonrió Eileen al ver a su marido de aquel talante.

—Eso es lo que más me asusta con respecto a lo que le he pedido. Que lo haga a su modo —le aseguró con un gesto de temor en su rostro.

—Su comportamiento será el correcto, ya lo verás. A veces tengo la impresión de que se comporta así para darte en la cabeza —le aseguró ella sonriendo de nuevo.

Eileen conocía a su hijo y sabía que, pese a la imagen que Andrew solía dar, de ser alguien despreocupado y que pasaba de todo, no era así. Y ya se daría cuenta su padre.

Andrew abandonó la casa de sus padres a las afueras de Inverness y se dirigió al centro. En la mano llevaba la información que su padre le había pasado acerca de las dos fotógrafas francesas. Lo dobló y lo guardó en el bolsillo trasero de sus vaqueros. Claro que se comportaría en la boda de su hermana. Ella era la pequeña y su debilidad, y no iba a fallarle bajo ningún concepto. De eso estaba seguro. Además, ella no tenía la culpa de lo que le sucedía a él.

Quedó con su redactora jefe, Maggie, para saber cómo marchaban las cosas en el periódico. Su padre apostó por él cuando el diario se encontró con dificultades financieras durante la crisis económica de hacía unos años. Lo reflotó y lo puso al frente para dirigirlo, ya que no quería trabajar con él en la destilería. Debía reconocer que su padre acertó. Dirigir el periódico era lo que había querido. Eran los días en los que salía con Fiona… Recordarla todavía le provocaba un dolor extremo en el pecho. Era algo que no había conseguido superar pese a los años que hacía que sucedió, y a la distancia. Lo último que sabía de ellos era que se habían mudado a Glasgow hacía dos años. De no haberlo hecho ellos, habría sido él quien se marchara de Inverness. Le habría jodido, y mucho, tener que hacerlo, porque le gustaba la ciudad y los alrededores.

Maggie le hizo una señal con la mano cuando él entró en el café. Andrew se dirigió hacia ella. Pelo color del vino, su tez blanca y sus ojos claros resaltaban allí donde fuera. Era imposible no sentirse atraído por su mirada. Salvo él, claro estaba. Llevaban años trabajando codo con codo y no la había considerado más allá de compañera.

—Pensaba que no vendrías —le dijo ella fijándose en el gesto de desgana de él.

—No, tranquila. Entiendo que tuvieras tus dudas porque después de estar hablando con mi padre… —Puso los ojos en blanco y resopló.

—¿Es por la boda de tu hermana?

—Quiere que me comporte, que me vista de manera adecuada. Fíjate que me ha llegado a decir que parezco un indigente. —Contempló a Maggie con los ojos como platos y las cejas formando un arco sobre su frente.

—No creo que vayas tan mal vestido.

—Eso mismo digo yo. En fin, y encima quiere que haga de anfitrión con las francesitas, que llegan esta tarde. —Volvió a emplear un toque irónico al referirse a Karen y su ayudante.

—Por tu gesto y tu manera de referirte a estas, no te hace ni pizca de gracia, ¿eh?

—No soy un chófer. Para eso está Mortimer. Ya se lo he dejado claro. Pero le ha dado la tarde libre, según me ha dicho. Creo que es una encerrona de mi padre.

—Se ve que tiene algún interés en que recojas a las fotógrafas. ¿Has visto alguno de sus trabajos? —Ella observó su reacción de falta de interés por encima de la taza, mientras bebía.

—No. ¿Qué me importa que sea muy famosa y que le hayan concedido infinidad de premios? Solo son unas fotos.

—Es una gran profesional. Las marcas y las firmas de moda se la rifan. Suelen contratarla para las semanas de la moda. París, Nueva York, Milán, Madrid… Sus fotos han sido portada de varias de las revistas más prestigiosas de viajes, de investigación, de animales. Ha estado en numerosos países.

—Me parece genial. Mi hermana se merece lo mejor para su boda.

—¿Sabes algo de tu hermano? —Maggie era consciente de que preguntarle por William era como echar sal en la herida. Pero era su hermano.

—No me hace falta saberlo. Supongo que vendrá. Es lo más lógico. Es nuestra hermana la que se casa.

—Y apuesto a que no te hará ninguna gracia.

Andrew apretó los labios y asintió.

—Lo superaré por Ilona y Fraser. Es su día y yo no pienso fastidiarlo.

—Bueno, piensa que, al hacer de anfitrión con las fotógrafas, estarás bastante ocupado —le recordó con una sonrisa divertida mientras Andrew le devolvía una mirada de advertencia.

—¿No estarás pensando que me pegue a estas todos los días con tal de no ver a mi hermano?

—Creo que tu padre así lo espera. Que hagas de chófer para ellas. —Maggie sonrió irónica ante esa posibilidad—. Por cierto, ¿qué tal tu francés?

