Los personajes de la Odisea cubren un amplísimo espectro: dioses, monstruos y humanos; reyes, aristócratas, siervos domésticos, artesanos, pastores, marinos; jóvenes, ancianos, padres, hijos, varones y mujeres. No solo cubren la práctica totalidad de la sociedad griega de épocas geométrica y arcaica, sino que se presentan en haces de relaciones y oposiciones que articulan el relato, como lo hacen el tiempo y el espacio.
Vamos a tratar conjuntamente a los hombres y a los dioses, porque la importancia de estos últimos dentro del relato es mucho menor que en la Ilíada, donde somos testigos de su mundo, sus relaciones, sus comportamientos y su constante intervención en el mundo humano. En la Odisea, únicamente el episodio de Ares y Afrodita (VIII 266-366) reproduce ese universo divino. Está perfectamente relacionado con la historia principal, ya que trata el tema fundamental del adulterio (el de Helena, el de Clitemnestra, el —posible— de Penélope). Sin embargo, simboliza muy bien la distancia enorme entre los «problemas» de los dioses —que se resuelven con una multa (VIII 347-348)— y los de los hombres —la guerra de Troya, el matricidio de Orestes, la matanza de los pretendientes—. Por lo demás, en el relato principal, los dioses son muy pocos y están esquemáticamente descritos. Básicamente se reducen a los indispensables desde el punto de vista narrativo: un ayudante, Atenea, un oponente, Poseidón, y Zeus mediando entre ellos.
Hay varios ejes de relaciones a partir del núcleo que es Ulises. Estas son mayoritariamente estables en su espacio, en su signo (ayudante u oponente) y en su relación familiar. En ellos están implicados personajes tanto nobles como humildes.
Entre los hombres, son ayudantes el vaquerizo Filetio y el porquerizo Eumeo, el principal aliado de Ulises en Ítaca y también de Telémaco. Los oponentes son el cabrero Melantio y las doce criadas, algunas con participación en la acción, como Melanto, amante de Eurímaco. La presencia de estos personajes humildes, impensables en la Ilíada, se ha visto como una señal de empatía del poeta hacia ellos, muy en especial hacia Eumeo, el único al que se dirige en segunda persona («Con dolor respondístele, Eumeo, pastor de los cerdos», XV 325). En la clase aristocrática tenemos también ayudantes, como Alcínoo, o Néstor y Menelao, Pisístrato o Teoclímeno (para Telémaco), u oponentes, que son los pretendientes; de los ciento ocho que son, tienen identidad propia Antínoo, Eurímaco, Anfínomo y Anfimedonte, principalmente. Los personajes se relacionan también familiarmente, por ejemplo, Ulises, Laertes y Telémaco.
Entre las mujeres también hay relaciones entre pares, como ocurre con Anticlea y Euriclea: la relación con Ulises es la misma, de afecto maternal, pero se oponen porque la una es reina y la otra esclava, una difunta y la otra viva, por lo que habitan distintos espacios y poseen distinta importancia narrativa (una informa a Ulises de lo que ya saben los narratarios, otra informa a estos de lo que ya sabía Ulises, en el episodio del jabalí).
Por otro lado, hay personajes o grupos de personajes cuya función principal es servir de marco para la caracterización de los principales, como los compañeros de Ulises, apenas individualizados, que representan las debilidades de las que él carece, como la falta de control (en los episodios de las vacas del Sol o el odre de los vientos), o sus cualidades, como la curiosidad (en el episodio de los cíclopes), el afecto que siente por ellos o su capacidad de liderazgo. Agamenón, por su parte, muerto ya y presente en el Hades, pero protagonista de varios relatos (III 143-200, 240-275; IV 516-538; VIII 78-82; XI 385-434), es, como ya hemos dicho, paradigma para las acciones de Ulises.
El criterio más conflictivo y al mismo tiempo más inestable en estos ejes es el de género, que enfrenta a los personajes en la línea familiar (Telémaco/Penélope) o en las relaciones sexuales (Ulises/Circe, Ulises/Calipso)51, como veremos seguidamente.
El protagonista indiscutible es Ulises, aunque esté ausente del relato (cantos I-IV). Incluso la supresión de su nombre constituye un motivo narrativo frecuente, tanto en la retardación en su aparición (I 21) o en el engaño del «Nadie» con el cíclope en el canto IX.
Según Hesíodo (Catálogo de las mujeres, frag. 64), Ulises desciende de Hermes, padre de su abuelo Autólico. Aunque no es tan criminal y vil como su abuelo, es, como Hermes, un maestro del engaño. De hecho, el epíteto del que ya hemos hablado, polýtropos, lo comparte con el dios52. Tiene una incansable curiosidad, que le lleva a enfrentarse a todos los peligros, a pesar de los consejos de quienes le rodean, como en el caso del cíclope o de las sirenas. Presenta una amplia gama de pasiones, pero, a diferencia de Aquiles, no llegan a dominarle: nostalgia, ansiedad, fatiga, terror, humillación, sus muchos sufrimientos, que para él son aprendizaje, haciendo suya la sentencia de Esquilo en Agamenón 177 «aprender sufriendo». Toda su grandeza radica en que no hay nada en él de divino, en que es pura mortalidad y pura humanidad, ya que su vida recorre todos los escenarios posibles, también el de las más elementales necesidades, como la del hambre: «Pero ahora dejadme cenar, aunque sigan mis lutos, / pues no hay nada de cierto más perro que el vientre maldito / que a la fuerza nos hace pensemos en él» (VII 215-217).
