NECESITO una respuesta hoy mismo, señorita Blake, o no podré asegurarle…
–¡Y la tendrá! –exclamó Willow.
Inmediatamente, se arrepintió. No era culpa del constructor que no pudiera tomar una decisión sobre los armarios de la nueva cocina. Y tampoco que no le importara un bledo su nueva cocina. Era una pesadilla en la que, supuestamente, tendría que cocinar tres veces al día. Como su madre…
¿Por qué le había dicho a Mike que se casaría con él? ¿Por qué no se había ido a vivir con él, como había hecho su prima Crysse? Crysse era feliz, ¿no? Planchar un par de camisas de Mike habría sido más sencillo que tener que llevar a cabo lo que su madre consideraba una boda perfecta y tener que vivir en la que el padre de Mike consideraba una casa perfecta.
Era como si los extraterrestres se hubieran apoderado de su vida.
Unos extraterrestres muy simpáticos, desde luego, pero extraterrestres al fin y al cabo. Y no tenían ni idea de lo que significaba la palabra «sencillo».
Para Willow, una boda sencilla significaba una ceremonia discreta en una pequeña ermita en el campo, un vestido sencillo de color claro, dos damas de honor que no se hicieran pipí en los pañales y un banquete para los amigos.
Pero la versión de su madre de una boda sencilla incluía una ceremonia en la catedral de Melchester, un coro de cincuenta niños cantores, pajes, damas de honor, testigos, invitados, flores como para cerrar una floristería…
Y luego estaba el banquete.
No. Willow se negaba a rendirse sobre el asunto del banquete, y a aceptar aquella tarta de boda que parecía un rascacielos. Era una pesadilla. A Willow le gustaban las cosas simples, pero aquella boda se estaba convirtiendo en un acontecimiento social.
Y la ceremonia era solo la punta del iceberg. Las auténticas complicaciones llegaron en un sobre pequeño. Un sobre blanco con el logo de un periódico de tirada nacional.
Si la vida fuera sencilla, llamaría al teléfono que aparecía en el sobre y diría que ya no estaba disponible. Habían tardado demasiado en ofrecerle el trabajo de sus sueños. Iba a casarse el sábado. Les diría eso. Pero no lo había hecho todavía.
Por eso todo era tan complicado y ella estaba tan angustiada.
–¿Te encuentras bien, Willow?
–¿Qué? –preguntó ella, sorprendida. Al volverse, se encontró con Emily Wootton, que la miraba con preocupación–. Ah, sí, no es nada. Es que me caso el sábado…
–¿De verdad? –sonrió la mujer–. Qué alegría.
Willow tenía sus dudas.
–Seguro que todo el mundo lo pasará muy bien, pero yo estoy deseando que pase esta semana y encontrarme en las playas de Santa Lucía –dijo, intentando sonreír–. Me estabas hablando sobre el chalé que el fideicomiso ha recibido de los Kavanagh –añadió, mordiéndose la lengua para no contarle sus problemas a una persona a la que había conocido dos días atrás. Pero, ¿a quién podía contárselos si no? Nadie que conociera a Mike Armstrong y hubiera visto la casa en la que iba a vivir con él podría entenderlo. Ella misma no lo entendía. Si pudiera volver a la noche que le había pedido que se casara con él… Si pudiera convencerse a sí misma de que eso era lo que Mike realmente quería–. Hace falta dinero para convertirla en una residencia para huérfanos, ¿no?
–No, eso ya está hecho. Lo que falta es pintarla y necesitamos voluntarios –sonrió Emily–. Supongo que es imposible convencerte para que renuncies a tu luna de miel, ¿verdad? Las Antillas tampoco son tan interesantes…
En ese momento, una lágrima empezó a rodar por la mejilla de Willow.
–Willow, ¿qué te pasa?
–Nada –contestó ella, buscando un pañuelo–. Es que estoy nerviosa por la boda.
La boda y el esfuerzo que estaba haciendo para que nadie viera que odiaba la casa que el padre de Mike les había regalado. Un edificio enorme de ladrillo rojo con cinco dormitorios, tres cuartos de baño y un acre de jardín que tendría que cuidar cuando no estuviera planchando o cocinando.
Mike y ella no habían llegado a una decisión sobre dónde iban a vivir. Ni en su apartamento ni en el de él. Los dos eran convenientes, céntricos, perfectos para una pareja. Y entonces… ¡plaf! Una invitación de los padres de Mike para comer en el campo, al lado de aquella casa infernal. La clase de mansión digna de una perfecta ama de casa, no una mujer que acababa de conseguir el trabajo de sus sueños. Eso, si no se casaba el sábado.
