Cualquier cosa mejor que pensar en aquel «después» tras un escritorio, en una oficina, llevando la contabilidad de un periódico.
–Me han ofrecido un trabajo, Crysse.
–¿Qué clase de trabajo? –preguntó su prima, sin levantar la mirada de un dobladillo descosido–. ¿No será en el Evening Post? Aunque, la verdad es que trabajar con tu marido no es muy buena idea. Veinticuatro horas al día de felicidad es más de lo que cualquier mujer puede soportar. Aunque yo no esté en posición de juzgar eso.
–La verdad es que casi nunca veo a Mike en la oficina. Además, no es el Evening Post. No podría trabajar para un periódico rival. ¿Recuerdas que envié mi currículum al Globe?
–¿El Globe? Pero eso fue hace meses. El año pasado, antes de conocer a Mike. Creí que te habían dicho que no estaban interesados.
–No. Me dijeron que se pondrían en contacto conmigo y acaban de hacerlo. Tienen un nuevo editor y un suplemento en la edición de los viernes y quieren que me una al equipo.
Crysse clavó la aguja en la tela de raso.
–A ti todo te sale bien.
–¿Cómo?
–Nada –murmuró su prima–. Felicidades.
–¿Qué te pasa?
–Nada –contestó Crysse, encogiéndose de hombros–. Todo. Estoy celosa de ti.
–¿Celosa?
–Lo sé. Es horrible, pero no puedo evitarlo –se disculpó su prima, poniéndose colorada–. Tú lo tienes todo. Un novio por el que se moriría cualquier mujer, un hombre que cree en el matrimonio, una boda que va a salir en los periódicos, una casa fabulosa cortesía de tu suegro… y sin embargo no dejas de quejarte. Cualquiera diría que no quieres casarte con Mike.
–No… –empezó a decir Willow. Quizá se había quejado para que Crysse la hiciera reír, para que le diera la vuelta a las cosas y le hiciera ver lo feliz que debería sentirse–. No estaba quejándome tanto, ¿no?
–Mucho. Y encima te ofrecen el trabajo con el que siempre habías soñado –siguió Crysse. Willow observó con horror que los ojos de su prima se llenaban de lágrimas–. Y yo qué tengo, ¿eh? Llevo cinco años con Sean, cinco años. Y sigue sin querer casarse. Estoy a punto de cumplir los treinta y quiero un hogar, Willow. Una casa con jardín, niños…
–¡Oh, Crysse! –exclamó Willow, abrazando a la joven–. ¿Has hablado con Sean? No puedes seguir así. Tienes que decirle lo que sientes.
Parecía la columna sentimental del Chronicle: «Habla con tu pareja». «Explícale tus preocupaciones sobre vuestra relación».
–¿Para qué? ¿Para qué va a casarse cuando ahora tiene todo lo que quiere? Debería haber sido como tú, Willow. Tú sabías lo que querías y lo has buscado. Tú siempre has sido más inteligente. Nunca te conformarías con menos de lo que quieres.
Willow pensó que llevaba dos semanas deseando haber aceptado irse a vivir con Mike. Pero en el estado de Crysse, seguramente creería que no era verdad, que solo lo decía para consolarla.
–Muy bien. Pues si no te gusta lo que tienes, es hora de que te preguntes qué es lo que quieres de verdad.
Crysse se secó las lágrimas con la mano.
–Yo creí que esto era lo que quería. Pero no es suficiente.
–Entonces, deja a ese desagradecido. Has perdido demasiado tiempo lavando los calcetines de un hombre que cree que un compromiso es apoyar a los Melchester Rovers cuando juegan en casa. Haz lo que quieras con tu vida antes de que sea demasiado tarde.
–Hace falta mucho valor para dejar atrás una relación de cinco años, Willow. Es como un divorcio. Sin papeleos, sin abogados, pero da igual. Hay que empezar otra vez, cinco años después y mucho menos fresca –dijo su prima, sonándose la nariz–. ¿Y tú? ¿Qué piensa Mike del trabajo que te han ofrecido?
Crysse había cambiado de tema, dispuesta a no seguir hablando sobre su vida. No quería dejar a Sean, solo quería que él cambiase de forma de pensar.
–Aún no se lo he dicho –contestó Willow–. No se lo he contado a nadie más que a ti.
Crysse levantó las cejas.
–¿Y no crees que deberías hacerlo?
–Estaba esperando que mi prima favorita me ofreciera unas sabias palabras.
–Estabas esperando que te dijera que puedes tenerlo todo.
–¿Qué quieres decir?
