No había pensado en que para recoger a alguien se necesita un vehículo y que eso significa que Finnsabe conducir. Cuando bajo los escalones del porche, me encuentro con una camioneta negra aparcada frente al edificio. Parece que va a caerse a pedazos. La pintura está desgastada y, en un lateral, el logo de 3 A. M. destaca en letras mayúsculas de color rojo, rodeado de notas musicales. Es tan poco discreto que no puedo evitar preguntarme si no es un poco peligroso que sus fans sepan que esta camioneta pertenece a su banda favorita.
Alguien abre la puerta del copiloto desde dentro, sacándome de mis pensamientos. Finn está sentado frente al volante. Lleva unos vaqueros, una camiseta con un logo en el pecho y unas gafas de sol. Me hace un gesto con la cabeza para invitarme a entrar.
—Súbete a mi Volvo, nena.
Esto no va a salir bien.
La camioneta es bastante alta, de forma que tengo que impulsarme para alcanzar el asiento. Cuando compruebo que estamos solos, se me escapa un suspiro de alivio que Finn no pasa por alto. Agarra con fuerza el volante. Me pongo el cinturón y me dedico a rehuir su mirada mientras espero a que arranquemos, pero no enciende el motor.
Me vuelvo hacia él y descubro que me observa. Lleva el flequillo, que antes solía ser muy rebelde, peinado hacia arriba. Este último año y medio le ha sentado bien. Tenía la cara llena de imperfecciones en el instituto, pero ahora tiene la piel lisa y los hombros más anchos.
—¿Qué? —demando, claramente a la defensiva.
Se encoge ante mi tono, como un niño pequeño.
—No tenías por qué venir, ¿sabes? Nadie te obliga a estar aquí.
Trago saliva e intento relajarme, aunque me resulta muy difícil.
—Quiero estar aquí, pero la situación me parece un poco incómoda. Nada más.
—Es incómoda porque te empeñas en fingir que no me conoces. Llevo esperando a que me des un abrazo desde que subiste a la camioneta.
No me lo pienso dos veces y aprovecho que el vehículo es espacioso para lanzarme a sus brazos. Finnme estrecha contra sí y noto que me tiembla la respiración cuando suspira en mi cuello. Acabo de darme cuenta de lo mucho que lo he echado de menos. De pronto, tengo unas ganas asfixiantes de echarme a llorar.
Hay personas que nunca dejan de formar parte de ti; incluso aunque os separe la distancia, siempre encuentran la forma de seguir contigo. Finn era uno de mis mejores amigos en el instituto. Era el que siempre tenía algo bueno que decir, el que conseguía hacernos sonreír aun en los momentos más tensos. El del corazón noble. Quizá no me merezco este recibimiento después de cómo lo he tratado, pero quiere darme la oportunidad de hablar. Y puede que también esté dispuesto a perdonarme.
Tal vez no esté todo tan perdido como creía.
—Gracias por llamarme —digo con sinceridad.
Cuando me ve a punto de llorar, el muy desgraciado se echa a reír. Gruño para mostrarle mi descontento, aunque no puedo enfadarme con él. Todavía se ríe cuando tira de mí para volver a abrazarme. Acto seguido, me empuja para mandarme de nuevo a mi asiento.
—Más te vale haber traído dinero, porque llevas casi dos años sin hablarme y vas a recompensarme invitándome a desayunar. —Arranca el motor y maniobra para salir a la vía. Me mira de reojo y sonríe—. Bienvenida a Londres, Hollie.
Conduce durante lo que parecen horas. Enciendo la radio en busca de una distracción y una canción pegadiza comienza a sonar por los altavoces. Enseguida reconozco la voz de Alex cantando «Mil y una veces». Finn cambia rápidamente de emisora.
Aparcamos junto a una cafetería en la que nunca antes había estado. No he comido desde anoche, así que estoy famélica. Ahora que la aspirina ha hecho efecto, no me duele la cabeza. Cuando nos bajamos de la camioneta, Finn echa el seguro y me guía al interior. Huele tan bien que me rugen las tripas. Nos sentamos en una mesa escondida en un rincón y ojeamos la carta en silencio hasta que se acerca el camarero. Es un chico con el pelo castaño que no tendrá más de veinte años. Me dispongo a pedir primero, pero no me está mirando.
Su atención está centrada exclusivamente en Finn, que todavía no se decide. Se aclara la garganta, nervioso.
—Tío, espero que no te moleste, pero me encanta vuestra música. Llevo mucho escuchándoos.
