Читать книгу «Dimelo cantando» онлайн полностью📖 — Инма Рубиалес — MyBook.
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6. Por miedo o por orgullo
Holland

La Facultad de Bellas Artes es un edificio moderno con ventanales inmensos. Las escaleras de hormigón que conducen a la entrada están repletas de estudiantes. Algunos visten de forma extravagante, otros tienen el pelo teñido de muchos colores y también hay quienes tienen piercings y tatuajes en lugares en los que no pensé que pudieran llevarse. Es como si me hubiera teletransportado a un mundo paralelo, donde nadie juzga a los demás por ser como quieren ser.

Me siento fuera de lugar, pero, me lo crea o no, mi sitio es este. Por fin voy a dedicarme a lo que realmente me apasiona.

Chloe tenía clases antes que yo, por lo que tendré que enfrentarme sola a mi primer día. Aunque estoy un poco nerviosa, me obligo a subir las escaleras. La facultad es aún más bonita por dentro. El techo parece estar a kilómetros de distancia y las paredes están recubiertas de cuadros. Leí en internet que los cambian todos los años porque son obras de los alumnos de último curso. Me detengo frente a uno formado por figuras abstractas de colores oscuros que hace que me recorra un escalofrío y, después, miro con detalle lo que me rodea.

¿De verdad pertenezco a este sitio?

Apenas dibujé durante el año que pasé en Mánchester. Me consumí tanto que dejé de verle sentido. En consecuencia, he perdido mucha práctica y no tardaré en quedarme atrás si no me esfuerzo lo suficiente, sobre todo porque apuesto a que muchos de mis compañeros se habrán formado en arte con antelación. Hay asignaturas en las que no tengo nada de experiencia. ¿Escultura? ¿Desnudos?

Mi primera clase del día es Historia del Arte. Según mi horario, se imparte en el aula 101. Como la facultad es enorme y no quiero perderme, busco directamente el mostrador de recepción. Sin embargo, hay tanta gente esperando que llegaré tarde si me quedo.

—Cualquiera diría que estás un poco perdida.

Al girarme, veo a un chico menudo, con gafas metálicas y el pelo teñido de blanco. Echo un vistazo a mi horario y fuerzo una sonrisa.

—Sí, soy de primer año.

—Vaya. Siento decirte que no es tu día de suerte, porque yo también y estoy tan perdido como tú —contesta, lo que me hace reír. Me estrecha la mano—. Soy Harry.

—Holland Owen. Pero todo el mundo me llama Holland —añado a toda prisa. Si Harry nota que me muestro reticente a que me llamen por mi apellido, no dice nada al respecto.

—¿Qué clase tienes, Holland?

—Historia del Arte, ¿y tú?

—La misma. Genial. Así no seré el único que llegue tarde. —Sonrío y él señala hacia las escaleras—. He visto a gente despistada yendo por allí. Si la intuición no me falla, hay un noventa y nueve por ciento de probabilidades de que sean de nuestra clase.

Hace una reverencia exagerada para invitarme a pasar primero. Arqueo una ceja, pero me cuesta no reírme. Es un chico un poco raro, aunque debo reconocer que tiene estilo. Lleva una camiseta extragrande de una banda de rock y unos vaqueros anchos con cadenas. Las gafas redondas le ocupan gran parte de la cara.

—¿Qué es lo tuyo? —me pregunta mientras subimos al segundo piso. Tardo un segundo en darme cuenta de a qué se refiere.

—Me gusta dibujar. De todo, en general, aunque me encantan los retratos. ¿Tú?

—Soy escultor. O lo intento, al menos.

—¿En serio?

Me muestra sus manos grandes y llenas de durezas.

—Me gustaría dedicarme a ello profesionalmente. Por eso estoy aquí. Aunque me costará aprobar el resto de las asignaturas.

—Si te sirve de consuelo, yo no sé nada sobre escultura.

Harry frunce el ceño. Entonces, se le ilumina la mirada, como si acabase de tener la mejor idea del mundo.

—Creo que tú y yo podríamos formar un buen equipo.

—¿Me echarás una mano con Escultura si te ayudo con lo demás? —me adelanto.

—Hecho. Vas a salvarme la vida y el curso. —Cuando alcanzamos la segunda planta, giramos a la derecha. No paro de mirar alrededor, fascinada—. Por cierto, ¿alguna vez has pintado desnudos?

Resoplo con amargura.

—¿Es completamente necesario?

—¿Bromeas? No hay razones para quejarse. He oído que los modelos están muy bien dotados.

Se me escapa la risa al verlo tan entusiasmado.

—No es que me interese, la verdad.