–Quiero decir que Mike vive aquí, en Melchester. Y espera que te dediques a él y a vuestra futura familia. Te recuerdo que vas a casarte el sábado. ¿O lo has olvidado? –preguntó Crysse, tomando su mano–. Eso es lo que quieres, ¿no es así, Willow?
¿Eso era lo que quería? Una casa, hijos… Amaba a Mike, pero la idea de escribir «ama de casa y madre» en la casilla de «ocupación» no estaba en su proyecto de futuro. Ni en sus sueños. Willow había soñado tener su propia columna en un periódico nacional antes de cumplir los treinta.
La carta del Globe le ofrecía exactamente eso. Tardaría algún tiempo en tener su propia columna, pero allí podría hacerse un nombre.
Mike lo entendería.
Claro que sí.
Mike levantó la cabeza cuando Willow se sentó frente a su escritorio.
–¿Puedo invitarlo a comer, jefe? –preguntó, apoyando los codos sobre la mesa.
–¿De verdad quieres comer? –sonrió él.
–Tú eliges. Tengo una hora antes de tener que soportar una sesión infernal con mi peluquero, así que una de dos: un bocadillo en el bar o podemos cerrar la puerta, bajar las persianas…
–No he visto la calle en una semana.
–Entonces, ¿eliges el bocadillo?
Mike se levantó y tomó su mano.
–Llámame patético, pero hacer el amor sabiendo que los empleados están echando risitas al otro lado de la puerta no me apetece nada.
–No eres nada divertido cuando te pones en plan jefe.
–Lo sé, lo sé –murmuró él, mientras se dirigían al bar–. Pero el cargo no es oficial hasta que volvamos de Santa Lucía. Quizá debería dimitir hoy mismo.
–De eso iba a hablarte precisamente –dijo entonces Willow–. He recibido una oferta de trabajo y si no empiezas a encargarme artículos interesantes, es posible que la acepte.
Le había salido aquello de un tirón, casi sin pensar. Lo había dicho. No había sido tan difícil.
–¿Qué trabajo?
–Dos bocadillos de pollo, George. Y dos zumos de tomate –le dijo Willow al camarero. Después de pedir, pagó la consumición y se sentaron frente a una mesa cerca de la ventana.
–¿Qué trabajo? –insistió Mike.
Tenía que contestar. No había salida.
–El Globe me ha ofrecido un trabajo.
–¿Te refieres al Globe, en Londres?
Willow asintió con la cabeza.
–Es un periódico nacional, con una tirada diaria de millones de ejemplares –contestó Willow. Mike no dijo nada–. Creí que te quedarías impresionado.
–Estoy impresionado –dijo él después de una pausa. Una breve pausa durante la cual el mundo se había puesto del revés–. ¿Lo habrías aceptado?
«¿Habrías?». Mike ni siquiera pensaba que pudiera aceptar, ni siquiera había pensado discutir el asunto.
–¿No crees que debo hacerlo?
–No a menos que pienses mudarte a Londres y hacer vida de casada solo durante los fines de semana. ¿Es eso lo que quieres?
–Podría ir y volver todos los días –dijo Willow. Mike permanecía hermético–. ¿No te parece? –preguntó. Él no movió un músculo–. Muy bien. Llamaré a Toby Townsend esta tarde.
–¿Cuándo solicitaste ese trabajo?
–Hace meses. Tuve una entrevista, pero no me dijeron nada. Hasta el lunes, cuando recibí la carta.
En ese momento, George les llevó el almuerzo y empezó a lanzar una diatriba contra los problemas de aparcamiento que estaban cargándose su negocio. Después de aquello, el tema del nuevo trabajo no volvió a surgir.
Más tarde, de vuelta en la oficina, Willow se dijo a sí misma que Mike tenía razón. Era una idea imposible. No podía hacerlo. Llamaría al Globe y les diría que no podía aceptar. No pasaba nada. Estaba enamorada de Mike e iba a casarse con él. Pero una vocecita le decía que si Mike no le hubiera pedido que se casara con él, podría haberlo tenido todo. Una carrera durante la semana, Mike los fines de semana. Una novia podía hacer eso, pero estar casada significaba un compromiso. Estar casada era un trabajo a tiempo completo.
Antes de que pudiera cambiar de opinión, Willow marcó el número del periódico. Toby Townsend no estaba en su oficina, le dijeron. Debía llamar el lunes. Le escribiría, se dijo. Redactó la carta mentalmente mientras el peluquero la torturaba para colocarle la corona de flores. Y la pasó al ordenador en cuanto volvió a la oficina, guardándola en su bolso para echarla al correo. Después fue a buscar a Mike porque necesitaba que la abrazara y le asegurase que estaba haciendo lo que debía hacer.