Finn alza la mirada, sorprendido, pero se recompone enseguida y sonríe. Le da las gracias y bromean cuando el chico le cuenta que le dedicó «Mil y una veces» a su actual novia para declararse. Aunque no se conocen de nada, Finn se muestra cercano con él, como si fueran amigos desde hace años. Todavía no he salido de mi asombro cuando me dan un teléfono para que saque una foto. Hago varias por si acaso y después se lo devuelvo al camarero, que, emocionado, nos lo agradece. Finalmente, apunta nuestra comanda y se marcha sin dejar de sonreír.
Mi asombro debe de ser muy evidente, porque Finn comienza a reírse en cuanto nos quedamos a solas.
—¿Qué, tú también quieres un autógrafo?
—¿Estás de broma? Ha sido alucinante. —Señalo al fan con el dedo, sin disimular—. Ese chico sabía quién eras, Finn. Es una pasada.
Sonríe al verme tan emocionada. Se encoge de hombros para restarle importancia.
—Tenemos muchos seguidores en Instagram y casi un millón de suscriptores en YouTube. Me habrá reconocido de alguno de nuestros vídeos. Aquí entre nosotros, me extrañaría no ser el favorito de la mayoría de nuestros fans.
—Me alegro de que os vaya bien con la banda —admito. Si las circunstancias fueran otras, le habría soltado un buen «¡te lo dije!».
—Ahora tenemos representante, ¿sabes? Se llama Jeff. No somos su prioridad porque lleva a bandas mucho más famosas, pero siempre saca tiempo para tocarnos las narices. —Otro camarero nos trae nuestros cafés y un par de dulces y Finn espera a que se marche para continuar—: Hay una discográfica que podría estar interesada en firmar con nosotros. Jeff quiere que les presentemos un nuevo álbum antes de marzo.
Estoy a punto de escupir el café. Demasiada información de golpe. Abro los ojos de par en par y Finnvuelve a reírse.
—Júrame que no me estás tomando el pelo —exclamo en un susurro. No responde, así que me dejo llevar por la emoción—. ¡Eso es increíble! Todo es increíble. Dios santo, Finn, ahora sí quiero que me firmes un autógrafo.
Que perdiésemos el contacto no significa que no me sienta orgullosa de ellos. Hace dos años estaban tocando el «Himno de la alegría» en el sótano del instituto sin coordinación y dentro de nada podrían firmar con una discográfica. Viví con ellos su primer concierto, escuché los acordes de su primera canción antes que nadie y celebramos juntos el primer medio millón de reproducciones que «Mil y una veces» obtuvo en YouTube. Siempre supe que llegarían lejos y ahora están a las puertas de algo grande.
Sé que conseguirán todo lo que se propongan y me alegro inmensamente por ellos, aunque no haya estado ahí para verlos crecer.
Mi sonrisa decae con lentitud. Puede que hayamos pensado en lo mismo, porque de pronto él también parece incómodo. Se aclara la garganta y busca una forma de continuar la conversación.
—¿Qué hay de ti? ¿Qué haces en Londres?
—Estudio aquí. Bellas Artes. Conseguí una plaza en la universidad.
Hablar de esto con él, con alguien que conoce mi pasado, hace que me sienta un tanto avergonzada.Finn sabe que he perdido un año de mi vida porque no me enfrenté a mis padres a tiempo. Sin embargo, no hace ningún comentario al respecto. Solo amplía su sonrisa.
—Tenía más que claro que lo conseguirías.
—No es para tanto. Cualquiera habría pasado las pruebas de admisión.
—Sabes que eso no es verdad. Más te vale estar preparada porque dentro de poco serás tú la que firme autógrafos.
Esbozo una sonrisa tímida y bajo la mirada hasta mi café. Aunque es evidente que exagera, es reconfortante que piense eso de mí. La realidad es que no me veo llevando una vida como esa. La fama es para ellos. Yo me conformaría con tener un estudio pequeño y acogedor en el que encerrarme a dibujar. No me haría falta mucho más.
Pensar en autógrafos y en famosos hace que me acuerde de algo. Miro dramáticamente a nuestro alrededor.
—¿Debería preocuparme por si aparece algún paparazzi y piensa que estamos saliendo? —pregunto de broma.
—No te ofendas, pero nuestros fans nunca se creerían que salgo con una pelirroja.
—¿Qué problema tienes con las pelirrojas? —Arqueo las cejas.
—Si te vistes de verde, parecerás un semáforo.
—Muy gracioso.
—Gracias. Después de ser extremadamente guapo, ser gracioso es lo que mejor se me da.
Pongo los ojos en blanco y se echa a reír.
