Читать книгу «Dimelo cantando» онлайн полностью📖 — Инма Рубиалес — MyBook.

2. Enmendar los errores
Holland

Chloe me despierta a la mañana siguiente con su máquina de coser. Gruño y me cubro con las sábanas; siento los músculos tan pesados que me cuesta horrores moverme. Además, me palpitan las sienes por culpa del ruido.

—Apaga ese chisme de una vez —gimoteo.

—Ayer me vomitaste en los zapatos. Púdrete.

De pronto, la habitación empieza a dar vueltas y me entran náuseas. Las sábanas se me enredan en las piernas cuando me levanto a toda prisa para correr hasta el baño. Me dejo caer de rodillas frente al retrete y vomito hasta que me quedo con el estómago vacío.

Alguien me sujeta el pelo para que no se ensucie. Chloe. Me entran ganas de llorar. Soy patética. Me siento en el suelo y apoyo la cabeza contra la pared fría. Procuro no hacer movimientos bruscos, pues lo que menos me apetece en este momento es volver a vomitar. Es un desastre. Yo estoy hecha un desastre.

—Si hubiera sabido esto, no te habría dejado beber tanto. —Aunque está en todo su derecho de enfadarse, más bien parece preocupada por mí. Me tiende un trozo de papel higiénico para que me limpie la boca.

Así que anoche bebí. Eso explica por qué mis recuerdos están borrosos. Ni siquiera sé cómo conseguí volver a la residencia. ¿Chloe me trajo? Cierro los ojos e intento recrear lo que pasó cuando nos marchamos del pub, pero no puedo pensar con claridad cuando me duele tanto la cabeza.

—¿Tienes una aspirina? —carraspeo. Tengo la boca pastosa y estoy sedienta.

Ella asiente y vuelve unos segundos después con una pastilla y un vaso de agua.

—Bebe —me ordena con seriedad.

—Eres demasiado buena conmigo.

Obedezco y me seco la boca con la mano. Si es verdad eso de que anoche vomité en sus zapatos, debería estar muy cabreada. Chloe suspira mientras se pone de pie.

—En otras circunstancias te habría cantado las cuarenta, pero ayer no dejabas de llorar.

En cuanto termina de hablar, me asaltan todos los recuerdos de la noche anterior. Me veo parada frente al escenario y escucho una melodía. Una voz. Su voz. Alguien intenta besarme sin mi consentimiento y un grupo de personas interviene. Salgo corriendo del bar a punto de sufrir un ataque de ansiedad. Chloe me encuentra poco después en el exterior del local. Le prometo que estoy bien y nos vamos a otro sitio.

No recuerdo nada más. Solo que la cabeza me daba vueltas. Porque los vi. A Alex y a los chicos.

Él me vio a mí.

Me apoyo sobre el retrete y vomito otra vez.

—Por el amor de Dios, Holland —gimotea Chloe—. Muy bien. Vas directa a la ducha. Levántate.

No tengo fuerzas como para discutir. Sale del baño y cierra la puerta. Necesito un instante para coger aire y secarme las lágrimas. Odio que me haya visto así. Anoche perdí el control. De no ser por ella, no sé cómo habría acabado. O dónde. Se supone que tendría que haber aprendido la lección después de lo que pasó en Mánchester, pero ayer tiré todas mis convicciones por tierra y ahora doy vergüenza.

Me desnudo con lentitud porque me duele el cuerpo entero. Cuando me meto en la ducha, el agua fría me congela las venas. Me enjabono el cuerpo y también me lavo el pelo. Acto seguido, me paso unos dolorosos segundos frotándome los labios para borrar cualquier rastro de lo que ocurrió anoche.

Cuando unos minutos después salgo del baño envuelta en una toalla, Chloe está terminando de arreglarse. Me siento en la cama y cojo un cepillo.

—Menos mal. Empezaba a pensar que esa cara de zombi te duraría para siempre —comenta al verme.

Para variar, mi pelo también está hecho un desastre. Decido desenredarlo por partes para que duela menos.

—¿Te vas? —pregunto.

—Organizan un mercadillo benéfico por aquí cerca los domingos. Tenía planeado ir a echarle un vistazo a la ropa. ¿Te importa? ¿Estarás bien?

Como decía, es demasiado buena conmigo. No soporto la idea de quedarme a solas con mis pensamientos, pero tampoco quiero ser una carga para ella.