Pero Mike había salido de la oficina después de comer y su secretaria no sabía dónde estaba.
Willow sacó el móvil del bolso y escribió un mensaje con el siguiente texto:
¿Dónde estás? ¿Podemos vernos?
Solían enviarse mensajes cuando empezaron a salir. Sobre todo Mike, cuando ella tenía que cubrir alguna noticia fuera de la ciudad. Y ella solía contestar: Si me encuentras, puedes invitarme a cenar. Lo único que Mike tenía que hacer era llamar al departamento de personal para comprobar dónde estaba… y siempre aparecía a tiempo.
Pero eso había sido siglos antes. O eso le parecía.
Willow miró el móvil. No tenía ni idea de dónde estaba Mike.
Y decidió borrar el mensaje.
Mike abrió las puertas de su taller para que entrase la luz. Había planchas de madera apoyadas en las paredes y en las estanterías. Una mesita a la que solo faltaba el barniz estaba colocada en el banco de trabajo, abandonada desde que recibió la llamada para informarle de que su padre estaba en el hospital.
Se había levantado con aquello en mente. Las cosas que había dejado sin terminar. Era algo que tenía que acabar antes de cerrar las puertas definitivamente a esa parte de su vida. Antes de llamar a su administrador para decirle que podía buscar un inquilino.
Mike se quitó la chaqueta, la corbata y la camisa y se puso una camiseta que colgaba de un gancho. Al hacerlo, se sintió como en casa.
Mientras miraba la mesita, recordó cómo había imaginado terminarla, la satisfacción de pasar la idea del papel a la realidad.
Se la regalaría a Willow. No le diría que la había hecho él, pero cada vez que la viera sabría que una vez había sido un hombre que hacía algo más que sumar números en un libro de contabilidad.
Mike estaba en la puerta de su apartamento cuando Willow llegó a casa.
–¿Más regalos?
–¿Dónde has estado? –preguntó ella, abriendo el maletero del coche–. Hueles como si hubieras estado abrazado a un árbol.
–Más o menos –suspiró Mike–. Te he traído un regalo. Un mueble –añadió, abriendo el maletero del jeep y sacando un objeto envuelto en una sábana. Una vez en el apartamento, lo dejó en el suelo–. Venga, ábrelo.
Willow apartó la sábana y contuvo el aliento. Era una mesita de madera, increíblemente moderna y elegante.
–¡Oh, Mike! Es preciosa –murmuró, pasando los dedos por la sedosa superficie–. ¿De qué madera está hecha?
–Cerezo.
–Es… no sé cómo explicarlo. Debería estar en un museo. Es una bobada, pero esa es la impresión que me da.
Mike deslizó los dedos por la pulida superficie. Algunos de sus trabajos se habían convertido en piezas de colección. Él odiaba eso.
–Está hecha para usarla, no para que la miren.
Mike quería que sus muebles fueran usados, que absorbieran la historia.
–¿Dónde la has comprado?
–Pues… la diseñó una persona que conozco.
–¿De verdad? ¿Va a venir a la boda? Quizá podríamos escribir un artículo sobre…
–No, Willow. Esta es su última pieza. Ha cerrado el taller. Ya no puede dedicarse a este oficio.
–Qué pena…
–Así es la vida –la interrumpió él–. ¿Qué tienes ahí? ¿Un exprimidor? ¿Significa eso que voy a tener zumo de naranja todas las mañanas?
Willow tragó saliva. ¿Sería así? ¿Sería esa su vida a partir de entonces?
–Es un regalo de Josie, una compañera de colegio –contestó, sin mirarlo–. Es una chica muy sana, solo come cosas naturales, zanahorias, tomates, pepinos…
–Estupendo –murmuró Mike.
¿Era estupendo de verdad o era más fácil seguir adelante con los planes de boda que salir corriendo, más fácil guardar el exprimidor que decir, «lo siento, esto no es para mí»? ¿Seguía adelante como Crysse porque la alternativa era demasiado complicada y dolorosa?
A Willow se le daba bien dar consejos a los demás, pero ¿y ella? ¿Y Mike?
El cristal de la ventanilla le devolvía una imagen fantasmal de sí misma. Por fuera, todo era perfecto. El vestido, el pelo, el maquillaje…
–Estamos llegando. ¿Preparada?
Willow se volvió hacia su padre, muy distinguido con su frac y el sombrero de copa sobre las rodillas mientras el coche se acercaba a una iglesia llena de parientes y amigos, todos reunidos para el gran día. ¿Qué harían, se preguntó Willow, si ella no apareciera?
–Papá, ¿no te preguntaste antes de casarte con mamá si estabas cometiendo un terrible error?