Desayunamos entre risas y anécdotas. Hablamos sobre la universidad y me entero de que estudia Diseño y Programación de Videojuegos. Yo le explico cómo es la vida en la residencia. También me cuenta que trabajó durante varios meses para comprarse la camioneta, que es de segunda mano, y que lo primero que hizo nada más recogerla fue personalizarla con el logo de la banda. Se nos da tan bien esquivar el tema que casi parece que no llevamos un año y medio sin vernos.
Cuando terminamos, una camarera acude para limpiar la mesa y nos sumergimos en un silencio incómodo. Me distraigo mirando lo que nos rodea, nerviosa, mientras espero a que sea el primero en hablar. Nos guste o no, ha llegado el momento de enfrentarnos a la realidad.
—Casi dos años —dice, y es más que suficiente. La culpabilidad me oprime los pulmones.
—Lo siento mucho.
—Sam y yo discutimos con Alex cuando nos bloqueaste. Pensamos que había sido culpa suya.
—No tuvo nada que ver —le aseguro, aunque no sea del todo cierto. No soporto pensar en que se pelearon por mi culpa—. Ha dejado de escribir, ¿verdad?
Finn clava sus ojos en los míos, como si buscase entender cómo he llegado a esa conclusión, pero no tiene mucho misterio. Conozco a Alex. No puede dejar de lado la música y, si 3 A. M. lleva tanto tiempo sin lanzar nuevas canciones, tiene que haber una buena razón.
—Todo es un desastre, Holland —confiesa finalmente—. Jeff lleva meses esperando a que le entreguemos algo que no tenemos. No entiendo por qué no es capaz de sentarse en una silla y componer. Los demás lo hemos intentado, pero no somos tan buenos como él.
—¿No podéis presentar vuestras antiguas canciones? A mí me gustaban.
—Lo haríamos si nuestro vocalista estuviera dispuesto a cantarlas. Alex está convencido de que no son lo suficientemente buenas. Anoche tocamos «Mil y una veces» por primera vez en meses y solo porque el dueño del pub nos amenazó con echarnos si volvíamos a tocar «Insomnio». Llevábamos dos semanas con la misma canción.
Las escribió para mí y ahora no solamente se niega a tocarlas en público, sino que, además, piensa que no están a la altura.
—¿Cómo está? —pregunto, aunque no estoy segura de querer saber la respuesta.
—En general, creo que bien. Si quieres saber cómo se quedó después de verte ayer, no tengo ni idea. No hemos hablado esta mañana.
—¿Así que no sabe que estás aquí?
—No, he venido por mi cuenta. Soy quien lleva las redes sociales de la banda. Me tomé que nos siguieras como una indirecta. Di por hecho que querías solucionar las cosas.
—Y quiero —aclaro rápidamente.
—Que Alex no pueda escribir no es el mayor de nuestros problemas. Cada vez vamos a peor. A este paso nunca firmaremos con la discográfica y no será por falta de canciones, sino porque no tendremos banda. —Posa sus ojos sobre los míos—. Te he llamado porque necesito que me ayudes a arreglarlo.
—¿A qué te refieres con que no tendréis banda? —pregunto, mientras siento que el pánico me invade las entrañas.
Me pasé un año en Mánchester creyendo que tenían una vida perfecta, ¿y ahora resulta que no es así? ¿Cómo de insostenible debe de ser la situación para que Finn crea que este podría ser el final de 3 A. M.?
Necesito que me dé explicaciones, pero se limita a negar, sin dejar de mirarme.
—¿Me ayudarás? —insiste.
—No creo que sea buena idea. No sé si los demás querrán volver a verme.
—Unos amigos dan una fiesta esta noche. Los chicos estarán allí. Creo que deberías venir. —Más que como una sugerencia, suena como una súplica—. Fuiste la primera en creer en nosotros. Necesito que me ayudes. Por favor. Prometo no dejarte sola.
Me muerdo el interior de la mejilla. No tengo ni idea de qué ha ocurrido entre ellos y dudo mucho que mi presencia sea de ayuda, pero no puedo dejarlos tirados otra vez. No cuando Finn parece tan desesperado.
—Está bien. Pensaremos en algo. Los dos.
Al escucharme, suelta un suspiro de alivio y se apresura a asentir. Después, esboza una sonrisa triste.
—Bienvenida de nuevo a nuestras vidas. Por el bien de todos, vamos a intentar no cagarla esta vez.
Aunque me cuesta, también sonrío. Decido tomármelo como una promesa. Ha llegado la hora de recuperar a mis amigos.
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