Willow estaba empezando a ver que, como esposa de Mike, no podría seguir haciendo su vida.
Willow Blake desaparecería para convertirse en la esposa de Mike Armstrong, heredero del propietario de una editorial. Y, con el tiempo, se convertiría en la madre de los correspondientes 2,2 niños, con una vida dedicada a las causas benéficas. En diez años, se habría convertido en su gran pesadilla, una copia perfecta de su madre.
Seguiría trabajando durante un tiempo, por supuesto, pero el periódico solo le encargaría crónicas sociales, entrevistas con celebridades locales y cosas por el estilo. Hasta que llegaran los niños. Aquella casa tenía que estar llena de niños. El padre de Mike ya hablaba de uno de los dormitorios como de «la guardería». Como si la decoración infantil no les hubiera dado una pista.
Y en cuanto a Mike, Willow no sabía lo que pensaba. De repente, se había vuelto distante, raro.
Y por eso, la carta en la que le ofrecían el trabajo de sus sueños seguía en su bolso, sin ser contestada. Era su salvavidas.
–Es una casa… más bien grande, Mike. No es tu estilo. No se parece nada al taller de Maybridge –estaba diciendo Cal.
–Eso depende de lo que uno considere grande –replicó Michael Armstrong, intentando cortar cualquier discusión sobre su estilo de vida. Cal era su mejor amigo y se conocían demasiado bien–. Willow creció en una mansión de diez habitaciones.
La emoción de Willow al ver la casa que les había regalado su padre lo había hecho darse cuenta de que no podía dar marcha atrás.
–Ya. Bueno, si a los dos os gusta, eso es todo lo que importa –dijo Cal–. ¿Cuándo vais a mudaros?
Mike miró la monstruosidad de casa que su padre le había regalado. Ni siquiera le había consultado antes de hacerlo porque sabía cuál sería la respuesta. El viejo zorro había dejado que Willow hiciera el trabajo sucio por él. Y como a ella le había encantado el regalo, Mike había tenido que tragarse un «no, gracias, papá». No podía rechazar aquel regalo.
Dándose cuenta de que Cal lo estaba mirando con cara de preocupación, Mike intentó sonreír.
–La casa estará lista cuando volvamos de la luna de miel.
–No pareces muy… –su amigo dudó, como buscando la palabra apropiada– optimista –dijo por fin. Pero Mike no aceptó la invitación para sincerarse–. Muy bien. Seguro que Willow y tú podéis vivir sin moqueta durante un mes. Y no hay prisa en amueblar la habitación de los niños –añadió, intentando aliviar la tensión–. A menos que haya algo que no me has contado. Eso explicaría el retorno del hijo pródigo.
–Mi padre estuvo unos días en el hospital. Por eso volví –explicó Mike–. Nunca fue mi intención quedarme en Melchester.
–Hasta que conociste a Willow –asintió Cal–. ¿Sabe ella que no piensas seguir con el periódico? Solo lo pregunto porque cuando estuvimos tomando una copa la semana pasada, tuve la impresión de que te veía como el empresario del año –añadió–. No le has contado lo de Maybridge, ¿verdad?
–Ocúpate de tus asuntos, Cal.
–Voy a ser testigo de tu boda. Esto es asunto mío.
–Ya la conoces. Willow pertenece a una de las mejores familias del país. Solo estaba haciendo tiempo escribiendo artículos de sociedad en el periódico hasta que uno de los amigos de su padre le ofreciera convertirse en Lady Algo.
–¿Perdona? ¿Has leído algo de lo que tu novia escribe en el periódico?
–Vivo con el Chronicle, Cal. Pero no estoy preparado para dormir con él –murmuró Mike–. Bueno, vale. Si dieran premios por escribir sobre la Asociación de Jardines locales, ella se los llevaría todos, pero supongo que entenderás por qué no le he pedido que se instalara en mi taller de Maybridge y viviera de lo que gano con mis propias manos.
–¿Lo que no estás dispuesto a hacer por tu padre estás dispuesto a hacerlo por amor? Si yo estuviera en tu pellejo, admito que haría lo mismo –sonrió Cal–. Quizá la guardería debe ser una prioridad después de todo.
–Mi padre cree que ha sido sutil dándonos pistas.