—Sí —miento—. No te preocupes por mí.

—¿Seguro? Puedo quedarme, si quieres.

—Estoy muerta de sueño. Estaba a punto de regresar a la cama. —Tras estudiarme durante unos segundos, asiente, aunque no parece muy convencida. Se gira para coger su bolso y yo me muerdo el labio—. Siento mucho lo de anoche. No sé en qué estaba pensando.

Fue nuestra primera fiesta juntas y acabó de este modo. Prefiero no pensar en qué estado me trajo a la residencia. Se portó muy bien conmigo, a pesar de la mala impresión que seguramente le di. Solo llevo aquí unos días y ya he metido la pata. ¿Es que no pienso cambiar nunca?

Sin embargo, Chloe me mira con seriedad y niega con la cabeza.

—El tío de anoche era un capullo. No fue culpa tuya.

Mi estabilidad se tambalea. No recuerdo habérselo contado.

—¿Así que lo sabes? —pregunto con la voz temblorosa.

—Hablas mucho cuando estás borracha. Lo único que hiciste mal fue no darle una patada más fuerte en las pelotas.

Eso me hace reír entre lágrimas. No sé cuándo he empezado a llorar. Sorbo por la nariz y se acerca a darme un abrazo. Cuando se aleja, me seca los ojos con los pulgares.

—Yo también he tenido el corazón roto. Te prometo que, aunque ahora pienses que no hay salida, acabarás superándolo.

Siento una punzada en el pecho. Parece que es más obvio de lo que creía.

—Es una larga historia —contesto, incómoda.

—Lo sé. Espero que me la cuentes algún día, porque pienso patearle el culo al imbécil que te haya hecho esto.

Me obligo a sonreír. Ella me abraza una última vez antes de dejar la habitación.

Ahora que estoy sola, mi sonrisa se desvanece. Me recojo el pelo mojado en una coleta y me enfundo unos vaqueros y una sudadera ancha y cómoda. He mentido a Chloe. Es imposible que vuelva a pegar ojo. En busca de una distracción, me tumbo en la cama y enciendo el móvil. Da igual que no haya revisado mis mensajes desde anoche; no tengo ninguna notificación. El número de personas a las que les importo actualmente se reduce a cero. O a una, si consideramos a Chloe. A tres, si tenemos en cuenta a mamá y a papá.

Vamos a dejarlo en una.

En Mánchester tampoco era muy popular. Aunque tuve amigos, no me abrí lo suficiente. No tenía la intención de conectar con nadie. Ahora miro atrás y me alegro de no haberles dado una oportunidad, pese a que en ese entonces no sabía el tipo de persona que eran y lo que me harían. No han vuelto a ponerse en contacto conmigo desde entonces, y menos mal. Me pregunto si Alex y los chicos también se habrán topado con personas a las que desearían no haber conocido.

La curiosidad me puede. Entro en Instagram y busco 3 A. M. Antes ni siquiera tenían una cuenta oficial para la banda y ahora cuentan con casi medio millón de seguidores. ¡Guau! Echo un vistazo a las publicaciones. En la más reciente aparecen Alex y Mason riéndose en un ascensor. Tiene miles de «me gusta» y de comentarios de fans que no pueden decidir cuál de los dos les mola más. Siento un pinchazo de celos e inmediatamente me lo reprocho, porque está fuera de lugar.

Alex ha contestado a algunos comentarios desde su cuenta personal. Me muerdo el labio y entro en su perfil. Los bloqueé a todos cuando nos despedimos en el aeropuerto hace un año y medio, por lo que solo puedo ver que tiene miles de seguidores y su descripción. «Vivo para la música. Vocalista en @3AM_oficial».

No me lo pienso dos veces. Lo desbloqueo.

De pronto, todas sus publicaciones e historias destacadas comienzan a estar visibles. Lo último que ha compartido es un retrato hecho por un fan en el que aparece riéndose, con el pelo revuelto cayéndole sobre la frente. Alex etiqueta al artista y le da las gracias en la descripción. Sin duda, está mucho mejor que los que hice yo.

Miro el resto de sus fotografías con un nudo en la garganta. Conforme encuentro los perfiles de los demás, también los desbloqueo. Alex es el vocalista, pero Sam tiene muchos más seguidores, seguramente porque es bastante más activo en las redes sociales. No paso demasiado tiempo revisando sus cuentas para no torturarme. En su lugar, busco de nuevo la de la banda y le doy a «seguir».