Sin embargo, lo más portentoso de Ulises es su mente, flexible y poikilé ‘variopinta’; de ahí su frecuente epíteto, poikilómētis (‘de pensamientos complicados’ traduce Calvo 1987), pero también «prudente» (epíphron, XXIII 12). Sabe que la realidad es engañosa, y lo somete todo a prueba: su arco (XXI 393-395), a Penélope (canto XXIII) o a su padre (canto XXIV).
Es multifacético, ya que no solo es un guerrero, también artesano, una categoría, como hemos visto, bien valorada en la Odisea: Ulises conquista, adquiere botín y lucha contra los pretendientes; pero también «fabrica»: construye el caballo, la almadía en Ogigia, la cama en Ítaca. Su inteligencia práctica, su métis, le permite fabricar con sus manos tanto como con su mente, y está orientada a su regreso y a recuperar su oîkos, lo que le distingue claramente de los otros héroes de la guerra de Troya.
Es llamativo que ya en la Ilíada Ulises se llame a sí mismo en dos ocasiones (II 260, IV 354) «padre de Telémaco», en lugar del casi constante patronímico53. Telémaco es un doble aún imperfecto de Ulises. Se parece a él en lo físico (V 206-209) y en lo psicológico —se le aplica el mismo epíteto, pepnyménos ‘muy juicioso’—. No es un niño ya, como le dice Atenea en I 296-297 y él mismo afirma en II 312-314. La diosa se encarga no tanto de educarlo como de ponerle en las situaciones adecuadas donde demostrar su madurez: la asamblea, los viajes, su papel de huésped. Una vez reunido con su padre, podrá ejercer de adulto ya completamente en la matanza de los pretendientes, con la que reintegra a su padre y a él mismo el oîkos. Pues Telémaco se dibuja en relación con su padre (en una evolución ausencia-presencia), pero también en relación con los pretendientes, frente a los que va consolidando su autoridad, desde la sorpresa generada por su convocatoria de una asamblea (I 365-380) o sus amenazas (II 310-320), ante las cuales los pretendientes planean su asesinato (IV 667-674). Una vez reconocido por su padre en el canto XVI, su situación cambia y pasa a ser su ayudante principal en su venganza contra ellos. Una significativa escena es su intento de tender el arco, que no logra en tres ocasiones, pero que el narrador —omnisciente— nos sugiere: «Y tal vez intentando una cuarta lo hubiera logrado, / mas su padre por señas mandole dejar la porfía» (XXI 128-129). Una escena con un fin en la acción, ya que engaña a los pretendientes acerca de su verdadera fuerza, y también en la narrativa, pues realza el éxito de Ulises.
Son los verdaderos oponentes de Ulises. Desprecian todos los principios religiosos, morales y cívicos: no hacen libaciones a los dioses ni respetan a los huéspedes, se burlan de los vaticinios (I 181-182) y, por supuesto, cometen hýbris, porque ocupan un lugar que no les corresponde en el oîkos de Ulises. Sobre ellos se suceden las comparaciones animales, lo que les coloca en el lado de los personajes incivilizados, «subhumanos», como el cíclope: «chacales» (X 479), aves del llano atacadas por buitres (XXII 302-306) o la carne de un buey al que mató un león (XXII 402-405).
Tras la matanza, Ulises dice: «por tamañas locuras cumplieron su triste destino» (XXII 416). Es la misma idea enunciada por Zeus en I 33-34, la locura de los hombres, en un cierre del círculo completo. Quizá desde nuestra perspectiva contemporánea un castigo excesivo, al menos con algunos que no actuaron de la misma manera, como Anfínomo o Leodes. Tampoco de ellos tiene piedad, porque su crimen principal fue «que nunca para más se cumpliese el regreso feliz, que mi esposa te siguiese a tu casa y te diese unos hijos en ella» (XXII 320-324), es decir, la apropiación de su oîkos. Silk (2004: 37) hace notar que no es la justicia o carencia de ella de su venganza, la proporcionalidad diríamos, lo que se pone en cuestión, sino la lealtad, gracias a la cual él puede recuperar lo suyo, a diferencia de Agamenón.
Narrativamente son un grupo unido, pero cuyas características y actitudes principales se marcan por los actos y las palabras de algunos personajes individualizados, como Antínoo y Eurímaco.
О проекте
О подписке
Другие проекты