–¿El infarto no ha conseguido calmarlo?
–¿Infarto? Estoy empezando a sospechar que no era más que una indigestión.
Pero había conseguido lo que quería. Mike había vuelto a casa a toda prisa para dirigir el Chronicle y la revista Country Chronicle mientras su madre se llevaba al viejo Armstrong de vacaciones. Unas largas vacaciones. Debería haber salido corriendo cuando su padre, que odiaba ir de vacaciones, aceptó hacer un crucero de seis semanas.
–No sé. Quizá estoy siendo demasiado cínico. Fuera lo que fuera, le ha recordado que también él es mortal.
–¿Eso es todo? ¿No hay ningún otro problema?
Mike se pasó la mano por la cara.
–Bueno, tengo que cortarme el pelo antes del sábado –contestó, intentando apartar de sí aquella sensación de angustia.
Amaba a Willow. Ella había sido la única luz en la oscuridad cuando se vio obligado a volver a casa y tomar las riendas del negocio familiar.
Había entrado en la oficina aquella mañana, con un ánimo tan negro como la tinta del periódico, cuando se chocó con ella. El móvil que Willow llevaba en la mano había caído al suelo y después de comprobar que no se había roto, ella lo miró con expresión furiosa.
–¿Por qué no mira por dónde va?
Mike había estado a punto de replicar que era ella quien no miraba cuando, de repente, todo pareció pararse, incluido su corazón. Entonces Willow había sonreído, burlona.
–Ah, perdón. Qué mal educada soy. No se le debe gritar al jefe hasta, al menos, haber sido presentados. Porque tú eres Michael Armstrong, ¿verdad? Hay una fotografía tuya en el despacho de tu padre y…
–Mike –corrigió él, cuando consiguió despegar la lengua del paladar–. Y no soy el jefe. Solo voy a ocupar el puesto de mi padre durante unas semanas.
–Muy bien, Mike. Yo soy Willow Blake –sonrió ella, ofreciendo su mano–. Adiós. Llego tarde.
Mike se quedó mirándola con una sonrisa que hubiera hecho sentir complejo de inferioridad al gato de Alicia en el país de las maravillas.
Él solo había querido flirtear un poco. Y ella lo había mantenido a raya durante más tiempo del que esperaba. La caza había sido divertida y atraparla fue… como encontrar algo que hubiera perdido mucho tiempo atrás. Pero la había perseguido como Michael Armstrong, el jefe provisional del periódico para el que ella trabajaba. Willow era una chica difícil y Mike había tenido que echar mano de todas sus armas.
Cuando por fin la consiguió, no le pareció necesario explicar que solo estaba en Melchester provisionalmente.
Y entonces le había pedido que se casara con él.
Y lo había dicho de verdad.
El «sí» de Willow casi lo hizo gritar: «¡Que paren las máquinas… que cambien la primera página… tengo una gran noticia!». Y eso ahogó una vocecita en su interior que le decía que Willow creía estar a punto de casarse con el heredero de un imperio editorial. No un hombre que, en su vida real, vivía en lo que una vez había sido un establo. Un sitio en el que su vida era completamente diferente.
¿Tenía miedo de que ella no amara al verdadero Michael Armstrong? ¿Por eso no se lo había contado?
Una vez que su padre los había llevado a la casa, con el plano envuelto en papel de regalo, era demasiado tarde.
–Solo tienes una vida, Mike –dijo Cal, interrumpiendo sus negros pensamientos–. Tienes que vivir tu sueño. Se supone que es la novia la que debe estar nerviosa.
–Te aconsejo que esperes a que te pase a ti antes de decir esas cosas.
–A mí me parece que estás empezando a arrepentirte.
Mike se sintió tentado de confesarle su angustia, pero las cosas habían ido demasiado lejos.
–Pensaba que sería más fácil. Pensaba que casarse solo consistía en llegar a tiempo a la iglesia y no perder los anillos.
–Puedes dejarme esos detalles a mí. En cuanto al resto… –Cal miró su reloj–. Es casi la hora de comer. ¿Por qué no vas a buscar a Willow y os tomáis la tarde libre para dedicaros a… lo que más os guste?
–No tengo tiempo. Voy a estar alejado del negocio durante un mes –contestó Mike. Aunque no iba a seguir siendo «el negocio», sino «su negocio». Se conformaría y aceptaría dirigir el periódico. Y su padre firmaría los papeles de cesión en cuanto la tinta del registro civil se hubiera secado.