Dejo el móvil y lo tiro sobre la cama, con el corazón acelerado. No sé qué pretendo con todo esto. No me he atrevido a seguirlos en sus perfiles personales porque sería más probable que lo vieran. Sé que tarde o temprano tendré que enfrentarlos, pero aún no estoy lista.

Fue un error no ponerme en contacto con ellos durante el verano. No soportaba pensar que estaban aquí, cumpliendo sus sueños, mientras yo me apagaba. Puede sonar egoísta, sin embargo, ver sus fotografías solo hacía que los extrañara todavía más. Me convencí de que necesitaba pasar página y los saqué completamente de mi vida: me dolía demasiado tenerlos solo a medias.

Cuando me di cuenta de que mi error, ya era demasiado tarde. No podía pretender recuperar el contacto después de haberlos ignorado durante tanto tiempo. Necesitaba hablar con ellos en persona. Ayer tuve la oportunidad, pero no me atreví. Espero que, cuando los llame en unos días, una vez me sienta preparada, no me cuelguen el teléfono.

Vuelvo a coger el móvil y entro en YouTube. Hace mucho que no lanzan nuevas canciones. La más reciente se llama «Encontrarte». La publicaron hace cuatro meses y tiene menos reproducciones de lo normal. Solo la he escuchado una vez porque no es de mis favoritas. Después del videoclip, únicamentehan subido un vídeo titulado «¿Quién es más probable que…?». En la miniatura aparecen los cinco apretujados en un sofá.

Estoy a punto de verlo, pero de pronto mi móvil se pone a sonar. Llamada entrante, número desconocido. El corazón me salta con tanta fuerza que me mareo.

Es imposible que sean ellos porque sigo teniendo sus números bloqueados.

Es imposible, ¿verdad?

—¿Hola? —mascullo cuando me llevo el teléfono a la oreja.

—¿Cuándo pensabas decirnos que estás en Londres?

No sé a quién esperaba escuchar, pero me cuesta horrores encontrar algo que decir. Abro y cierro la boca, bloqueada. Como no rompo el silencio, decide seguir hablando:

—Estabas guapa anoche. Nuevo estilo, ¿eh? No te habría reconocido de no ser porque Alex volvió más pálido que un frigorífico y eso solo podía tener una explicación. En efecto, parece que HollandOwen vuelve a las andadas. —Chasquea la lengua y por su tono deduzco que sonríe—. Mándame un mensaje con tu dirección. Te recojo en diez minutos.

¿Quiere que nos veamos ahora? ¿Va a fingir que no ha ocurrido nada o tiene intenciones de arreglar las cosas? Porque no estoy lista, mucho menos si ello implica ver de nuevo a Alex. O a Sam. Primero tengo que pensar en lo que voy a decirles. Dudo que un «lo siento» sirva de mucho a estas alturas.

—No creo que sea una buena idea —contesto, y la línea se queda en silencio. Estoy dispuesta a inventarme una buena excusa, cuando lo escucho suspirar.

—¿Así que vas a seguir ignorándome ahora que estás en la ciudad?

Eso me sienta como un puñetazo en el estómago. Tiene razón; no dejo de cometer los mismos errores. ¿Y si esta es la única oportunidad que tengo de solucionarlo?

—Ahora te mando mi dirección —cedo y, otra vez, me da la impresión de que sonríe.

—Genial. Te recojo en diez minutos.

Finn cuelga el teléfono.

Suelto el aire que retenía en los pulmones. Dios santo. Vale.

Agendo su número nuevo y le envío mi ubicación por WhatsApp. Responde con un sticker de un perro bailando que me habría hecho gracia en cualquier otra ocasión, pero ahora mismo lo único que puedo pensar es que dentro de diez minutos tendré que enfrentarme a ellos, cara a cara, tras haberlos ignorado durante año y medio. Quizá tenga suerte y Finn venga solo. Por mi bien, espero que así sea.

Me calzo unas deportivas y me seco el pelo. Cojo las llaves, el móvil y algo de dinero, por si acaso, y envío un mensaje a Chloe para avisarla que voy a salir. Después me siento en la cama y espero, inquieta, hasta que un claxon suena en la calle. Bajo al vestíbulo, me despido de Dolly con una sonrisa y salgo de la residencia.