—Mejor. Más para mí. —Se encoge de hombros y me guiña un ojo—. Espero que nunca tengamos que pelearnos por quedarnos con el que esté más bueno.

Alzo las manos en señal de inocencia.

—Son todos tuyos.

—Perfecto. Creo que vamos a llevarnos muy bien.

Encontramos el aula 101 al fondo del pasillo. En efecto, cuando entramos la mayoría de nuestros compañeros ya están sentados. Nos ponemos juntos en la última fila. La profesora llega unos minutos después e intento concentrarme en las explicaciones. De vez en cuando, Harry suelta un comentario en voz baja y tengo que aguantarme las ganas de reír.

Historia del Arte es una asignatura que nunca pude cursar en el instituto. Por tanto, aprovecho al máximo cada minuto de la clase. Es una sesión introductoria; de todas formas, la encuentro interesante. Apunto lo que me parece importante y también el nombre de la profesora por si me resulta útil en el futuro.

Harry y yo tenemos el mismo horario, así que vamos juntos a todas las clases. Volvemos a sentarnos juntos en Fundamentos del Arte, que me resulta aburrida a causa del profesor. A la hora de salir, me pide mi número de teléfono para que mantengamos el contacto.

—Necesitaré a alguien con quien llorar cuando me ponga a estudiar —argumenta y me río mientras lo apunto en su móvil.

Nos despedimos en la puerta porque tomamos caminos distintos. Cuando se marcha, no puedo evitar sonreír. Primer día superado y no ha ido nada mal. Incluso he hecho un amigo. Puede que, después de todo, este sí que sea mi sitio.

Chloe no volverá hasta la noche y no me apetece pasar el resto del día sola, por lo que pienso en llamar a Finn y proponerle ir a tomar algo. Sin embargo, justo entonces miro hacia la calle y me quedo helada.

¿Qué hace Blake aquí?

No solo se encuentra parada frente a mi facultad, sino que, además, a juzgar por cómo mira el reloj, espera a alguien. ¿Tendrá amigos que estudien Bellas Artes? Es imposible que haya venido a hablar conmigo por iniciativa propia. Se supone que éramos muy amigas y una no desaparece de la vida de sus amigas sin dar explicaciones.

De pronto, nuestras miradas se cruzan entre la multitud. Sus ojos grandes y oscuros nunca me habían parecido tan intimidantes. Sostiene el contacto visual y entonces lo sé. Ha venido a verme. A mí.

Parece que me toca ser valiente otra vez.

Camino hacia ella. Está muy cambiada. Mientras que antes tenía el pelo a la altura de los hombros, ahora apenas le cubre las orejas. Además, se ha hecho un piercing en el labio. Lleva unos vaqueros holgados, un top sin mangas y una bandana roja como diadema. Me detengo frente a ella. A nuestro alrededor, la gente se dispersa.

Blake me mira de arriba abajo antes de romper el silencio.

—Bienvenida a la ciudad, supongo.

Quiero abrazarla y decirle cuánto la he echado de menos. Y también que fue un error distanciarme, que no se lo merecía. Que durante estos últimos meses he necesitado a una amiga como ella. Si pudiera volver atrás y enmendar mis errores, lo haría.

—¿Te apetece tomar algo? ¿Un café? —propongo en su lugar.

Estoy nerviosa. Tras considerarlo un momento, Blake acepta.

Vamos a una cafetería cercana a la facultad que suele ser frecuentada por estudiantes. Tiene un aire ochentero que me cautivó cuando vine por primera vez. Imagino que Blake ya la conocía, dado que no presta mucha atención a la decoración. Ocupamos una mesa que está junto a la pared, lo suficientemente apartada como para mantener una conversación en privado.

La camarera acude enseguida. Blake pide un batido y, para mis adentros, me doy una reprimenda. Juraría que estaba obsesionada con el café.

—Solo me permito una taza al día. Me pone histérica —comenta, como si pudiera leerme la mente.

Asiento, inquieta. Las consecuencias de la cafeína pueden ser un tema interesante, pero no es de lo que hemos venido a hablar.

Si ha dado el primer paso, quizá tenga una oportunidad de arreglar nuestra relación. Así podría compensar el desastre de anoche. La conversación con Alex no pudo ir peor. Se marchó después de que me sincerase, ¿y todo por qué? ¿Porque no fui capaz de contestar? ¿Qué esperaba que dijera? ¿Que estaba deseando encontrármelos por sorpresa en ese estúpido pub?

Tengo que sacármelo de la cabeza. Como sea. Ahora que ya no formo parte de su vida, debería centrarme en lo verdaderamente importante: arreglar la mía.