–¿Mike?
Llevaba una hora esperándolo, terminando el artículo sobre la residencia para huérfanos, haciendo cosas de última hora… Intentando imaginar cómo iba a hablarle sobre el trabajo que le habían ofrecido.
Dejar el periódico sería como una patada para Mike y su padre. Tendría que ir a Londres todos los días y no siempre podría volver a casa por la noche. Aunque cuando el director del Globe se enterase de que estaba punto de casarse, quizá no seguiría interesado en ella…
–¿Qué pasa, Willow? –preguntó Mike entonces, levantando la cabeza de la calculadora.
–Nada. No pasa nada.
Willow no esperó respuesta. Lo que hizo fue salir del edificio. Su coche estaba en el taller y Mike se había ofrecido a llevarla a casa de Crysse. Obviamente, lo había olvidado y ella prefería caminar antes de interrumpir su historia de amor con la calculadora. Eso era lo que pasaba cuando una se enamora de un contable.
Willow apretó la correa del bolso. Daría un paseo para olvidarse del constructor y de las incesantes preguntas de su madre sobre los detalles de la boda. Le daba igual el color de las cintas en los bancos de la iglesia o si habría rosas suficientes. En un mundo en el que hay niños que nunca han tenido vacaciones y nunca las tendrían a menos que alguien como Emily Wootton lo hiciera posible, ese tipo de cosas no eran más que tonterías.
Pero ir andando fue un error. Llevaba zapatos nuevos y después de caminar un kilómetro tenía una ampolla en el talón. Si cojeaba en la iglesia, su madre la mataría. Aunque eso resolvería todos sus problemas de un tirón. La otra opción era tomar el autobús. Cuando llegó a la parada, apoyó su peso sobre el otro pie y esperó.
–¿Puedo llevarla a alguna parte, señorita?
Willow no pudo evitar que le diera un vuelco el corazón al escuchar la voz de Mike. Cuando se volvió, lo vio con su flequillo color miel cayéndole sobre la frente mientras le abría la puerta del jeep negro.
–Mi madre me ha dicho que no suba nunca al coche de un extraño –contestó, consciente de las miradas de envidia de las mujeres que había en la cola del autobús–. Creí que estabas demasiado ocupado.
–Y lo estoy. Y tengo un dolor de cabeza espantoso. Por eso se me había olvidado que tenía que llevarte a casa de Crysse.
–Espero que la despedida de soltero mereciera la pena.
–No estoy seguro.
La despedida de soltero no había sido divertida. Ni todo el alcohol del mundo, ni las bromas de Cal y sus amigos habían conseguido hacerle olvidar el lío en el que se había metido.
–Por favor sube, Willow –insistió, observando los rostros expectantes que observaban el pequeño drama.
–¿Cómo sabías que no había pedido un taxi?
–Estabas enfadada –contestó Mike. Y no podía culparla–. Si yo hubiera estado enfadado, también habría ido andando.
–Pues habrías cometido un error –murmuró Willow, entrando en el coche. Estaban llamando demasiado la atención y no le hacía gracia–. Me ha salido una ampolla en el pie.
–Oh, pobrecita. Ven aquí –murmuró Mike, olvidando a los espectadores. Cuando la tomó en sus brazos, ella apoyó la cabeza en su hombro como un gatito–. Lo siento mucho.
Cuando se apartó un poco para mirarla, los ojos azules de Willow lo hicieron desear haber escuchado a Cal y haberse tomado la tarde libre para estar con ella en la cama. Hasta el día siguiente.
–¿Tienes que ir a casa de tu prima?
–Me temo que sí. Tenemos que ensayar la entrada y a una de las damas de honor se le ha descosido el vestido. Además, quedan tarjetas por escribir…
–¿Sabes una cosa? –la interrumpió él.
–¿Qué?
–Si hubiera sabido antes en la que nos estábamos metiendo, no te habría pedido que te casaras conmigo.
–Créeme, si yo lo hubiera sabido te habría dicho que no –replicó ella. Por un segundo, Mike vio un brillo extraño en sus ojos azules. Casi como si deseara que hubiera sido así–. Estoy intentando tomarme esto como una visita al dentista. Es angustioso, pero después…
No terminó la frase, como si esperase que Mike lo hiciera por ella: «Pero después todo es maravilloso» o algo así.
–Ponte el cinturón –dijo él, sin embargo, antes de arrancar y perderse entre el tráfico.
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