–Es un gran paso y es normal estar nervioso –contestó el hombre–. ¿O hay algo más?
–No lo sé. Quizá –murmuró Willow–. Si no me hubieran ofrecido ese maldito trabajo…
La carta para Toby Townsend seguía sobre la mesa del pasillo. No la había echado al correo. Había querido hacerlo la noche anterior, después de enviar las cartas agradeciendo regalos como el exprimidor o el reloj que contaría las horas que se pasaría limpiando una casa que aborrecía.
Pero no podía decirlo para no herir los sentimientos del padre de Mike. Ni los de Mike, que se quedó sin palabras, abrumado por la generosidad de su progenitor. Y, sin saber cómo, la carta se había quedado sobre la mesa.
–Dime, Willow, si Mike te hubiera llamado anoche para decir que os olvidarais de la boda, ¿cómo te habrías sentido?
–Aliviada –contestó ella, sin pensar. Y era cierto. No porque no quisiera a Mike, sino porque no deseaba aquella vida. Cuando el coche se acercaba a la puerta de la iglesia, el corazón de Willow dio un vuelco–. ¡No pare!
El conductor sonrió.
–¿Una vuelta más?
–Sí, una vuelta más. Papá, no puedo hacerle esto a Mike, ¿verdad? Él está en la iglesia, esperándome…
–Si estás tan insegura, hija… haz lo que debas hacer.
–Mamá no me lo perdonaría nunca.
–Esto no tiene nada que ver con tu madre. Estamos hablando de tu vida.
–Pero el banquete…
–No pasa nada. La gente tiene que comer de todas formas.
¿Era esa la única razón por la que seguía adelante? ¿La preocupación por el dinero del banquete, el enfado de su madre?
–Dile a Mike… –Willow no terminó la frase. ¿Qué? ¿Que lo quería pero no podía casarse con él? Sería mejor no decir nada.
–No te preocupes, cariño –murmuró su padre–. Déjeme en la esquina y llévese a mi hija a casa –añadió, dirigiéndose al conductor. Unos segundos después, Willow salía del coche–. En cuanto a tu madre… quizá sería buena idea desaparecer durante unos días.
¿Por qué seguía adelante? ¿Por qué iba a casarse? ¿Por qué iba a dirigir el Chronicle? ¿Para no defraudar a su padre? Solo tenía una vida, como Cal le había recordado. Solo tenía una oportunidad de hacer las cosas bien. No tenía tiempo para vivir los sueños de los demás.
¿Y Willow? Mike la quería. Ella era lo mejor que le había pasado nunca, pero quería tener una carrera. Mike no era tonto. Willow estaba deseando que le dijera que debía aceptar el trabajo en el Globe.
Se había dado cuenta y una parte de él hubiera querido decir «adelante, no pierdas un minuto de tu vida». Pero había otro lado, uno más oscuro. Si él no podía tenerlo todo, tampoco podía ella.
¿Qué clase de pensamiento era ese? ¿Cuánto tardarían en desear no haberse casado?
En alguna parte alguien estaba tocando el órgano, como música de fondo para los invitados que ocupaban sus sitios en la iglesia.
El sol entraba por los cristales emplomados, iluminando el suelo de mármol con brillos azules, rojos y verdes. Pero Mike tenía frío y el olor de las flores empezaba a marearlo.
¿Cuánto tiempo faltaba? Mike miró su reloj. Willow llegaba tarde. ¿Nervios de última hora? ¿Y si no aparecía? ¿Cómo se sentiría? ¿Desolado o aliviado?
–No te preocupes tanto, Mike. No he perdido los anillos.
Aliviado.
–Cal, ¿qué pensarías si te dijera que no quiero hacer esto?
Su amigo lo miró, perplejo.
–¿Lo dices en serio? –preguntó. El rostro de Mike debía ser la respuesta–. Durante la última semana parecías un hombre condenado a la horca. Creí que era por el periódico…
–Y lo era. Y por el exprimidor de Josie.
–¿Qué tiene que ver el exprimidor? –preguntó Cal, que no salía de su asombro–. Será mejor que te decidas, Mike. En cuanto Willow aparezca por esa puerta, estás comprometido.
–Ya estoy comprometido. No puedo…
–Si tienes dudas de verdad, debes marcharte. Ahora mismo.
–Dile que… –empezó a decir Mike. ¿Qué? ¿Qué podía decirle? ¿Que la quería, pero que aquella no era la vida que siempre había querido vivir?–. Dile a su padre que yo pagaré por todo esto…
–Lo haré. Ahora, vete. Tengo cosas que hacer.
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