—Supongo que tendrás muchas preguntas —comienzo. Blake no se inmuta—. Antes de nada, quiero que sepas que lo siento mucho. Por todo. No hay nada que justifique lo que os hice.

—Sí, bastantes.

—Antes de nada, quiero que sepas que lo siento mucho. Por todo. No hay nada que justifique lo que os hice.

—Parece que en eso estamos de acuerdo —responde, tensa—. No tenías razones.

—Fui una egoísta. No soportaba pensar que estabais aquí, cumpliendo vuestros sueños sin mí, mientras yo me pudría en esa ciudad. Sola. Sin vosotros. Sin mis amigos. Estudiando algo que jamás me haría feliz. Os echaba de menos y pensé que, si no sabía nada de vosotros, os olvidaría y por fin aceptaría mi nueva realidad. Me di cuenta demasiado tarde de que estaba cometiendo un error. Entonces ya no podía mandaros un simple mensaje para disculparme. Tenía que hacerlo en persona.

Es la primera vez que lo digo en voz alta y no sé si tiene sentido. O si sirve como excusa. ¿Qué habría hecho yo si hubiera sido al revés? ¿Habría perdonado a Blake o la habría dejado fuera de mi vida?

—He cambiado durante este último año. También he aprendido muchas cosas —continúo—. No sirve de nada huir de los problemas. Hay que armarse de valentía y hacerles frente, aunque cueste, porque así es como se consiguen las cosas: dando la cara, no esperando a que lo hagan por ti.

Enarca las cejas. No me extraña que parezca tan sorprendida. Hace apenas un año, jamás habría imaginado que un día estas palabras saldrían de mi boca.

—¿Así que ahora haces frente a tus problemas?

—Estoy aquí, ¿no? En Londres. Estudiando lo que me gusta. A más de trescientos kilómetros de Mánchester y de ese futuro como abogada que, para ser honesta, siempre me pareció una mierda.

No sé qué reacción esperaba, pero cuando sonríe, me da un vuelco el corazón.

—Yo también te he echado de menos.

Se me escapa un suspiro de alivio. Veo en su mirada algo que me resulta conmovedoramente reconfortante: está orgullosa de mí y de lo que he conseguido. De hasta dónde he llegado. De la persona en la que me he convertido, quizá.

—Entonces, ¿me perdonas? —pregunto antes de hacerme ilusiones—. Pensé en llamarte mientras estaba en Mánchester. Muchas veces. Sobre todo cuando necesitaba que alguien me recordase que soy valiosa y que tengo que confiar en mí misma. Eres esa clase de persona, Blake. Inspiras a los demás. No sabes cuánto he echado de menos que seas mi mejor amiga. —Hago una pausa y bajo la voz—: Por favor. Lo siento mucho.

Me clavo las uñas en las palmas de las manos, nerviosa. A veces ser valiente consiste en decir a quienes te rodean lo buenos que son para ti, aunque creas que ya lo saben. Blake me mira en silencio y, al final, esboza una sonrisa cargada de cariño.

—¿A cuántos dónuts de chocolate vas a invitarme si digo que sí?

Empiezo a levantarme.

—¿Cuántos quieres? Voy ahora mismo.

Me empuja para volver a sentarme, riéndose.

—Está bien. Te perdono, pero solo por esta vez. —Me señala con un dedo—. Vuelve a hacerme algo así y te las verás conmigo.

—Hecho. Gracias. En serio. ¡Gracias!

Al verme tan emocionada, también sonríe.

Nos pasamos la tarde poniéndonos al día. Me cuenta que cursa Educación Social y que le gustaría trabajar en un instituto cuando se gradúe, si no puede dedicarse a la música a tiempo completo para entonces. Creo que no hay una carrera universitaria que le vaya mejor. Soy perfectamente capaz de imaginármela dando charlas de concienciación a los alumnos. Por mi parte, le hablo sobre mi primer día y Harry.

—¿Hablarás pronto con los demás? —me pregunta, dando un sorbo a su batido.

—Sí. Quería probar a hablar con Mason, pero creo que lo intentaré con Sam primero.

Se tensa al escuchar su nombre. Hace todo lo posible por desviar mi atención.

—Supongo que podrías llamarlo cuando vuelva a la ciudad.

Y lo consigue.

—¿No está en Londres?

—No, está en Newcastle, con sus padres. —Me mira, expectante. Como no reacciono, añade—: Su padre está muy enfermo. Lleva unos meses ingresado. Sam va a menudo para visitarlo. ¿No lo sabías?

Me quedo helada. ¿Qué?