—¿A qué viene tu pregunta? Se supone que ellas hablan inglés, ¿no? Si ha viajado tanto como dices…

—Yo pregunto por si acaso. De todas formas, procura no poner un acento fuerte cuando hables con ellas. Suavízalo un poco, ¿querrás? —le pidió con toda intención mientas sonreía.

—Bien, dejemos a las francesas por un rato. ¿De qué querías hablarme?

—Supongo que cubriremos la boda de tu hermana. De eso quería hablarte —le comentó mientras él resoplaba.

—Tengo ganas de que se pase y todo vuelva a la normalidad.

—Entiendo. Piensa que solo quedan días.

Andrew puso cara de circunstancia y resopló.

—Sí, claro que la cubriremos para que aparezca en la sección de noticias locales. Bastará con que vaya alguien a tomar alguna foto y…

—Yo estoy invitada. Puedo cubrir la noticia sin tener que chafarle el sábado a ninguno otro —le recordó arqueando sus cejas.

—Es verdad. Mi padre te ha invitado. Vale, si quieres encargarte de ello. Pero procura divertirte. Me refiero a que no te lo tomes como trabajo al cien por cien.

—Pero…

—Soy tu jefe y te pido que te diviertas —le interrumpió—. No quiero que te pases la ceremonia grabando con el móvil ni nada por el estilo. Además, siempre podemos redactar la noticia después entre los dos.

—Como quieras.

—Para las fotos están las francesas —reiteró con cierta sorna.

—Estás cabreado con tu padre porque te envía a por ellas. No lo pagues con estas, ¿querrás? —Lo contempló con los ojos abiertos como platos haciéndole ver que ella tenía razón.

—De acuerdo. Prometo tratarlas bien. Sigamos viendo qué más noticias tenemos. No quiero dejar la edición sin cerrar antes de ir a por ellas.

Maggie lanzó una mirada bastante significativa y se mordió el labio para no reírse de él otra vez. Si la pillaba acabaría mandándola a paseo.

El avión aterrizó puntual en el aeropuerto de Inverness. Karen y Denise resoplaron a la vez cuando los motores se detuvieron.

—Por fin. ¿No se te ha hecho algo largo? —preguntó la primera.

—Ya te digo. Tenía ganas de llegar.

—Pues ya lo hemos hecho.

Aprovecharon un momento en el que la cola se había detenido para coger su equipaje de mano y caminar hacia la puerta de salida. Abandonaron el avión y entraron en la terminal de llegadas, donde tuvieron que detenerse ante la cola del control de pasaportes.

—Venían a buscarnos, ¿cierto? —preguntó Denise.

—Sí, creo que es un tal Andrew.

—Algún pariente de la familia, seguramente.

—Me basta con que esté ya en el vestíbulo. Tengo ganas de llegar al hotel y darme una ducha.

—Sí, yo también.

—Por cierto, ¿qué tal con el violinista? Cuando te llamé el otro día, sonaba muy bien como música de fondo.

—Ah, sí. Ya te he dicho que es muy bueno —le repitió entregando el pasaporte al policía.

—No me cabe la menor duda.

Las dos mujeres pasaron el control y se dirigieron a la salida.

—En fin, vamos a conocer al tal Andrew —le dijo Karen moviendo sus cejas con expectación y diversión.

—Seguro que es el típico tío macizo de las portadas de las novelas románticas sobre Escocia. Un Highlander buenorro con melena, falda y todo eso. —Le guiñó un ojo y sonrió.

—Voto por todo lo contrario. Un tipo normal que pasa desapercibido. Lo de las novelas está sobrevalorado. Ah, y no le digas falda a un escocés…

—Sí, ya… Es un kilt. Podrían zurrarme si les digo que llevan falda —ironizó Denise.

Andrew llevaba diez minutos en el vestíbulo esperando a que las puertas de la terminal de llegadas se abrieran y los pasajeros del vuelo procedente de Londres comenzaran a aparecer. Ahora que lo pensaba, podría haber buscado una fotografía de la tal Karen en Internet. De ese modo la reconocería en cuanto la viera. Pero ya daba igual. No iba a ponerse a ello en ese instante. Además, no le hacía demasiada gracia estar allí haciendo de chófer. Pero, como le había prometido a Maggie, no iba a pagar su malhumor con ellas. Tenía sus nombres escritos en un folio como solían hacer los guías turísticos cuando iban a recoger a los pasajeros. Cogió aire fijando su mirada en la puerta cuando se abrió y los primeros viajeros caminaban hacia el vestíbulo. Tenía que centrarse en dos mujeres. Pero no tenía ni idea de la edad ni de la apariencia, así que lo mejor sería que fueran estas las que se acercaran a él cuando leyeran sus nombres en el folio.

Karen y Denise cruzaron las puertas hacia la salida y ambas comenzaron a escrutar a las personas que había allí esperando. Se centraron en los que llevaban un cuaderno con nombres escritos, pero en un primer momento no vieron a ninguno que llevara los suyos.